José Solís de los Santos, «Humanismo y “humaniores litterae” en Andalucía desde Antonio de Nebrija a José Marchena», en Historia de la edición y la lectura en Andalucía (1474-1808), Manuel Peña Díaz, Pedro Ruiz Pérez, Julián Solana Pujalte (coords.); prólogo de Roger Chartier. Córdoba: UCOpress. Editorial Universidad de Córdoba, 2020, pp. 359-374. ISBN: 978-84-9927-583-3.

Referencias en Dialnet de este estudio <https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=7722137>
y de la publicación <https://dialnet.unirioja.es/servlet/libro?codigo=783596>.

Academia.edu https://www.academia.edu/44690648

https://www.researchgate.net/publication/347518681_Humanismo_y_humaniores_litterae_en_Andalucia_desde_Antonio_de_Nebrija_a_Jose_Marchena

Este artículo sobre la edición de humanidades clásicas y su lectura en Andalucía durante la Edad Moderna comienza por precisar ajustes conceptuales entre el período histórico y el fenómeno cultural del humanismo en el ámbito geográfico de los “cuatro reinos” de Jaén, Córdoba, Sevilla y Granada, determinándose la raigambre literaria y heterodoxa del movimiento humanista. En este aspecto innovador frente a la ortodoxia se encuadra el ilustrado y revolucionario 'Abate' Marchena, figura que delimita el arco temporal de esta panorámica introducida por el primer humanista español. El desajuste entre la relevancia de los humanistas y escritores andaluces y la escasa influencia política de las universidades de Sevilla, Granada, Baeza y Osuna se refleja en la carencia de tipografía griega en la imprenta andaluza, que a su vez contrasta con el uso de fuentes originales demostrado por helenistas andaluces en manuscritos e impresos fuera de la región. El contenido del artículo se centra en algunos hitos y paradojas de la recepción del humanismo por la edición andaluza: el impacto de la traducción del inquisidor Diego López de Cortegana de El asno de Oro; la publicación de traducciones de Erasmo y del papa Pío II Piccolomini en la imprenta sevillana; la imprenta granadina de los Nebrija; el poemario Bernardina del antequerano Juan de Vilches; el peso del canon clásico sobre los géneros poéticos en latín y en español; entorno hispalense del biblismo hispano tanto ortodoxo (Arias Montano) como heterodoxo (Casiodoro de Reyna y Cipriano de Valera); un Montaigne español bajo el Santo Oficio: el médico beaciense doctor Huarte de San Juan; las obras impresas de Mal Lara y Herrera: contactos y controversia; manejo de obras pedagógicas luteranas por publicaciones escolares jesuitas; un testimonio de 1621 del éxito del Quijote en comparación con el aluvión impreso en defensa de los falsos cronicones; Censura de historias fabulosas del bibliógrafo Nicolás Antonio; falsificaciones eruditas de clasicistas andaluces de la Ilustración; reedición de humanistas andaluces por la Real Academia de la Historia. El artículo concluye con otras referencias a estudios y catálogos para la elaboración de un repertorio de la edición de clásicos grecolatinos y humanistas en la imprenta española y su impacto lector en la Edad Moderna, entre los cuales se debe destacar los catálogos de la Biblioteca Colombina, el fenómeno cultural concerniente al libro y a la lectura más colosal de su época, no solo el Catálogo concordado de los registros que ideó don Fernando Colón, sino los de impresos y manuscritos y los archivos informáticos en la Red del fondo manuscrito de la Capitular, la Arzobispal y los Archivos capitulares y diocesanos, además de la más documentada historia de esa institución. /p. 359/ [paginación de la publicación impresa]

HUMANISMO Y HUMANIORES LITTERAE EN ANDALUCÍA
DESDE ANTONIO DE NEBRIJA A JOSÉ MARCHENA

José Solís de los Santos
Universidad de Sevilla

La extensión temporal propia de la historiografía que asume esta publicación sobre edición y lectura en Andalucía dilata la panorámica del humanismo español hasta las manifestaciones postreras y peculiares de las “Letras Humanas” en los años previos a la guerra de la Independencia, más de una centuria después del período habitual en la historia de la literatura que se centra en el Siglo de Oro, cuando se produjeron los contactos e influjos más determinantes entre la teoría y la práctica del latín literario y la variedad de géneros y tendencias de las letras áureas[126]. En aquellos últimos años de vigencia del canon clásico, pero en el entorno escolar germano, se había acuñado el término Humanismus para designar la corriente pedagógica que propugnaba en los planes educativos una fuerte presencia de los estudios sobre la Antigüedad grecolatina, lo que venían a ser, en muy diferente grado, nuestras “Letras de Humanidad”[127]. Humanismo se aplicará, desde la historiografía decimonónica[128], a todas las etapas del movimiento cultural humanista, con lo que fácilmente trascendió hasta un sistema de valores e ideales cuya amplitud de significados no solo impregnó retrospectivamente sino que confirió su profundo significado a la actividad intelectual y producción escrita que mantuvieron en su génesis y plenitud los seguidores de aquellos renacidos studia humanitatis[129]. Aun así, la formulación canónica de las genuinas disciplinas humanistas en la conocida rúbrica bibliotecaria florentina: “De los /p. 360/ estudios de ‘Humanidad’, cuanto atañe a gramática, retórica, historia, poesía y ética”[130], no entraña por sí misma una restricción definitoria, sino, antes bien, destaca el carácter eminentemente literario de las mismas.

Lectura e imprenta están íntimamente conectadas con el movimiento humanista. La afición a la lectura aparte de intereses profesionales y académicos que revelan las colecciones privadas de libros en el período anterior a Francesco Petrarca (1304-1374), padre del humanismo[131], propiciará el entusiasmo por un pasado cultural cuyo conocimiento se fundamentaba en la interpretación de sus escritos, y la búsqueda y copia de los monumentos literarios de aquella paradigmática época (Solís 1997, 1206; Solís 2013, 462), con el comercio y tráfico de la industria del manuscrito, impulsará la invención de la reproducción mecánica de unos textos cuyas lenguas habían adoptado desde su origen un sistema gráfico lo suficientemente simplificado para que la escritura se divulgase más allá de los ámbitos del poder (Havelock 1996). El humanista profesional instaurará un nuevo modo de lectura que ya no busca, como pretendía la escolástica, la ratificación de un sistema preconcebido mediante la demostración de la coherencia de esos textos (quod erat demonstrandum), sino la explicación del sentido de palabras y sentencias con las cosas que designan (Kessler 2001; Grafton 2011), es decir, el texto en su contexto. El estudio sistemático de las técnicas de la palabra y su ejercicio se incorpora como grado previo para el acceso a las tradicionales facultades universitarias, la teología, los dos derechos y la medicina, porque al igual que el conocimiento de la sacrosancta vetustas se centra en sus textos originales, se convierte en requisito preliminar la destreza en las lenguas clásicas en que se escribieron las fuentes fidedignas de esas disciplinas superiores.

Las universidades contribuyeron a la difusión del humanismo y en torno a las universidades se promueve la actividad empresarial de la imprenta (Rüegg 1999, 9-12)[132]. La producción escrita humanística es, en bastantes aspectos, un producto de consumo universitario y vendría a ser precursora de la denominada “industria académica”. Por ejemplo, Lucio Flaminio Sículo da clases en el colegio catedralicio de Sevilla en horario estajanovista, pero hasta su traslado a la universidad de Salamanca no publica sus lecciones sobre la Historia Natural de Plinio y sus versos latinos (Solís 2012b, 23).

