El taller historiográfico del cronista Sepúlveda

Juan Ginés de Sepúlveda, Obras Completas, XIV: Historia de Carlos V (libros XXVI-XXX), edición crítica, traducción, introducción filológica, notas e índice de José Solís de los Santos; estudio histórico de Baltasar Cuart Moner, Pozoblanco: Excmo. Ayuntamiento, 2010. ISBN: 978-84-95714-28-2. Obra completa ISBN 84-920640-0-5.

 «Introducción filológica», pp. LXXV-CXCV. PDF: https://www.academia.edu/9662965/

I. Preámbulo

II. Trayectoria del cronista regio: letras humanas e historia

Familia y estudios. Helenista y aristotélico. Frente a Erasmo. El saco de Roma. Entre el papa y el emperador. Contra el pacifismo. El encuentro en Viena. La dorada espera del candidato. El cotizado latinista. Los colegas del cronista real.

III. El taller historiográfico del Doctor Sepúlveda: modelos y fuentes

Como realmente sucedió. La carta programática a Diego de Neila. El testimonio directo. La carta al cardenal Pole. La primera regla del historiador. Hacer y deshacer: el sino del historiador. La historia como arte literaria. La carta a Guillaume van Male. El historiador hereje Juan de Sleidan. La composición episódica. Acontecimientos ignorados y memorias perdidas. El facticio canon historiográfico. Fuentes del libro 26: La etiqueta borgoñona y la regencia del archiduque. El “felicíssimo Viage”. Accidente del príncipe. Manipulación. Las tribulaciones del papa. La conquista de África. La herencia del Imperio. Decreto contra los protestantes. Fuentes del libro 27: Nueva insurrección del Imperio. La fuga del emperador. La guerra de Parma. Hispania exhausta. Los descalabros de Metz y Ponza. Fuentes del libro 28: La guerra de Siena. /p. LXXVI/ Un héroe cordobés. Escaramuzas navales. Guerra en la frontera franco-flamenca. Inglaterra y el cronista del emperador. Fuentes del libro 29: La doble redacción del episodio “de rebus Britannicis”. Un anónimo veneciano como fuente definitiva de su historia inglesa. El cronista se informaba por los periódicos. Fuentes del libro 30: La crítica de la actualidad. Buen gobierno y cirugía social. Encuentro postrero en Yuste: retrato del emperador. La mula coja de Jovio. Lamentos y limitaciones.

  1. IV. La trasmisión del texto: realidad y conjeturas

La formación del primer apógrafo. Lectura pública de la crónica. Entrega del segundo apógrafo. Ley de silencio sobre la historia. “felici nescio quo fato”. La comisión editorial.

  1. V. La presente edición crítica

Normas ortográficas. Uso de las mayúsculas. Vocales y diptongos. Grupos consonánticos. La incansable revisión de los apógrafos. Editio princeps . Los aciertos de Alfaro. Académica acribía. Primacía de los apógrafos. De los apógrafos al autógrafo. /p. LXXVII/

MATRI OPTIMAE CARISSIMAE SACRVM

  1. I. Preámbulo

Con intervalos de poco más de doscientos años, la obra del más ilustre hijo de Pozoblanco, el doctor Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573), ha venido a reeditarse con el trabajo y los auspicios de instituciones españolas, jalonándose así el diálogo siempre inacabado entre autor y lector que es la savia de la consciencia colectiva en el conocimiento y la cultura. Pues desde la fecha cercana a 1570 en que dio una última mano a sus crónicas, hasta la edición de sus obras tanto publicadas como inéditas por la Real Academia de la Historia en 1780[1], media un lapso similar entre aquella empresa motivada por el feliz hallazgo de la crónica carlina y el acuerdo del Ayuntamiento pozoalbense de patrocinar una nueva edición de sus obras completas bajo los criterios científicos actuales[2]. Y la necesidad y pertinencia de esta nueva edición crítica han venido a confirmarse aún más si cabe con el estudio ecdótico y hermenéutico de esta última parte de la Historia de los hechos del emperador Carlos V, rey de España, que consta de los libros XXVI a XXX.

En efecto, el cotejo de sus dos apógrafos conocidos, que fueron manejados por los académicos pero cuyo resultado no se reflejó en su edición, aporta con sus respectivas variantes indicios casi inequívocos para ajustar la fecha de composición, además de precisar las fuentes históricas contemporáneas de donde nuestro cronista pudo elaborar la propia narración de aquellos hechos. Por otro lado, algunos pasajes que manifiestan desacuerdo o crítica de la política del césar Carlos, amén de replantear su posición intelectual y ética ante su labor de historiador, justifican, por encima de los tópicos al uso, el recelo a ser mal entendido si su crónica se hubiera publicado entonces, al mismo tiempo que nos explicamos los motivos por los que tampoco a su sucesor el Rey Prudente le interesó que se imprimiera.

Ya los académicos de la comisión editora señalaron en su prefacio la existencia en el más antiguo de los dos apógrafos de una anterior redacción de casi todo el libro XXIX sobre una serie de acontecimientos a los que, por lo demás, había aludido el propio autor en su epistolario impreso. También el balance /p. LXXVIII/ del reinado del emperador que ofrece el último libro contiene fragmentos suprimidos en ambos apógrafos, como si se anticipara a ejercer una censura que sabía inevitable. La incorporación a esta misma edición traducida y anotada de tales versiones y fragmentos inéditos constituye una aportación ineludible en este volumen final de ediciones críticas de la obra historiográfica del único cronista oficial de Carlos V que culminó con creces su cometido.

  1. II. Trayectoria del cronista regio: letras humanas e historia

El renombre del cordobés Juan Ginés de Sepúlveda[3] aparece ligado a grandes personalidades de la política y la cultura europeas de la primera mitad del siglo XVI; por mencionar a algunos personajes harto conocidos, Carlos V y Felipe II, el cardenal Cisneros, el duque de Alba, Hernán Cortés, los papas Adriano VI y Clemente VII, el cardenal de Inglaterra, Bartolomé de las Casas, o la gran luminaria de su siglo, Erasmo de Rotterdam, tuvieron con él marcada relación o comunicación personal; el príncipe de los poetas castellanos, Garcilaso de la Vega, le dedicó una oda latina (inmenso honor, sea cual fuere su valor literario), y su inmediata descendencia, para la que instituyó un mayorazgo, acabó emparentando con otra figura señera del Siglo de Oro, su paisano don Luis de Góngora. Su labor como traductor del corpus aristotélico, tratadista y polemista le granjearon la más alta consideración entre los españoles sabios de su época, como empezaron a reconocer, ya a pocos años de su muerte, los pioneros de la bibliografía hispana[4]. La trayectoria que convirtió al humilde estudiante Juan de Sepúlveda desde la comarca cordobesa de los Pedroches hasta el trato con los poderosos y la perenne notoriedad de la bibliografía académica, se corresponde con una idea característica del Renacimiento, la de la fama y la nobleza a través del mérito personal y aun en contra de la obscuridad de la propia cuna. /p. LXXIX/

Familia y estudios

Sus orígenes, aunque de “cristianos limpios y viejos”, fueron bastante modestos. El abuelo materno, Juan Hernández de Sepúlveda, ejerció de escribano público de Pozoblanco, pero el padre, Ginés Sánchez Mellado, que debió de fallecer antes de 1-IX-1496, desempeñó oficio o negocio relacionado con el curtido de pieles, y no muy boyante, porque en las informaciones hechas entre los años 1511 y 1512 en Pozoblanco y Córdoba para las pruebas de limpieza de sangre, además de declararse sin rentas conocidas, el bachiller Juan de Sepúlveda tuvo que recurrir como testigos a silleros y correeros vecinos de la misma capital[5].

No renegó nunca de tales orígenes, según demuestra el mayorazgo que instituirá en carta otorgada en su villa natal de Pozoblanco (21-III-1564) a favor de su hermano Bartolomé y de María, la hija ilegítima de éste, familiares a los que guardó profundo agradecimiento y afecto[6]. También en la adopción del nombre de pila de su padre a la usanza clasicizante de los tria nomina romanos, Ioannes Genesius Sepulveda, que usó siempre desde su primera obra impresa (1521), hay un cierto atisbo de piedad filial[7], como homenaje de quien ha alcanzado una posición gracias a las artes liberales por su progenitor que hubo de ganarse la vida en oficios mecánicos o serviles, además de la pretenciosidad del parvenu de darse aires de nobleza[8], toda vez que en dicho sistema onomástico ése es el nombre principal y por ése habría de ser reconocido, /p. LXXX/ catalogado y aun confundido. Pocas vías de promoción social quedaban para hombres de esa condición y fortuna que no fueran las que se englobaban bajo el marbete de ‘iglesia’ en el consabido refrán cervantino, mas, en el caso de nuestro autor, con tales dotes intelectuales y tan buena disposición que gustó de consagrarse a la virtud y al conocimiento desde su primera juventud[9]. Después de un periodo escolar en Pozoblanco o Córdoba del que no se ha hallado documentación alguna, pasó a la universidad de Alcalá de Henares (1510), el centro recién fundado por el cardenal Cisneros para la renovación cultural y espiritual por medio de la formación teológica. En las aulas complutenses alcanzó el grado de bachiller en artes, es decir, humanidades y filosofía, con el futuro erasmista Sancho Carranza de Miranda[10], y después de tres años será elegido para estudiar teología en el Colegio San Antonio de Portaceli de Sigüenza[11]. Pero una más importante designación le aguardaba: el 15-II-1514 el mismísimo Cisneros firmó la presentación del “dilectus noster bachalarius Joannes de Sepulueda” para cursar en el Colegio de San Clemente de Bolonia[12].

Helenista y aristotélico

En la Italia cuna del Renacimiento vendría a alcanzar su más alta preparación intelectual con el doctorado en artes y teología, además de estudios jurídicos, y la especialidad por la que pertenecerá a los denominados humanistas aristotélicos, tendencia de los Studia Humanitatis que los diferenciaron del de aquellos que cultivaron el aspecto más estricto de la teoría y práctica de la literatura y la erudición clásicas[13]. Bajo el magisterio de Pietro Pomponazzi, que se hallaba inmerso por entonces en la polémica sobre la inmortalidad del alma, Sepúlveda adquirió la estudiosa admiración por la obra de Aristóteles que le proporcionará una visión secularizada del hombre y de la naturaleza[14], al mismo tiempo que la solidez de conocimientos para conjugar el pensamiento ético y social del Estagirita con la doctrina de la Iglesia bajo el soporte de la teología humanista. Con esta labor netamente filológica, Sepúlveda contribuyó a conjuntar, crítica y racionalmente, las dos tradiciones, la clásica y la judeocristiana, que configuran la base del pensamiento europeo[15].

Su buen oficio en este campo vendrá a anular las pésimas y aberrantes traducciones medievales exponiéndolas en un latín que nada tenía que ver con la bárbara jerga escolástica[16]. De la valía de Sepúlveda como traductor dan fe no sólo los encargos y patronazgos de influyentes personajes italianos, Alberto Pío de Carpi, Julio de Medici, futuro Clemente VII, el cardenal Cayetano, Hércules Gonzaga, sino el reconocimiento ulterior de grandes figuras de la filología del siglo XVII ajenas en todo punto a la esfera eclesial, como Gabriel Naudé y Daniel Heinsius[17]. Antes de iniciar su andadura como libre profesional de la filosofía[18], recibió del claustro del Colegio Español de Bolonia el encargo de remozar una antigua biografía del fundador, el cardenal Gil de Albornoz (1302-1367), que adolecía de notables defectos de composición y estilo[19]. En esta primera obra impresa de nuestro autor están presentes ya los dos saberes que concurrieron para acceder a su cargo institucional en la Corte española: la historia y el latín. Estas disciplinas también están presentes en su Dialogus de appetenda gloria, qui inscribitur Gonsalus (Roma: Marcelo Silver, 1523), en el cual, a través de las hazañas ejemplares de un héroe paisano, el Gran Capitán, y de otras gestas de la historia patria, da cauce a una idea de la fama y el mérito que impregnará su concepción historiográfica.

Frente a Erasmo

Pero en aquellos años, ninguno de sus patronos hacía presagiar su futuro puesto tan importante para los intereses del emperador. Su principal protector, el príncipe de Carpi Alberto Pío (1475-1531), fue claro partidario de la política profrancesa y antiimperial del papado, en especial bajo Clemente VII (1478-1534), a quien debió nuestro autor el encargo de la mayoría de las traducciones de Aristóteles desde que lo llamó a su círculo de eruditos ya antes de su elección para el sumo pontificado (1523). Es probable que ya desde entonces la adhesión al bando antierasmiano de aquel excelente humanista y teólogo cordobés que había publicado un duro alegato contra Lutero, De fato et libero arbitrio adversus Lutherum libri tres (Roma, 1526)[20], no pasara inadvertida a los elementos ultraortodoxos cada vez más pujantes en la Corte española, pues aunque la divulgación de esas opiniones no llegaran a producirse efectivamente hasta 1532 con su salida a la palestra en defensa póstuma de Alberto Pío[21], datan de 1525 los primeros forcejeos entre el de Rotterdam y este prócer italiano, y es lógico sospechar que en las argumentaciones doctrinales de éste bien podría haber intervenido un experto como lo era su leal colaborador el español Sepúlveda[22]. Además, en este tratado De fato, nuestro humanista había censurado el excesivo biblicismo en que Erasmo incurría en sus críticas contra Lutero, en detrimento de planteamientos más netamente filosóficos[23]. Una muestra de este definido alineamiento es el hecho de no haber sido citado en el prolijo catálogo de escritores y hombres ilustres que incluyó en la primera edición de su historia de España en latín (Alcalá, 1530) el anciano cronista regio Lucio Marineo Sículo (c. 1444-1536) [24], tan entusiasta de Erasmo que, amén de esos elogios a sus numerosos seguidores hispanos, insertó un epigrama en el que exhortaba a venerarlo como a un ser divino[25].

En sintonía con el eslogan de la burda metáfora del huevo de Lutero que formularon los frailes de Colonia[26], la tesis central tanto del de Carpi, como de Sepúlveda y cuantos detractores tuvo el pionero de la opinión pública moderna, estribaba en que las críticas e ironías contra los eclesiásticos que insertaba Erasmo en sus escritos habían sembrado la semilla de la herejía protestante. En lo que respecta a nuestro autor, se añadía que Erasmo, en la segunda edición de su alegato contra el clasicismo de los humanistas italianos, Ciceronianus sive de optimo genere dicendi (1529), lo había citado como joven promesa de las letras neolatinas, a él, que frisaba en los cuarenta y se encontraba en su período más versátil y prolífico[27]. Empezó a mitigarse la polémica gracias a la mediación de un amigo común, el secretario imperial Alfonso de Valdés (c. 1490-1532), quien debió de poner el dedo en la llaga al rogarle que no buscase la vanagloria atacando al gran humanista[28], pero sólo de cara a la galería, pues el bátavo no dejó de expresar privadamente su desdén por los alegatos y observaciones que el cordobés tanto estimaba[29]. A la postre, Sepúlveda tributaría a Erasmo el mayor homenaje que se puede brindar a un escritor: reconocer que los amos del mundo temían la enorme influencia de su pluma en la opinión pública de la época. Lo puso al final del sermoneante obituario que incluyó en nuestra Historia de Carlos V, en palabras confidenciales de Clemente VII a raíz del ligero reproche que le formuló este papa por haber sido demasiado suave con Erasmo en su Defensa de Alberto Pío:

Nam viventi pontifices maximi parcebant, non quod eius mentem et scripta probarent, sed ne exagitatus ab ipsis palam descisceret ab ecclesia catholica et in castra Lutherana coniectus apertius ecclesiae rationibus officeret, ut mihi Clemens septimus indicavit, cum Antapologia, quam dixi, perlecta, modestiam qua usus in Erasmum fuissem commendaret

(Pues mientras vivía, los sumos pontífices lo respetaban, no porque aprobaran sus ideas y sus escritos, sino para que no abandonase públicamente la Iglesia católica al sentirse perseguido por ellos y precipitándose en el bando luterano viniera a estorbar bien a las claras los planes de la Iglesia, según me lo reveló Clemente VII cuando, después de leer mi Antapologia que he dicho, ponderó la moderación que había usado yo con Erasmo)[30].

La candidez con que había aconsejado a Erasmo cejar en las polémicas para precaverse de la prohibición de sus obras después de su muerte[31], hace sospechar que fuera totalmente inconsciente del alcance y significado que entrañaba el calculado trato que dispensaron los papas al gran intelectual de la modernidad, al que el mismo Paulo III llegaría a brindar el capelo cardenalicio. Pero había además, según es notorio, una radical discrepancia entre ambos pensadores: el irenismo a ultranza del humanista bátavo y el concepto de guerra legítima del teólogo cordobés[32], que tuvo que contrastar por propia experiencia con la dura realidad, pues sus intereses laborales empezaron a cambiar de rumbo con el asalto y saqueo de la ciudad de Roma por las tropas imperiales (6-V-1527).

El saco de Roma

Nuestro humanista vivió el terrible acontecimiento en el bando romano, junto a Carpi, su colega antes que patrón, como solía decirle (“non negotiorum administer, sed studiorum, quemadmodum ipse dicere solebat, socius”), y con el mismo papa en el refugio del castillo de Sant’Angelo. Del alcázar pontificio, según narrará en esta crónica, fue expulsado el mismo día de la ocupación, en pleno fragor del pillaje y demás daños colaterales, por el simple hecho de ser español (“quod Hispanus essem”)[33]. Pero no se retraerá de sugerir la responsabilidad del rey de España en los atropellos que con harta frecuencia perpetró en la población inerme la indisciplinada sevicia de sus tropas, sobre todo en Italia, según se colige del balance general del reinado en el último libro de esta misma obra[34]. No encontramos en sus escritos otros juicios sobre este suceso que conmocionó a la cristiandad[35], y que sin duda debió de afectar a sus planteamientos de futuro, pero es posible que además de algún sentido de patriotismo, que se puede vislumbrar en algunos pasajes de sus obras[36], pensara en su fuero interno nuestro autor que era una triste historia que vinieran a dejarlo sin trabajo precisamente los ejércitos que servían al rey de su propia tierra[37].

Después del saqueo de la ciudad de Roma, se retiró a Nápoles y de allí a Gaeta, llamado por el cardenal Cayetano, el eminente expositor del tomismo, para colaborar en sus estudios exegéticos ajustando a la norma griega los pasajes oscuros y dudosos del Nuevo Testamento, pues Tomás de Vio (1468-1534) no se manejaba con el griego, según vio necesario precisar en su crónica (“nec enim ipse Graece noverat”)[38]. No da puntada sin hilo nuestro cronista en todo lo que concierne a la Orden de Predicadores, cuyo generalato ejercía Tomás de Vio cuando el tremendo saqueo de la Ciudad Eterna, donde fue capturado y puesto en libertad a costa de un elevado rescate; pues el egregio escolástico se había pronunciado taxativamente contra la legitimidad de la conquista de las Indias en los mismos términos que lo hará su gran antagonista Las Casas. Así lo recordará en su carta en español al cardenal Granvela (8-VII-1550), en vísperas de la Junta de Valladolid: “Sepa V.S. que los que antes de mí escrivieron en esta materia de los indios fueron estos tres (sc. Bartolomé de Carranza, Domingo de Soto y Melchor Cano) y fray Francisco de Vitoria y el cardenal Gaetano, todos frailes de Sto. Domingo, y todos escrivieron diziendo o dando a sentir que esta conquista es injusta. Yo después escreví y prové por grados y manifiestos fundamentos ser justa y santa”[39]. Tal vez con esta nota postrera sobre la laguna en el saber del gran comentarista[40], pretendiera remachar la solidez de sus argumentaciones frente a la presunta inconsistencia doctrinal de los dominicos paisanos, o también, tan sensible como él era al reconocimiento de la posteridad, desquitarse de no haber sido mencionado en el comentario en cuyas interpretaciones colaboró[41].

Entre el papa y el emperador

De seguida, pasó al servicio de fray Francisco de Quiñones (1475-1540), quien había sido creado cardenal de Santa Cruz por Clemente VII en pago por sus buenos oficios mediadores con el emperador que cuajarían en el tratado de Barcelona (1529). En el séquito de este cardenal compareció Sepúlveda en Génova (12-VIII-1529) para recibir a Carlos V de camino a Bolonia, donde recibiría la corona imperial de manos del mismo papa. Fue su primer contacto con la Corte española[42], que se volvería a repetir en Piacenza (entre IX y X-1529), donde hizo entrega al emperador del manuscrito de su traducción de los Meteorum libri IV del Estagirita[43], y luego en Bolonia, donde asistiría a la fastuosa coronación (24-II-1530). Como ya se ha destacado, esta magnífica y aun entonces anticuada ceremonia, pregonada por toda Europa en relaciones y monografías, le mereció tan escaso entusiasmo que, en el producto de su función de cronista, la despachará con la escueta mención de lugar y fecha, haciéndola preceder de un duro discurso de Antonio de Leiva, el héroe de Pavía, en el cual reprochaba al emperador el haber firmado una paz desventajosa con el papa sin valerse de tantas victorias militares[44]. Pese a esta animadversión por la institución imperial, que llegará a expresar más claramente en esta parte de la Historia de Carlos V que nos ocupa[45], había redactado en esta época un breve tratado parenético sobre aquella misión del Imperio que creía más conveniente en aquellos tiempos: abanderar la siempre problemática cruzada[46]. Con este tratado debió de responder también a una preocupación acuciante de Clemente VII ante el peligro otomano, pues después de la catástrofe de Mohacs (29-VIII-1526) incluso había pensado en viajar a España para solventar en persona las diferencias entre Carlos V y Francisco I y lograr la gran coalición de príncipes cristianos contra los infieles turcos[47].

Contra el pacifismo

En este libelo dirigido y dedicado al emperador, Io. Genesii Sepulvedae Cordubensis Cohortatio ad Carolum V. Imperatorem invictissimum ut facta cum omnibus Christianis pace bellum suscipiat in Turcas (Bolonia: Ioannes Baptista Phaellus, 1529)[48], establece una analogía entre la época actual y la clásica[49] para probar, con estas eruditas extrapolaciones de la lucha entre barbarie y civilización, la legitimidad de la guerra contra los turcos, y demás “impíos”, frente al pacifismo de corte evangélico que profesaban humanistas como Vives y Erasmo[50]. Pues en su Exhortación, volvía por sus fueros el futuro cronista regio al dedicar “más espacio a rebatir las tesis erasmianas sobre la guerra que a animar a Carlos V a emprender la cruzada contra los turcos”[51]. Y, en efecto, no sólo descalifica nuestro autor en esta verdadera soflama imperialista rebajando a un conformismo burdo y sacrílego las denuncias de cualquier tipo de guerra, sino que las equipara a la herejía llegando incluso a insinuar también que el promotor de dichas ideas, que no nombra, está sobornado por los turcos:

Scio enim tibi non suspectos modo impietatis nomine, sed invisos etiam nefarios homines, quos audio sacrilegas voces spargere falso Christianismi colore praetextas non esse Christianae tolerantiae Turcarum violentiae, quam Dei flagellum esse iactant, ferro et armis repugnare, Christianis enim non vi, sed patientia superandum esse. (7) Quorum hominum vocem non ut ceterorum haereticorum placita a mentis errore, non ab ambitione et opinionis pravitate manasse certum habeo, sed ab auctoris scelere et insidioso sacrilegio, qui muneribus ac pollicitis Turcarum corruptus nefandas insidias tendit libertati Christianorum, quibus insitum est et maiorum sapientia et religione traditum, ut cetera bella quae inter pios geruntur civilia et domestica, quae vero cum Turcis et ceteris impiis, iustissima et plena pietatis esse putent.

(Sé que no sólo te [sc. Carlos V] resultan sospechosos de impiedad, sino que también consideras detestables a esos hombres nefastos, que, según tengo entendido, andan propagando sacrílegas ideas, teñidas de un falso color de cristianismo, de que no es propio de la tolerancia cristiana valerse de la espada y los ejércitos para luchar contra las agresiones de los turcos, a las que califican de ‘azote de Dios’, pues los cristianos deben vencerlas no con violencia, sino con paciencia. Pero tengo por seguro que las ideas de esos hombres no han brotado, como las opiniones de los demás herejes, de un desvarío de la mente, ni de la ambición o de un pensamiento pervertido, sino del crimen e insidioso sacrilegio de un autor que, corrompido por los regalos y promesas de los turcos, tiende infames intrigas contra la libertad de los cristianos, que tenemos inculcado y aprendido por la sabiduría y religiosidad de nuestros padres el convencimiento de que las guerras que se entablan entre los creyentes son civiles e intestinas, y, en cambio, las que se hacen contra los turcos y demás infieles son justísimas y enteramente conformes a la piedad)[52].