Andalucía, cuna de eximios humanistas españoles, no tuvo en su ancho territorio durante toda la Edad Moderna una institución académica a la altura que exigía la posición de /p. 361/ sus ciudades en la Monarquía Hispánica. Lo refleja con claridad la conocida pragmática de 7-IX-1558 que reguló la impresión de libros, en la cual, al establecer las autoridades eclesiásticas y gubernamentales que girarían visita de inspección de tenencia de libros prohibidos, solo se designan las universidades de los reinos de Castilla y León por riguroso orden de antigüedad:

Y en las Universidades de Salamanca, Valladolid, Alcalá: mandamos que las universidades en su claustro nombren dos doctores o maestros que juntamente con los Prelados y Diputados por ellos y nuestras Justicias hagan en los dichos lugares de Salamanca y Valladolid y Alcalá la dicha visita (Reyes Gómez 2000, II, 803).

Esta preeminencia universitaria está plenamente justificada en los años del viraje filipino (Martínez Millán y De Carlos Morales 1998, 103; Reyes Gómez 2001, I, 193), tanto por la capacidad para proveer de doctores teólogos o canonistas y, sobre todo, de maestros en Artes, como, en especial, por ser los colegiales egresados de esas universidades quienes copaban los altos puestos de consejeros y prebendados (Kamen 1976, 142-144), pero al acaparar la Compañía de Jesús la docencia media y superior con su elaborado plan de estudios, Ratio atque Institutio studiorum Societatis Iesu (Nápoles: Tarquinius Longus, 1599), se dejó en manos de aquellas universidades la mejor parte de la gestión académica y de la formación de los altos funcionarios que gobernarían la sociedad andaluza. Entre las razones de esta postergación, tal vez la que comprenda a todas sea el que la ciudad más importante de la Monarquía Católica, merced a una moderna institución universitaria, no se convirtiera en un crisol de nuevas ideas que cuestionaran el omnímodo control emprendido por el confesionalismo de la Corona (Solís 2013, 50). El movimiento humanista es, por definición, heterodoxo, y tal carácter siempre tuvo difícil encaje en el ámbito católico, pero, aún más, en un territorio en cuya capitalidad natural se fundó la Inquisición moderna.

Las consecuencias de esta endémica dejación de autoridad cultural se vieron expresadas en la petición elevada al ministro Campomanes de 1-III-1769 por el asistente Olavide y el ordinario de la archidiócesis hispalense cardenal Solís, casi dos años después de la expulsión de los jesuitas:

La erección y forma de esta universidad urge extraordinariamente porque, habiéndose apoderado los Regulares expulsos de los estudios, atrayendo a la mayor parte de los estudiantes a los que daban en su Colegio de San Hermenegildo, con la expulsión de aquéllos ha quedado casi sin estudio esta capital, pues la Universidad lo es solo de nombre; y ni entonces ni ahora (...) y en una capital que lo es de cuatro Reinos, y donde por todas razones han de formarse los hombres que los instruyan y gobierne, se ve cortado el curso de la educación” (Aguilar Piñal 1969, 251).

Los “cuatro Reinos” son los que componían el conjunto geográfico con que se conocía Andalucía después de la rendición del reino nazarí en 1492, Jaén, Córdoba, Sevilla y Granada. Este concepto territorial, que podríamos considerar identitario (Ramírez del Río 2017, 138), fue asumido de manera general a despecho de extrapolaciones eruditas que /p. 362/ pudieran someter realidades contemporáneas a la antigua circunscripción provincial de la Hispania romana. Fue el primer gran humanista español, andaluz de Lebrija, quien había señalado taxativamente unas diferencias que debieron ser del consenso de todos, por más que la mayoría de los mapas de la época ofrece en sus leyendas una neta separación con la jurisdicción granadina (Olmedo Granados 2011, 239-508):

El manifiesto error delos que piensan que Bethica es Andaluzia, como quiera que gran parte della cae enla Bethica. (...) toda la Serena y el Maestradgo de Santiago con la Sierra Morena, hasta el mar, se llama Bethica, mas no Andaluzia; i por el contrario, Ubeda i Baeça, Jahen i Granada hasta Murcia, todo se llama Andaluzia, pero todas estas ciudades con sus comarcas caen en la Tarraconense (Nebrija 1499, 215, 22-30 González-Llubera).

De las cuatro universidades andaluzas que se fundaron en la primera mitad del siglo XVI, Sevilla (1505), Granada (1531), Baeza (1542) y Osuna (1548)[133], ni siquiera la de esa “capital de cuatro Reinos” dispuso de una plantilla duradera de avezados humanistas que pudiera dinamizar una industria de la imprenta especializada en las litterae humaniores, como se había empezado a operar a mayor escala en el Estudio salmantino con el decidido compromiso regio[134], o en la renovadora fundación complutense al calor de la empresa editorial más colosal de la cristiandad hasta la fecha[135]. El privilegio real otorgado a los herederos de Nebrija para imprimir sus obras dotó a la imprenta de Granada y después a la de Antequera de una producción editorial para surtir a otros centros universitarios (Gan Giménez 1996, 67-77; Leiva Soto 2000, 29-46; Martín Baños 2014).

La absoluta carencia en Andalucía de impresos con tipos griegos durante la Edad Moderna es reflejo de la inexistencia de estudios helénicos en los planes de las universidades andaluzas de toda esa época (López Rueda 1973; Lafaye 2005, 98). Incluso en la reforma universitaria proyectada por los ministros de Carlos III a raíz de la expulsión de los jesuitas, la implantación del estudio del griego fue quedando arrinconada en Andalucía hasta su eliminación a principios del siglo XIX (Hernando 1975, 20-22, 86; Solís 2016, 658). Y es que tampoco en los colegios andaluces de la Compañía se había impartido la lengua griega con la regularidad que habría demandado publicaciones de estos textos originales. Tan solo tres páginas con algunas palabras en caracteres griegos encontramos en la editio maior de noviembre de 1540 de las Introductiones in Latinam grammaticem en el taller granadino de Sancho de Nebrija (Gallego Morell 1970, 50, nº 18; Martín Baños 2014, /p. 363/ 195-196, nº 119)[136].  Salvo los diez tipos helenos del título de un tratado jurídico en latín que exhibe ostentosamente en su frontispicio ΛΑΚΟΝΙΣΜΟΣ (sic pro ΛΑΚΩΝΙΣΜΟΣ), del licenciado Luis Mejía Ponce de León: Laconismus seu Chilonium pro pragmaticae, qua panis pretium taxatur, in interioris foro Hominis Elucidatione [Laconismo o estilo de Quilón[137] para el esclarecimiento en el foro del hombre interior de la pragmática por la que se tasa el precio del pan] (Sevilla: Juan Gutiérrez, 1569 [Castillejo Benavente 2019, 1045-1048 nº 897]), la imprenta sevillana de la Edad Moderna apenas produjo otra página que contuviera palabras en griego. El patriarca de la imprenta sevillana, Jacobo Cromberger (ca. 1472-1528), había tenido que recurrir a la transliteración para reproducir las citas originales en su mayoría aristotélicas en el breve tratado latino que escribió el regidor sevillano Rodrigo Tous de Monsalve (ca. 1470-1536), Rhoderici Thoi Monsalui Hispalensis patritii problemata quaedam ad interpretationis et scientiae sermonis cognitionem pertinentia (Sevilla: Cromberger, ca. 1515 [Griffin 1988b, nº 150]) [Algunos problemas referentes al conocimiento de la interpretación y de la ciencia de la gramática] (Solís 2012b, 27, nn. 60-61), cuya fecha de estampa se consolida durante esa última década del período post-incunable por unos Apuntamientos preparados por el mismo R. Tous en 1511 sobre polémica colombina (Martín Baños 2018, 242, n. 4). Un helenista sevillano catedrático de su materia en la Universidad de Alcalá, Fernando Valdés, no disfruta de otras referencias que las que se deducen de sus dos opúsculos docentes registrados en los repertorios tipobibliográficos (Martín Abad 1991, II, 658, nº 501; Ruiz Fidalgo 1994, II, 668, nº 730; Signes Codoñer 2016, 35), aunque el examen de los preliminares de esa Introductio in grammaticam Graecam complutense, una carta nuncupatoria a Juan Manuel, deán de la catedral de Sevilla (Lazure y Pozuelo Calero 2014, XXXI, n. 37), y un epigrama en ambas lenguas de Antonio Habramo, ampliarán nuestro conocimiento sobre el entramado de vínculos académicos y sociales entre escritores y eclesiásticos humanistas que ya ha sido destacado para el entorno hispalense en el lapso entre las dos publicaciones emblemáticas de Fernando de Herrera, 1580 y 1619 (García Aguilar 2012, 141-195). Todavía el siglo XVII verá en Cádiz un libro impreso con un epigrama de /p. 364/ dos dísticos en caracteres griegos (Simón Palmer 1977, 110-111; Alcoba 2006), seguido de su variante latina de tres, en los preliminares de Juan Bautista Suárez de Salazar, Grandezas, y antigüedades de la isla y ciudad de Cádiz, por Clemente Hidalgo en 1610, el único año en Cádiz como impresor (Domínguez Guzmán 1992, 20). El modesto preliminar en verso “utriusque linguae” del jesuita antuerpiense Martín Antonio del Río (1551-1608), profesor en Salamanca desde 1603, debió de componerse con la antelación que demuestra la pujanza de la red de contactos entre eruditos andaluces y el clero catedralicio hispalense egresado de aquella Universidad, como se registra con obras del mismo Suárez de Salazar, Fonseca y Figueroa, Rodrigo Caro, José de Aldrete, entre otros, en el manuscrito 57-3-24 de la Biblioteca Colombina (Solís 2017, 74-75). Una red de contactos que se había enriquecido con los envíos de libros desde Flandes a Sevilla con la mediación de Arias Montano (Bécares Bota 1999, 222-241; Dávila Pérez 1999a, 1999b, 2001, 2007), como se concreta en la colaboración con el humanista y geógrafo antuerpiense Abraham Ortelius (Morales 2002, 2004). Las bibliotecas particulares de funcionarios, letrados y eclesiásticos también registran obras clásicas originales en griego, pocas en verdad, cuyos indicios de lectura se podrán calibrar en la medida que se examinen los ejemplares que se hayan conservado. Por ejemplo, en la librería del licenciado Rafael Maximiano, inventariada en 1583 por Andrea Pescioni, un exponente claro de los vínculos entre humanistas e impresores (Montero 2017b), con un total de 384 asientos (Álvarez Márquez 2014, 278-294), encontramos impresos originales en griego clásico: “Aristotilis Retórica en griego, de a quarto de París”; “Plutarco en griego”; “Éticas de Aristóteles en griego”[138].

Esta endémica penuria institucional, tanto editorial como académica, más notable si se compara con la producción francesa o italiana (Cayuela 2015b, nn. 5-7), no fue obstáculo para que los humanistas andaluces cultivaran con planteamientos filológicos la lengua que bien se puede considerar como el tuétano de las humanidades (Lafaye 2005, 36, 71), porque la apropiación intelectual que hizo la antigua Roma de la cultura griega, en especial a través de la literatura, es el hecho más afortunado de la historia de la humanidad: en la cultura de la Antigüedad clásica está la raíz del humanismo, también del humanismo cristiano (Solís 2012c, 111-112; 2012b,16).

Desde luego que en las escuelas catedralicias ejerció profesorado con competencia en lengua griega, como demuestra el magisterio de Pedro Fernández de Castro[139] que se ha citado al hilo del impreso sevillano con la errata de una letra griega en su frontispicio. /p. 365/ En el colegio catedralicio de San Miguel (Álvarez Márquez 1995), blanco de las pullas del licenciado Pacheco (Montero y Solís 2005, 649), se impartía la enseñanza de letras humanas en Sevilla hasta la plena implantación de los planes jesuitas con la inauguración del Colegio de San Hermenegildo (Ollero Pina 2013); un magisterio que fue compartido por un plantel del que formaron parte Nebrija, Flaminio Sículo, Núñez Delgado, tal vez Juan Partenio Tovar (Solís 2012b, 23-27), junto con otros de menor talla o menos vestigios conservados (Gil 1991, 259-280), y se prolongaría en algunos integrantes del círculo del poeta Herrera, sin lugar a dudas, el grupo de arte y humanidades más duradero –entre 1548, apertura de la academia de Mal Lara, y 1647, fallecimiento de Rodrigo Caro (Solís et al. 2017, 63)–, dentro de la desoladora orfandad del humanismo español. Es así que en torno a esa “congregación de estudiosos” centrada en la metrópoli de la Monarquía Hispánica, se estableció una red cultural que abarcaba a escritores y artistas de los cuatro reinos de Andalucía. En lo que atañe al cultivo del griego por miembros de este grupo andaluz, tenemos un ejemplo de la altura a la que rayaba la erudición clásica en una breve correspondencia entre Pablo de Céspedes (ca. 1538-1604) y Pedro de Valencia (1555-1620), donde, en medio de interpretaciones de textos originales (Cañigral y García Serrano 1987-1989, 247-248; Rubio Lapaz 1993, 401-411), se menciona a Francisco de Medina, Bernardo de Aldrete, al “maestro Céspedes de Salamanca”, o al “flamenco” Martín del Río[140]. Los textos griegos aducidos por Rioja y Jáuregui en la polémica de los cuatro clavos de la cruz de Cristo, según se conservan en el Tratados de erudición de varios autores (BNE MSS/1713), aparecen transcritos en el impreso del Arte de la pintura de Francisco Pacheco, que póstumamente se imprimió en Sevilla por Simón Fajardo en 1649 (Bassegoda i Hugas 2004, 39-46; Roe 2017, 6). Y aunque Cándido María Trigueros (1736-1798) no se graduara en ninguna universidad (Aguilar Piñal 1999, 11), lo sitúan como exponente del magro helenismo dieciochesco andaluz sus traducciones de Teócrito (Galán Vioque 2008, 487-512) y sus acertadas falsificaciones epigráficas (Gil 1981, 163-165, n. 8), pues su destreza como falsario de poesía castellana del Siglo de Oro habría respondido a una idea de construcción crítica compartida con otros ilustrados (Montero 2017a, 270).