Es evidente que, desde la perspectiva actual, el irenismo de esos humanistas se acomoda más con nuestra idea del intelectual comprometido con la búsqueda de la verdad y la justicia en inequívoca actitud contraria al gran negocio que es la guerra y a la violación del Quinto Mandamiento, pero, en las acuciantes circunstancias de aquella época, con una clase intelectual formándose y reconociéndose en los fundamentos de un mundo que, pese a sus altos logros espirituales, no había terminado de fraguar en el plano ético un Imperativo Categórico, y en el límite de lo político acababa resignándose a la ley del más fuerte, aún pesaba un ancestral sistema de valores en que nos explicamos esa plena justificación moral y religiosa de la guerra a la que dedicó Sepúlveda no poco de sus reflexiones. La cuestión teórica estribaba en compaginar aquel espíritu evangélico que se despegaba de las encallecidas estructuras eclesiales, de siglos acostumbradas al poder terrenal, con las exigencias de la vida humana en medio una crisis social y política que afrontaba el descubrimiento y colonización del Nuevo Mundo ante el feroz embate del poderío otomano. Y la vía que encontró fue reaccionar contra ese pacifismo genuinamente humanista tildándolo de subversivo y hereje al relacionarlo con Lutero sin base alguna[53], y, sobre todo, cimentar la teoría de la guerra justa a través del acopio doctrinal de los textos neotestamentarios y patrísticos con el objetivo de desembarazar a la aguerrida y devota nobleza hispana de algunos de tales escrúpulos. Pero el gran polemista que fue nuestro autor también salía al paso contra cierta idea, que comenzaba a calar en el pensamiento político, de que la religión cristiana había debilitado la combatividad de los pueblos. Así se hallaba expuesta por Nicolás Maquiavelo (1469-1527) en sus Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio (Roma: Antonio Blado, 1531), recién publicados por las prensas pontificias, donde también salía a la luz, con “Gratie, et Privilegi” del papa, su más célebre obra, Il prencipe (Roma: Antonio Blado, 1532). Esta vertiente de su crítica está confirmada por la mención expresa del gran pensador florentino en una redacción primitiva[54] de lo que sería su primer tratado político, el De convenientia militaris disciplinae cum Christiana religione dialogus qui inscribitur Democrates (Roma: Antonio Blado, 1535)[55], que acabó publicando en las mismas prensas pontificias, al parecer urgido por su amistoso corresponsal Francisco de Toledo, y que dedicó a quien será su mentor en la Corte española, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel (1507-1582), III duque de Alba[56].

El encuentro en Viena

            Se nos ha conservado un testimonio de su primer encuentro con este personaje decisivo en la política española del siglo XVI, precisamente en la campaña de defensa de Viena al final del estío de 1532, cuando Solimán decidió dejar para mejor ocasión medirse directamente con el paladín de la cristiandad (“nullo proelio fortuna tentata”[57]). Hizo esta confidencia, ya al final de su vida, al anticuario paisano Juan Fernández Franco (1520-1601), quien la anotó con el debido respeto en su ejemplar de los Epistolarum libri septem de su maestro[58]:

Allí en Viena alcanzó el Doctor al Emperador nuestro señor, de cara del enemigo, y estaba con él en la tienda el Duque de Alva; y excusándose el Doctor de se haber tardado en Roma, se lo agradeció S. M. y se volvió al Duque, y dixo: “Pero para lo que acá se ha hecho, poca falta nos ha hecho el Doctor”. Oílo al mismo, porque no havían querido dar batalla, sino dilatar y esperar.

Este viaje de nuestro autor a los reales del emperador junto a la ciudad del Danubio ha sido puesto perspicazmente en duda con el argumento de que, tan poco amigo de meterse en caminos, no hubiera dejado de consignarlo por escrito en algunas de sus obras[59]. También resulta extraño que no hubiera hecho la menor alusión a esta audiencia de S. M. a orillas del Danubio entre agosto y septiembre de 1532 al secretario Alfonso de Valdés en la carta ya mencionada, que debió de escribirle antes del 14 de octubre del mismo año ya de vuelta en Roma, si no tuviéramos tal vez que adelantar su datación un par de meses antes[60]. Difícilmente podría achacarse a confusión senil de nuestro autor el relato de tan detallada anécdota a una persona intelectualmente solvente como el anticuario Fernández Franco[61]. Tampoco están claros los motivos de esa visita o convocatoria que tiene visos de ser un propósito frustrado, a tenor del silencio en que sumió en los años siguientes cualquier recuerdo del viaje y entrevista, donde también pudo encontrarse con Luis de Ávila y Zúñiga (1500-1573)[62], personaje determinante en su obra histórica, y es evidente, por el aparte que el emperador dirige al duque con cierto enojo, que Sepúlveda no había ido con su Cohortatio hasta Viena en calidad de cronista ni siquiera en ciernes[63]. Es precisamente a partir de entonces cuando salen a relucir los proyectos historiográficos de nuestro autor, a quien muy posiblemente se le habría propuesto en aquella entrevista tal cambio en su vida profesional[64].

La dorada espera del candidato

Mientras tanto, siguió trabajando en Roma junto a su amigo Diego de Neila en la redacción del “Breviario Romano” que dirigía el cardenal Quiñones por mandato de Clemente VII[65], o en sus traducciones de Aristóteles, bajo el mecenazgo del mismo papa, en unos años si no dorados sí estimulantes, como bien se trasluce en la carta al cardenal Iñigo López de Mendoza (4-XI-1534), donde le cuenta sucesos que de algún modo recuerda a La Lozana andaluza, hechos si bien un poco truculentos tanto más reveladores de un estado de ánimo más despejado, por cuanto muy pocas veces se rebaja nuestro autor a desviarse de las sesudas y eruditas cuestiones del debate filológico o del gobierno del mundo y sus monarquías[66]. Sus asiduos contactos con altos dignatarios y humanistas, como el embajador Cifuentes, Gian Matteo Giberti, Ercole Gonzaga, Francisco de Toledo, Francesco Flórido Sabino, Marcantonio Flaminio o Juan de Valdés, que refleja su epistolario y la carta dedicatoria del Theophilus, nos lo vislumbran como integrante de los círculos intelectuales romanos, alguno de los cuales tal vez él mismo contribuyera a promover[67].

Pero lo que aparece como indicio inequívoco de que era ya cronista in pectore fue, cuando aún no había recibido el nombramiento oficial[68], la elaboración de una monografía latina sobre la triunfal campaña de Túnez, en el verano de 1535, a partir de dos relaciones y numerosas noticias de algunos que intervinieron; pues para confirmar y aclarar datos, se sirvió de una memoria manuscrita que había redactado el ya mencionado Luis de Ávila, gentilhombre de cámara de Carlos V y futuro historiador de sus guerras de Alemania. Le hizo llegar esta memoria que llamará Bellum Tunetense por mano del poeta Garcilaso de la Vega en los primeros días del siguiente año, según el acuse de recibo de la misma fechado en Roma un 12 de enero[69]. Y, realmente, los tres libros de la monografía histórica denominada De bello Africo vinieron a representar como una especie de ejercicio de acceso a la plaza de cronista regio[70], que obtuvo, al fin, por cédula de nombramiento dada en Roma, a 15 de abril de 1536[71], dos días antes del célebre discurso que pronunció Carlos V en español ante Paulo III, la curia pontificia y los embajadores, y que el nuevo cronista no dejará de registrar en su obra[72].

Quedará integrada, pues, esta historia de la campaña de Túnez, con sus modificaciones y variantes, en los libros XI-XIII de su crónica, de modo parecido a como pudo reutilizar en el libro I de la misma materiales de aquella revisión de la historia de los reyes de España, o más propiamente Hispania, que pulía en mejor estilo, según el mencionado carteo con Ramiro Núñez de Guzmán, y que nunca llevaría a término[73]. La adscripción ideológica de este antiguo comunero, cuyo manuscrito latino sobre el Cid se nos ha conservado, sugiere concomitancias con el pasaje sepulvedano en que “Rodericus Cidus” se opuso enérgicamente a una vuelta de los reinos peninsulares al antiguo régimen (“vetus condicio”) de sumisión al Imperio[74].

El cotizado latinista

La función que encomendaron a Sepúlveda, y tal vez inopinadamente le plantearon en la visita relámpago de 1532 al estado mayor de Carlos V en Viena, pretendía llenar un vacío que se venía produciendo en la propaganda imperial a causa de los repetidos fracasos para encontrar el cronista idóneo que plasmara en el mejor latín los proyectos, las hazañas y la reputación del monarca máximo de la cristiandad. A tal fin, después de la muerte de Nebrija (1441‑1522), a instancias de Gattinara se llamó a la Corte al dominico siciliano Bernardo Gentile, cuyos servicios se saldaron precisamente en 1532 con su promoción al episcopado[75]. Tampoco satisfacían esos objetivos las obras que con enorme éxito publicaba fray Antonio de Guevara (c. 1480-1545), capellán de Carlos V y su cronista desde la muerte de Pedro Mártir de Anglería (1526), con esa condena formal de todo imperialismo que expresa la queja del villano del Danubio[76]. Los tanteos que pudieron hacerse en torno a una captación del prestigioso humanista Paolo Giovio (1483-1552), cuyo tratado sobre los turcos dedicado también a Carlos V[77] había hecho su primera aparición en aquel mismo año, se habrían malogrado finalmente por causa de cierto mordaz comentario de Giovio sobre la parsimonia del emperador, que se divulgó provocando una digna respuesta, según recogería nuestro cronista en el retrato del final de su crónica[78]. Y por si cupiese alguna duda a los consejeros regios, la actitud irrespetuosa del humanista italiano, mediara o no este lance que, tal como lo cuenta Sepúlveda, habría sido la comidilla de los ambientes eruditos, debió descartarlo definitivamente para tan delicado cargo de la Corte española en favor del concienzudo traductor de Aristóteles, que además era un nacional de probada lealtad. Con claridad meridiana lo había expresado el cardenal Iñigo López de Mendoza al secretario imperial Francisco de los Cobos ya en 1533, indicación que tal vez respondiera a una solicitud de recomendación que Sepúlveda le pudo haber pedido al cardenal en la carta de 13-VIII-1533 en que le expresaba su deseo de volver a España[79]:

También está aquí Sepúlveda, que es un hombre de buenas letras y de buen stilo en escrivir latín. Si para escrivir historia de Su Magestad se vuscasse alguno, como es neçessario, no sé quién mejor cobro le diesse; y también en otras cosas de latín podría servir cada día, aviendo en él fidelidad, como la ay, y doctrina, y junto con esto el stilo asentado para escrivir qualquiera cosa[80].

También pudo contribuir a su nombramiento para el cargo de capellán y cronista real la labor que había desplegado el teólogo cordobés para sumarse a la defensa del derecho de Catalina de Aragón en el pleito de divorcio de mayor trascendencia de la historia, al menos la de Inglaterra. El tratado De ritu nuptiarum et dispensatione libri III. In cuius operis extremo de causa clarissimi regis Angliae qui dispensatìone apostolica serenissimam reginam a fratre sine liberis relictam duxit, privatim disputatur (Roma: [Antonio Blado] 1531), fue publicado por recomendación del canonista que dirigía la defensa de la reina en el tribunal de la Rota, el catedrático de Salamanca Pedro Ortiz, el cual envío una carta (22-VIII-1531) a Carlos V en la que le ponderaba el libro “en favor de la serenísima reyna de Inglaterra” que había escrito su amigo el maestro Sepúlveda[81]. La mera cronología de los hechos permite suponer que presentara también esta obra al césar durante la silenciada visita en Viena de 1532, si es que realmente estuvo, o en Bolonia a finales del mismo año, como mérito para obtener algún favor. Pero no sólo escribió y publicó, con gran aprobación de los doctos, este tratado de derecho canónico contra la revocación de la dispensa, sino que también dirigirá al mismo rey Enrique VIII un opúsculo en defensa de la primacía papal, cuyo título, De ecclesiae Romanae pontificisque potestate, conocemos sólo por la mención que de ellos hace en esta parte de su crónica[82].

Después del nombramiento de cronista regio aún continuó con encargos del cardenal Quiñones, quien le encomendó la redacción de los nuevos estatutos del Colegio de Bolonia[83], mientras el emperador dirigía la guerra en que murió Garcilaso, hasta su marcha a Génova para incorporarse al séquito real de partida para España en diciembre de 1536. A partir de entonces comienza la nueva etapa por la que será conocido y respetado en la Corte y el mundo cultural hispano, alternando las obligaciones de su cargo con las actividades y estudio de su profesión, que siempre consideró más gratas y elevadas. Así lo confesó a doña Mencía de Mendoza[84] (1508-1554), noble dama que en su afición y mecenazgo se había interesado por el curso y los logros de las actividades del acreditado humanista que desempeñaba la función de historiador real:

Sed posteaquam mihi Carolus Caesar suas Hispanorumque res hac memoria gestas conscribendi negotium iniunxit, necesse fuit aliquid de severioribus illis, sed mihi gratioribus studiis remittere. Quippe id muneris serio mihi a tanto principe mandatum esse, ut par est, semper existimavi non ioco, ut quidam ante me putasse videntur[85].

Y realmente no había abandonado esos “estudios más graves y más agradables” que fueron su verdadera vocación, pues a poco de asentarse en la Corte, mandó a la imprenta un diálogo de filosofía moral que había elaborado a partir de las controversias en el círculo del embajador ante la Santa Sede don Fernando de Silva, conde de Cifuentes[86], a quien finalmente lo dedicó, De ratione dicendi testimonium in causis occultorum criminum dialogus qui inscribitur Theophilus (Valladolid, 1538)[87].

Los colegas del cronista real

Pero ante todo deja claro cuál es ahora su tarea principal, a la que se refiere casi con las mismas palabras que el comienzo de su magna obra histórica, como si quisiera subrayar que no sólo es el césar el objeto de su historia, sino también la de su reino más importante, de cuya hacienda se le abona el sueldo, y es ésta una misión trascendental que no hay que tomarse a broma, como parece que así lo ha considerado alguno de sus predecesores en el cargo. Esta descalificación aunque grave, limitada a algunos de sus colegas más antiguos que no nombra, hay que situarla en las fechas cuando la emitió, en el verano de 1540, y, por entonces, entre los cronistas en activo era el obispo de Mondoñedo, el único autor a cuyos amenísimos escritos se podría aplicar el calificativo de “iocus”[88], desde el enfoque riguroso y perfectamente serio de nuestro estudioso de las “severiores disciplinae”. De las quitaciones de Corte de aquellos años[89], obran nóminas de los cronistas Pedro Mártir, Antonio de Lebrija, Gonzalo de Ayora, fray Bernardo Gentil, fray Antonio de Guevara, nuestro autor y Florián de Ocampo, el último de los cuales accedió en 1539, según lo registró Gómara, el cronista de los cronistas: “Ha el título de choronista, Florián del Campo, el qual començó desde Noe la historia general de España”[90]. Esto es, la ampliación y adaptación de la crónica alfonsina, pero el cometido de Sepúlveda es la historia contemporánea en latín, para lo cual requirieron, como hemos visto en vano, a fray Bernardo Gentile, y por lo cual el cardenal Iñigo López de Mendoza había recomendado a nuestro autor ante el poderoso Cobos. Así lo reconoció públicamente otro candidato a cronista real, el veinticuatro sevillano Pedro Mexía (1497-1551), en el colofón de su historia de los emperadores hasta Maximiliano I, Historia Imperial y Cesárea (Sevilla: Juan de León, 1545), como si le pidiera alguna mediación en su solicitud[91]: “Juan Ginesio de Sepúlveda, a quien Su Magestad tiene encomendada esta provincia en lengua latina y la prosigue como todos dél esperan felicíssimamente”[92]. Pese a estas consideraciones, nuestro autor mentaría en términos no muy halagüeños a Mexía, Guevara y Nebrija en la alegación de méritos para obtener la licencia anual de residencia en Corte desde 1556: “Los quales todos tres junctos no escriuieron la mitad en cantidad, ni aun quizá en qualidad, que yo”[93]. Y en efecto, entre la pléyade de cronistas y espontáneos biógrafos que se sumarían en estos años para relatar las hazañas del máximo emperador, la única que abarcó todo su reinado fue la que se escribió en latín, IOANNIS GENESII SEPVLVEDAE CORDVBENSIS DE REBVS GESTIS CAROLI QVINTI IMPERATORIS ET REGIS HISPANIAE HISTORIA[94]. A cuyo proceso de composición dedicaremos las páginas que siguen.

III. El taller historiográfico del Doctor Sepúlveda: modelos y fuentes

            Como realmente sucedió

            “El trabajo de ordenar y escrivir las hazañas y cosas memorables, como la difficultad que ay en hallar la pura verdad de las cosas de como en effecto passaron”[95]. Esta declaración de veracidad que hizo el olvidado historiador Pedro de Salazar en su dedicatoria a Felipe II, prefigurando casi literalmente el conocido postulado de Leopold von Ranke (1795-1886)[96], parece también presidir y alentar las declaraciones y los buenos propósitos de nuestro cronista a lo largo de su tarea, por más que tardase en calibrar que el imposible ideal de presencia en los hechos como factor de veracidad de lo que se narra puede estorbar la labor de síntesis de la historiografía. Los árboles impiden ver el bosque, y al trabajo de contrastar fuentes de información y, no sabremos hasta qué punto, documentales se referiría también ese voluntarioso historiador de la paradigmática tríada sepulvedana. Nuestro autor, al mismo tiempo que admite dicha imposibilidad (“nec possit scriptor rebus omnibus interesse”) protestando por las injustas críticas que debió de haber encajado por no estar presente en los acontecimientos coetáneos (“ego Carolum in Germaniam proficiscentem non fuerim secutus nec negotiis Germanicisque bellis interfuerim”[97]), alegó la refutación de un testigo presencial que criticaba los errores que nuestro flamante cronista habría introducido en la narración de un hecho en que aquél había intervenido: los datos que tenía comprobado por medio de solventes informadores se vieron corroborados en el acto por otros testigos autorizados de aquel hecho (“multorum nobilium et gravium virorum, qui bello eidem interfuerant, testimonio convinceretur”). A reivindicar el uso contrastado de las fuentes precaviéndose de la descalificación por parte de desenfocados testimonios (“historiam infamet et mendacii nomine condemnet, nihilo alio facta fide, nisi quod rei gerendae se interfuisse dicit et aliter geri perspexisse”), dedicó gran parte de esa valiosa carta[98] que permaneció tanto tiempo inédita como sus obras históricas, y que los primeros editores de las mismas antepusieron en la publicación y en el más importante manuscrito como si fuera el preceptivo prólogo que les faltaba.

            La carta programática a Diego de Neila

            En esta extensa epístola, con el rigor analítico digno de un aristotélico explicó a su antiguo compañero de estudios y buen amigo, el canonista salmanticense Diego de Neila (c. 1492-1577), el concepto, método y fuentes que había utilizado en el desempeño de su función, enmarcando este programa historiográfico en la decisión de aplazar la publicación del esmerado producto de su oficio de cronista, tal como su corresponsal le había aconsejado:

Sed in exquirenda veritate me ad summam diligentiam nihil mihi reliquum fecisse profiteor et Imperatoris et ducum epistolas de rebus gestis, quarum exempla mihi iussu Caroli suppeditabantur, diligenter legebam, nec modo duces ipsos ac legatos et proceres, qui in bello consiliis solent adhiberi, de rebus omnibus, sed ipsum Carolum Caesarem de rebus ab ipso per se gestis percontabar, cum de his inter ceteros parum constabat; [...] Praeterea commentarios a curiosis et diligentibus hominibus ad castra confectos perlegere non gravabar. Multi enim huius memoriae res gestas partim brevibus et manu scriptis commentariis, partim longioribus et excusis prodiderunt; [...] quos omnes diligenter evolvi et eorum inquirendi et notandi labore nonnihil adiutus sum, sed ita ut multa in quibusdam offenderim, quae mihi quam ipsis magis erant explorata, ut a melioribus auctoribus tradita. [...] Nec his adiumentis contentus, si quem nactus essem latine scientem, cui res essent et consilia cognita (quae tamen rara est occasio) libenter ei scripta de rebus eisdem per partes legenda dabam; ea lege, ut siquid in rebus vel in oratione offensum esse reperisset, me notatis locis commonefaceret.

(Pero en la búsqueda de la verdad confieso no haber escatimado el más mínimo esfuerzo hasta lograr la mayor precisión, pues leía con atención las cartas tanto de los generales como del emperador sobre los acontecimientos, cuyas copias me facilitaban por mandato de Carlos, y no sólo preguntaba acerca de todos los asuntos a los jefes mismos, a embajadores y mandatarios que suelen participar en los planes bélicos, sino al propio césar Carlos acerca de los hechos que él mismo realizó cuando los demás los tenían poco claros; [...] Además, no tenía empacho en leer a fondo las relaciones que elaboraban en campaña hombres esmerados y diligentes. Pues fueron muchos los que dieron a conocer los acontecimientos de la presente época; unos, en relaciones breves y manuscritas; otros, bastante más extensas e impresas. [...] A todos los cuales consulté atentamente y su labor de investigación y sus observaciones me sirvieron de alguna ayuda, pero, aun así, me topé en algunas obras con muchos asuntos que yo tenía mejor averiguados que ellos mismos, porque me habían llegado de fuentes más dignas de crédito. [...] Y no satisfecho con estos medios, si daba con alguno que supiera latín y conociera también los hechos y los planes —cosa que sólo rara vez ocurre—, de buen grado le entregaba por partes lo que había escrito sobre esos mismos acontecimientos para que lo leyera, con la condición de que, si encontraba algo que le disgustara en el contenido o en la expresión, me lo advirtiera anotando los pasajes.)

            En estos párrafos de este “manifiesto historiográfico”[99], bajo un planteamiento netamente científico, como es la búsqueda de la verdad, declara contrastar todo tipo de fuentes, sean despachos o informes oficiales, cartas de relación manuscritas o impresas, u obras históricas publicadas, para, a su vez, pasar los primeros ensayos de esa parte de su crónica por el tamiz de una lectura pericial que juzgase tanto el fondo como la forma.

            El testimonio directo

            Pero también venía a suplantar el inalcanzable propósito de testimonio directo, que algunos le exigían, con averiguaciones personales ante los que participaron en los hechos[100]; tal sería para él, en cierto modo, la mayor autoridad (“ut a melioribus auctoribus tradita”): proporcionar a los lectores una actualización de la investigación sobre el pasado a través de una especie de entrevista con los protagonistas de su historia, pues “no sólo preguntaba acerca de todos los asuntos a los jefes mismos, a embajadores y mandatarios que suelen participar en los planes bélicos, sino al propio césar Carlos acerca de los hechos que él mismo realizó cuando los demás los tenían poco claros, y cuando yo, humildemente, le pedía permiso para ello, su amabilidad no me lo negaba y me respondía con una sinceridad poco menos que religiosa, siendo como era tan amante de la pura verdad” (“quam mihi facultatem suppliciter petenti ipsius humanitas non denegabat et sinceritate quadam paene religiosa, ut erat simplicis veritatis amantissimus, respondebat”). Casi con los mismos términos refiere en esta parte de la Historia Caroli Caesaris que nos ocupa un caso práctico de colación de estos testimonios personales, mediante una entrevista con Carlos V en la que en vano pretendió resolver sus dudas sobre la veracidad de un testimonio procedente del círculo privado del emperador (XXX 32, 2: “quam mihi facultatem ipsius humanitas, si res posceret, non denegabat et ad rogata plane sincere ac paene religiose respondebat”). También en nuestra misma péntada encontramos otras declaraciones personales de este tipo, como las confidencias del doctor Zavallos sobre las afecciones del príncipe Felipe en el viaje a los Países Bajos (XXVI 89, 2: “ut Zavallus idem mihi confirmavit”), o los informes que recabó del contador Agustín de Zárate acerca de las minas de Guadalcanal[101] a través de una correspondencia que debemos considerar perdida (XXX 18, 2: “Augustinus Zaratus, vir gravis et industrius ex regiorum quaestorum numero, qui toti metallico officio regis voluntate praeest, nuper mihi per epistolam percunctanti rescripsit et simul cetera huc pertinentia, quae memoravimus, exposuit”).

            La carta al cardenal Pole

            Esa misma cercanía con los protagonistas de la historia persigue nuestro autor en la carta que dirigió al cardenal Reginald Pole solicitándole la revisión de su relato de los acontecimientos de Inglaterra que afectaban de lleno a su crónica del emperador, desde la muerte del joven rey Eduardo VI (6-VII-1553) hasta la sesión del Parlamento en que dicho prelado otorgó al cismático reino el perdón pontificio (30-XI-1554).

Nam cum res in Britannia post obitum Heduardi regis gestas, quarum tu magna pars fuisti, memoriae mandare pro iniuncto mihi a Carolo Caesare munere instituissem, et res ad tui mentionem pervenisset, pergrata recordatione mihi ante oculos obversabatur nostrum illud Toletanum colloquium, ex quo te propter perspectas mihi excellentes tuas virtutes singularemque doctrinam et eloquentiam diligere atque etiam absentem memoria colere coepi. Quo mihi levior erat scribendi labor, ut esse solet, cum oratio in eorum recte factis, quorum dignitas mihi cara est, commemorandis versatur.

(Pues bien, al haberme decidido a poner por escrito, como parte de la tarea que me encomendó el emperador Carlos, lo sucedido en Inglaterra tras la muerte del rey Eduardo, en lo que tú fuiste una parte importante[102], y al llegar el relato hasta los acontecimientos en que tú apareces mencionado, recordaba con mucho agrado aquel encuentro nuestro en Toledo, a partir del cual he comenzado a apreciarte y a honrarte en mi recuerdo aun en la distancia, debido a las excelentes virtudes que he visto en ti y a tu sabiduría y elocuencia sin par. Por este motivo mi tarea de historiador era más llevadera, como suele suceder cuando el relato se dispone a recordar acciones honestas de personas cuya dignidad me es querida”[103]).

            La misiva tiene una estudiada composición en la que van dispuestos los tópicos del género junto con las indicaciones detalladas de su petición, y, en verdad, de ningún otro episodio de su crónica ha dejado tantos testimonios de sus principios y procedimientos historiográficos como en el proceso de redacción de aquellos hechos. Comienza recordando al cardenal su antiguo encuentro en Toledo de 1539, en una animada cena en la que aún vino a colear la polémica de Alberto Pío y Erasmo[104]. Después del párrafo reproducido, persiste con la captatio benevolentiae reconociendo la enorme dificultad que reside en la tarea del historiador, sobre todo para él, que se ha formado en otro tipo de estudios más elevados que le resultan más atrayentes.

Alias enim huius generis scriptio hoc mihi gravior esse consuevit, quo magis avocor a studiis doctrinarum, in quibus orsus a puero consenui quaeque tum sua dignitate, tum propter diuturnam consuetudinem ad se me magis alliciunt. Quamquam ei muneri satisfacere nemini non est, ut opinor, laboriosum. Est enim magni negotii et magnae tum diligentiae, tum in dicendo facultatis historiam scribere, quod cum eruditi omnes fateantur, plerisque tamen vel ratione cognitum est, vel quia sic ab expertis acceperunt; ego vero multis meis laboribus, cura et sollicitudine didici.

(“En otras ocasiones, en efecto, escribir obras de este género me ha resultado más difícil porque me aparta de los estudios de otros saberes a los que me he dedicado desde joven hasta ahora que soy un anciano, y que me atraen más bien por su categoría, bien por el largo trato mantenido con ellos. Aunque cumplir con esta tarea es dificultoso para todo el mundo, en mi opinión. Escribir historia es, en efecto, una actividad que requiere gran esfuerzo, gran diligencia y grandes facultades literarias; y si bien esto todos los eruditos lo reconocen, la mayoría lo sabe o bien razonando o bien porque así lo han recibido de quienes tienen experiencia; yo, en cambio, lo he aprendido con mucho esfuerzo, atención y preocupaciones”).

            Nuestro autor admite abiertamente el dilema intelectual que le ha producido la misión de escribir historia; y, en efecto, analizar un fenómeno dado con los instrumentos del puro raciocinio reclama un método diferente, cuando no contrapuesto, al de ofrecer un relato de la propia interpretación de unos hechos reales a partir de datos que, en la medida de lo posible, deben comprobarse.

La primera regla del historiador

            Su preocupación fundamental, antes que la elegancia en el discurso, es no incurrir en errores a causa de fuentes de segunda mano y, en su interpretación, cumplir las reglas de veracidad e imparcialidad ya establecidas por los clásicos (Cic. de orat. 2.62), las cuales él ostenta como una divisa de independencia intelectual en contra, en ocasiones, de sus personales intereses[105].

Sollicitum autem me habere solet ea cura non tam ut historiam optimi et maximi principis orationis ornamentis illustrem (stultum est enim ultra vires nitendo inani labore se fatigare), quam ne in rerum gestarum, quas ab aliis acceperim, commemoratione fallar, neve parum ei legi servivisse videar de qua Cicero in libro De oratore secundo memorans: ‘Prima’, inquit, ‘historiae lex est ne quid falsi dicere audeat, deinde ne quid veri non audeat, ne qua suspicio gratiae sit, ne qua simultatis’. In qua lege violanda hoc meum esset maius peccatum, quod me ad officium non ratio solum et institutum, sed natura etiam adhortatur, quae mihi mentem a mentiendi et blandiendi vitio, plus etiam quam amici vellent qui meis commodis favent, alienam ingeneravit.

(“Lo que suele preocuparme no es tanto cómo enaltecer la historia del mejor y más grande de los príncipes con las galanuras del estilo (pues es estúpido empeñarse en un esfuerzo inútil más allá de las propias posibilidades), cuanto no equivocarme en la narración de los acontecimientos que me han trasmitido otros, o que parezca que he sido poco fiel a esta ley, de la que dice Cicerón en el libro segundo Sobre el orador: ‘La primera ley de la historia es no atreverse a decir nada falso; la segunda, atreverse a decir toda la verdad; que no haya sospecha alguna de favoritismo, ni de animadversión’. Y de transgredir yo dicha ley, sería mayor mi pecado, porque me impulsan a cumplir con mi deber no sólo la razón y mis costumbres, sino también la naturaleza, que me ha dotado de un carácter incompatible con el vicio de la mentira y de la adulación, más de lo que quisieran mis amigos que se preocupan de mis intereses”).

            Hacer y deshacer: el sino del historiador

            Para alcanzar este propósito no ceja en su empeño de recabar las fuentes que le parecen más fidedignas, sobre todo el testimonio de los participantes o incluso de los responsables y dirigentes de los hechos, pero también, una vez elaborado un esbozo de su narración, estar abierto a cualquier nuevo dato de importancia que le puedan aportar con suficientes garantías aquellos a los que haya confiado una lectura de esa primera redacción.

Mea igitur maxima cura est ut auctores inveniam viros probos et graves qui me de rebus gestis, quibus interfuerint ipsi aut etiam praefuerint, bona fide doceant. Sed quoniam aliqua interdum silentio non praetereunda scribentibus et singula intentiore cura rimantibus, in quibus haereant, occurrunt, quae percunctantibus aut referentibus in mentem non venerint, commodissima perquirendi ratio semper mihi visa est et qua ipse, cum licet, diligenter uti soleo, quod scripserim ex prima manu, per partes cum viris gravibus Latine doctis quibus facta et consilia nota sint, communicare.

(“Mi mayor preocupación estriba, pues, en encontrar hombres honrados y serios que me informen fielmente de los acontecimientos en los que intervinieron o incluso de los que fueron protagonistas. Pero, como en algunas ocasiones a los que escriben y escudriñan cada asunto con mucha atención les salen al paso algunos hechos que no deben quedar en el silencio y que no se les han ocurrido a quienes preguntaban o a los que respondían, me ha parecido siempre la forma más útil de investigar y que suelo utilizar yo mismo cuando puedo, dar a conocer parcialmente lo que he escrito en borrador a hombres serios y doctos en la lengua latina, que conozcan lo acontecido y lo planeado.”)

            Y en esta esperanza, pues, solicita al cardenal Pole la corrección de un esbozo de esta parte de su historia que ha ido elaborando con noticias que le han ido llegando, así como también de los despachos oficiales cursados por el nuevo rey de Inglaterra a su hermana, la gobernadora del reino de España; son cuestiones tanto de expresión como de contenido, que somete, como hemos visto, al contraste y a la criba, pero, en este caso, solicita una atención especial para la correcta denominación de nombres personales y geográficos en un escenario absolutamente desconocido para el cronista.

Eam igitur partem historiae quae principes nostros et communiter rem Britannam attingit, ex commentariis quibusdam quae ad manus meas pervenerunt, et tum aliorum gravium virorum, tum ipsius Philippi regis epistolis ad Ioannam sororem missis, a me proxime prima manu confectam tibi mitto; precorque et oro, quod sine tua molestia fiat, ut libellum bona cum venia legas et tum orationis vitia, si qua erunt, ut erunt fortasse multa, quae tuas castigatissimas aures offendant, pro tua humanitate et sapientia corrigas, tum in rerum gestarum narratione, quae desunt, adiicias, quae perperam posita fuerint, emendes; in primisque hominum, regionum, oppidorum fluminumque nomina, a nobis non per incuriam, sed per ignorationem praetermissa, marginibus adscribas, depravata corrigas.

(“Así pues, te envío esta parte de la historia que se refiere a nuestros príncipes y que afecta también a asuntos ingleses, cuyo borrador acabo de concluir a partir de algunos comentarios que llegaron a mis manos, de las cartas de otros hombres importantes y del mismo rey Felipe a su hermana Juana. Te pido y te ruego que leas mi pequeño libro con benevolencia (ojalá que sin causarte contratiempos) y que no solo corrijas de acuerdo con tu cortesía y sabiduría los defectos expresivos que pudiera haber, como quizá habrá en abundancia, que molesten a tus expertísimos oídos, sino también que añadas lo que falta en la narración de los hechos y modifiques lo que se ha aportado erróneamente; y, sobre todo, escríbeme al margen los nombres de las personas, las regiones, las ciudades y los ríos que he omitido no por descuido, sino por ignorancia, y corrígeme los que son erróneos.”).

            Finalmente, entre otros detalles sobre el modo con que cumplir su petición demasiado minuciosos, apunta alguna alusión a la ejemplaridad de la historia en consonancia con la idea de la fama, para cerrar el círculo de su epístola con la petición de los discursos que el prelado pronunció en la sesión parlamentaria de la reconciliación con la Iglesia de Roma, tal vez para remarcar su protagonismo en esta etapa de la historia patria.

Non enim vereor ne rem te tuamque nationem et reges attingentem et ad vestram iustam laudem celebrandam pertinentem contemnas. [...] Illud autem mihi feceris gratissimum, si earum contionum, quas prudentiae ac pietatis, ut ferunt et facile mihi persuadent, plenas ad tuorum Britannorum concilium habuisti, exempla cum libello ad me mittenda curaveris. Vale.

(“En efecto, no temo que desdeñes este asunto que te concierne a ti, a tu nación y a tus reyes, y que tiene por objeto celebrar el renombre que os merecéis. [...] Me harás muy feliz si junto con mi libro me envías un ejemplar de los discursos que pronunciaste ante el parlamento inglés, llenos de prudencia y piedad, según dicen y yo tengo por seguro”).

            No consta que hubiera una respuesta formal a esta petición que con tanta cortesía como urgencia demandaba (“primo quoque tempore”), pero las refundiciones y cambios que realizó en el libro XXIX de su crónica, posiblemente sobre la base del informe de un enviado pontificio, como se anota en esta edición, sugieren que en cierto modo pudo verse correspondido en su pormenorizada solicitud.

            La historia como arte literaria

            En esta epístola de tema historiográfico al cardenal Pole, relega a un segundo plano la cuestión de la forma (“magni negotii et magnae tum diligentiae, tum in dicendo facultatis historiam scribere”, “me habere solet ea cura non tam ut historiam optimi et maximi principis orationis ornamentis illustrem”), por más que dicho aspecto siga siendo un objetivo expreso de la petición (“ut libellum bona cum venia legas et tum orationis vitia, [...] pro tua humanitate et sapientia corrigas”), pero si bien en éstos está aludiendo concretamente al nivel de la elocutio, o aún más básico, el de la corrección gramatical y estilística, latinitas, que es competencia de todo hombre de estudios, la reproducción textual de la “prima historiae lex” formulada por Cicerón, ya indica la adscripción de su labor a la forma de historiografía humanística que tiene su modelo en los autores grecolatinos[106], como dejó escrito en la carta a Diego de Neila:

Imperatoris Regisque nostri et gentis Historiam ad normam veterum et probatorum auctorum qui Graece vel Latine Historiam scripserunt, quorum laudatissimos brevitati sed perspicue studuisse constat, triginta libris complexus sum

(“he abarcado en treinta libros la historia de nuestro emperador y rey y de nuestro pueblo según la norma de los antiguos autores clásicos que escribieron historia en griego o en latín, los más celebrados de los cuales sabemos que buscaron la concisión sin menoscabo de la claridad”)[107].

            Este ajustarse a las normas de los historiadores clásicos, que bajo el término de auctores probati englobaba el corpus de textos latinos hasta Apuleyo[108], se ve remachado con una alusión al requisito de la concisión (brevitas) que debe observar la narración de los hechos, según expresó el mismo Cicerón en su reseña histórica de la oratoria romana (Brutus 262), al final del elogio de Julio César, principal fuente estilística de Sepúlveda, además de Salustio, si bien no fue citado en esta su carta programática: “nihil est enim in historia pura et inlustri brevitate dulcius”[109].

La carta a Guillaume van Male

            Nuestro autor expuso algunas ideas más sobre el género histórico en la carta que escribió a Guillaume van Male de Brujas (Guilielmus Malinaeus Brugensis), ayuda de cámara del emperador, desde su beneficio de Ledesma (1-VI-1557), unos dos meses después de su último encuentro en Yuste, al hilo de la crítica que le mereció una obra de la que extraerá no pocos datos para la elaboración del tramo final de su crónica.

Ac primum omnium Ioannis Sleidani Commentarios lectione percurrere placuit, quos Ludovicus Avila noster, religiosorum equitum ex Alcantara praefectus, ut te praesente receperat, nuper ad me misit ea conditione, ut perlectos statim remitterem; quos mihi usui esse posse ambo mihi vere confirmastis ad ea recognoscenda quae ipse de rebus Germanicis conscripseram.

(“Y antes que nada me ha parecido bien leer de corrido los Comentarios de Juan de Sleidan, que nuestro amigo Luis de Ávila, comendador mayor de la orden de Alcántara, me ha enviado recientemente, tal como se había ofrecido en tu presencia, para que se los devolviera tan pronto los hubiese leído. Ambos me confirmasteis con seguridad que podrían serme útiles para la revisión de lo que yo mismo había escrito sobre los acontecimientos de Alemania”[110]).

El historiador hereje Juan de Sleidan

            Johann Philippson de Schleiden (1506-1556), conocido como Sleidan, en latín Sleidanus, fue secretario de la liga de Esmalcalda y había traducido al latín obras de los historiadores franceses Philippe de Comines, Jean Froissart y Claude de Seyssel, y por su militancia política y religiosa había sido incluido ya en 1554 en el Index de Venecia[111]; publicó en Estrasburgo en 1555 una Historia de la religión y de la política en la época del emperador Carlos V, que tuvo una amplia y pronta difusión en la Europa no controlada por la Iglesia y Monarquía católicas a través de reediciones y traducciones: De statu religionis et reipublicae Carolo V Caesare commentariorum libri XXV[112]. Las ediciones posteriores a su muerte añaden un libro XXVI, que el propio Sleidan había comenzado a redactar y cubre hasta el regreso del emperador a España, junto con una “Apologia” contra las críticas de sus propios correligionarios por haber sido demasiado fiel a la “primera ley de la historia”, lo cual recuerda de inmediato la defensa escrita que Sepúlveda envió a Neila y no se nos ha conservado:

Aequo igitur animo quae mihi ab illis obiiciebantur audiebam, sed ita ut iniustas quorumdam reprehensiones voce refellerem, quas postea per scriptam apologiam, quam ipse legisti, accuratius confutavi.

(“Escuchaba, pues, con serenidad las objeciones que me hacían, pero, aun así, rebatía de palabra las críticas injustas de algunos, que posteriormente refuté con mayor detenimiento en el texto de la Apología que tú has leído”[113]).

Parece ser el destino tópico y fatal al que quiso sustraerse Plinio el Viejo encomendando a sus herederos la publicación de una historia de su época[114], y desde luego no fue en estas ediciones póstumas de Sleidan de donde recogió los elementos de su crítica, ni mucho menos la idea de una defensa escrita de su obra. Por lo demás, resulta harto paradójico que haya venido a ser una de sus fuentes principales el primer gran representante de la historiografía luterana[115], y tanto más, que fuera recomendado por el autor de otra fuente histórica, esta vez indiscutida, de Sepúlveda, Comentario del illustre Señor Don Luis de Avila y Çuñiga,[...] de la Guerra de Alemaña, hecha de Carlo V en el año de MDXLVI y MDXLVII (Venecia: [Thomas de Zornoza], 1548), que, además, aparece duramente descalificado por el historiador protestante a causa del tratamiento que pudiera haber dado a los alemanes en su exitosa monografía donde narró la derrota de la liga de Esmalcalda: “Ludovicus Avila de rebus eo bello gestis emisit, homo nimirum impurus atque mendax, dum de tota Germania tam frigide, tam contemptim et aliene loquitur, ac si barbarus quispiam esset populus et obscurus, de cuius origine vix ulli constaret”[116]. Se ve que Don Luis era todo un caballero, no sólo de la orden de Alcántara, pues no deja de ser un reconocimiento de la obra del historiador hereje el que prestara a nuestro cronista su ejemplar de los Commentarii de Sleidan, sin lugar a dudas, en la versión original, dadas las estrechas concomitancias lexicales y onomásticas que se han anotado en esta edición. En lo que respecta a la crítica que le mereció la estructura de dicha historia, presentó, entre protestas de ortodoxia, trazos muy reveladores de su propia concepción:

Itaque in huius Commentariis, dum per valetudinem licet, lectitandis etiam nunc libenter versor, non quod mentem eius probem (nam qui possum impio novarum rerum studio depravatam?) vel stilo delecter parum culto et a veterum et probatorum scriptorum nitore et puritate procul abhorrente, sed quia in commemoratione rerum hac aetate ad illas regiones gestarum, quarum quaedam mihi longissime remoto non satis erant exploratae, diligentissimus fuisse videtur, nisi quod in iis collocandis ac digerendis nimiam quamdam et ineptam atque molestam suum cuique particulae tempus reddendi et annotandi diligentiam affectavit. Nam saepe quae uno loco tradi et poterant et debebant, haec ipse minutatim concidit et longis intervallis dispergit, quo fieri necesse est ut lectoris animus ad exitum, ut fert natura, properantis anxius reliquarum partium desiderio pendeat. Itaque longum est et laboriosum singula negotia ex his commentariis perdiscere.

(“Me dedico, pues, también ahora con gusto a la lectura de sus Comentarios, en la medida en que la salud me lo permite, no porque comparta sus planteamientos (¿cómo hacerlo, si están viciados por una inclinación impía al bando sedicioso?) o me deleite con su estilo poco cultivado y tan alejado del brillo y la pureza de los mejores escritores antiguos, sino porque parece que fue muy diligente al escribir la historia de lo que aconteció en aquellas regiones en esta época, algo de lo cual no tenía yo una idea lo suficientemente clara, al ser tanta la distancia que nos separa. Por contra, se dejó llevar de una minuciosidad excesiva, inútil y molesta a la hora de referir y anotar en qué momento se produjo cada hecho insignificante. Pues con frecuencia desmenuza en pequeños párrafos y dispone con mucha separación los hechos que podían y debían tratarse en un solo pasaje, con lo que es inevitable que la mente del lector, que, como es natural, tiene prisa por conocer el desenlace, permanezca ansioso aguardando las partes que aún quedan. Por consiguiente, es largo y laborioso conocer a fondo cada uno de los acontecimientos siguiendo estos Comentarios.”)

            En concreto, la discrepancia principal con el humanista protestante radica en la dispersión que a su juicio produce en el lector la exposición estrictamente cronológica de los acontecimientos sin organizarlos en un solo pasaje que confiera unidad a la narración[117]. Tal observación delata una concepción de la historiografía teórica y técnicamente literaria, en la línea de lo establecido por el gran experto de la retórica clásica (“historia [...] opus [...] unum hoc oratorium maxime” Cic. leg. 1.5), y en la consideración del receptor del mensaje como elemento esencial de la comunicación.

            La composición episódica

            Sepúlveda exhibe en la Historia Caroli Caesaris la misma construcción episódica que Tito Livio, el escritor romano que llevó a la práctica las ideas de Cicerón combinando la forma monográfica de las res gestae en la más amplia de historiae, que conservaba la tradicional estructura analística y donde se incluía un relato de acontecimientos primitivos de los orígenes[118]. Bajo estos mismos parámetros, Sepúlveda aplica al relato histórico las normas aristotélicas de la composición dramática mediante la concentración de los hechos de un mismo asunto en un episodio de acción unitaria con un desarrollo análogo al de planteamiento, nudo y desenlace[119]; y para evitar la dispersión temática que censura en Sleidan, estructura su relato estableciendo en cada libro una serie de episodios extensos entre los que inserta otros más breves pero no menos importantes, que le sirven de paso y enlace entre ellos[120]. El libro es, pues, la unidad compositiva que proporciona una cronología global de los acontecimientos narrados en el mismo, marcándose en su principio con la mención de un hecho destacado que señala expresa o implícitamente la fecha en que ocurrió, como la adopción de la etiqueta borgoñona en la casa del príncipe (XXVI 2, 1), la entronización de un nuevo papa (XXVII 1, 1, y XXX 1, 1), la muerte de un rey (XXIX 1, 1), o bien va señalando en el transcurso de la sucesión de hechos las fechas que enmarcan la cronología de un episodio de más larga duración (XXVIII 7, 4; 17, 1). Asimismo, sigue la práctica de los historiadores clásicos de poner discursos ficticios para caracterizar a los personajes, destacar la importancia del momento o describir el entorno político en que se inserta la acción y como vehículo de un mensaje moral o político; y, en efecto, casi todos los episodios en que nuestro cronista estructura sus obras históricas, tienen al menos la exposición de un discurso de género deliberativo o demostrativo, o su resumen en estilo indirecto, o bien recoge la intervención literal y dramática de alguno de los personajes de la narración. También las descripciones de batallas, que en la escuela antigua constituía tema de ejercicio literario, son abordadas por Sepúlveda con similares resonancias épicas con que se adornaba tanto en la ficción escolar como en el mismo relato histórico: incluso en el pacífico viaje del príncipe a Flandes encontramos una descripción de batalla en el resumen del festejo de Campo Arenoso (XXVI 51, 2-52, 3), que estaba desarrollado en la obra que tomó como fuente[121]. La misma disposición de esta última péntada, enmarcada significativamente entre dos viajes, el del heredero a sus dominios de abolengo (XXVI 1-52) y el mucho menos ostentoso del rey emperador hasta su retiro verato (XXX 23), sugiere esta concepción retórica en el plan general de su historia. Al margen del planteamiento epistemológico sobre lo que puedan condicionar al contenido las estructuras formales en que se enuncia, la desazón del historiador a la hora de exponer a sus lectores los hechos en tiempo y orden está bellamente expresada por Paolo Giovio a través del parangón entre pintura y literatura en el fragmento que aporta Baltasar Cuart en esta introducción histórica[122]. Y recorriendo los episodios de la historia de Sepúlveda, un lector desprovisto de cualquier intención crítica saca la sensación de que se ha enterado razonablemente de lo que le han contado, y, lo más importante, que acepta, por el momento, dicha interpretación de los hechos narrados: se cumplirían, pues, los dos fines de la retórica, docere y movere.

            Acontecimientos ignorados y memorias perdidas

            Concluye su reseña de los Commentarii de Sleidan en la carta a Guillermo Malineo reiterando el reproche por su filiación hereje y criticando el escaso espacio dedicado a otros importantes acontecimientos que, sin embargo, él no conocía y del que espera un comentario que le ha prometido el propio Malineo, pues, aunque en un nivel más secundario, también rindió culto a la musa Clío[123]:

Idem in contentionibus perturbatae religionis et eorum consiliis ac machinis commemorandis, qui pios Caroli Caesaris de ecclesiastica concordia et publica Christianorum pace concilianda conatus impedire ac frustrari per summum scelus nitebantur, multus est atque adeo nimius; in ceteris vero partibus parum operae consumit. Certe Terovennae dirutae Hesdinique recepti historiam, cuius praetermissae culpam vos mihi ut crimen et insignem negligentiam obiiciebatis, ille quinque aut sex versiculis absolvit. Quo magis nobis enitendum est ut res tanta quantam vos fuisse dicitis, scriptis nostris pro dignitate, si qua facultas erit, celebretur. Quo tuum de illius belli commentario promissum atque receptum cupidius exspecto.

(“Igualmente se muestra prolijo e incluso excesivo al relatar las disputas religiosas y las decisiones e intrigas de quienes tan criminalmente se esforzaban por impedir y frustrar los piadosos intentos del emperador Carlos de conseguir la concordia de las iglesias y la paz pública de los cristianos; en cambio, presta escaso interés a lo demás. En efecto, él liquida en cinco o seis renglones los episodios de la destrucción de Thérouanne y la reconquista de Hesdin[124], cuya omisión vosotros me echabais en cara como si se tratara de un delito y una notable negligencia. Por eso he de esforzarme más para que unos acontecimientos, que son tan importantes como vosotros decís, sean ponderados en mis escritos de acuerdo con su importancia, si me es posible. Por eso espero con gran avidez tu promesa y compromiso de escribir un comentario sobre aquella guerra”).