Pero si bien las traducciones de historiadores griegos que se publicaron en Sevilla en los primeros años de la imprenta están basadas en versiones latinas de humanistas italianos, ya el mismo fundador del Colegio que se unificó con la universidad, Maese Rodrigo de Santaella (1444-1509), ofreció un primer brote de helenismo en la primera edición en 1499 de su Vocabularium ecclesiasticum, con la traducción del griego de la correspondencia apócrifa entre Juliano el Apóstata y san Basilio de Cesarea. Que estas “primitias meorum in litteris Graecis laborum” que dedicó a Fernando el Católico hubiesen sido eliminadas en las siguientes ediciones de esa obra por inferirse una “sutil amonestación” a la autoridad /p. 366/ regia por sus conflictos con el papado (Pascual Barea 1991, xvii, n. 17; 2012, 748), viene a remarcar las paradojas entre revolución cultural e involución confesional, sea la que fuere, que caracteriza el a menudo convulso desarrollo del humanismo renacentista (Lafaye 2005, 21-32). Pues en el bastión de la escolástica que fue el Colegio de Santo Tomás, fundado en 1516 por el arzobispo fray Diego de Deza, inquisidor general entre 1499 y 1507, en cuyo desempeño confiscó los trabajos de Nebrija sobre “gramática de las lenguas sagradas” con los que se adelantaba a la filología europea de su tiempo (López Rueda 1973, 291-291; Martín Baños y Macías Rosendo 2014, 11-37), también se desenvolvieron actividades tan propias del humanista como la bibliografía. Tal fue la secuela de la Bibliotheca Vniversalis del protestante Conrad Gesner por el dominico Alfonso Chacón (1530-1599) (Moreno Uclés 1995, 240-243; Higueras Maldonado 1998, 128), cuyo manuscrito habría de utilizar en Roma Nicolás Antonio, y, en otro aspecto, la organización y jurados de certámenes y justas de composiciones poéticas latinas, donde encontramos al maestro cordobés fray Agustín de Esbarroya (ca. 1495-1554), que calificó, aunque fuera de concurso, unos excelentes dísticos latinos de Fernando de Herrera en honor de san Hermenegildo (Pascual Barea 2006, 149, n. 92). El arzobispo Deza favoreció a Cromberger con el monopolio de impresión de los libros litúrgicos diocesanos (Griffin 1988b, 50, 150-151). Cromberger, en 1504, se habría servido de la “compilación” por Maese Rodrigo de Santaella de unos poemas latinos en loor de la Virgen –estaba latente la oposición de los dominicos acerca de su Concepción sin el Pecado Original–, que quiso dar a la luz pública por el “singular afecto hacia el autor” (Pascual Barea 1991, 104). Si las Ode in Divae Dei Genitricis laudes son obra del papa Pío II Piccolomini (1458-1464) prácticamente por entero (Maestre Maestre 2012, 209-260), por más que Santaella pudo imitar las estructuras dactílicas de otros versos de Eneas Silvio Piccolomini cuando estuvo en Roma de secretario del cardenal Piccolomini-Ammannati (Pascual Barea 2012, 744), tendríamos al impresor Jacobo Cromberger como principal promotor de las obras netamente literarias del gran humanista de Siena. Pues además del Tractado de la miseria de los cortesanos (Griffin 1988b, nº 200) que tradujo el otrora inquisidor Diego López de Cortegana, y por entonces arcediano de Sevilla y lugarteniente de Deza en asuntos de la archidiócesis, en 1512 imprimió la famosa novela sentimental que el joven Eneas Silvio incluyó en su epistolario, Historia de los dos amantes, Eurialo franco y Lucrecia senesa (Griffin 1988b, nº 83, *119-120), en la bella traducción castellana que había aparecido anónima en Salamanca en 1496 (GW M33576), un año después de la única carta que se conoce de López de Cortegana en Roma (Solís 2012b, 43-44). Pero la obra que por esos mismos años imprimió Cromberger, con mayor influencia en la incipiente literatura áurea española (Escobar Borrego 2002; Núñez Rivera 2012), fue la traducción por el mismo Cortegana de la novela romana de Apuleyo El Asno de oro, un golpe de audacia editorial en la Sevilla del escolástico Deza, que, de acuerdo con las certezas tipográficas (Griffin 1988b, nº 97, *136-139), resultó ser la publicación más humanística y literaria impresa en Andalucía hasta el fin del período post-incunable. /p. 367/

A través de la traducción llegan al público lector las obras de literatura grecolatina clásica (Beardsley 1970) y las humanísticas escritas en la lengua del Lacio (Coroleu 2014, 138-141), como muestran las referencias sobre los incunables de Alfonso de Palencia con versiones de Plutarco (GW M34497) y Flavio Josefo (GW M15192) (Solís 2012b, 19, n. 15). En 1532 el historiador griego Herodiano fue traducido según la versión latina de Poliziano por Fernán Flores, canónigo de la Iglesia Colegial de Jerez de la Frontera y protonotario (Beardsley 1970, nº 35, 33-34; Castillejo Benavente 2019, 393-394 nº 203). La traducción de la Perenesis o exhortación a la virtud de Isócrates (Ad Demonicum) que incluyó Pedro Mexía en sus Coloquios de 1548, y en 1551 y 1562 (Castillejo Benavente 2019, 744-745 nº 618, 825-826 nº 694, y 975-976 nº 835), procede de la versión latina del humanista germano Rodolfo Agrícola (Castro Díaz 1989-1990, I, 38).

En efecto, al “Puerto de Indias” llegaron y desde ahí se difundieron obras impresas de clásicos grecolatinos (Beardsley 1979; Gil 1986), pero, sobre todo, las obras de la luminaria del siglo (Gil 1990, 82), que fue, además del pionero de la opinión pública moderna, el último gran escritor latino de las letras universales. Erasmo tuvo su primera traducción castellana en el Tratado o sermon del niño Jesu (Griffin 1988b, nº 159) que se anticipó en un lustro a la Querella de la paz, en la traducción de Cortegana junto a la mencionada de Piccolomini (Griffin 1988b, nº 200). A Erasmo se le ha venido reprochando una especie de equidistancia ante el más grave problema que tuvo la cristiandad en su época, hasta el desorbitado extremo de una reciente monografía hilvanada a base de fragmentos sesgados de su ingente epistolario (Clavería Laguarda 2018). Aparte de que tal equidistancia respondería a una independencia intelectual probadamente moderna, el rasgo de su obra que atrajo a la multitud de sus seguidores radicaba en la plena adaptación de los valores e ideales de la literatura grecolatina clásica a una auténtica y vívida piedad cristiana. En tal idea de apropiación intelectual, que compartieron a su manera incluso algunos de sus detractores como Sepúlveda o los jesuitas (Solís 2013a, 45), abunda el elogio que le tributó el clérigo antequerano Juan de Vilches, cuando en uno de sus poemas de su “Silva de diversos pasatiempos”, compara a Erasmo con Moisés, pues así como se llevó consigo preciosos enseres de oro y plata al huir de Egipto, el humanista holandés se trajo al cristianismo los tesoros de la cultura clásica (Asensio 1952, 38-40; 2000, 26-29; Talavera Esteso 1995, 372, poema 38, versos 21-26).

Pero Erasmo no aparece de los planes de estudios de la cátedra de latinidad de la Colegial de Antequera (Requena Escudero 1974), pese a haber tenido a Vilches desde 1528 en el desempeño de cometidos docentes y gestores de la institución (Talavera Esteso 1995, 25-30). Juan de Vilches publicará en Sevilla en 1544 el conjunto de su poesía latina titulado Bernardina, la obra más decisiva para las humaniores litterae publicada en Andalucía en la primera mitad del XVI, en cuyo colofón recomendaba a la juventud estudiosa dirigirse al impresor de su poemario para hallar libros de los mejores autores (Talavera Esteso 1995, 522-523, 77.11). El innovador tipógrafo sevillano Gaspar Zapata, que /p. 368/ había utilizado en este poemario humanista los primeros tipos cursivos en Sevilla después de la edición de dos clásicos, la Farsalia de Lucano, por Jacobo Cromberger en 1528 (Griffin 1988b, nº 283; Castillejo Benavente 2019, I, 303-304 nº 105), y las Heroidum Epistolae de Ovidio por Juan Cromberger en 1529, que editó el humanista Pedro Núñez Delgado (Castillejo Benavente 2019, I, 319-320 nº 133), acabará condenado por la Inquisición y exiliado entre los grupos disidentes españoles después de la persecución que activó el mismo emperador contra los focos luteranos de Valladolid y Sevilla (Moll 1999, 5-10; López Muñoz 2011, 125-141). Otro impresor sevillano de las décadas centrales del XVI, Martín de Montesdoca, con algunos de los colaboradores que participaron en las composiciones preliminares, entre los que se cuentan desde Arias Montano hasta Mal Lara (Wagner 1982, 24; Solís 1990, 237-241), se verá afectado de alguna manera, siempre mala, por aquella persecución. Resulta fascinante pensar que alrededor de la misma urbe coincidieron los disidentes que llegarán a traducir al mejor castellano la Biblia completa y el escriturista que habría de coordinar la nueva Biblia Políglota auspiciada por el Católico Monarca. Cipriano de Valera, que reeditará la llamada Biblia del Oso (Basilea, 1569) traducida por su antiguo hermano de hábito Casiodoro de Reina, testimonia en los preliminares de dicha edición revisada de 1602 que conoció a Arias Montano cuando estudiaba en Sevilla en aquellas fechas (Álvarez Seisdedos 1957, 20-22).