            No se ha encontrado vestigio alguno de ese comentario que prometía Malineo, y el compromiso tal vez se redujera a unos apuntes que adaptaría nuestro autor en esa parte de su crónica (XXVIII 24-39), cuya redacción en el apógrafo sepulvedano más antiguo presenta claros indicios de haberse añadido entre las otras partes en que se inserta[125]. Y a tal hipótesis debemos sumar la posibilidad de haber utilizado otras fuentes sobre aquellos mismos hechos en que habían intervenido algunos de los nobles que sirvieron en Yuste al emperador, pues a la luz de estas críticas al historiador protestante confirmamos una vez más que Sepúlveda utilizó las obras publicadas que menciona en su carta a Neila como base de datos para elaborar la construcción episódica de su crónica, además del uso selectivo de otras monografías, tanto publicadas como manuscritas, de cuyos autores no quiso acordarse.

El facticio canon historiográfico

Sed quos nominare non pigeat: Paulus Iovius, Ioannes Sleidanus, Galleatius Capella, qui Latine; Ludovicus Avila, Antonius Ixartinus, Petrus Salazarus, qui Hispane; Guazus et Mambrinus Roseus, Alfonsusque Vlloa, qui lingua Italica conscripserunt; quorum Iovius universalem historiam scribere aggresus maxime et libentissime in Turcarum gestis versatur; Sleidanus, cuius scripta legi, antequam eorum inter alios lectio nobis, id est Catholicis, ab Ecclesia Catholica interdiceretur, de rebus potissimum Germanicis memorat ad fidem historiae satis diligenter ac potius nimis, ad pietatem et religionem sic ut appareat ipsum esse Lutherana peste in primis contaminatum; Capella res in Italiam per decem annos gestas, orsus ab anno Christi MDXXI libris octo complexus est; Ludovicus Avila bellum Tunetense, deinde Germanicum multo diligentius scripsit; Antonius Ixartinus bellum Neapolitanum; Salazarus multa et varia bella terra marique multis annis gesta memoriae mandavit; reliqui tres, sumpto initio a Caroli pueritia vel etiam infantia, res eius ceterorumque principum et rerumpublicarum ubique gestas conscripserunt; et commentarios Guazus ad annum Christi MDXLVI Mambrinus ad MDLVIII, Vlloa ad MDLX perduxerunt.

(“Pero entre los cuales no me importaría recordar a Paulo Jovio, Juan de Sleidan, Galleazo Capella, que escribieron en latín; Luis de Ávila, Antonio de Ixart, Pedro de Salazar, en español; Guazo y Mambrino Roseo, y Alfonso de Ulloa, en italiano. De ellos, Jovio, que empezó a escribir una historia universal, se dedica más y con especial agrado a lo que tiene que ver con los turcos; Sleidan, cuyas obras he leído antes de que la Iglesia Católica nos prohibiera su lectura, junto con la de otros autores, a nosotros, esto es, a los católicos, se ocupa muy especialmente de los asuntos alemanes con mucho respeto a la veracidad histórica, hasta casi pecar de minucioso; en lo que se refiere a la piedad y a la religión, parece ser uno de los más contaminados por la peste luterana. Capella abarcó en ocho libros los acontecimientos italianos durante diez años, dando comienzo en 1521; Luis de Ávila escribió sobre la guerra de Túnez y luego sobre la de Alemania, con mucho mayor esmero; Antonio de Ixart, sobre la guerra de Nápoles; Salazar escribió sobre muchas y diferentes guerras, tanto terrestres como marítimas; los tres restantes, tras comenzar el relato con la juventud o incluso con la infancia de Carlos, escribieron sobre sus hechos y los de los demás príncipes y estados, en cualquier lugar que acaecieran. Guazzo extendió sus notas hasta el año 1546; Mambrino hasta el 1558; Ulloa hasta el 1560”).

            Sorprende, al momento, la facticia disposición ternaria de la declaración de sus principales fuentes librescas: tres lenguas y tres historiadores por cada una de estas que conocía a la perfección, siendo, además, treinta los libros que abarcó su Historia Caroli Caesaris, escrita según la norma de los autores clásicos, quienes no fueron ajenos a la seducción de las composiciones numéricas[126]. No asombra menos el escueto comentario que dispensa de alguno de ellos. De Paolo Giovio extraña que destaque su obra sobre los turcos[127] por encima de la que le dio justa fama, Historiarum sui temporis libri XLV, pero que al ser publicada en dos tomos en 1550 y 1552, y terminar sumariamente en la guerra contra la Liga de Schmalkalden (24-IV-1547), sólo pudo ser utilizado para revisiones y adiciones sobre la parte de la crónica que ya tenía escrita o para algunos epítomes retrospectivos de la que le faltaba por componer. Al justificar que leyó al protestante Sleidan antes de que lo incluyeran en el Index[128], parece excusarse del provecho que sacó de su obra, como de seguida veremos, y de la justa alabanza que le merece. De Galeazzo Capella (1487-1537) y Marco Guazzo (c. 1485-1556) ya se apuntaron algunos paralelos y diferencias[129], que no ahondaremos porque, como señala nuestro autor, abarcan hasta 1531 y 1546 respectivamente y no corresponden a esta última péntada que tratamos. En cambio, las fechas de las obras publicadas de Mambrino Roseo, 1558, y Alfonso de Ulloa, 1560, encajan en la posibilidad de haberlas utilizado nuestro cronista para perfilar algún episodio de estos libros. La única obra de tema histórico de Mambrino Roseo di Fabriano (c. 1520-c. 1582)[130] que coincide con esa fecha es la continuación de la historia de Nápoles hasta 1557 de Pandolfo Collenuccio, Compendio dell’Istoria del Regno di Napoli (Venecia: Michele Tramezzino, 1558)[131], pues la primera edición de sus adiciones a la crónica universal de Giovanni Tarchagnota, Delle historie del Mondo, es de 1562[132], fecha que descarta estos suplementos de las diligentes pesquisas de Sepúlveda (“quos omnes diligenter evolvi et eorum inquirendi et notandi labore nonnihil adiutus sum”). Fue también Mambrino difusor de la cultura española desde el emporio editorial de Venecia[133], pero en menor grado que Alfonso de Ulloa (Cáceres, c. 1529-Venecia, 16-VI-1570), cuyo éxito editorial más sólido fue, precisamente, el haber dado a la luz pública la más temprana biografía de Carlos V. En efecto, frente a la densa narración a lo largo de 752 páginas que presentó Ulloa a poco más de un año de su fallecimiento (1558), si bien retirado desde 1556, la siguiente biografía del emperador de Ludovico Dolce (Venecia, Giolito, 1561), de casi cien páginas, no es más que un ejercicio de estilo[134]. Pese a ser una compilación apresurada, con interpolaciones de carácter muy personal y unos cuantos datos erróneos, gracias al declarado manejo de sus fuentes la La vita dell’invittissimo Imperator Carlo Quinto (Venecia: Vincenzo Valgrisi, 1560), gozó de notable consideración en un amplio sector del público culto hasta finales del siglo XVI. Por otro lado, Ulloa muestra una independencia de juicio que lo diferencia de la cronística cortesana o del encomio propagandístico, como las alusiones a los desmanes de las tropas españolas en la narración del tumulto en Génova durante la visita del príncipe Felipe (XXVI 22, 3; p. 14, n. 55), en donde, a todas luces, utiliza además otras informaciones distintas de la fuente que declara, El felicíssimo viage de Calvete de Estrella. Intriga, por lo demás, en el particular canon historiográfico de la carta a Neila, esta mezcla de autores de enorme éxito editorial con la mención de un ignoto memorialista de la guerra de Nápoles, Antonio de Ixart o Ixar[135], y la mención harto vaga de Pedro de Salazar (c. 1510-1576), desatendido prosista y olvidado historiador de nuestro primer Siglo de Oro, hasta el punto de que se ha planteado un rifacimento de la famosa carta a partir de una discutible alusión a la última obra de Salazar publicada en 1570[136]. La obra publicada de Salazar a la que Sepúlveda mejor pudo referirse (“Salazarus multa et varia bella terra marique multis annis gesta memoriae mandavit”) fue Hystoria de la guerra hecha contra la ciudad de Africa, con la destruycion de la villa de Monazter y ysla del Gozo y perdida de Tripol de Berberia, con otras muy nuevas cosas (Nápoles: mastre Matia [Mattia Cancer de Brescia], 1552)[137], que relata hechos abordados por nuestro cronista en esta parte de su Historia Caroli Caesaris, pero también pudo manejar o al menos conocer el manuscrito original de la continuación de su monografía sobre la guerra de Alemania, que el autor mismo le entregó al príncipe Felipe en Génova durante su felicísimo viaje en diciembre de 1548, según consta en la nuncupatoria de esa obra publicada[138]. Ese manuscrito, el actual códice escurialense[139] &-III-7, pudo atraer la atención de nuestro cronista con el marchamo de la dedicatoria a Felipe II con que honraba todas sus farragosas historias. Además, Salazar tuvo un extraño vínculo con la fuente más estimada por Sepúlveda, que debió pasarle inadvertido: la edición pirata que se imprimió con su nombre, Pedro de Salazar, Coronica del Emperador D. Carlos Quinto, en la qual se trata de la guerra que tuvo contra los rebeldes del imperio (Sevilla: Dominico de Robertis, 1552), y resultó ser en su mayor parte una copia literal[140] del exitoso comentario de Luis de Ávila sobre la guerra de Alemania.

            Vamos a pasar revista a cada uno de estos episodios según van distribuidos en los libros de esta última péntada, comentando las fuentes que se señalan en las notas de la traducción.

Fuentes del libro 26

La etiqueta borgoñona y la regencia del archiduque

            De los dos primeros episodios del libro XXVI, la adopción del ceremonial borgoñón en la casa del príncipe (1-2), y el recibimiento del archiduque Maximiliano para su boda con la infanta María (13-IX-1548) y la regencia de España (3-7), bien pudo ser testigo directo de estos acontecimientos, pues la entrada en Valladolid del primogénito del rey de Romanos fue recibida por una saludable lluvia que acabó con la pertinaz sequía[141] que se andaba padeciendo, y el meteoro es registrado como feliz augurio tanto en la crónica regia (7, 3; p. 6), como en aquella otra personal de su epistolario, al componer un breve epigrama de tono hímnico que le inspiró la coincidencia del hecho natural con el acontecimiento político. Habría sido difícil el arrebato lírico de no haber estado presente. Aún más, nuestro cronista pudo haber participado en la numerosa comitiva que preparó el condestable para recibir al regente hasta la misma raya de Aragón, si no cupiese también la posibilidad de haber utilizado una relación en verso que se imprimió entonces a mayor gloria del acto público y del mismo condestable. Por lo demás, también las otras fuentes históricas de la época que se nos han conservado registraron estos acontecimientos y alguno de ellos, en concreto el cosmógrafo Santa Cruz, que también debió de estar en la Corte, con la precisión de las disposiciones de gobierno de su regencia puntualmente delineadas por el emperador y la demora del príncipe en Valladolid unos veinte días por la falta del dinero para el camino[142]. No se detiene el cronista en tales menudencias, sin duda porque para mediados de octubre de 1548 ya estaba en su “retiro invernal de Pozoblanco” en virtud de la licencia que le concedió el príncipe el anterior 22 de agosto[143], y en efecto, se centra sólo en los actos oficiales de recibimiento, boda y toma de posesión de la regencia ante el Consejo de Castilla, con la mención prolija de nobles y cortesanos que intervinieron. Tampoco desliza la menor crítica por la adopción del estilo borgoñón en la Corte castellana del príncipe (15-VIII-1548), que provocó no pocas protestas en el estamento nobiliario[144].

            El “Felicíssimo Viage”

            Es el mismo tono que adopta la fastuosa monografía que todos los historiadores[145] excepto Sepúlveda mencionan o declaran como fuente al abordar el relato del viaje de estado del heredero del emperador por el norte de Italia y Alemania hasta sus dominios patrimoniales de Flandes (XXVI 9-53). En efecto, como se comenta en las notas de la traducción, los dos primeros libros de El Felicissimo Viage del Príncipe don Phelippe, de J. C. Calvete de Estrella, publicado en 1552, son la fuente para este mismo episodio que narra Sepúlveda a lo largo de 44 capítulos jalonando las jornadas festivas con las fechas que proporciona la detallada efemérides de Calvete. Solo se aparta en el cap. 48, en un excurso geográfico en el que compara la distribución territorial entre los antiguos pueblos galos y germanos con el conglomerado actual a una y otra orilla del Rin, citando ahí sus fuentes porque son autoridades clásicas[146], y en el párrafo 49, 3, en que especifica las diferencias de significado de los títulos imperator y rex en la Antigüedad grecorromana y en la institución medieval que encabezaba entonces su patrón. La posibilidad[147] de que nuestro autor hubiera utilizado para su narración el amplio resumen de El Felicissimo Viage de Calvete de Estrella, que ofrece la primera gran biografía de Carlos V, del español italianizado Alfonso de Ulloa[148], se ve descartada por la singular mención del arco triunfal dedicado a Virgilio por la ciudad de Mantua en el recibimiento del príncipe (35, 3), fragmento que parafrasea lo narrado por Calvete, sin que aparezca mención sobre dicho homenaje de la ciudad natal del príncipe de los poetas latinos ni en Ulloa ni en ninguna otra de las relaciones menores sobre el viaje del heredero del césar Carlos que se nos ha conservado.

Accidente del príncipe

En un solo párrafo (XXVI 54, 1) resume las entradas y juramentos recíprocos en las ciudades y estados de los Países Bajos que describe Calvete con todo lujo de detalles en los libros III y IV del Felicíssimo Viage; pero la sumaria mención de estos actos políticos le sirve a Sepúlveda como enlace para relatar un percance desatendido en la biografía del futuro Rey Prudente que venía a destacar también su natural poco aguerrido en contraste con su invictísimo padre. Se trata del grave accidente que sufrió el príncipe Felipe en Bruselas, durante los ensayos de un torneo cuando corría contra el comendador mayor de Castilla, Luis de Requesens y Zúñiga (1528-1576), postrándolo en cama durante tres días, y que preocupó extraordinariamente al emperador ante aquel amago de una renovación del problema sucesorio (XXVI 54, 2-55, 3). Sepúlveda es el único historiador que entonces refirió este incidente cuya veracidad se ha visto confirmada por una biografía de Luis de Requesens inédita hasta 1904 (XXVI 11, 4; p. 9, n. 44), pero no lo encuadró en la exacta cronología de los hechos, en los primeros días del príncipe en Bruselas, y la situó sin precisión después de los recibimientos y juras en aquellas ciudades, sin duda por haber llegado a su conocimiento de una información de primera mano al margen de los conductos habituales por los que se procuraba los datos para su crónica. Es muy probable que el informante de este percance, que tan escaso eco tuvo porque debió de ser silenciado, sea el mismo que le comunicó una alarmante indisposición de Felipe contada más adelante (cap. 89). Después del extenso epítome del viaje de su heredero, la narración de este hecho por Sepúlveda devuelve el protagonismo a la figura de Carlos V a través de la amonestación al lesionado hijo y reprimenda al compungido comendador[149] con un dramatismo y un detalle en el tratamiento médico de que carecen tanto la sentida mención en dicha biografía, como la nota sobre el mismo hecho que ofrecerá Prudencio de Sandoval en la segunda parte de la Vida y hechos del emperador Carlos Quinto (Valladolid: Sebastián de Cañas, 1606)[150]. Pero, al mismo tiempo, este lance le proporcionaría el desquite en la rivalidad con el erasmista Calvete de Estrella, que picaba alto en aquella Corte más cosmopolita del heredero y en aquellas fechas estaba en Flandes, junto al emperador y el príncipe, mientras él bregaba en la tierra patria por la legitimidad de su nuevo imperio contra los frailes de la universidad de Salamanca. Luis de Requesens, primogénito del ayo del príncipe Felipe, Juan de Zúñiga, había sido alumno de Calvete[151].

Manipulación

Para anudar este episodio del percance del torneo, coligió razonablemente que Requesens formó parte del círculo privado del príncipe desde la misma salida de España, pues, en verdad, podría haberse incorporado al viaje al paso de la comitiva por Barcelona[152]. Los apógrafos, que Sepúlveda revisó y corrigió, presentan en este lugar algunos titubeos textuales a la hora de señalar el nombre del hijo del ayo del príncipe: en el más antiguo, códice Torrepalma, añadió el mismo Sepúlveda Zugniga por encima y después de Requesenus (11, 3); más abajo, donde sólo parece el apellido paterno del comendador de Castilla, ambos códices colocan coma delante de et Zugniga, y seguidamente aparece tachado equitum en el apógrafo más reciente, el códice Regio, y equitum religiosorum ab Alcantara praefectus en el Torrepalma (12, 1). Habría quedado la cosa más clara si ambos comendadores no hubieran compartido, además del nombre de pila, el mismo segundo apellido, lo cual no fue problema para la copia de Alfaro, quien no interpuso la coma delante de et Zugniga, entendiendo que se refería sólo al de Alcántara, Luis de Ávila y Zúñiga, pero sin tener en cuenta que Sepúlveda, que gustaba de los tria nomina de los antiguos romanos, jamás pone la copulativa et entre los apellidos españoles que latiniza, y en concreto nunca se refirió a su amigo el historiador con su segundo apellido. Sin embargo, los académicos, más atentos a la coherencia editorial que a una comprobación de datos difícil de verificar entonces, restauran la puntuación de los apógrafos, haciendo constar en la última página del índice, bajo el erróneo epígrafe Zugniga Requesensius (Ludovicus), el dato falso de su acogida en la nave capitana: in praetoriam Philippi voluntate recipitur, y, además, bajo el epígrafe correcto Requesensius Zugniga (Ludovicus), recoge el dato tan falso como coherente de la asistencia al viaje del joven gran comendador de Santiago: Castellae praefectus Philippo ex Rhodopes portu navigaturo adest. Obviamente, el cronista oficial del viaje no menciona a su antiguo alumno Requesens entre los acompañentes en la galera capitana: “don Luys de Ávila y Çúñiga, Comendador mayor de Alcántara” (XXVI 11, 4; p. 9, n. 44); ni tampoco Alfonso de Ulloa, que viene a confirmar su fuente pese a la excesiva puntuación propia de la época: “don Luigi Davila, & Zugniga Commendator maggior di Alcantara, sauio, & valeroso caualiere, del quale ne habbiamo di soppra fatto mentione”[153]. En efecto, ni Calvete ni ningún otro menciona a Luis de Requesens en sus prolijas relaciones de los componentes del séquito, porque el comendador estaba en la Corte imperial de Bruselas cuando el príncipe realizaba su felicísimo viaje, según consta en la mencionada biografía del prócer catalán[154].

Las tribulaciones del papa

Continúa el asunto del contencioso entre Paulo III y el emperador en torno a la posesión de Piacenza y Parma agudizado tras el asesinato del hijo del papa, Pier Luigi Farnese (57), en la misma Piacenza en septiembre de 1547, y la ocupación de la plaza por el gobernador imperial de Milán, Ferrante Gonzaga[155], junto con el traslado del concilio ecuménico de Trento a Bolonia y posterior suspensión del mismo (57-58) hasta la muerte del pontífice en noviembre de 1549, y elección del sustituto, Julio III (8-II-1550), sin hacer alusión a este interregno, el más largo de la historia pontificia. Los acontecimientos tratados en estos seis capítulos sobre la política italiana y eclesiástica (59-61) fueron bastante divulgados por medio de todo tipo de noticias amén de los despachos oficiales a los que pudo tener acceso nuestro cronista.

La conquista de África

El otro episodio extenso que ocupa la segunda mitad del libro XXVI es la toma por la armada imperial en el verano de 1550 de la plaza portuaria de Mahdia, base de operaciones del pirata turco Dragut, y su posterior destrucción y abandono por necesidades estratégicas a finales de 1553. La actual Mahdia, Mahedia o Mehedia (35,29 N, 11,03 E), en la costa oriental al sur de Cabo Bon, a la altura de la isla de Lampedusa, junto al cabo África, fue conocida en la época con el mismo nombre que el continente, y los humanistas la llamaron Afrodisio, identificándola con la ciudad antigua de este nombre que Ptolomeo situó entre Siagul y Hadrumetum (“Aphrodisium, Africha uulgo”[156]); pero esta interpretación anticuaria no fue aceptada sin discusión, como reflejó el propio Sepúlveda al relatar las cláusulas del tratado de Carlos V con el rey Hacén de Túnez, después de la campaña de 1535, en que se reconocía que la fortaleza de Afrodisio, cuya jurisdicción se estipulaba, no se hallaba entonces bajo control imperial[157]. Fue la primera victoria de las armas imperiales en Berbería desde el fracaso de Argel (1541) y tuvo una notable repercusión noticiera, historiográfica e incluso literaria, que nuestro cronista no tuvo por menos que registrar en uno de sus episodios más logrados en estructura retórica y aportación de datos, resumiendo en sus etapas principales la secuencia narrativa y demás vicisitudes del acontecimiento con mención de comandantes, tácticas ofensivas, acciones de valor y caídos en combate. Para realizar dicho epítome en la síntesis historiográfica de su crónica, Sepúlveda pudo contar con varias monografías que trataron todos los pormenores de la campaña y se publicaron en los dos años posteriores al bélico suceso. La primera de éstas, redactada en latín, Ioannis Christophori Calveti Stellae De Aphrodisio expugnato, quod vulgo Aphricam vocant, Commentarius (Amberes: Martín Nucio, 1551), fue debida también al cronista del viaje del príncipe, quien la elaboró en Flandes a instancias e informes de uno de los historiadores de las tríadas de fuentes sepulvedanas, Luis de Ávila y Zúñiga, por entonces en Roma, adonde había sido enviado por el emperador a dar a Julio III “el parabién de su promoción al Sumo Pontificado” (8-II-1550). También fue tratado, como hemos visto, por otro de la terna de historiografía en español, Pedro de Salazar, Hystoria de la guerra y presa de Africa: con la destruycion de la villa de Monazter y ysla del Gozo y perdida de Tripol de Berberia: con otras muy nueuas cosas (Nápoles, 1552), en este prolijo tratado en el que alcanzó a incluir hechos de 1551, como la toma de Trípoli por los turcos, no recogidos por Sepúlveda. Pero la obra que contiene indicios indudables de haber sido su fuente en este episodio fue la única monografía sobre esta campaña que se puede comparar con la de Calvete no sólo por la extensión, calidad de estilo y conocimiento de los hechos, sino por algunos datos del desarrollo de la acción que no aportan otras fuentes: Commentariorum de bello Aphrodisiensi libri quinque auctore Horatio Nucula Interamnate (Roma: Luigi y Valerio Dorico de Brescia, 1552)[158]. Fue su autor Orazio Nucula de Terni, un clérigo de la casa del virrey de Sicilia Juan de Vega, jefe del operativo, y con sus Commentarii pretendió proporcionar a los historiadores los datos exactos de los acontecimientos, siguiendo estrictamente el proceder y la terminología de la historiografía clásica, según expuso en su dedicatoria al papa Julio III: “commentarios tantummodo conficerem, ut qui Aphrodisiense bellum commendare literis cuperent, ex iis rerum gestarum ordinem facile cognoscerent, paratumque scribendi argumentum haberent” (elaboraba estas memorias para que a partir de ellas conocieran con facilidad el orden de los acontecimientos quienes quisiesen escribir la guerra de Afrodisio y tuvieran preparado el material para su historia)[159]. Establece, pues, una diferencia entre la actualidad noticiera o la recopilación memorialística y la síntesis reflexiva de la historiografía. Los datos de este episodio que aporta Sepúlveda y sólo se hallan en la monografía de Orazio Nucula son el nombre del hijo de Muley Hacén, el derrocado rey de Túnez, que estaba acogido por el emperador en Sicilia y murió en el campamento antes de la conquista de la ciudad (70, 1-2), y el del capitán de infantería española que logró abrir brecha en el muro antes del asalto final contra el baluarte pirata (82, 3)[160].

Los dos últimos capítulos del episodio, que, con alteración del orden cronológico, narran el desmantelamiento de la fortificación (1553) y un intento frustrado de bloquear a Dragut en la isla de Los Gelves (1551), fueron incorporados por Sepúlveda algunos años después de elaborar el epítome de la conquista. En esta adición al texto ya redactado de la Historia Caroli Caesaris en el apógrafo más antiguo, el códice Torrepalma, debió de utilizar algunos de los informes oficiales o relaciones, si bien la misma alteración en la sucesión temporal de ambos hechos y la concisión o abundancia en los detalles respectivas en cada uno de ellos apuntan con bastante certeza a Guerras de mar de nuestros tiempos de Francisco López de Gómara, del que se ha conservado un “Compendio” en cuyo comienzo se declara que “mudó el titulo de este libro de los Barbarrojas por consejo del Doctor Sepúlveda”[161].

La herencia del Imperio

 A continuación en este mismo libro, Sepúlveda aborda el intento de entronizar al príncipe Felipe en la sucesión del Imperio durante la conferencia familiar celebrada en Augsburgo desde diciembre a marzo de 1551, aunque nuestro autor yerra situándola en los Estados de Flandes (Belgium), sin precisar fechas (86-88)[162]. Este lance, en el que pese a su brevedad contiene el discurso de Maximiliano de Austria en cabal defensa de su derecho (87, 2; p. 44), da pie al cronista para recoger el malestar de cierta parte de la opinión pública española por los inconvenientes políticos y económicos que había acarreado la asunción del Imperio por el titular de la monarquía española: resulta una más que velada crítica que el cronista oficial llegara a afirmar que el césar Carlos subordinó todo su reinado a cumplir con su deber de emperador. Y, en verdad, nunca fue menos Carlos I que cuando todavía no era Carlos V, por obra de sus consejeros foráneos. La conveniencia de que el monarca sea natural de su reino recuerda las protestas de la nobleza y ciudades de Aragón y Castilla ante el advenimiento de la nueva dinastía (88, 3; p. 45).

A la hora de regresar el príncipe Felipe para España (25-V-1551), relata una alarmante indisposición que fue tratada por el protomédico Diego de Zavallos (89), quien lo había acompañado durante todo el viaje[163]. La mención del responsable de diagnóstico y remedio tan precisos hacen sospechar que éste fuera también quien contara al cronista el accidente de Felipe en el torneo sucedido dos años antes.

Decreto contra los protestantes

Los cinco últimos capítulos del libro más extenso de la crónica están dedicados a la cuestión religiosa, fundamental deber del emperador, con unos breves párrafos sobre la dieta imperial de Augsburgo y decreto contra los protestantes (90-92) y la reanudación del Concilio de Trento bajo el papa Julio III (93-94). Recoge las decisiones de la dieta convocada en junio de 1551 (90-92)[164], en que se reclamó un mayor celo en el cumplimiento de los acuerdos del Ínterim de 1548 a los obispos alemanes, quienes no dejaban de reconocer el arraigo que había alcanzado en la gente la nueva religión. Se condenó como delito capital la lectura y comercio de los autores prohibidos por el Index de Lovaina y se intentó implantar la persecución inquisitorial de los herejes, calificando la faena del delator, “utque id crimen deferre praemio sit atque laudi” (92, 2), con reminiscencias de un venerado verso virgiliano[165]. En estos concisos capítulos comenzamos a encontrar indicios claros de la utilización de la obra de Sleidan en la mención de los mandatarios y prelados imperiales que acuden a la dieta, en las excusas de los obispos alemanes para hacer cumplir el Ínterim[166] y en el amago de las prohibiciones inquisitoriales[167].

Fuentes del libro 27

Nueva insurrección del Imperio

El libro XXVII, centrado en el año 1552 y las vicisitudes de la insurrección de Mauricio de Sajonia con el apoyo del rey de Francia, tiene también al historiador protestante como principal fuente de datos, toda vez que ejerció como delegado de la ciudad de Estrasburgo durante el desarrollo de estos acontecimientos[168]. El mismo cronista reconocía a principios de ese año su falta de noticias concretas sobre el emperador, haciéndose eco de los rumores sobre su partida de Alemania hacia Innsbruck con su hermano el rey Fernando para estar más cerca de Trento y del conflicto de Parma, amén de otros sobre la intentona francesa contra el Milanesado[169]. Son estos asuntos los que trata desde los primeros capítulos de este libro XXVII extrayendo datos relevantes de los Commentarii de Sleidan, pero trasformando la narración de los hechos en un gran episodio de tinte dramático en el que cobra notable vigor el antagonismo de Enrique II. Como ya anticipó al final del libro precedente (XXVI 94, 3), fue la belicosa rivalidad del rey de Francia lo que causó o atizó las aflicciones del emperador en este annus horribilis, desde la defección de su yerno el duque de Parma hasta su derrota en el sitio de Metz, aunque, como se señala en esta introducción histórica, nuestro autor no deja de poner en relevancia las reivindicaciones que animaron a los nobles alemanes, si no presentadas como justas por el cronista regio, sí profundamente motivadas. Con excepción de los párrafos dedicados al entorno del emperador y a la respuesta de su petición de ayuda por parte del príncipe y la nobleza (34-36), en todos los demás episodios en que se articula el libro XXVII es perceptible la influencia del gran historiador protestante a través de la exposición de los hechos y la transcripción de topónimos.

La fuga del emperador

A modo de ejemplo para ilustrar aún más las coincidencias que se han señalado en las notas de la traducción, se confrontan aquí los dos textos originales que narran la precipitada huida de Innsbruck ante el ataque de su antiguo aliado Mauricio de Sajonia, lance que bien podría considerarse el clímax del episodio más dramático que vivió el emperador:

Carolus de praesidio pulso et capto Erebergo, quod abest ab Oensprucho bidui via, deque adventu Mauricii cum cognovisset, raptim inde discedit et Villacum, Pannoniae superioris oppidum ad Dravum fluvium, magnis nocturnis diurnisque itineribus contendit, Ioanne Federico Saxoniae duce, quem superioribus diebus liberaverat, assectante. (2) Nam Fernandus frater Romanorum rex, qui discedentem fuerat secutus, viam unius diei progressus substitit, et flexo itinere in Germaniam contendit, si qua ratione posset initiis tantorum malorum occurrere. (3) Mauricius paulo post Oenspruchum intrat nemine repugnante et res a Caesarianis raptim et turbate proficiscentibus relictas diripit (nam oppidanis eorumque et regis Fernandi rebus pro amicitia diligenter ut parceretur, edixerat); (Sep. Carol. XXVII 28, 1-3; pp. 63-64).

Caesar autem, ubi de capto Erebergo cognovit, noctu, maxima celeritate tumultuarie discedens Oeniponte cum Ferdinando fratre, qui persuadendae pacis causa nuper eo venerat, ut ante diximus, et per Alpes, qua Tridentum itur, ad laevam deflectens, Villacum, quod est in Carnis oppidum, ad Dravum flumen, sese recipit, quum Saxoniae ducem, Ioannem Fridericum, toto iam quinquennio captivum, paulo ante dimisisset, ne videlicet hostis ad suam gloriam istud referret, quod quidem ipse captivus etiam minime volebat. Liber factus nihilo minus Caesarem, quocunque iret, comitatur. [...] Vbi venit Oenipontem Mauricius, quidquid ibi repertum est rerum Caesaris et Hispanorum et cardinalis Augustani, direptum fuit, Ferdinandi regis autem atque civium bonis nihil est datum damni. (Sleidanus, De statu religionis, XXIV, f. 430r).

Los sinónimos y variantes con los que Sepúlveda diferencia su relato de la narración de Sleidan vienen a corroborar con precisión la estrecha dependencia que indiscutiblemente guarda de la obra del historiador protestante. En el fragmento no reproducido registró Sleidan una reunión que convocó en esos mismos días la gobernadora de Flandes para la firma de un acuerdo entre aquellos estados, demostrándose con este inciso el rígido criterio cronológico que adoptaba en su narración. En este pasaje de la precipitada huida de Carlos V, Sepúlveda recoge sin más el acompañamiento de su antiguo prisionero el duque Juan Federico de Sajonia, cuya liberación era una de las reivindicaciones de los insurrectos, pero no menciona el motivo aducido por Sleidan, como glosará Alfonso de Ulloa demostrando también su estrecha dependencia del historiador protestante.

Poco avanti haveva rilasciato Giovan Federico Duca di Sassonia, che dopò la guerra di Lamagna et fatto d’arme dell’Albis[170] haveva tenuto prigione per cinque anni continui, a fine che il nimico traditore non si gloriasse di questo, come il prigione stesso ancora non desiderava, il quale essendo liberato, acompagnava l’Imperadore dove andava (A. de Ulloa, Vita dell'invittissimo Imperator Carlo Quinto, o. c., f. 310v).

La guerra de Parma

En otros pasajes de estos mismos hechos, nuestro cronista indica el manejo de otras fuentes mediante la mención de personajes que no se encuentran en la bibliografía que declarará haberle servido de base. Tal es el caso del nombre de uno de los comandantes franceses de la guerra de Parma, en cuyo plan narrativo también ha seguido de manera general a Sleidan, según se ha señalado en las notas de la traducción. Esta mención (“Andolotus et Sepierus ex Gallis proceribus”; XXVII 11, 1) y otras coincidentes con Sleidan sugieren la utilización de la obra coetánea de François de Rabutin, Commentaires sur le faict des dernieres guerres en la Gaule Belgique, entre Henry second, treschrestien Roy de France, & Charles cinquieme, Empereur (París: Michel de Vascosan, 1555), avalada por el hecho de que este mismo impresor parisino había publicado su traducción de la Política de Aristóteles en 1548, a raíz de lo cual mantuvo correspondencia de la que seleccionó dos cartas (Valladolid, 1-VIII-1549, y 7-VII-1550)[171] para sus Epistolarum libri septem. No es improbable que se le hiciese llegar en aquellos años posteriores esta obra en francés tan oportuna para contrastar los datos de su crónica.

Hispania exhausta

A pesar de la dramatización de este episodio en que un quijotesco emperador envejecido y enfermo se ve acosado por la perfidia y artimañas del envidioso rey galo, no pierde punto para deslizar la velada crítica contra los inconvenientes que acarreaba al reino patrio el cumplimiento del deber para con la Iglesia y el Imperio, recalcando el agotamiento de los recursos económicos de España (XXVII 34, 4; p. 67, n. 64) al relatar el desprendido apoyo que le mandaban los súbditos de su siempre obsecuente hijo.

Praeterea signati argenti magna vis importata, quae summa ducatorum aureorum decies centena milia valebat; aurum enim fere omne bellis superioribus consumptum fuerat, et in Italiam et Germaniam Caroli Caesaris voluntate in stipendium militare, partim etiam externorum fraude compendii gratia in Galliam deportatum; exhausta scilicet Hispania, quam auro repleverat Novus terrarum Orbis in dicionem redactus.

(“Además fue embarcada gran cantidad de plata acuñada que valía la suma de un millón de ducados de oro; pues en las guerras anteriores se había gastado casi todo el oro, trasladado a Italia y Alemania por voluntad del césar Carlos para la paga de los soldados, en parte también a Francia por fraude de los extranjeros en razón del cambio mercantil[172]; España, ni que decir tiene, estaba agotada del oro que había recibido en abundancia con su conquista del Nuevo Mundo”).

Los descalabros de Metz y Ponza

Además de los Commentarii de Sleidan, nuestro cronista pudo servirse del testimonio personal de Luis de Ávila, jefe de caballería ligera (XXVII 40, 1), sobre todo en punto a las bajas y penurias del campo imperial en Metz. También pudo recabar de informes oficiales los detalles del rescate de prisioneros en la derrota naval de Andrea Doria por una flota turco-francesa junto a las islas de Ponza (XXVII 49, 2), porque tales datos no aparecen recogidos ni en la Hystoria en la qual se trata de la origen y guerras que han tenido los Turcos, de Vicente Rocca, publicada en Valencia en 1556, ni en el compendio Guerras de mar de su colega Francisco López de Gómara (p. 72, n. 82), cuyo manuscrito sabemos que manejó.

Fuentes del libro 28

La guerra de Siena

El libro XXVIII refleja claramente en su primera parte el carácter episódico de la composición historiográfica de Sepúlveda al margen de una cronología global a manera de los anales. Las vicisitudes del sometimiento de la república de Siena ocupan los primeros 22 capítulos en un arco temporal que abarca desde la repulsa ciudadana por la construcción de la fortaleza imperial en los años de la embajada en Roma de Diego Hurtado de Mendoza (1547-1552), hasta su total rendición en abril de 1555. La narración se articula en dos etapas marcadas por la expulsión de la guarnición española en julio de 1552 (7, 4) con posterior tregua a instancias de Julio III (9, 3) y la reanudación de las hostilidades meses después por orden del emperador (10, 1). No hemos encontrado una publicación contemporánea que le haya facilitado la cantidad suficiente de datos para elaborar este episodio de su crónica al modo que usó los Commentarii de Sleidan[173], ni tampoco llegó a señalar falta de noticias de estos hechos como la que expresó en la carta a Luis de Carvajal acerca de los movimientos del emperador en Alemania en ese mismo año de 1552, según se ha visto en el libro precedente, y a lo que aludió para establecer una sincronía con los hechos narrados en éste (5, 1; p. 76: “Hanc Caroli epistolam, qui per id tempus Oenspruchi morabatur, Iacobus Mendoza Romae acceptam”). No se pueden precisar las fuentes que usó Sepúlveda para este episodio más allá de lo que se recoge en las notas; al abundante intercambio de noticias de todo tipo entre Italia y España, se debe sumar el hecho de que un antiguo corresponsal suyo, Francisco de Toledo[174], desempeñó la comisión de estos asuntos en nombre del emperador (8, 1; 22, 3), y en los Anales de Gómara[175] se anota ya en 1556 que al haber muerto en su cargo de gobernador de Siena fue nombrado en su lugar el cardenal Francisco de Mendoza, el prelado ante quien ofreció la lectura de su crónica que menciona en la carta a Neila, muy probablemente en Toledo entre febrero y julio de 1560[176].

Un héroe cordobés

Por lo demás, estos capítulos de su crónica ya estaban redactados en 1557, a juzgar por el añadido de propia mano sobre la muerte del capitán García de Góngora, a resultas, sin duda, de otra lectura pericial de estos esbozos encargada a su incondicional amigo Francisco de Argote. Este añadido en el apógrafo más antiguo no sólo confirma para este episodio una redacción anterior a esas fechas, sino que ofrece también un indicio del particular concepto que de la historia tenía nuestro cronista regio. Al término de la épica narración en que menciona el número de bajas en la victoria de Marciano (2-VIII-1554) anotó en el margen del códice (f. 550r): “quorum fuit Garsias Gongora centurio Cordubensis, vir egregia virtute et domi nobilis” (19, 3; p. 183, n. 33). La inclusión encomiástica de este único nombre entre los caídos en aquella memorable batalla debió de haberla anotado después de 1557, cuando su amigo y corresponsal Francisco de Argote contrajo matrimonio con una hermana de dicho capitán cordobés.

Escaramuzas navales

Tampoco se puede precisar la fuente del capítulo 23, que refiere el frustrado ataque de una armada turca en las inmediaciones de Monte Argentaro, en el transcurso del asedio de Porto Ercole, en poder de los franceses, cuyo sangriento asalto al mando del marqués de Mariñán ya no es consignado por nuestro cronista, como lo registró López de Gómara en los Anales (1554), algunos de cuyos datos puntuales bien pudo utilizar para estos capítulos entre episodios más extenso, así, por ejemplo la mención que hace Sepúlveda de un contingente de refuerzo procedente de Córcega al mando del “praefectus Canariae insulae” (22, 1), aparece en los manuscritos históricos de Gómara con la concisión identificativa que acostumbra[177].

Guerra en la frontera franco-flamenca

A continuación nuestra crónica retrotrae la narración al verano de 1553, cuando las tropas imperiales conquistaron las plazas de Thérouanne y Hesdin (24-39). Esta parte central del libro XXVIII no fue emprendida sino después de esa provechosa visita a Yuste y posterior envío de la carta a Guillermo van Male, en la que reconocía no tener la menor noticia de tales gestas en la frontera franco-flamenca, al par que no halló reparos en censurar la escasa consideración que habían recibido de Sleidan, sin duda en lo que afectaba al nutrido campo español, pues tampoco dejó de registrar lances significativos, como la muerte en combate del nieto de Paulo III y yerno del rey de Francia, Horacio Farnesio (36, 2; p. 92, n. 64). En las notas de la traducción, hemos intentado recoger las obras que pudo utilizar como fuente en la redacción de estos dos episodios bélicos, que no fueron los únicos ni los más importantes de aquella demencial guerra entre el soberano de los Países Bajos y el rey de Francia.

Inglaterra y el cronista del emperador

Cierra el libro XXVIII un epítome que va a funcionar de introducción para el monográfico que desarrollará en el siguiente. El motivo de enlace con el anterior, la muerte de Eduardo VI y la ascensión al trono de Inglaterra de la católica María (40, 1), sucesos ocurridos en julio del mismo año 1553, también es mencionado en las relaciones de sucesos que pudieron servirle de base de datos para los episodios precedentes, pero aparte de la razón de tan amplio tratamiento en su obra histórica, cual fue la conversión del cismático reino a través del matrimonio de María con el príncipe español (40, 2), nuestro cronista tenía con aquellos acontecimientos su particular historia que no se abstuvo de mencionar en este resumen de las relaciones entre los dos reinos durante el mandato del emperador, a saber, su conocido tratado en defensa de la dispensa apostólica a favor de la reina Catalina de Aragón y otro dirigido a Enrique VIII sobre la primacía del papa que no se ha conservado (44, 1-2; p. 97). Es seguro que tampoco dejó de incluir la cita de estos avales en el esbozo de esta parte de su crónica que envió al cardenal Pole, quien tanto llegó a sufrir con la persecución del rey[178] y en aquellas fechas era el legado pontificio para la reducción de Inglaterra al catolicismo.

Fuentes del libro 29

La doble redacción del episodio “de rebus Britannicis”

El libro XXIX es el que muestra más claramente el laborioso proceso de cotejo y selección de datos, de revisión estilística y compositiva a que sometía Sepúlveda la redacción de su obra histórica, cuando no estaba seguro de las fuentes manejadas. La citada carta a Pole es el ejemplo conspicuo de esta concienzuda actitud y su prueba fehaciente, la primitiva narración de los mismos hechos de este libro que se nos ha conservado en el apógrafo más antiguo, el códice Torrepalma (T). Se viene admitiendo desde la “Editorum praefatio” académica que dicha redacción en T fue la que Sepúlveda envió al cardenal Pole para su revisión por la carta fechada en Córdoba, a primero de octubre de 1555, que incluyó[179] en su epistolario impreso en 1557. La edición crítica de esta primitiva versión y la indagación de sus posibles fuentes refutan este supuesto y retrasan la redacción de este libro en T hasta una fecha posterior a la lectura de los Commentarii de Johann Sleidan a mediados de 1557[180].

Por otro lado, el apógrafo T ha conservado una primera disposición de todo lo referente a la historia de Inglaterra en un solo libro, que iba a ser el “trigesimus” en la ordenación general de la obra. Dan fe de ello las correcciones de los encabezados de este códice sepulvedano a partir del cap. 40 del libro XXVIII, según se indica en aparato crítico (vid. infra pp. 94, 100 y 130). Tal fragmento de la crónica constituiría el relato más extenso de hechos ingleses que trató la historiografía hispana contemporánea antes de la Historia ecclesiastica del scisma del Reyno de Inglaterra, de Pedro de Ribadeneyra (1588), pero la especie de secuestro que sufrió esta Historia Caroli Caesaris por más de doscientos años, que la privó incluso de la modesta difusión manuscrita del anónimo Crónica del Rey Enrico Otavo de Ingalaterra, dejó esta obra precursora “en un estado próximo a la nulidad”, como llegará a decirse en un texto espurio de Sir Thomas Browne[181], y con el único interés histórico de aportar datos para el estudio de la mentalidad del propio autor y de su entorno.

El esbozo que envió Sepúlveda a Pole en 1555 estaría formado principalmente por aquellos “comentarios que llegaron a sus manos”, y por “las cartas de otros hombres importantes y del mismo rey Felipe a su hermana Juana”, que debió de contrastar durante sus escasos periodos en la Corte desde mayo de 1553 hasta 1556[182]. Así pues, mediante la expresión de algunos comentarios “quae ad manus meas pervenerunt”, no debe referirse sino a las denominadas relaciones de sucesos, los folletos impresos precursores de la prensa moderna, que adoptaban la forma de carta dirigida a un mandatario o personaje de la nobleza, en especial cuando versaban sobre noticias políticas y extranjeras, a fin de garantizar su veracidad con el prestigio social de su destinatario en la propaganda que llevaban aparejada este tipo de escritos[183]. Tal vez por esta apreciación ha diferenciado el siguiente sintagma de posesión de esas otras fuentes con el determinante de alteridad[184]: “aliorum gravium virorum”, por más que dependa del mismo determinado (“epistolis”) que el de los príncipes. Pero desbordan estos distingos gramaticales las pesquisas realizadas en las relaciones impresas que se nos han conservado acerca de aquellos acontecimientos, en las cuales se percibe una campaña propagandística para apoyar la costosa aventura dinástica en que la Corte imperial iba a embarcar al más leal de sus reinos. Como se ha indicado en las notas de la traducción, Sepúlveda comienza a basar el episodio de su historia de Inglaterra en relaciones que refieren sucesos desde principios de 1553 a noviembre de 1554, agregando puntos concretos extraídos de los despachos secretos procedentes de la embajada imperial en Londres que se recibieron en Valladolid[185]; y este esbozo del futuro libro XXIX debió de estar precedido de un bosquejo con el contenido de los últimos capítulos del XXVIII, sobre todo, como ya se ha sugerido, lo concerniente a sus escritos de derecho canónico sobre la defensa de la reina Catalina y de la primacía papal. Pero este aserto ha de quedar en la mera hipótesis porque en la correspondencia publicada del cardenal no se ha encontrado resto alguno de esos contactos con Sepúlveda, ni, desde luego en la medida de mis averiguaciones, la menor noticia de este borrador manuscrito en ningún archivo ni estudio del país destinatario[186]. Entre los problemas que se le plantearon a nuestro cronista al cubrir la historia inglesa, fue el de la trasliteración de los onomásticos, que en las relaciones de sucesos aparecen deturpados al margen de toda perspicuitas; por tal motivo, debió de ver el cielo abierto cuando leyó una versión latina de esos y otros acontecimientos en la obra que le recomendaron en su visita al emperador en marzo de 1557. En efecto, revelan la utilización de los Commentarii de Sleidan en esta primitiva redacción conservada en T la descripción de la venerada y suntuosa tumba de Santo Tomás de Canterbury que mandó desmantelar Enrique VIII (XXVIII 45, 4; p. 98, n. 92), la errónea situación del castillo de Framlingham (XXIX 1-14 T, 3; p. 130, n. 107), la orden de cortar el único puente de Londres ante el ataque de los rebeldes y la permanencia de los mismos en Southwark durante dos días (XXIX 25-27 T, 2; p. 134, nn. 116 y 117), pero, sobre todo, la denominación del título nobiliario que se arrogó John Dudley, Northumberlanus dux en la redacción definitiva, pero Northumbriae dux en T y Sleidan, y, más significadamente, el apellido del líder de la rebelión de 1554, Wyat o Wyatt, Huvietus en la redacción definitiva, pero en T y Sleidan aparece como Viatus. Con estos cambios y algunos otros datos elaboró una nueva redacción del episodio incorporando los párrafos de la introducción después de los que tratan las batallas de Thérouanne y Hesdin, al final del libro XXVIII, y componiendo los hechos que afectan a la historia de Carlos V en el libro XXIX, poco más o menos como lo conocemos en el manuscrito T y expensas siempre de alguna adición o corrección de menor importancia.

Un anónimo veneciano como fuente definitiva de la historia inglesa

La fuente de la redacción definitiva del libro XXIX en el códice denominado Regio, R, se encuentra en un manuscrito misceláneo de la Biblioteca de El Escorial, sgn. X-III-8, ff. 133-240: “Successi delle attioni del regno d’Inghilterra incominciando dal re Edoardo VI fino al sponsalitio seguito tra Ser.mo Prencipe Philippo di Spagna et la Ser.ma Reina Maria. Descritti da Mons.r Comendone Nontio del Pontefice appresso quelle MM.tà”. Este informe, que se remonta a los hechos previos a la muerte del rey Eduardo, aparece atribuido a Giovanni Francesco Commendone (1524-1584), por entonces un agente del legado pontificio en la Corte flamenca de Carlos V durante la guerra con Francia de 1553, quien, al tenerse noticias de la muerte de Eduardo VI, fue enviado de incógnito a Inglaterra para transmitir la información que a duras penas llegaba al continente; Commendone, por medio de un antiguo exiliado inglés, consiguió una entrevista con la reina María, quien le expuso sus deseos de retornar a la obediencia papal con la mediación del cardenal Pole[187]. El documento del informe se halla en el manuscrito escurialense junto a otro sobre Inglaterra que perteneció a Antonio Agustín[188] (1517-1586), que fue corresponsal y amigo de Sepúlveda hasta el extremo de tomar a su servicio a quien había sido su secretario, el cordobés Sebastián León[189]. Por otro lado, Antonio Agustín fue enviado como nuncio de Julio III al emperador para tratar de la paz con los franceses y a Inglaterra para la conversión del reino[190]. Es probable que gracias a estos contactos se le hubiera hecho llegar a Sepúlveda una copia del informe del nuncio Commendone como respuesta a la elaborada petición que había cursado al cardenal Pole. Pero tal vez, si esto fuera así, le hubiera llegado algo tarde, pues en 1558 fue publicada en Venecia, de donde era natural el nuncio, una versión casi literal de dicho informe sin nombre de autor con el título de Historia delle cose occorse nel regno d’Inghilterra, in materia del Duca di Notomberlan, dopo la morte di Edoardo VI. (Venecia: Academia Venetiana, 1558), y con dedicatoria firmada por Luca Contile[191]. Dos años después se imprimía otro opúsculo con el mismo contenido histórico pero con numerosos cambios e interesantes adiciones sobre costumbres del país, cuyo autor reivindicaba la autoría de este anónimo veneciano de 1558 aduciendo que era un borrador que se había publicado sin su permiso: I Successi d’Inghilterra dopo la morte di Odoardo Sesto fino alla giunta in quel regno del Sereniss. Don Filippo d’Austria, principe di Spagna, scritti volgarmente da Giulio Raviglio Rosso da Ferrara (Ferrara: Francesco di Rossi da Valenza, 1560). Como he comprobado que esta última publicación que reclama autorías no es la fuente del relato de nuestro autor, dejo para otra ocasión las aclaraciones pertinentes[192].