La Bernardina de Juan de Vilches resultó ser la obra más decisiva para las humaniores litterae publicada en Andalucía en la primera mitad del XVI, no solo por desarrollar la versificación eólica de las odas horacianas como ningún poeta latino andaluz hasta la fecha (Alcina Rovira 1995, nº 466, 215), sino por el poema épico de unos 800 hexámetros dactílicos del inicio del conjunto, cuyo contenido aún no ha quedado bien descrito (Castillejo Benavente 2019, I, 634-637 nº 509), sobre una acción bélica coetánea del año 1540, la batalla naval de Alborán, ganada por Bernardino de Mendoza, a quien se confunde con su hijo homónimo, el traductor de la Politica de Justo Lipsio. Gravita sobre los escritores humanistas más empeñados la jerarquía de los géneros literarios y el tópico de la recusatio es otra prueba de la alta consideración que han tenido los géneros grandes de la épica y la tragedia incluso después de la vigencia de los cánones clásicos. La Italia renacentista celebró con poemas épicos y representaciones teatrales latinas la capitulación de Granada y las gestas del Gran Capitán (Rincón González 1996). Cuando Herrera estaba puesto a pique para publicar su poemario petrarquista, Algunas obras (Sevilla: Andrea Pescioni, 1582), recibió desde Roma carta del paisano Baltasar de Escobar con la recomendación de abordar el más sublime de los géneros literarios, pues “aunque en la istoria tenga Vuestra Merced su gusto, tiene en la poesía su genio; y assí a dejado que le emplease en algún poema eroico, siendo el estilo de Vuestra Merced tan propio deste género” (Rubio Lapaz 1993, 397, doc. XXII). Siguió, con mejor tino pero inmerecidos hados, la senda de la historiografía, como ya en su primera publicación del relato de “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos”, Relación de la guerra de Cipre y sucesso de la batalla naval de /p. 369/ Lepanto (Sevilla, 1572 [Castillejo 2019, 1103-1105, nº 941 y 942]), donde incluyó el epinicio que lo había acreditado en el plectro heroico (Montero 1998, 125-140).

También la batalla de Lepanto tuvo su gran poema épico latino en las prensas andaluzas: el poemario del maestro Juan Latino Ad Catholicum pariter et invictissimum Philippum (...) epigrammatum liber (Granada: Hugo de Mena, 1573) se configura como un mosaico de elegías y epigramas humanísticos que culminan con los dos libros en verso heroico, 763 y 1.074 hexámetros, sobre la victoria naval de don Juan de Austria intitulado Austrias. Uno de esos poemas elegíacos de las secciones precedentes, “De uictoria in perfidos Turcas parta epigramma” (f. 11v), contiene varios sintagmas que casi palabra por palabra aparecerán en el antológico soneto de Hernando de Acuña, “Ya se acerca, señor o, ya es llegada” (Maurer 1993, 45), por abordar ambas composiciones la manoseada exaltación imperial a base del tópico de la edad de oro en el género pastoril que había inaugurado un joven Virgilio con su innovador tratamiento del carmen natalicium o genethliacon en la Bucólica IV (Solís 2014, 104); con toda pertinencia este “poema de la victoria lograda sobre los infieles turcos” había sido incluido por Juan Latino en el “Libro de epigramas del feliz natalicio del príncipe Fernando” de la primera sección (Gallardo 1888, III, nº 2627, cols. 334-335; Sánchez Marín 1981, 25-26; Alcina Rovira 1995, nº 228.1, pp. 121-122).

La vinculación e influencia entre la producción en verso latino propia o ajena y la misma poesía vernácula (Alcina Rovira 1995, 11-12) es un aspecto algo diferente de los indicios de lectura personal que se atisban en el examen de ejemplares conservados. En el que se conserva en la Biblioteca de la Universidad de Sevilla de la edición completa en latín de Luciano de Samósata, Opera quae quidem extant omnia e Graeco sermone in Latinum, por Jacobus Micyllus (Fráncfort: Christianus Egenolphus, 1538) (Solís 2012c, 319), se pueden leer notas marginales descalificatorias, “Esta obra es una putería”, que se conllevan del peor modo con los expurgos inquisitoriales, al ser el editor el humanista y poeta latino de Estrasburgo Jacobus Micyllus (Jacob Molsheim, 1503-1558) autor prohibido en el Index de Valdés (Carande y Solís 2013, 491-509).

Después de la pragmática de 1559 sobre la impresión de libros, que llevaba inherente la prohibición “de introducir, vender ni tener libro alguno de los prohibidos por la Inquisición” (Reyes Gómez, I, 197), el Erasmo que a duras penas permanece es el grammaticus, a menudo soterradamente, pues se detecta una oposición a “cierta pedagogía” con reminiscencias del humanismo erasmiano (Cátedra 2001, 80, n. 19).

La universidad de Baeza fue, gracias al impulso del maestro Juan de Ávila (ca. 1499-1569), “verdadero laboratorio para la espiritualidad del siglo XVI” (Cátedra 2001, 146); concebida para la formación del clero a partir del colegio religioso fundado por bula pontificia que se otorgó al clérigo paisano Rodrigo López (Álvarez 1961; Cátedra 2001, 17), solamente desarrolló las cátedras de Teología positiva (Comellas 2018, 53) y Artes, es decir, filosofía y letras humanas, dando cabida a la enseñanza de Virgilio, Ovidio y Terencio y otros de “humanidad” con tendencias reformadoras (Rincón González 2008, 997). /p. 370/ Pese a la escasa producción de publicaciones de litterae humaniores, a causa de la decidida apuesta por la enseñanza en lengua vernácula (Gil Fernández 1981, 58-59; Cátedra 2001, 80), la imprenta beaciense cuenta con la publicación de una obra emblemática de la cultura humanista europea. El Examen de ingenios para las ciencias de Juan Huarte de San Juan (ca. 1529-1588) (Baeza: Juan Bautista de Montoya, 1575) y 1594 (Cátedra 2001, nº 36 y 67, 208-211 y 261-263), fue el resultado del programa avilista de una educación netamente humanista y vernacular en conjunción con el galenismo complutense. En el desarrollo de su nuevo enfoque fisiológico de las ciencias y los caracteres, el Dr. Huarte muestra un manejo de los autores clásicos y una hondura interpretativa que recuerda a Michel de Montaigne: un ejemplo entre muchos aparte de los textos médicos, en el comentario del capítulo XIII sobre “el acto de honestidad” que manifestó en su muerte Julio César (Huarte de San Juan 1976, 266 Torre). Pero es en la exposición de los diferentes caracteres para la instrucción y dedicación intelectuales, en el capítulo V, donde Huarte hizo una crítica demoledora del principio de subordinación de la filosofía a la teología que había imperado desde la Baja Antigüedad (Solís 1997, 32, n. 76), con un contundente razonamiento en defensa de la libertad intelectual donde ligaba implícitamente las letras humanas a un afán de innovación y progreso (Huarte de San Juan 1976, 131-132 Torre). Pero por denuncias ante la Inquisición (Gallardo 1863, I, nº *162, cols. 169-170; Torre en Huarte de San Juan 1976, 27 n. 17; Rincón González 1997), en la segunda edición del Examen de ingenios, tuvo que refundir por completo dicho capítulo bajo directrices confesionales (Huarte de San Juan 1976, 439-451 Torre).