El cronista se informaba por los periódicos

Una copia del informe del nuncio Commendone o el impreso anónimo publicado por Contile en 1558 sirvió a Sepúlveda para extraer los datos con que ampliar una parte de la narración latina que había redactado tal como se encuentra hoy en el códice T a base de las relaciones de sucesos y de los datos espigados en Sleidan, que a su vez refundiría selectivamente para adaptarlos a la nueva versión que se copiaría en R. Las partes coincidentes en los dos apógrafos son los dos discursos en estilo directo que contiene este libro: el del duque de Northumberland en el cadalso, que tuvo una trasmisión textual independiente con amplia difusión (15-16; p. 109, n. 34), y el de la reina María ante los londinenses (24), elaborado a partir de las dos alocuciones de Relación de las rebeliones de Inglaterra (Sevilla: Simón Carpintero, 1554), la última de las cuales ha quedado en la redacción primitiva (25-27 T, 7-8; pp. 134-135); además de estos dos significativos fragmentos de los discursos, coincide el de la embajada imperial para concertar el matrimonio de la reina con el príncipe de España y sus cláusulas esponsales (17), con cuyo resumen comienza la relación sevillana. En este capítulo común a la trasmisión textual se verifica, a través de un error, los pasos seguidos por el cronista para la redacción de su obra. En la relación de suceso ha leído que la embajada estaba presidida por el conde de Egmont: “El conde de Ajamon llegó de Flandes a Inglaterra...” (17, 1; p. 111, n. 42). Posteriormente, recoge de Sleidan el mismo dato que empieza el año “1554” señalado al margen: “Confirmandi causa matrimonii Caesar amplissimam legationem mittit in Angliam, qui Mariam absenti Philippo prorsus addicant. Eius erat princeps Ecmondanus. Hi cum sub initium Ianuarii Londinum uenisset, post aliquot dierum tractationem, rem conficiunt”[193]. Y en la redacción de T añade como nombre de pila del conde flamenco la latinización de su título por Sleidan: “His rebus cognitis Carolus Ecmundanum Agamontis comitem legatum de Philippi matrimonio ad Mariam reginam mittit ineunte anno, qui fuit Christi nati millesimus quingentesimus quinquagesimus quartus”. En el informe con que rehizo el libro de Inglaterra tal como se copiará en R, no se menciona la embajada, y nuestro cronista se limitó a suprimir el elemento velar, “Emundanum”, de la correcta latinización que hizo Sleidan del título nobiliario, confundiéndolo, por esta única vez, con el nombre de pila.

El resto del libro XXIX, el relato de la partida de Felipe desde La Coruña y El Ferrol hasta la sesión parlamentaria del acto de reconciliación en Londres (28-44) concuerda en ambos manuscritos (p. 135, n. 118). Esta coincidencia demuestra una mayor confianza en sus fuentes, a base también de otras relaciones de sucesos[194], pero cuya información puede contrastar ya con cartas de dignatarios y despachos reales, acallando en lo posible las numerosas críticas que suscitó aquel forzado y costoso “desposorio” (34, 3; p. 123, n. 86). De esas oficiosas relaciones extrajo la anécdota del encuentro entre la reina y la duquesa de Alba (34, 2; p. 122, n. 85), que le da ocasión para mencionar una vez más en su crónica a la casa nobiliaria que promovió y tuteló su carrera funcionarial.

Pero además de descifrarle a nuestro cronista el modo en que sucedieron realmente estos hechos de los que al principio sólo tuvo escasas y confusas noticias, el opúsculo que se agenció venía a proporcionarle mejores argumentos para dramatizar su narración, y, con estos nuevos datos, adaptará en estilo indirecto la plática del duque de Northumberland con el joven rey ya mortalmente enfermo para que cambiase el orden sucesorio[195] (2; p. 101), y describirá con mayor dinamismo la entronización de Lady Jane y el apoyo a la legitimidad de María en los condados del Este de Inglaterra[196] que desmoronará la conspiración de Northumberland. La captura del malhadado duque de Suffolk, padre de Lady Jane, que aparece delatado por un labriego aparcero suyo (21, 1; p. 114; 18-21 T, p. 133), le da pie para una disquisición ética (21, 2-3) que recuerda la casuística de los casos de conciencia del Theophilus, dialogus de ratione dicendi testimonium in causis occultorum criminum (Valladolid, 1538)[197]. No obstante, mantuvo algunos datos de la redacción anterior conservada en T y aun de la que debió enviar a Pole, habida cuenta de que sólo se encuentran en aquellas relaciones de sucesos que se publicaron en varias ciudades españolas en los primeros meses de 1554. Por ejemplo, el peregrino apellido que le asigna al duque de Northumberland, “Joannes Pocaus” (1, 2; p. 100, n. 3), que sólo aparece en la edición alcalaína de la Relación muy verdadera de Antonio de Guaras, o el detalle de la instigación de tres capitanes en la deserción general del contingente del católico duque de Norfolk al campo de los rebeldes, que únicamente leemos en la relación sevillana de Rebeliones de Inglaterra, atribuida también al mismo Guaras[198]:

Llegados, pues, los unos a vista de los otros, se passaron a la parte de Thomas Huet adversario tres capitanes con toda la más gente (Rebeliones, [6] p. 678 Solís).

            Y el cronista vertió al latín con total fidelidad[199] tal como se copió en el apógrafo T:

Sed in adversariorum conspectum mutuum cum venissent, maior militum pars cum tribus sollicitantibus centurionibus ad Viatum transfugit (18-21 T, 4, p. 132).

            Al divulgarse la versión de los servicios secretos pontificios o venecianos, opta por una nueva redacción antes que intercalar correcciones entre líneas o al margen, y escribe lo que se copiará en R:

sed cum is (el duque de Norfolk) se copiasque in conspectum adversariorum dedisset, parante Huvieto acie instructa proelium inire, maior pars copiarum Norfolchii centurionibus tribus auctoribus ad hostes signa transtulit (23, 2; pp. 114-115, n. 51).

            El manuscrito escurialense que atribuye a Commendone I Successi delle attioni del regno d’Inghilterra reza:

posto Wiet presso un porte per combattere con il Duca et ueduto ció dalle genti del Duca, tutte passorno in un tempo dalla parte di Wiet, dandogli in mano et l’artiglieria et ogni altra monitione; pp. 119-120 Malfatti.

               Y en el impreso de la Academia Veneciana Historia delle cose occorse nel regno d’Inghilterra, de 1558 consta:

postosi in uista d’esso con le genti; Huuiet si pose in ordine per combattere. di che accortesi le genti del Duca, senza uergogna tutte in un tempo passorono alla parte d’Huuiet, dandogli nelle mani l’artiglieria, et ogn’altra sorte di monitione; f. 48v Contile.

Como vemos, en ninguno de los informes venecianos aparece que la deserción en masa del ejército que había mandado la reina contra el rebelde Thomas Wyat no fue espontánea, sino azuzada por tres capitanes (“tribus centurionibus”): había que minimizar como fuera la popularidad y apoyo que gozaba entre todos los estamentos la conspiración contra el matrimonio de la reina[200], de lo cual había escrito el historiador protestante: “Tulit hoc indignissime populus et ex nobilitate complures, et communicatis inter se consiliis rebellionem faciunt. Huius erat dux praecipuus et author, Thomas Viatus”[201]. Por otra parte, parece que nuestro cronista tuvo que resignarse a contrastar y completar la narración de estos hechos por una publicación impresa, si no es que le enviaron otra copia manuscrita con giros y transliteraciones más parecidos a los de su versión latina. Una de las ediciones sevillanas de Rebeliones de Inglaterra “fue embiada a la noble ciudad de Cordoua”, donde el cronista regio se halló durante todo ese año de 1554 con la pertinente licencia.

Fuentes del libro 30

La crítica de la actualidad

El libro XXX no tiene unas fuentes documentales o librescas a las que remitir con la precisión debida. La mayoría de los hechos que relata transcurrieron en los dos últimos años del reinado del emperador, y prácticamente va formando su crónica con la simple actualidad[202], hasta el punto de señalar la sincronía entre el hecho narrado y el momento de redacción con la expresión habitual “dum haec proderem”, al referir la moratoria del juicio contra los encarcelados por la cobarde rendición de Bugía (1555), que habría de ser, en todo caso, después de la ejecución del máximo culpable (4-V-1556) (14, 1; p. 143). En estos años el cronista reside permanentemente en Córdoba, desligado de la Corte en virtud de las licencias concedidas[203], y su ciudad es la conclusio de algunos episodios que trata en su historia: los jesuitas cordobeses (3, 2; p. 137), la respuesta de su cabildo a una argucia impositiva de la Corona (16-16bis; pp. 144-146), las cartas de abdicación y del nuevo monarca a las ciudades del reino (20, 3-22, 1; pp. 148-150). Pero soslaya lo que podría parecer un enfoque provinciano con una crítica a la política económica del emperador mediante una denuncia de la especie de deuda pública con que aherrojó a la hacienda real con sus continuas guerras y viajes (4, 4-5; pp. 138-139, n. 18), reproche que reiterará en su peculiar semblanza (26, 3; p. 153).

Buen gobierno y cirugía social

Al exponer los deberes del buen soberano, también encuentra lugar para introducir sentencias sobre aspectos de teoría política que tenía ya desarrollados en su “gravius studium” Sobre la monarquía y los deberes del rey, y que publicará en la década siguiente dedicado a Felipe II (29; p. 155, n. 75); la necesidad del justo castigo (29, 2 “totum reipublicae corpus ad tempus aliqua molestia non inutiliter nec imprudenter afficitur medicorum exemplo”), se ve apoyada por un símil que aparece en el siniestro villancico de las Rebeliones de Inglaterra, cuya información se ha demostrado que manejó: “No se puede llamar guerra / la que la guerra destierra. / [...] Suele el padre castigar / a su hijo muy amado / y el çurujano cortar / las carnes del fistolado / [...] Los que ofenden a su rey / con muerte son castigados, / mucho más los que a su ley / contradizen obstinados”. La comparación de la lucha contra los disidentes como cirugía social es lo que le faltaba a ese tratado De regno, donde a través la teoría aristotélica de los tres regímenes políticos se encuentra una vez más la defensa de la radical desigualdad de los hombres y razas que justifica para nuestro autor la guerra de conquista.

           Encuentro postrero en Yuste: retrato del emperador

La impronta de actualidad de este libro y la proximidad con los protagonistas de su historia, que como ya se ha indicado es recurso característico de Sepúlveda para realzar la autenticidad de su relato[204], llegan a su punto culminante al relatar el privilegio que le supuso la visita a Carlos V en su retiro de Yuste (40, 2; p. 162).

            Sin embargo, el retrato que preparó como remate de su crónica (23, 4) plantea en sus ejemplares anécdotas una indagación de fuentes distintas de la vivencia, recuerdos o confidencias personales. Como ya se ha apuntado en las notas de la traducción, la misma disposición de los elementos de esta singular semblanza (24-38) responden a modelos retóricos practicados en todas las etapas del género. Es en el relato que ejemplifica algún rasgo del personaje retratado donde se puede dar la singularidad de un hecho cuya fuente interesaría determinar.

Los datos que aparecen en la anécdota de la ejecucion sumarísima que ordenó el emperador contra el capitán Jerónimo de Leiva por acusar falsamente a su general, el marqués del Vasto, de malversación en la paga de las tropas (37; pp. 160-161), aparecen en el tomo II las Historias de Paolo Giovio (1552)[205], en las memorias entonces manuscritas del soldado cordobés Martín García Cereceda[206] y en los apuntes del consejero Pedro Girón de Loaysa[207], pero en el contexto de un motín de los soldados que Sepúlveda no mencionó. Los hechos ocurrieron en la ciudad danubiana de Krems, durante la campaña contra los turcos por la defensa de Viena en el verano de 1532, periodo que tenía redactado nuestro cronista antes de 1537[208] sin ninguna referencia de ellos. Si no se lo contaron de primera mano en la visita que hizo al emperador ya en Viena, cuya veracidad ya hemos discutido, bien pudo haberse enterado algún tiempo después por el comendador de Alcántara o el hermano de éste, el marqués de las Navas[209].

La mordacidad de Giovio

También la anécdota de la mordacidad del humanista de Como (33; pp. 157-158), tiene todos los visos de proceder de ese círculo privado de Yuste tan celoso de la gloria de su emperador, por la única razón de que aparece añadido al margen en el apógrafo T, indicio de que se incorporó al texto después de 1557, aunque sucedió en los días en que Sepúlveda esperaba de un momento a otro su nombramiento de cronista. En efecto, en las Lettere volgari de Paolo Giovio se hallan dos cartas de finales de 1535 donde encontramos ese mismo dicho proverbial de la mula zoppa con la que el obispo de Nocera expresaba su decepción ante la recompensa que esperaba del emperador por enaltecer, con un toque de incienso, según le pareció, las proezas de sus conquistas tunecinas que él mismo se ufanaba en rememorarle, y, por ello, dejaba para “un frater noviter stampato per coronista di Sua Maestà”[210] la tarea de escribirlas en español o “in latino refettoriale”[211]. Hubiérasele referido en Yuste esta anécdota que enaltecía la imparcialidad del césar Carlos, o simplemente allí se la recordasen, parece no haber llegado a oídos del gran historiador italiano, pues años después aún esperaba poder escribir las hazañas del máximo emperador (p. 158, n. 88)[212].

Lamentos y limitaciones

Muy significativo es el párrafo que forma el capítulo siguiente (34; p. 158, n. 91), donde se trasluce una queja por la escasa consideración que acabó encontrando en la Corte su magna obra histórica; indica que lo incorporó después de la carta a Neila, cuando ya había decidido no publicar su obra histórica, el hecho de que se encuentre añadido con letra más pequeña por el mismo amanuense esta vez en los dos apógrafos (T f. 596v; R f. 594r, olim 617). El párrafo es un ejemplo elocuente de la plena asimilación del discurso silogístico con el ropaje retórico de los tratados filosóficos del Arpinate, en el cual sintetiza la finalidad didáctica y política de la historiografía remontándose a las reflexiones de un Sempronio Aselión[213]:

Y esta sentencia y pensamiento de Carlos (Quod Caroli praeceptum et consilium), encauzada a reprimir la codicia de historiadores poco serios (ad leviculorum scriptorum avaritiam cohibendam pertinens), parece que debe ser entendida y aprobada (sic accipiendum et probandum esse videtur) siempre y cuando el oficio de escribir historia (dummodo historiam scribendi munus), que, si se desempeña correcta y fielmente (quod, si recte et fideliter obeatur), es muy honroso, tiene muchos beneficios que interesan a la sociedad (honestissimum est et multas habet rempublicam attingentes commoditates) y es necesario (estque ~ necessarium) para celebrar la fama tanto de los hechos ejemplares (ad exemplorum ~ famam celebrandam), con los que principalmente las personas pueden estimularse para emular la virtud (quibus potissimum homines ad aemulandam virtutem excitantur), como de los hombres que rindieron buenos servicios al estado (et virorum bene de republica meritorum), no sea un inconveniente (non obsistat) para los elevados conocimientos de un escritor serio y para sus grandes virtudes, si las tuviere, ni para los demás servicios prestados (gravis scriptoris egregiae doctrinae magnisque virtutibus, si forte adsint, et praestitis aliis officiis), ni tampoco empezca la generosidad del soberano si otros méritos a ello lo animaren (nec principis liberalitatem, si alia merita cohortentur, retardet). (2) Pues esto sería en realidad una contraproducente ambición y una cautela sin provecho para el estado (id enim praepostera quaedam ambitio esset et inutilis reipublicae provisio), al ahuyentar a los hombres más doctos y prudentes (deterritis doctissimis et prudentissimis hominibus), que están mejor capacitados que nadie para cumplir este empleo con la mayor autoridad (qui optime omnium et cum maxima auctoritate id officium praestare possunt).

Es aceptable la reprimenda del príncipe contra los historiadores poco serios; pero, siendo la verdadera historia una tarea útil para el príncipe y la sociedad que gobierna, se ha de reconocer y recompensar el sacrificio intelectual que conlleva el escribir historia con veracidad y honradez. Por consiguiente, el príncipe, a riesgo de perder esta útil y loable función de la historia verdadera, no debe dejar de gratificar la labor de un buen historiador, máxime cuando existen otros méritos que a tal historiador adornan.

Si ponemos en relación estas palabras con lo que afirmó un poco más arriba sobre cierta arbitrariedad del monarca en conceder obispados y prebendas (27, 2-3; pp. 153-154, nn. 68 y 69), se acrecienta aún más este supuesto, como señala Baltasar Cuart en las notas, ampliando su descontento a toda su carrera por el agravio comparativo que se le hacía con otros de similares o menores méritos. Sepúlveda deseaba ser obispo, pues Silíceo y Honorato Juan, preceptores del príncipe como él, alcanzaron sus respectivas mitras; también el fallido cronista Bernardo Gentile fue promovido a un episcopado en su tierra, aunque Mondoñedo y Guadix no fueron de la satisfacción de fray Antonio de Guevara; muchos de los que intervinieron de alguna u otra manera en la defensa de la reina Catalina fueron designados ordinarios de diócesis remotas[214]; en cambio, el afanoso historiador, doctor en teología y prestigioso humanista llegó a ser nada más que arcipreste de la fría villa de Ledesma[215].

Difícilmente podría haberlo conseguido tras señalarse tan ostentosamente con la defensa de la desigualdad humana que fundamentaba el sistema esclavista de la civilización clásica, legitimando una vez más, si bien desde el punto de vista teológico, la guerra ofensiva en pro de una cultura supuestamente superior. Pese a que se insinuó algún soborno de parte de los encomenderos[216], pagándosele con la misma moneda que él empleó contra el pacifista de la guerra contra los turcos, no es cuestión de insistir sobre la sinceridad de esta obstinada convicción, que lo hicieron aparecer como el despiadado magnánimo que ya denunciara un humanísimo Plinio[217]. Pero lo cierto es que nuestro autor pocas veces puede salir del horizonte mental que le han marcado sus estudios sobre la sacrosancta vetustas. Dio otro ejemplo de ello en su opinión sobre la reforma del calendario, al propugnar la coincidencia del solsticio de invierno con el primer día del año y además celebrar el mismo día la Navidad, disparate con el cual pretendía reemplazar el escrúpulo religioso meramente formalista del pontífice máximo Gayo Julio César, que fijó las calendas de aquel año 45 a. C. en el novilunio de acuerdo con la práctica religiosa y civil de los antiguos romanos[218]. Tampoco recibió su defensa del “Imperio Español”, que dijo Losada[219], siquiera el tibio espaldarazo de la Corona, en absoluto interesada en que surgiera en las colonias una nueva nobleza que le discutiera las codiciadas remesas de metales preciosos[220]. Tal vez por esta falta de complacencia que potenció su autonomía intelectual podamos agradecer que su crónica no haya sido la retahíla de énfasis y encomios de buena parte de la historiografía cortesana.

  1. IV. La trasmisión del texto: realidad y conjeturas

            Como ha sucedido ya en las partes precedentes de esta crónica, también en esta última fue deslizando su autor breves declaraciones personales que señalaban la coincidencia de los acontecimientos narrados con el momento de su redacción, además de que también marcan un término cronológico en el proceso de redacción de su obra el uso de sus fuentes, a veces inequívoco por lo singular y único del dato. A su vez, estas etapas en la composición se engarzan con el otro proceso de trasmisión de los dos únicos manuscritos que se conservan de sus obras, los denominados Regio (R) y Torrepalma (T), puesto que las modificaciones que operó en T, el más antiguo de ellos, aportan información valiosa para la cronología de la misma redacción. Ya los editores de la academia dieron cuenta de la diferente redacción que presentaba el manuscrito T para la mayor parte del libro XXIX que trata de acontecimientos de Inglaterra. El examen crítico del mismo nos ha revelado otros datos para ajustar la cronología de la composición de varios episodios de esta última péntada de la crónica.

La formación del primer apógrafo

            El libro XXVI se articula, como se ha visto, en dos episodios extensos, el viaje y estancia del príncipe Felipe en Flandes y Alemania entre 1548 y 1551, y el sitio y conquista de la ciudad de África durante el verano de 1550; para su elaboración, Sepúlveda recurre principalmente a dos monografías publicadas ambas en 1552. Pero como colofón al relato del episodio africano, Sepúlveda mandó al otro amanuense que añadiera al margen en el folio 480 recto (olim 457) del códice T varios párrafos de hechos sucedidos en 1553 y 1551, caps. 84 y 85 respectivamente, los cuales aparecerán seguidos en la redacción del R. Como ya se ha indicado, la fuente para esta adición bien podría ser la Guerras de mar de nuestros tiempos de Francisco López de Gómara, de cuya crónica indiana publicada en Medina del Campo en 1553, nuestro cronista extraía “cosas notables”, según consta en el manuscrito de la RAH 9/753, ff. 55-97, con apuntes y traducciones escritos entre 15-IX-1553 y 1-XII-1554[221].

            A continuación de este mismo folio 480 del códice T, en que trata el intento de entronización del príncipe Felipe en la sucesión del Imperio (XXVI 86-88, 2), se insertan tres folios sin numerar en los que están copiados por otra mano el final de dicho asunto más los últimos capítulos del libro (88, 2-89, y 90-94); sigue con la misma letra anterior el f. 481 (olim 458), que continúa la numeración, donde se copia una versión primitiva del fragmento 88, 2-89, que el propio Sepúlveda tachó indicando con aclaratoria referencia la continuación del texto en los folios insertados que preceden[222]. Esta primitiva redacción, designada en el aparato crítico como TI (vid. infra p. 45), y coincidente en lo demás con la definitiva en el mismo T y R, aportaba una frase que nos sitúa en 1553 el periodo de redacción de los capítulos anteriores: “qui, dum haec prodimus, decimum annum ad Belgium et circum eas regiones, ubi natus fuit et ad multam aetatem educatus, commoratur”. (“[Carlos] quien, cuando escribimos estos hechos, hace diez años que reside entre Flandes y aquellas tierras donde nació y se crió buena parte de su vida”). En efecto, a 1 de mayo de 1543, Carlos V había partido desde Barcelona hacia Italia y Alemania para enlazar después con otras campañas que lo retendrían fuera del reino hasta su definitivo regreso en 1556. Hasta mayo de 1553 el cronista estuvo en Córdoba, como se demuestra por la correspondencia que no incluyó en su epistolario[223]; allí pudo redactar esta parte de la crónica tal como la conocemos en T.

            En cambio, el añadido en T de tres folios sin numerar con el final de este libro XXVI, 91-94, corrobora la afirmación, como ya se ha visto, de que el relato que contiene sobre la reanudación del Concilio en Trento bajo el nuevo papa Julio III y la dieta de Augsburgo en que se ratificaron las condiciones del Ínterim de 1548, tiene como fuente los Commentarii del protestante Johann Sleidan, publicado en 1555 y que Sepúlveda no leería hasta mediados de 1557. La huella de Sleidan continúa a lo largo del libro XXVII indistintamente en ambos manuscritos, como ya se ha probado con las variadas coincidencias que en la traducción se anotan, ofreciendo con la citada declaración de su lectura un término a partir del cual podemos datar su elaboración.

Sin embargo, para el primer episodio del libro XXVIII (1-22), el añadido de puño y letra de Sepúlveda en el manuscrito T, (f. 550r), ya comentado (19, 3; p. 183, n. 33), sugiere una datación anterior a 1557, habida cuenta de que la parte central de dicho libro, que narra la toma y destrucción de Thérouanne y Hesdin (24-39), aparece en el mismo manuscrito T, (f. 552r), después de 3 folios y medio en blanco (23, 5; p. 86), lo cual concuerda con una redacción posterior a la fecha de la carta (1-VI-1557) en la que el cronista reconocía no conocer esos hechos que ahí relata. Asimismo, estos dos episodios centrales del libro XXVIII iban a ser incluidos en el XXIX, según las correcciones en los encabezados de los folios de T que los contiene (ff. 556-562, olim 521-527). Aunque esta modificación en la ordenación de libros persiste en el manuscrito R, la copia de estos episodios presenta la misma mano, comenzándose, además, en folio vuelto (f. 547v).