Con lectores tan penetrantes como los del Santo Oficio había que precaverse de incurrir en la menor sospecha de heterodoxia. Herrera jamás citó a Erasmo, ni en sus Anotaciones, la publicación más relevante de la imprenta andaluza del XVI, ni mucho menos en la entonces inédita Respuesta al Prete Jacopín, pese a ser grande la presencia de los Adagia (Montero 1987, 76). Tal vez lo que molestase al establishment cultural y académico era la “imaginativa”, por seguir las diferencias de ingenios de Huarte de San Juan, de que hacía gala el gran poeta sevillano para comentar un texto poético desde las amplias perspectivas que le proporcionaron sus lecturas, para ejercer “la imitación, diluida y sutil, no una mera repetición, sino el soporte de una escritura renovada” (Ruiz Pérez 1997, 55). El pintor Pacheco justificó esta falta de referencias a otros autores en la semblanza de Arias Montano en su Libro de retratos: “i por aver comentado los Libros Sagrados sin citar autores, no an sido bien recibidas sus obras de algunos. (...) imitó a los Santos Antiguos, que en sus comentarios no citaron a nadie” (Piñero y Reyes 1985, 324); pero es probable que ese hermetismo de estos círculos intelectuales sevillanos que dificulta tanto la investigación se deba a la presión inquisitorial y al control ideológico (Lleó Cañal 1979, 210-212). Ya el Maestro Matamoros, que se había formado en la Universidad de Valencia para desarrollar toda su carrera en Alcalá (Galán Vioque, en Domínguez 2012, 333), había solapado las influencias de Erasmo y Melanchthon en su tratado de retórica en latín que publicó en el taller /p. 371/ complutense de Brocar en 1545 (Galán Vioque 1994, 155-171; 1996, 372-384). Alfonso García Matamoros dedicó su apología de la cultura española, De adserenda Hispanorum eruditione, sive de viris Hispaniae doctis narratio apologetica (Alcalá: Juan de Brocar, 1555), a Juan Téllez Girón, IV conde de Ureña, el noble culto y amante de la música, que había fundado en 1548 el Colegio-Universidad de la Purísima Concepción en la ciudad de Osuna.

Pero tampoco iba a renunciar el pragmatismo jesuítico al buen empleo de la filología de los herejes: ya el mismo san Ignacio admitía que se leyeran textos de Erasmo, que no fue hereje, “pero expurgados y sin nombre de autor” (Lafaye 2005, 320). Para el uso didáctico en las aulas del Collegium Hispalensis Patrum Societatis Ihesu, el maestro Diego Girón (ca. 1540-1591), sucesor de Mal Lara en su academia de la Alameda (Solís 2012a, 105 n. 73), editó una colección de fábulas de Esopo que mantuvo una vigencia en la enseñanza española incluso después de la expulsión de la Compañía, y por la cual Rodrigo Caro le tributó un reconocimiento que desde luego merecía por sus otras labores humanistas: “tradujo las fábulas de Esopo de griego en latín” (Gómez Canseco 1992, 67; Solana Pujalte 2001, 165-166). Pues bien, esta colección Aesopii et aliorum fabulae, plures quingentis et latinius quam ante hac editae, opera Iacobi Gironii, impresa al menos por dos veces en Sevilla en 1584 y 1587 (Castillejo Benavente 2019, II, 1259-1260 nº 1070, y 1307 nº 1119), reproduce exactamente la adaptada versión latina de todas las fábulas de la tradición esópica que el humanista germano Joachim Camerarius (1500-1574) hizo estampar por primera vez en Tubinga en 1538 para ser utilizada en las escuelas luteranas, y fueron reimpresas después en el ámbito católico sin el nombre del auctoris damnati[141].

Esta magra probidad intelectual explica la proliferación de patrañas hagiográficas y prosapias míticas y bíblicas que inundaron todo el Siglo de Oro como un efecto deturpado de la asimilación de la cultura clásica, de cuyos monumentos se sirve no para la interpretación y enseñanza de sus textos sino para tergiversarlos y acomodarlos a determinada ideología. Los Plomos del Sacromonte y los Falsos Cronicones tienen un origen que se remonta a las fantasías de Annio de Viterbo (Solís 2012b, 47, nn. 159 y 160) e incluso a la tendencia goticista de la historia oficial que culminó en el culto a San Hermenegildo. Denominador común de la manipulación y falsificación de las fuentes históricas de la Hispania antigua y medieval es la damnatio memoriae del período musulmán de la historia española, que vemos simbolizada en la falsa etimología del nombre de Andalucía, cuya naturaleza fictiva quedó destapada bien a las claras por la ironía cervantina, al presentársenos en su absoluta ficcionalidad a través del macarrónico personaje de Casildea de Vandalia (Montero y Solís /p. 372/ 2004, 226-227; Solís 2016, 108). Los escritos que vindicaban la autenticidad de los plomos del Sacromonte, de los falsos cronicones, o de Santiago Matamoros, gozaron de un refrendo de la estampa que no tuvieron o no buscaron sus impugnadores (Morocho Gayo 1995, 15-60 y 143-357), pero, al parecer, no fueron muy leídos. Pues en una novela que se ha conservado inédita en los anaqueles de la Hispanic Society neoyorquina hasta nuestros días (Palacios 2017, XII-XIII), Historia del Huérfano, escrita en 1621 con elementos autobiográficos por el archidonense Martín de León y Cárdenas (1584-1655), se hace que su protagonista, de paso por Granada, deplore que:

las excelentes y doctas obras del ilustrado Gregorio Madera[142] (...) tan verdaderas, gustosas y elegantes que no tienen más falta para no ser leídas que ser espirituales, pues por serlo no hay quien le traiga a las manos, como a Don Quijote y al Pícaro, disparatadas apologías y apócrifas invenciones (Palacios 2017, 225).

Lecturas hay que no necesitan mayor suspensión de la propia incredulidad. Los escrúpulos intelectuales de Nicolás Antonio (1617-1684) para no dar a la luz pública su Censura de historias fabulosas hasta determinar todas las pruebas de la falsedad de los cronicones (Antonio 1788, II, 150; Elvira 2019, 30-39), no eximieron a Gregorio Mayans, su editor (Valencia: Antonio Bordázar, 1742), de verse denunciado ante la Inquisición por Diego Nicolás Heredia Barnuevo (Carande y Solís 2013, 491, n. 3), autor de Mystico Ramillete (Granada: Imprenta Real, 1741), un panegírico a Pedro de Castro y Quiñones, el arzobispo de Granada que promovió a ultranza la autenticidad de los plomos del Sacromonte y, en la archidiócesis hispalense, se procuró la complicidad de Rodrigo Caro para imponer sus intereses sobre la realidad arqueológica de inscripciones árabes de Sevilla (Ecker 2006, 335-384).

Muy diferente carácter tienen en el siglo de la Ilustración las falsificaciones de Trigueros, algunas de ellas apoyadas todavía en las supercherías de los falsos cronicones (Gil 1981, 173), o la falsificación del sicalíptico Fragmentum Petronianum del ‘Abate’ Marchena, que bien pudo granjearse su falso y clerical título por su decidida posición contra toda la ideología del Antiguo Régimen que representaba la Inquisición (Fuentes 1989, 223).

En el siglo XVIII lo humanístico es ya crítica y balance, como acertadamente enuncia el aserto de que “la Poesía Castellana volverá a ponerse sobre el buen pie en que estuvo en su siglo de oro” (Velázquez 1754, 174), expuesto en la monografía en que se expresó por primera vez el término con que conocemos esa periodización histórica de la literatura española: Luis José Velázquez, Orígenes de la poesía castellana del académico (Málaga: Oficina de Francisco Martínez de Aguilar, 1754). La producción latina de los humanistas quedó reducida entonces a objetivo de rara erudición, como la labor del académico Francisco Cerdá y Rico (1739-1800), en sus ediciones de humanistas andaluces, bien de manuscritos apógrafos, como es el caso de las obras completas de Juan Ginés de Sepúlveda, o recopiladas de las ediciones /p. 373/ del XVI, como las de Alfonso García Matamoros o Fernán Pérez de Oliva (González Palencia 1948, 71-86; Juárez Medina 1988). También en 1784 se publicó la primera edición de El humanista de Baltasar de Céspedes (Comellas 2018, 184*), y en las academias de Letras Humanas de finales del siglo XVIII se percibe el desplazamiento de los tradicionales studia humanitatis a las humanidades (Aguilar Piñal 1989b).

En esta ojeada sobre la lectura de letras humanísticas y sus agentes en la Edad Moderna en Andalucía se ha tratado de recoger la bibliografía sobre la producción impresa, espigando en el cúmulo de testimonios significativos la recepción y comentario de obras relevantes de escritores andaluces, tanto las originales escritas en latín y traducciones de los clásicos, como las que reivindicaron en castellano la validez de las “Letras Humanas”. Para llegar a conclusiones más sólidas en este complejo aspecto de la lectura, es necesario disponer de instrumentos con datos objetivos y lo más completos posible en que se apoye una detallada indagación sobre la tupida malla de relaciones intelectuales, comerciales y artesanales, personales y clientelares, que se extendían por todos los rincones de nuestra región.

Contamos con los catálogos de la Biblioteca Colombina, el fenómeno cultural concerniente al libro y a la lectura más colosal de su época (Wagner 2000), no solo del cruce de datos de los registros que ideó don Fernando Colón (Marín Martínez, Ruiz Asencio, y Wagner 1993-1995), cuya publicación completa desde el número 1201 venimos echando en falta, sino con los catálogos de impresos y manuscritos (Segura Morera, Vallejo Orellana y Sáez Guillén 1999; Sáez Guillén y Jiménez de Cisneros Vencelá 2002) y los archivos informáticos en la Red del fondo manuscrito de la Capitular y Arzobispal (<www.icolombina.es>), además de la más documentada historia de la institución (Guillén 2006).

Igualmente, tenemos en la Red los resultados del proyecto “Bibliotheca Erasmiana Hispanica”, (Solana Pujalte <http://www.uco.es/humcor/behisp>), que registra todas las obras de Erasmo, ediciones incluidas, que se conservan en bibliotecas españolas, dando cuenta de notas de propiedad y párrafos de expurgo de los diferentes índices de libros prohibidos por la Inquisición.

Pero todavía no existe un repertorio tipobibliográfico completo que describa en exclusividad las ediciones de textos originales de autores clásicos grecolatinos impresas en España ni siquiera en alguno de los siglos de la Edad Moderna. Las fichas de impresos latinos, además de los manuscritos, en España (Vallejo 1967, XI-XII, 31-42), y los impresos griegos (Simón Palmer 1977, 27), están recabados de los repertorios disponibles en aquellas fechas. Una investigación que resultará de gran utilidad para estos estudios será la edición, o transcripción pero con traducción comentada, de los paratextos de estas ediciones, desde luego que acotada a etapas, localidades y colecciones determinadas, análogamente a la que se ha seguido con los paratextos de las ediciones de teatro europeo en los siglos XVI y XVII (Cayuela 2015b), sobre cartas dedicatorias en ediciones de humanistas italianos (Coroleu 2014, 127-137), o en el estudio específico sobre la estructura de los preliminares incunables y post-incunables de Marciano Capela (Moreno Hernández y /p. 374/ Ayuso García 2015); en esta tarea resultan imprescindibles los repertorios descriptivos hasta 1550 del proyecto en línea «Biblioteca de Ediciones de Clásicos Latinos en el Renacimiento» (Moreno Hernández, <http://www.incunabula.uned.es>). Los datos y comentarios del catálogo de traducciones hasta las postrimerías del siglo XVII (Beardsley 1970) han de ser contrastados y ampliados con exactas descripciones de las citadas traducciones impresas en los repertorios y Addenda tipobibliográficos de incunables y post-incunables (Martín Abad 2001; 2007; 2016). Después de estos ya bien estudiados primeros años de la imprenta española, contamos con un detallada monografía sobre la imprenta en Baeza (Cátedra 2001). En este año ha sido publicado, el primero de una capital andaluza con las pautas descriptivas del proyecto general Tipobibliografía Española (Simón Díaz en Martín Abad 1991, I, 7-15), el repertorio de la imprenta en Sevilla desde 1521 al fin del siglo XVI con un apéndice de los siete impresos conservados de las prensas universitarias de Osuna entre los años 1549 y 1555 (Castillejo Benavente 2019, II, 1507-1515)[143]. Para el XVII hispalense disponíamos del catálogo abreviado hasta la mitad del siglo (Domínguez Guzmán 1992), junto con la tesis que ha registrado los textos y paratextos de todos los impresos sevillanos con poemas en cualquier lengua desde 1621 a 1700 (López Lorenzo 2016), y publicación parcial de la misma. Los índices de la magna bibliografía española del siglo XVIII (Aguilar Piñal 1981-2002) permiten hacer pesquisas sobre aquellos escritores que dejaron manuscritos o publicaron impresos sobre las humaniores litterae en la época de la Ilustración, pero se hace más difícil una recopilación aun somera de los clásicos latinos. Los mismas dificultades en esas indagaciones previas para Granada (López Huertas 1997b, I-III; Peregrín Pardo 1997), Jaén y su provincia (Sánchez Cobos 2005), Antequera (Leiva Soto 2000, 29-46), Córdoba (Valdenebro y Cisneros 1900), Málaga (Villar García 1980), y Cádiz (Pérez Gutiérrez 1903).

Una investigación sobre edición y lectura de obras humanísticas ha de apoyarse en el rigor observado por descripciones tipográficas exhaustivas porque es necesario conocer cada anomalía del proceso impresor, aunque las referencias a los diferentes estados o emisiones a veces se reduzcan a los preliminares cuando en la edición crítica no se han considerado esas posibles variantes. El examen individual de los ejemplares de estas colecciones que se guardan ahora en los fondos antiguos de nuestras bibliotecas (Álamo Fuentes y Ocón Pérez de Obanos 1996; Beltrán Fortes y Peñalver Gómez 2012; Peñalver Gómez 2013), permiten concretar una trayectoria de posesión, y entendemos que de lectura, en adición a la identificación del impreso en los inventarios indagados en la documentación de archivo (Millares Carlo 1923; De Andrés 1964, 1978; Etienvre 1979; Álvarez Márquez 1986, 1988; Bernal Rodríguez 1988; Griffin 1988b; Wagner 1982, 1988, 1988a, 1990, 2001, 2001a; Dadson 1998; Méndez Rodríguez 2000; Maillard Álvarez 2002; Solana Pujalte 2007, 2008; Álvarez Márquez y García Luján 2008; Solís 2017).

       La bibliografía está distribuida en la publicación después de cada uno de los tres bloques temáticos, «La producción editorial», «Materias y prácticas», «Bibliotecas, autores y lectores», con índices onomástico y toponímico de Ruth Martínez Alcorlo. La que a continuación se relaciona es la citada en el presente artículo (Solís 2020, 359-374).

Aguilar Piñal, F. (1966), La Real Academia Sevillana de Buenas Letras en el siglo XVIII, Madrid; ed. facs. Sevilla, Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Sevilla, 2001.