El episodio final del libro XXVIII en el apógrafo T, como ya se ha señalado, también ha conservado una anterior disposición en la ordenación general de la obra, con la asignación del ordinal “trigesimus”, que lo uniría a todo el libro XXIX (vid. infra pp. 94, 100 y 130) en el tratamiento del mismo tema de Inglaterra. En este libro XXIX el códice T (f. 531r) presenta hasta el cap. 28 una narración diferente más breve que la de R, salvo en los capítulos 15, 18 y 24, en los que muestra también variantes con la redacción posterior y definitiva de R. Esta redacción de T es el resultado de modificaciones que introdujo a la luz de la lectura de los Commentarii de Sleidan (1-VI-1557) sobre el bosquejo anterior que envió al cardenal Pole (1-X-1555), al contrario de lo que afirmaron los académicos en el prefacio de su edición, dado que no pudieron cotejar el texto del Torrepalma por ser totalmente diferente, ni intentar una edición aceptable por las dificultades por entonces insalvables que dichos fragmentos presentaban. Pero nuestro cronista, insatisfecho con la breve narración de estos acontecimientos, optó por elaborar una nueva versión que se copiaría en otro apógrafo posterior, R, donde se incluían también las abundantes adiciones marginales y correcciones operadas en los cuadernillos del más antiguo, T.

            Finalmente, en el libro XXX, además de señalar en el texto definitivo la coincidencia entre el hecho narrado y la fecha de su redacción a partir de 1556 (14, 1; p. 143) y la adición de una anécdota probablemente conocida en la visita a Yuste (33; pp. 157-158), hay una modificación en T que denota bien a las claras el año en que compuso esa parte última de su crónica: en la descripción del modo de vida que llevaba el emperador en su retiro del monasterio de Yuste, cambió en el códice más antiguo la forma verbal de presente por la de pasado (23, 3; p. 153: “egit T2RAm : agit T”). Esta expresión concuerda con el testimonios aportado en el memorial que presentó a la corona en demanda de la total exención de residencia en la Corte[224]. En la alegación de méritos de este memorial mencionó su visita a Yuste de marzo de ese mismo año:

Sirvo en mi offiçio escriviendo la chrónica en latín en el mejor estilo que yo puedo y la tengo continuada dende el principio de su Reynado hasta agora, la cual trayo conmigo y estoy aparejado de mostrar a vuestra alteza sy la quisiere ver. Y la mostré en Juste donde está su Majestad çesárea.

Ese manuscrito o cartapacio de la aún no acabada crónica latina de Carlos V que llevó consigo a Yuste fue rehecho en la última parte para incluir los fragmentos señalados y el desenlace final con el codicilo contra el brote de protestantismo (41-43), lo cual no pudo hacerse hasta el óbito del emperador (21-IX-1558), cuando tuvo su perfecta pertinencia la modificación por la forma verbal de pasado que consta en el manuscrito T.

Lectura pública de la crónica

Sepúlveda leyó fragmentos de su Historia Caroli Caesaris a un selecto grupo de expertos presidido por el cardenal Francisco de Mendoza en Toledo entre febrero y julio de 1560[225], según sabemos por la carta a Diego de Neila, en la cual, si bien afirmaba tener acabados los treinta libros, reconocía que, por su carácter manuscrito, aún esperaba por entonces introducir algunos retoques (“si opus adhuc sit in manibus, ut illud erat, imperfectum scilicet et incohatum”[226]). Al mismo tiempo, reconocía en la misma carta no haber acabado todavía la Historia del Nuevo Mundo, cuyo número de libros no menciona (“quod opus nondum ad finem destinatum perduxi”), pero que lleva escribiendo desde años antes procurando información de lo que se había divulgado en castellano, según se prueba por las “cosas notables sacadas” de la Hispania Victrix de López de Gómara que constan en el mencionado manuscrito de la RAH, y adujo él mismo en el ya citado memorial de 1557 para conseguir la licencia anual de residir en Corte:

Y quanto a las ynformaçiones, yo procuraré de averlas, y quando me faltaren de las cosas de por acá, proseguiré en lo de Indias, como tengo començado por lo que está escripto en romançe.

Pues bien, podemos concretar que el apógrafo T, el manuscrito que en el siglo XVIII poseyó el marqués de Los Trujillos y después su deudo el conde de Torrepalma, para finalmente donarlo a la Real Academia de la Historia durante la labor de edición de las obras de Sepúlveda, el actual 9/5820, es el mismo códice o cartapacio que el autor tenía en sus manos cuando escribe a Neila su programática carta, pues las lagunas del texto del De Orbe Novo que se ha copiado a continuación de la Historia Caroli Caesaris confirman todo lo que le dice sobre el inacabado proceso de elaboración de dichas obras[227]. La posiblidad de modificación de esta misma crónica, por más que ya la tuviera terminada, aparece de nuevo en una misiva en español a Martín Pérez de Oliván (Pozoblanco, 8-III-1563), en la que acusa recibo y lectura de los Anales de la Corona de Aragón, del cronista Jerónimo Zurita, que “aunque es scripta en romançe, bien parece de hombre docto en latín y amigo de la verdad, que es parte que da mucha autoridad al coronista”; antes de informar sobre su magna crónica, manda saludos para el gran historiador y pide a Oliván que le comunique:

Que después que nos vimos en Toledo, di otra mano <a> aquella historia con gran diligencia, y añadí y mudé algunas cosas. Yo voy scriviendo poco a poco la corónica del rey don Philippo, que la del emperador su padre ya la acabé, aunque no çerré del todo la puerta, que no pueda añadir algo, si uviese alguna relaçión auténtica de cosa importante que no uviese scripto como acontece[228].

La palmaria mención a la Historia de Felipe II, a la cual ya se aludía expresamente en la cédula de licencia concedida por el rey en Toledo (24-VI-1560): “que lo está continuando al presente dando fin en la coronica de su Magestad y ordenando la nuestra”[229], ha permitido datar la carta a Neila entre la fecha de este documento oficial, 1560, y la de la carta a Oliván, 1563, pero, además, la referencia al encuentro con Zurita en Toledo, a resultas del cual corrigió “aquella historia”, apuntan con suficiente certeza a que el cronista de Aragón fuera uno de los expertos que criticaron, y no negativamente al parecer, su Historia de Carlos V en la lectura que dio “in colloquio illo Toletano”, conferencia que mencionó a Neila y que debería haberlo sido también en la Apología que no se ha conservado. También se corrobora la consideración del De Orbe Novo como complemento de la crónica del emperador[230], habida cuenta de que sólo se menciona en la carta a Neila sin los libros de que consta. Estas deducciones sustentan la hipótesis de que sea el códice Torrepalma (T) ese conjunto de cuadernillos, tal vez ya cosidos “en un cuerpo”, con las crónicas regia e indiana que andaba añadiendo y mudando en torno a 1563.

Entrega del segundo apógrafo

            El proceso de copia del códice R debió de empezar por esos años con el objeto de poseer otra copia de la obra e incorporar al texto definitivo las numerosas adiciones marginales y correcciones entre líneas que se habían operado en T tanto por los dos amanuenses como de puño y letra del autor. Recuérdese que la Historia de Carlos V ya estaba prácticamente terminada tal como la conocemos en T poco después de la muerte del emperador, y la diferente redacción de parte del libro XXIX que hay en R se produjo una vez conocida la “relaçión auténtica”, como decía a Oliván, publicada en 1558 que adoptó de fuente. No sería extraño que le hubieran recomendado esa Historia delle cose occorse nel regno d’Inghilterra en aquella conferencia de Toledo de 1560 y estuviera dando una última mano a esa parte de la crónica todavía en 1563.

Por otro lado, los escasos añadidos y correcciones en ambos apógrafos indican que hubo un periodo simultáneo de copia, a cargo de los mismos dos amanuenses[231], que se pueda dar por definitivamente concluido cuando Felipe II se interesó por estas obras de su anciano cronista el mismo año de su fallecimiento. Esta documentación recientemente encontrada atenúa, si no rebate, tanto la decisión que le comunicaba a Neila de abandonar en manos de la incierta posteridad la fortuna de su obra inédita, como especialmente el achaque de su pérdida a la incuria de los herederos. Pues a requisitoria del obispo de Córdoba, el otrora confesor real Bernardo de Fresneda, envió Sepúlveda un memorial a Felipe II en el que renunciaba a su cargo y entregaba “a vuestra Magestad estas corónicas porque fuesen a mejor recaudo”. Se ha conservado también constancia documental de que el marido de su única heredera, la hija de su hermano Bartolomé, “don Alonso de Argote, cauallero de Córdoua”, hizo entrega en la Corte de todas las crónicas de Sepúlveda, que en la que nos concierne ahora, serían en palabras del propio autor, “scriptos en latín treinta libros de los hechos de Don Carlos Emperador, vuestro padre, y siete de las Indias occidentales, todos en un cuerpo”[232]. Y si tenía la ligera esperanza de que el rey fuera a entregar las crónicas a la imprenta, es lógico que esa copia debió ser el códice Regio (R), por presentar la redacción definitiva en los mencionados capítulos del libro XXIX, amén de incorporar los añadidos marginales, y estar en un sólo volumen con los siete libros del De Orbe Novo, como lo describe el propio autor en el memorial al rey.

Ley de silencio sobre la historia

Fueron, pues, los poderes cortesanos los responsables de que estas crónicas no se imprimieran, tal vez porque el propio monarca se mostraba reacio a patrocinar una biografía que contribuyera a aumentar la reputación de su padre[233], sobre todo, al ver el escaso protagonismo de su figura (XXVI 55) y su enorme dependencia de los designios del máximo césar, que lo hizo recorrer media Europa (XXVI 9-53) sin el éxito de la pretensión del Imperio (XXVI 88) y convertirse en rey consorte de una nación (XXIX 27) contra la que estaba a punto de entrar, tan imprudentemente, en guerra, y todo a costa del agotamiento de los recursos económicos de España y sus dominios en el Nuevo Mundo (XXVII 34, 4, y XXX 4, 4-5). Si a eso se añade que el propósito principal por el que el emperador sacrificó todo su reinado (XXVI 88, 2) se vio patéticamente discutido por el brote de herejía y las medidas represivas que ordenó casi en su lecho de muerte al margen incluso de la misma legalidad inquisitorial[234] (XXX 41-43), bien nos podemos explicar esa suerte de damnatio memoriae a que se condenó el acabado producto de su labor como cronista.

            Del buen recaudo de que gozaban estas crónicas en la Corte, parece lamentarse el antuerpiense André Schott (1552-1629), como si las echara en falta para la Hispania illustrata, su magna recopilación de autores ibéricos. No dejó de sugerir una disimulada denuncia de esta ley de silencio que pesaba sobre ellas en las páginas dedicadas al prestigioso Sepúlveda en Hispaniae Bibliothecae, verdadera enciclopedia de España[235] que publicaría años después de su estancia peninsular bajo el pseudónimo de A. S. Peregrinus:

Cuius etiam Imperatoris res praeclare domi forisque gestas, ut summa fide diligentiaque, sic et elegantia pari litteris prodidit (sc. Sepulveda): asseruarique aiunt eos commentarios a Regibus Catholicis, qui inanis gloriae contemtum, iis hactenus latere iussis, declarant, dum tempore, ut fit, inuidia decedat: posteri enim incorruptius fere iudicant.

(Sepúlveda escribió también los hechos de este emperador dentro y fuera de España con tan gran veracidad y esmero como elevada elegancia; afirman que estos comentarios están guardados por los católicos monarcas, los cuales declaran su desprecio de la vanagloria mandando que por el momento quedasen ocultos, hasta que la envidia ceda, como suele, con el tiempo: en efecto, por lo común, la posteridad enjuicia con algo más de imparcialidad)[236].

            Fue otra oportunidad perdida para dar a conocer esta crónica latina del emperador y de la gesta española en el nuevo continente contada a la usanza de la gran historiografía clásica, que se habría leído con delectación en los ambientes cultos europeos, pero cuyas insinuadas críticas no habrían pasado inadvertidas a los detractores de la Monarquía Hispánica. Es posible que fray Prudencio de Sandoval (1560-1621), pariente del valido Lerma, hubiera podido manejar en algún momento el manuscrito de las crónicas de Sepúlveda entre el material de archivo y de inéditos que se puso a su disposición para elaborar la primera biografía española del emperador[237]. Lo sugieren el relato del percance en el torneo del príncipe Felipe (XXVI 55), que como ya se ha visto únicamente él menciona entre todos los historiadores hispanos, y, en otro sentido, el parejo destino que tuvo la crónica inconclusa de su menoscabado colega Pedro Mexía: también Felipe II requirió los originales a su heredero para terminar, en el siguiente reinado, en manos del apresurado cronista benedictino[238].

Pero se nos ha conservado una noticia algo más tardía sobre el paradero de esta historia gracias a la voracidad bibliográfica del consejero Lorenzo Ramírez de Prado (1583-1658). Entre 1645 y 1647 le comunicaban sus agentes en Córdoba la existencia de “libros notables manuscritos, assí griegos como latinos, que fueron de la librería de Ginés de Sepúlveda”, entre ellos su Crónica latina, “original antiguo y de su mano”, que obraban en poder del heredero de “una señora hermana de D. Luis de Góngora que fue casada con un caballero D. Juan de Argote, sobrino del dicho Ginés de Sepúlveda”; pero, a pesar de las “grandes diligencias por vellos”[239], solo pudieron adquirir la única obra de nuestro autor que incluso quedaría fuera de la edición académica, el codex optimus del Democrates alter[240].

Este manuscrito de la crónica de Sepúlveda que estaba entre sus herederos a recaudo aún mejor no puede ser el que guardaban nuestros católicos reyes, según sospechaba Schott y del que pudo espigar Sandoval algún que otro dato, pues la ligera descripción que hacen los corresponsales de Ramírez de Prado, similar a la del manuscrito original del segundo Demócrates, con numerosas adiciones de su mano, apunta al que conoceremos como códice Torrepalma. Es una pena que no haya quedado ninguna constancia de la procedencia del mismo en la librería del marqués de los Trujillos, ni de dónde ni por qué poseía el códice Regio aquel cura al que asesoraba en cierto litigio el “revisor de letras antiguas” del Consejo de Castilla, Juan Antonio Jiménez de Alfaro, allá por 1775. Fuera sólo para confirmar la existencia de estos dos únicos apógrafos con la crónica completa de Juan Ginés de Sepúlveda.

“felici nescio quo fato”

El fortuito y feliz hallazgo del códice Regio y la honrada diligencia de su descubridor que desencadenaron el entusiasta proceso editorial han sido ya suficientemente descritos a partir de la “Editorum praefatio” con que se abre la publicación académica[241] e indagados a través de pesquisas documentales en los archivos de la Docta Casa[242]. La fiel copia que efectuó el paleógrafo Jiménez de Alfaro del códice Regio proporcionó a la tradición textual un nuevo manuscrito con más precisa puntuación y una adecuada distribución del texto en párrafos numerados, el cual obra actualmente en la biblioteca de dicha institución con la sgn. 9/6284[243], y tiene asignado en estos estudios la sigla A. Sobre el cotejo de A y el Regio con el manuscrito que proporcionó a la comisión académica el conde de Torrepalma (T), el actual 9/5820, los editores llevaron a cabo la editio princeps de la Historia de rebus gestis Caroli V, publicándose a expensas y auspicios del rey Carlos III en Madrid, año de 1780; a esta edición impresa se le ha asignado la sigla m, constituyendo el eslabón definitivo en la trasmisión textual. Una vez terminado el cotejo, se separó del códice Regio la Historia de Orbe Novo para formar un manuscrito independiente, y a la parte principal con la de Carlos V se incorporó delante la programática carta a Diego de Neila, constituyendo hoy el ms. 9/5819, con la sigla R. Así consta con letra moderna en el pliego de portada que la precede, con variante en la versión castellana del onomástico latino: “Epístola de Juan Ginés de Sepúlveda a Santiago Neila que se ha de imprimir para que sirva de Prologo de las Historias de Carlos V y Descubrimiento de Indias”[244].

La comisión editorial

No hay, pues, ninguna vinculación originaria entre ese códice, el apógrafo más reciente corregido por el autor, y esta carta que tan acertadamente encaja como prólogo a la obra, aunque, como he intentado demostrar, fue escrita cuando la crónica sólo estaba copiada en el apógrafo más antiguo, T. Además, se supuso que era autógrafa, “Carta a Neyla, letra de Sepúlveda”, cuando en realidad es del mismo amanuense que empieza el texto en R. La proporcionó uno de los académicos de la comisión editora, Murillo[245], de cuya posesión nada se ha dicho en los estudios sobre el epistolario, ni yo he encontrado dato alguno de interés en mis pesquisas sobre Antonio Mateos Murillo (1721-1791)[246], que tal era su nombre completo. Por haber sido nombrados estos académicos de la comisión casi siempre por el segundo apellido, salvo el que trabajó más en la historiografía de esa época, Francisco Cerdá y Rico (1739-1800)[247], no estará de más señalar la personalidad de los otros dos miembros de la comisión. Antonio Barrio Martín (1721-1781) fue profesor de lengua griega y letras humanas y oficial mayor de la Casa de la Moneda, nombrado supernumerario en 1770 por sus conocimientos en lenguas clásicas[248]. Y el eminente botánico Casimiro Gómez Ortega (1741-1818), doctor en Filosofía y Medicina por Bolonia; aparte de su obra poética latina y de numerosas inscripciones de edificios de Madrid, fue el editor del protomédico Francisco Hernández (1515-1587)[249], cuya obra se halló en circunstancias similares a las de otras figuras de nuestro Siglo de Oro; al respecto de la edición de Sepúlveda, se señala que Gómez Ortega informó a la Real Academia sobre las pesquisas de Juan Joseph de la Madrid en Bolonia que proporcionó el original de la carta a Diego de Arteaga[250], la más temprana de nuestro autor; y también, que el ilustre botánico “tradujo la parte dedicada a Carlos V, que no se publicó, y el manuscrito lo regaló, a su muerte, a la RAH”[251]. Este dato no lo he podido confirmar, pues en el cartapacio con la traducción íntegra de la Historia de Carlos V, ms. 9/6285 de la RAH, sólo consta que es letra de “Antonio Murillo”, según se ha descrito[252], pero lo cierto es que tiene varias manos y muestra trazas de haber sido realizada durante el mismo proceso de edición, tal vez con el objetivo de facilitar la fijación del texto y su correcta puntuación además de allanar la redacción latina de los sumarios de cada capítulo[253], pues va guardando la división de los mismos que finalmente resultó en el texto impreso, como por ejemplo, los dos capítulos de un fragmento añadido en el más antiguo de los apógrafos que A (f. 454r), al copiarlo de R, había señalado como uno solo (XXVI 84-85; p. 43).

Estas consideraciones identificativas servirán no ya para valorar más aún la meritoria labor de estos editores, sino también para calibrar en más justa medida las soluciones elegidas para los problemas textuales que se les presentaron, habida cuenta que no pudieron dejar constancia de este proceso crítico en ningún aparato o apartado de variantes significativas, ni, por otro lado, verificar o contrastar el aluvión de datos que esta crónica arrojaba. Un ejemplo de estas dificultades nos ofrece el pasaje de la entrega de rehenes entre alemanes y franceses al principio de la insurrección alentada por Enrique II (XXVII 19, 2; p. 59, n. 40). Como ya se ha reproducido en la nota a la traducción, la fuente de este pasaje es Sleidan, en cuyos Commentarii nuestro cronista pudo leer, algo apresuradamente entre marzo y junio de 1557, la ausencia por fuerza mayor de uno de los rehenes galos: “Nantulleius”. De la nota autógrafa del cronista, sus amanuenses copiaron ese nombre después de puntuación fuerte (graviter distinx.): “Nâtolietus .n.” en el apógrafo T, y años después “Nantolietus .n.” en R; de este apógrafo Alfaro, desarrollando correctamente la abreviatura, entendió mayúscula después de punto y escribió: “nam Tolietus enim” (A); durante el cotejo los académicos corroboraron la falsa lectura al confundir la nasalización de la primera sílaba en T con la conjunción coordinante de parecido significado a la que seguía, eliminando en la edición esta última que en los apógrafos se presentaba con la habitual abreviatura y puntuando toda la oración como frase parentética: “(nam Tolietus” (m).

  1. V. La presente edición crítica

Pero los académicos no pudieron consultar la obra de ese auctor damnatus, ni éste es el único sentido del recorrido en el que se debe plantear el proceso ecdótico, sino tomando también el camino contrario, reconstruir desde la edición príncipe el proceso de la nueva constitutio textus sopesando y apreciando casos concretos de cada fase de la trasmisión para llegar a establecer un texto que refleje lo más ajustadamente posible tanto la interpretación que de lo narrado tuvo el autor, como también su concepción historiográfica y su práctica estilística.

Normas ortográficas

Al mismo tiempo, el nuevo texto que resulta de este proceso ecdótico ha de atenerse a las Normas establecidas por el consejo editor de la colección, teniendo también en cuenta los criterios adoptados por los editores precedentes, en los cuales ha sido una tendencia constante, como se ha plasmado en los aparatos críticos y en las introducciones filológicas, conservar el usus scribendi del autor siempre y cuando se haya podido verificar éste en la larga tradición manuscrita y epigráfica de los textos latinos, según se registra en los instrumentos lexicográficos usuales. De suyo, el paleógrafo Jiménez de Alfaro, en su fidelísima copia del manuscrito Regio, estableció sus propios criterios ortográficos, el más significativo de los cuales es el haber aplicado con constancia un sistema coherente de puntuación, manifestado especialmente en la separación y numeración de párrafos dentro de la lógica discursiva; pero algunos se apartan del usus seguido en los apógrafos. De estos cambios introducidos por Alfaro, destaca la doble distinción gráfica del fonema semiconsonántico latino /u/ al uso del español, frente a la costumbre de los dos amanuenses de Sepúlveda, que escribían ‘v’ en inicial de palabra, y ‘u’ en interior, como era la práctica generalizada de la época en manuscritos e impresos incluso de lenguas modernas[254]. Pero, al respecto del otro fonema semiconsonántico latino /i/, Alfaro mantiene el uso meramente gráfico de la i longa, idéntica a nuestra jota, para la segunda de las íes en encuentro de dichas vocales en interior de palabra, grafía que los apógrafos utilizan también en inicial cuando tiene valor consonántico[255] pero no de manera sistemática. Por contra, la edición académica regulariza las dobles grafías para ambas distinciones de los fonemas semiconsonánticos latinos según el moderno uso del español. En la presente edición se diferencia gráficamente el valor fonético de u/v sólo en las minúsculas, pero no se hace ningún tipo de distinción en la i, ya que j no es una letra genuina del antiguo alfabeto latino; sin embargo, en el aparato crítico se reproducirá la grafía original de los testimonios cuando sea necesario[256].

Uso de las mayúsculas

            Otro de los rasgos gráficos introducidos por Alfaro es el uso de las mayúsculas, que extiende invariablemente a las fechas fijas del calendario romano, dignidades eclesiásticas, títulos nobiliarios, cargos, funciones e instituciones, y aunque este uso se ve atemperado por la edición académica, podemos examinar un párrafo entre muchos para mostrar una práctica que no tiene cabida en los aparatos críticos (XXIX 39, 2; p. 126):

A (f. 502r): De cuius adventu cum esset nuntiatum, Pontifices Proceresque et Regii Consiliarii conscensis Scaphis frequentes obviam ei processerunt, qui Navicula Cruce, quod est Pontificis Maximi Legatorum insigne, antecedente vehebatur.

m (p. 504): De cuius adventu cum esset nuntiatum, pontifices proceresque et Regii Consiliarii conscensis scaphis frequentes obviam ei processerunt, qui navicula cruce, quod est Pontificis Maximi legatorum insigne, antecedente vehebatur.

Por el contrario, los apógrafos no siguen directriz alguna en el uso de las mayúsculas, ni siquiera después de punto y seguido, lo cual se podría admitir si fuera sistemático; asimismo, se escribe en minúsculas palabras como deus, que habitualmente encontramos como Dios manda. Esta cuestión responde a alguna sutileza hermenéutica, por ejemplo, en la entrada del príncipe Felipe en Trento (XXVI 40, 2; p. 23): “intravit cum magna omnium ordinum gratulatione perque vias et plateas”, los académicos mantienen la mayúscula en “Ordinum” (m p. 371; A f. 441r) para realzar el sentido institucional que dicho término realmente tiene. Mayor entidad hay en la intervención de Alfaro, seguida a pies juntillas por los académicos, que convierte en topónimo lo que en los apógrafos, y en la realidad y en la fuente, no era más que un sintagma adjetival: “villa magna TR : Villamagna perperam Am” (XXVI 34, 1; p. 20, n. 93). En esta edición latina sólo se escriben con mayúscula los nombres propios y los adjetivos procedentes de éstos, así como también los de los meses romanos, pero no sus fechas fijas, dejándose como nombre común los títulos, dignidades e instituciones.