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Álamo Fuentes, Inés del, y Ocón Pérez de Obanos, Á. (1996), Apud inclytam Garnatam: 500 años de imprenta en Granada, 1496-1996, Granada, Universidad de Granada. Vicerrectorado de Extensión Universitaria.

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© José Solís de los Santos

 

[126] Criterios de periodización del fenómeno cultural según el enfoque histórico (Kagan 1976; Gil Fernández 1981; Peña Díaz, Ruiz Pérez, y Solana Pujalte 2001; González Sánchez y Vila Vilar 2003), o literario y bibliográfico (Simón Díaz 1950‑1994; Penney 1965; Beardsley 1970; Aguilar Piñal 1985-2002; Alcina Rovira 1995; Lafaye 2005; Cayuela 2012; Domínguez 2012), que remonta, por necesidad, a Nicolás Antonio (1783-1788; 1ª ed. en Roma 1672).

[127] Síntesis y bibliografía actualizada sobre el concepto y el término en la nueva edición del tratado El humanista, escrito en Salamanca en 1600 por el granadino Baltasar de Céspedes (Comellas 2018, 61*-81*). Sobre la raigambre germana del término, Lafaye 2005, 22.

[128] El término Humanismo fue divulgado en España por Menéndez Pelayo, según señala Di Camillo 1976, 10, n.4 (Suárez 2008, 41; Solís 2012b, 16 n. 2). En concreto en 1880, al hilo de un significativo fragmento epistolar de Erasmo “en defensa del humanismo contra los teólogos”, para los que “saber griego, hablar con propiedad y estilo, es herejía” Graece scire haeresis est, expolite loqui haeresis est (Menéndez Pelayo 1956, I, 686).

[129] Ha ahondado en el sueño e ideales del humanismo renacentista Rico 1993, passim; por contra, parece considerarlo casi una quimera, Ynduráin 1994, 171, 325.

[130] Es una nota de Tommaso Parentucelli da Sarzana, que será el primer papa humanista, Nicolás V (1447-1455), cuando organizaba la biblioteca de Cosme de Médici, que hizo pública en 1961 Paul O. Kristeller (1982, 138, n. 60). Atisba ya en Quintiliano (Inst. 1.8.11-13) ese carácter literario y eutrapélico en la grammatica misma, a partir de un estudio del crítico mexicano Alfonso Reyes, Lafaye (2005, 26).

[131] No “sería exagerado afirmar que el humanismo fue (...) el proceso de transmisión, desarrollo y revisión de las grandes lecciones de Petrarca” (Rico 1993, 13).

[132] Más aún en las de nueva creación: señala la coincidencia cronológica en los comienzos de la universidad de Baeza y su imprenta, Cátedra 2001, 16, e igualmente, al año siguiente de la fundación de la de Osuna el conde de Ureña llamó al impresor Juan de León (Castillejo Benavente 2019, I, 122).

[133] Sinopsis cronológica de la institución universitaria en el mundo hispánico, con diferentes firmas en cada una de las entradas, en Aldea Vaquero, Marín Martínez, Vives Gatell (1972-1975), s.v. “Universidad. Universidades españolas. Universidades hispánicas” (1975, IV, 2605-2674).

[134] En la redacción de los primeros estatutos, conservada en el ms. 218 de la Biblioteca Universitaria de Salamanca participó como rector el cordobés Pérez de Oliva (Fuertes Herreros 1984, 82-83).

[135] Actualización y síntesis de los parámetros humanistas en los trabajos de la Biblia Políglota (Martín Abad 1991, I, nº 28, 222-233) en Gonzalo Sánchez-Molero 2014 y Alvar Ezquerra 2016. Nebrija desarrolló la etapa más fructífera sobre el texto bíblico hebreo ya antes en Salamanca (Sáez Badillo 1994, 114-118).

[136] Puede comprobarse en los ff. 133v-134v, “De litteris Graecis”, por la referencia que aporta Simón Palmer (1977, 68) en su tesis inédita cuya consulta agradezco a Luis Cañigral. Ninguno de los repertorios bibliográficos se hace eco ni de esta singularidad tipográfica ni del epigrama y preámbulo latinos que a tal respecto escribió nuestro helenista de Lebrija. También se insertó en letras griegas el significado de Meliboeus y Georgica en el preliminar de Sancho de Nebrija para la edición y Ecphrases del primer volumen de las obras de Virgilio en 1545, que describe con algunas erratas, facillimer pro -llimae, Gallego Morell (1970, nº 20, 50-51). En la imprenta andaluza el escaso griego parece estar reducido a los paratextos. 

[137] La rara alternativa aclaratoria pudo venir sugerida en Pedro Mexía, Silva de varia lección, IV, 10 en el capítulo en que escribe del sabio Quilón de Laconia: “al hablar breve llamava por él, Aristágoras, estilo chilonio” (Castro Díaz 1989-1990, II, 396-397), tal vez mediante el antiguo profesor de griego del autor, Pedro Fernández de Castilleja (ca. 1487-1574), que participa en los preliminares con 4 dísticos elegíacos (Pascual Barea 2001, 317-352). Sobre los paratextos poéticos latinos dirijo la tesis de Sergio López López, Los poemas latinos en los preliminares de los libros impresos en Sevilla desde el siglo XV al XVII. Edición, traducción y comentario, con la codirección de L. Cañigral Cortés.

[138] Cf. Álvarez Márquez (2014, 285, nº 143; 289, nº 244; 290, nº 253, respectivamente); el “Índice onomástico” no recoge los nombres de autores que aparecen en las obras inventariadas. La precisión de lugar y tamaño de Rhetorica de Aristóteles apunta a la ed. de París: Christianus Wechelus, 1549.

[139] Juan de Mal Lara (1526-1571) reconoció a sus maestros en La Philosophia vulgar (Sevilla: Hernando Díaz, 1568), f. 175r: “los honrados maestros que me enseñaron, en Sevilla el bachiller Pedro Hernández (...); en Salamanca, el maestro León de Castro, y el maestro Miguel de Palacios y el maestro Juan del Caño; en Barcelona, el maestro Francisco de Escobar”. El teólogo Palacios era granadino; de Andújar, el helenista Del Caño (Pepe Sarno y Reyes Cano 2013, 1016).

[140] El ejemplar conservado en la Biblioteca Diocesana de Córdoba de M. A. Del Rio, Syntagma Tragoediae Latinae (Amberes: Vda. de Plantino y Juan Moreto, 1593), perteneció al canónigo Bernardo de Aldrete (Solana Pujalte 2008, nº 10a, 159).

[141] Camerarius había redactado con Melanchthon la Confessio Augustana, y “el cerebro de la Reforma” (Lafaye 2005, 87) había prologado la selección de Camerarius, Fabellae Aesopicae, Leipzig, 1545. Lidia Requena Caballero elabora una tesis sobre Las Fábulas esópicas de Diego Girón en la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla bajo la codirección de J. Solís y J. Solana.

[142] Se refiere a Gregorio López Madera (1562-1649), Discursos de la certidumbre de las reliquias descubiertas en Granada desde el ano de 1588 hasta el de 1598 (Granada: Sebastián de Mena, 1601).

[143] Arcadio Castillejo falleció en mayo de 2015, dejando preparada para su publicación esta parte de la Tipobibliografía Española en la que había trabajado tantos años. Agradezco la consulta de estos originales a su hijo Daniel y a Cipriano López Lorenzo, a cuyo cuidado ha estado finalmente la edición. En septiembre de 2019 se presentó la tesis de Eduardo Peñalver Gómez, La imprenta en Sevilla en el siglo XVII (1601- 1700), dir. Juan Montero, Facultad de Filología. Universidad de Sevilla. © José Solís de los Santos