            Sentado este principio general de la ortografía de nuestra edición, vamos a exponer las diferencias que la separan de las características de la edición anterior y única (m) y de los tres códices manuscritos, T, R y A, bajo cuyo tercer exponente señalamos la eventual corrección de los editores académicos sobre ellos, especialmente A3, que sirvió de borrador de imprenta.

Vocales y diptongos

  1. A) Diptongo ae por e: ceterum, ceterus, hereditarius, hereditas, heres, letalis:

Los apógrafos sepulvedanos y la copia de Alfaro presentan siempre ae en vez de e, en el adverbio e indefinido ceterum y ceterus, que los académicos corrigen en su edición y en la misma copia de Alfaro (XXVI 4, 3: “ceter- correx. A3m : caeter- TRA ut semper”; passim); idéntico proceso de corrección se produce en los vocablos procedentes de heres -edis (XXVI 1, 1: “hereditarium correx. A3m : haered- TRA ut semper”; passim), constatándose en aparato bajo esta misma secuencia crítica. Singularmente, se corrige una injustificada grafía seudoetimológica que de letalis inexplicablemente ofreció Alfaro (XXVII 43, 2: “letalibus TRA3m : laethal- A”).

  1. B) Diptongo ae por oe: proelium:

En cambio, la edición académica siempre presenta praelium, distinguiéndose en muy contadas ocasiones en los códices la grafía correcta, proelium, a través del correspondiente dígrafo (XXIX 23, 2: “proelium RA : praeli- m ut semper”).

  1. C) Vocal e por ae: caerimonia, paene:

Los apógrafos y la copia de Alfaro presentan siempre e en vez de ae en la primera sílaba del sustantivo caerimonia, que se corrige enteramente en la edición académica[257], y con bastante frecuencia en la copia de Alfaro por los mismos editores (XXVI 1, 1: “caerimonia (caere- A3) correx. m : ceremonia TRA ut semper”; passim); en la primera redacción de T presenta, como era de esperar, cerem- (XXIX 1-14 T, 4). Igual constancia en este proceso correctivo se opera en el adverbio paene (XXVI 88, 2: “paene A3m : pene TRA ut semper”; passim). Por otro lado, en los derivados de saepio he mantenido sin comentario crítico la forma monoptongada, que sigue Sepúlveda (XXVI 24, 2: “septum”; 80, 3: “sepimentum”; XXVIII 6, 2: “obseptus”), y adoptan los académicos, dado que coexisten ambas formas en los más antiguos mss. clásicos[258].

  1. D) Vocal e por i: caerimonia, vindico:

Los códices presentan siempre e en vez de i en la segunda sílaba del mismo sustantivo caerimonia, corregido enteramente en la edición académica, pero casi nunca en la copia de Alfaro por los mismos editores. Menos constante, al menos en esta última péntada, es la aparición de vendico en vez de vindico, corrección con la que salen al paso los académicos (XXVII 15, 2: “vindicarent m : vendic- TRA ut solet”; 16, 1: “vendicarent TRA ut solet”; XXX 42, 1: “vindicando correx. A3m : vendic- TRA”), cuando no la recogen ya T y R, como, p. ej., en XXVI 56.1: vindicaret; 63, 2: vindicarunt; 92, 3: vindices ... vindicandi, o XXVII 6, 3: vindicare.

  1. E) Vocal i por e: diverto, intelligo, neglig-, Virgilius:

El caso de i en vez de e, se presenta sistemáticamente en: diversor / diverto, en vez de dever-; ambos verbos tienen la acepción de ‘alojarse’ con que los utiliza Sepúlveda (diversor XXVIII 6, 2; diverto XXVI 5, 2; 9, 2; 18, 2; 22.2; 27.2; 35.1; 40.2; 42.2; 44.1; 51.1; XXIX.21.1); por otro lado, se constata en la más antigua tradición manuscrita de textos clásicos la confusión semántica con diverto(r) / -vort- ‘separarse’ (véase ThlL V,1, pp. 854,78-855,8 y V,1, p. 1586,76-77; OLD s.vv. deuersor, deuerto 3, p. 533, y s.v. diuerto, p. 563); por esta razón, se sigue en esta edición el criterio unánime de estos códices y su edición académica (TRAm), diver-, que han adoptado otros editores de la colección[259]. Igual unanimidad presenta la grafía intelligere en los códices y otros impresos de Sepúlveda, que se adopta en esta edición, puesto que los diccionarios la hacen compatible con la más correcta intelleg-, según se constata en inscripciones y textos (OLD, s. v. intellego, p. 936; ThlL VII,1, s. ead. v., p. 2096, 51-62). Asimismo, en todos los compuestos de negligere, frente al más correcto negleg-, por analogía con diligere o por la causa que sea, me decido por seguir el criterio aplastantemente mayoritario de los mss., impresos e incluso ediciones de esta colección, por más que haya sido corregido en un solo pasaje de los primeros libros de la Historia de Carlos V y de nuevo corregido y comentado exclusivamente por los editores de la péntada XVI-XX[260]. Por último, se ha de incluir en este apartado de -i- en vez de un más correcto -e-, la grafía medieval del nomen del poeta Virgilio, en el mejor latín Vergilius, según lo menciona nuestro autor en XXVI 35, 3, por alternar ambas formas incluso en buenas ediciones de aquella época[261].

  1. F) Diptongo oe por ae: caelum, maestitia, paenitentia, paenitet:

En el sustantivo caelum, que en latín tardío presenta la grafía coelum, alguna vez muestra esta última también la edición académica, según he regularizado (XXX 20, 1: “caeli correxi : coel- TRAm ut plerumque”), pues suele omitir cualquier modificación en los códices (XXVII 30, 2: “caelum m : coel- TRA ut semper”). Parecido caso es el de maestitia, que aparece con el diptongo oe, como es constante en las otras obras sepúlvedanas, tanto en los códices como en la edición (XXIX 5, 4: “maestitia correxi : moes- RAm”). También he aplicado la corrección en el sustantivo paenitentia (XXVI, 8, 3; XXIX, 1-14 T, 13), y en las formas del verbo paenitet (XXIX 15, 4; XXIX 27, 1; 43, 3; 44, 1), que invariablemente reflejan las fuentes con el diptongo oe.

  1. G) Diptongo oe por e: cena, fecunditas, femina, foenus, inceptum:

En el sustantivo cena y su derivado cenare, el bloque de códices y edición académica presenta la ultracorrección diptongada (XXVI 6, 2: “cenatus correxi : coenatus TRAm ut semper”). Así también en el sustantivo: “fecunditatem correxi : foec- TRAm” (XXIX 34, 1). En cambio, femina aparece con el diptongo en códices y edición en todos los casos del libro XXVI, p. ej., 9, 2: “feminarum correxi : foem- TRAm ut semper”, pero en los dos únicos casos del XXIX, aparece corregido por los académicos (24, 3: “femina A3m : foemina TRA ut plerumque”; como en 33, 2). Mantengo, pese a ser del mismo étimo[262], el diptongo en el sustantivo foenus (XXX 4, 5: “foenore TRAm”), que registran las cuatro fuentes de esta edición, porque se ha adoptado tal grafía en péntadas anteriores de acuerdo con las diferentes opciones que se ofrecen en los instrumentos lexicográficos[263]. Por lo demás, corrigen debidamente los académicos, y la mayor de veces también en el apógrafo de su edición, los numerosos casos en que los códices incurren en el incorrecto incoeptum (XXVI 59, 1: “inceptum A3m : incoeptum TRA ut plerumque”).

  1. H) Vocal o por u: adolescent-, epistola:

Por el uso bien documentado en los antiguos recogido en los instrumentos lexicográficos[264], se mantiene sin comentario crítico la grafía adolescent-, en vez de adulescent-, que adoptan todas las fuentes de la edición (TRAm), amén de que en T apud XXVI 26, 3 la confirma el propio autor por corrección de puño y letra, en los dos términos utilizados en esta parte de la obra, a saber, adolescens (XXVI 2, 2; 26, 3; 35, 1; 50, 3; 76, 3; XXVIII 41, 1; XXIX 27, 1; 36, 1; XXX 3, 3; 32, 1-3; 35.2), y adolescentia (XXX 4, 4). Idéntico caso presenta epistola, en vez de epistul-, que siempre se sigue en los apógrafos, a veces incluso con la forma plena, y respetan A y m (XXVI 12.1; XXVII 41, 3; 50, 1-3; XXVIII 5, 1-2; 11, 1; XXIX 11, 2; XXX 10, 1; 18, 2; 19, 2; 20, 3). No se aprecia ni siquiera en las variantes del apógrafo más antiguo, T, la vacilación iocund- frente al correcto iucund-, que se ha detectado en otras partes de esta obra. También es constante de esta última péntada percunctor (XXVIII 31, 3; XXX 18, 2; 31, 2; 32, 4), y cunctor (XXIX 6, 1; 19, 2; 35, 3).

  1. I) Letra y por i: hibernus, hiems, inclitus, lacrima, piraticus, sidus, silva:

Fenómeno gráfico que aparece ya en la Antigüedad tardía es la aplicación de la y a palabras genuinamente latinas, cuanto más a préstamos del griego, lo cual, en esta péntada, ni siquiera corrigen los académicos en los dos casos que muestran los códices sepulvedanos de hibernus (XXVII 47, 2 y 3; y XXX 40, 1: “hibern- correxi : hybern- TRAm ut semper”); en cambio, hiems aparece con la ípsilon latina en XXVII 16, 2; y XXVIII 8, 4 (“hieme correxi : hyeme TRAm ut semper”), pero correctamente impreso en la edición académica para los tres casos del libro XXX, 19, 1; 21, 5; 24, 3, sin que se dé cuenta de aquellas incorrecciones en la fe de erratas del II volumen de la Academia[265]. Tampoco corrigen inclitus (XXVI 24, 2: “inclitae correxi : inclytae (incliyte a. corr. T) T2RAm”), ni lacrima (XXX 22, 2: “lacrimis correxi : -crym- TRA3m : -chrym- A”). Pero en un solo caso en que Alfaro incurrió con el Regius en el incorrecto “pyraticis”, se ve corregido gracias al cotejo del Torrepalma (XXVI 62, 1: “piraticis TA3m : pyraticis RA”; véase, no obstante, el término correcto, que procede del griego peirat»j, en XXVII 2, 3; XXX 15, 2, y “piratarum” XXVI 78, 3). Igualmente corrigen sidus (XXIX 40, 5: “sidera correx. A3m : syd- TRA”). Al respecto de silva, tanto el nombre común como el apellido, la edición académica se apresta a corregir siempre a los mss. (XXVI 36, 1: “silvas A3m : syluas TRA ut semper”).

Grupos consonánticos

  1. A) Geminada -ii-: adiicio, deiicio, eiicio, iniicio, obiicio, proiicio, reiicio, subiicio, traiicio:

Como paso intermedio al comentario sobre el consonantismo en la transmisión de estos textos sepúlvedanos, podemos incluir el tratamiento dado a la secuencia -ii- de los compuestos del verbo iacio en el tema de presente, cuya primera i tiene una realización consonántica, frente a la segunda, que es resultante de la apofonía de la a radical del verbo simple. Siguiendo los usos de sus respectivas épocas, los apógrafos sepúlvedanos consignan la secuencia de i para la consonántica, a la que sigue j, es decir, la denominada i longa, que aparece, como ya se ha indicado, en todo tipo de mss. e impresos en el hiato de los dos mismos fonemas vocálicos que se produce en casos oblicuos de algunos nombres de la segunda declinación y demás. En cambio, Alfaro y la edición de la RAH, más cerca del uso actual que practica la escuela francesa, alteran la secuencia de ambos grafemas confiriendo dicho valor consonántico mediante esa letra jota desconocida en latín clásico. En esta edición se mantiene la geminada según los testimonios antiguos que avalan dicha grafía y de acuerdo con las Normas de la colección, registrándose en aparato las referidas diferencias gráficas, p. ej., XXVI 47, 1: “traiiciendus (traijc- TR : trajic- Am) TRAm ut semper”.

  1. B) Grupo -ci-/-ti- ante vocal: commenticius, commercium, condicio, contio, contionator, contionor, denuntiatio, dicio, ficticius, indutiae, iustitia, nutricius, pronuntiatus, provincia, setius:

En estos textos sepúlvedanos, las grafías incorrectas y las ultracorrecciones que se generaron a causa del proceso fonético de la asibilación se reflejan con tal parquedad que en algunos de los vocablos expuestos en este epígrafe, cuya variante gráfica siguen unánimamente códices y edición académica, se ve admitida o confirmada ésta en antiguos manuscritos y repertorios lexicográficos. A pesar de esa constante unanimidad en la adopción de las grafías de conditio[266] e induciae[267], las he normalizado en la edición haciendo constar en aparato la uniformidad en la variante (XXVI 59, 1, passim: “condicionem correxi : conditionem TRAm ut semper”. XXVII 13, 4, passim: “indutias correxi : inducias TRAm ut semper”). Asimismo, he rectificado las grafías enteramente anómalas y sistemáticas de ditio[268] (XXVI 56, 3, passim: “dicionis correxi : ditionis TRAm ut semper”), secius[269] (XXVI 33, 2: “setius correxi : secius TRAm”), e igualmente las de contio[270] y derivados (XXIX 15, 9: “contionatores TR : concion- Am ut semper”; XXIX 24, 1: “contione correxi : concione (R in lit.) RAm ut semper”; XXX 3, 1: “contionibus correxi : concion- TRAm ut semper”; XXX 16bis, 3: “contionem T praeter suam consuet.”; XXX 23, 3: “contionantibus A ut vid. : conci- TRA3m”). Restituyo la grafía etimológica en dos adjetivos con el sufijo -icius (XXIX 15, 4: “commenticiam correxi : commentitiam TRAm ut semper”, y XXX 32, 3; XXX 32, 3: “ficticia correxi : fictitia (in lit. TR) TRAm”). En otros casos más erróneos que anómalos, son los propios amanuenses de Sepúlveda (XXVI 9, 2: “nutricii TA3m : nutritii (nu i. l. R) RA”; XXVIII 45, 2: “iustitiae T2R2Am : iusticiae TR”; XXX 15, 2: “denuntiatio correx. RAm : denunciatio T”) o la copia de Alfaro (XXVI 47, 4: “provincias TRA2m : provintias A”), los que se corrigen, cuando no los académicos rectifican una grafía equivocada poco usual en los apógrafos (XXVI 1, 1: “commercio correx. A3m : commertio TRA”). Resulta absolutamente singular la incorrección en XXIX 1-14 T, 5 (“pronuntiato correxi : -nuncia- T”).

  1. C) Epéntesis en grupos consonánticos -mps- y -mpt-: absumptum, assumptio, consumpsi, consumptum, contemptio, contemptor, contemptum, contemptus, diremptum, emptum, promptissimus, redemptor, redemptus, sumpsi, sumptum, sumptus:

Rasgo constante de Sepúlveda es el mantenimiento de la epéntesis en los derivados nominales de los verbos contemno, emo, sumo, que sistemáticamente se ven simplificados en la edición académica tras ser corregidos en la misma copia de Alfaro. En esta edición, en conformidad con la ortografía mayoritariamente aceptada, restituyo el uso de nuestro autor bajo idéntico esquema crítico (XXVI 43, 3, passim: “consumptus TRA : consumtus A3m ut semper”).

  1. D) Geminada -l- / -ll-: mille, sollemnis, sollicito, villicus:

He procedido a la regularización del numeral mille, cuya geminación incorrecta en plural[271] muestran siempre los tres códices y la edición académica (XXVI 5, 1-3, passim: “milibus ... milia ... milium correxi : millibus ... millia ... millium TRAm ut semper”). Restituyo la geminada que no registran[272] igualmente estos cuatro testimonios en todas las formas del verbo sollicito (XXVI 57, 2, passim: “sollicitando correxi : solicitando TRAm ut semper”), y en el adjetivo sollemnis (XXVI 2, 1, passim: “sollemni correxi : solemni A3m ut semper : solenni TRA ut saepe”), que modifican a su vez los académicos en una variante más habitual, como también el único caso de villicus, según aparece sólo en el apógrafo más tardío y su fiel copia (XXIX 20, 1: “villicum correx. A3m : vilicum RA”).

  1. E) Geminada -m- / -mm-: nummus:

Alfaro y los académicos regularizaron la geminación en nummus, que mantengo pese a la frecuencia en que aparece en los apógrafos la grafía simplificada, por lo demás ampliamente admitida[273] (XXVI 41, 1: “nummus Am : numus TR”).

  1. F) Nasal ante consonante d: -md- / -nd-: eandem, eorundem, eundem, quandam, quendam, quorundam:

Conservo la asimilación en las formas oblicuas de los pronombres con sufijos -dam y -dem, según observan los códices, pero modifican con frecuencia los académicos incluso en la copia de Alfaro (XXVI 13, 1, passim: “eundem TRA : eumdem A3m ut semper”; XXVII 14, 1, passim: “quandam TR : quamdam Am ut semper”).

  1. G) Geminada -t- / -tt-: litterae, litus, quattuor:

El copista Alfaro y los académicos se apartan de sus modelos al simplificar la geminada del numeral quattuor, que casi invariablemente muestran ambos apógrafos sepulvedanos (XXVI 2, 1, passim: “quattuor TR ut plerumque : quatuor Am ut semper”), pero mantienen el de litus (XXVI 13, 1, passim: “littora TRAm ut semper”). La abreviación habitual de littera que presentan a menudo ambos códices sepulvedanos se ve desarrollada en la correcta geminada en la copia de Alfaro, cuando no en la revisión de los académicos (XXVI 78, 1: “litteris Am : literis R : lrîs T ut semper”; XXX 21, 1: “litteris A3m : lite- RA ut plerumque : lrîs abbrev. T”); aunque un error de lectura del copista del Regius sugiere cierta vacilación (XXVI 14, 1: “litora (sc. litto- TR2Am) TR2Am : littera R”).

  1. H) Nasal ante consonante q: -mq- / -nq-: nunquam, quanquam, tanquam, utrinque:

Asimismo, regularizo dicha asimilación en los adverbios sufijados con las partículas quam y que, siempre que se la observe en los dos manuscritos sepúlvedanos, aun cuando no sea así en las modificaciones de la copia de Alfaro y los académicos, dado la disparidad de criterio observado por la edición en tal encuentro de consonantes; pues nos encontramos que la edición de la Academia adopta la grafía etimológica en unos vocablos (XXVI 14, 3, passim: “quanquam TR : quamquam Am ut semper”; XXVIII 2, 2: “nunquam TRA : numquam m”; XXVII 30, 1: “tanquam TR : tamquam Am ut semper”), pero en otros sigue raros casos de asimilación (XXVII 7, 2, passim: “utrinque TRAm ut semper”).

  1. I) Asimilación -bm- / -mm-: subministro, submitto, summissum:

La tendencia en conservar la grafía etimólogica del preverbio sub seguido de m-, que siguen de manera general también los académicos corrigiendo eventuales asimilaciones en los códices (XXVII 14, 2: “submitti A3m : summ- (sûm- TR) TRA”; XXX 35, 2: “submissa correx. A3m : summissa (sûmi- T) TRA”), obliga a corregir en XXVI 82, 3: “summissus”, que muestran de consuno y sorprendentemente los cuatro testimonios.

  1. J) Reducción del grupo exs-: execratio, executor, exequor, exilium, existo, expectatio, expecto, expiro, exsolvo, extirpo, exto:

Los códices mantienen sin la -s- el grupo formado en los compuestos del preverbio ex-, que los académicos repusieron en la idea de una ortografía que, a fuer de preferible, también creyeron exclusiva; pese a lo cual, restituyo con el acostumbrado comentario (XXVI 11, 2, passim: “expectatur TRA ut semper : exspect- A3m”), excepto en el verbo exsolvere (XXX 4, 5: “exsolvendo A3m : exol- TRA”), por las mismas razones de dicha asiduidad gráfica en los más antiguos manuscritos[274].

La incansable revisión de los apógrafos

            Al lado de estas cuestiones gráficas u ortográficas, la examinatio codicum descubre las diferencias en cada una de las fases de la trasmisión del texto, revelándose la intervención a la que lo sometieron tanto la diestra labor de copia y edición, como, sobre todo, la concienzuda labor de corrección en los apógrafos (labor limae) por mano del propio autor o de sus amanuenses[275]. Recordemos el proceso: los amanuenses van copiando en los cuadernillos que serán cosidos en el códice T el texto de cada episodio de la crónica a partir de lo que les va entregando el doctor por medio de apuntes y notas, nunca al dictado. En esta primera copia uno u otro amanuense introduce las adiciones que le indica Sepúlveda, quien también escribe directamente correcciones y adiciones por propia mano. He designado este estadio del texto como T2, señalando la mano cuando se diferencie claramente y tenga relevancia crítica (ipsius Sepulvedae manu, scribae, priore vel altera vel alia manu). El caso concreto y único de resto de una versión anterior en el apógrafo T (XXVI 89, 2) lo he denominado como TI.

Tiempo después, a partir del apógrafo T con las modificaciones (T2), los mismos amanuenses fueron copiando R, y en este segundo apógrafo, al igual que en T, llegaron a introducirse algunas adiciones y también correcciones de errores en esa copia resultante, todo lo cual considero en el mismo estadio del texto designándolo con la denominación de R2. La mayoría de las adiciones o cambios posteriores se operaron en los dos apógrafos, demostrándose al mismo tiempo la dependencia descrita; como ejemplo concreto de este proceso, se puede examinar un párrafo en que se añadió en el espacio entre líneas de T una secuencia que al copiarse en R con una ligera errata, fue objeto a su vez de la oportuna corrección. Esta adición de la secuencia que se le pasó por alto al copista de T, confirma taxativamente que el amanuense tiene delante un borrador o cartapacio de propia mano del autor, pues el párrafo no tiene sentido sin esa secuencia que ya estaba en el autógrafo:

etiam edoctus, liberaliter ei respondet et auxilium pollicetur, sed ita cum suarum ipse i.l. add. T2 • liberaliter ei respondet T2R2Am : libenter ei responderet R

Cosmus, epistola perlecta et quo in statu res esset (quod ipse non ignorabat) a Franceso etiam edoctus, liberaliter ei respondet et auxilium pollicetur, sed ita cum suarum ipse rerum periculo consuluisset, quod eis esset a Turcarum classe, quae circa Plumbinum et oram illam vagaretur

Cosme, leída la carta y también informado por Francés del estado en que estaba la cuestión, lo que él mismo no desconocía, le responde con toda consideración comprometiéndose a ayudarle, pero siempre y cuando no tuviera que tomar medidas contra el peligro que amenazaba a sus estados procedente de una flota de turcos que merodeaba por los alrededores de Piombino y de la costa aquella (XXVIII 5, 2; p. 76).

            Esta natural dependencia que ambos apógrafos guardan del texto de propia mano del autor, cuyos vestigios alcanzamos a vislumbrar en algunas anotaciones (T2 y R2), hacen que el proceso textual llevado a cabo por Alfaro (A y A2), y especialmente la comisión editora (A3 y m), cobre su importancia para fijar el texto de pasajes concretos de nuestra edición.

Editio princeps

Pero expongamos antes algunas incidencias observadas en ambos procesos finales que culminaron en la editio princeps:

Lecturas erróneas de A no corregidas por m:

XXVI 34, 1: villa magna TR : Villamagna perperam Am.

XXVI 66, 2: constituti TR : constitui (mg. notavit ojo A3) Am.

XXVI 77, 2: gravis TR : gravius A : gravior m.

XXVI 89, 2: idem TI et TR : ipse Am.

XXVII 17, 2: potestate TR : potestatem perperam Am.

XXVII 18, 3: praestabo TR : perstabo perperam Am.

XXVII 19, 2: Nantolietus (Nâtol- T) TR : nam Tolietus Am.

XXVII 30, 3: exquisivissent TR : exquisivisset Am.

XXVII 35, 1: voluntarii TR : voluntarie Am.

XXVIII 22,1: Flesto TR : Elesto A : electo m.

XXVIII 22, 1: praevenerunt TR : pervenerunt Am.

XXVIII 24, 3: est ad TR : esset ad Am.

XXVIII 44, 1: misique TR : missique Am (sed recte apud “De vita et scriptis” pag. XXV m).

XXX 4, 5: campsionis TR : camptionis A : camtionis A3m.

Sin embargo, otras lecturas erróneas de A son corregidas con acierto por m con probable concurso de los apógrafos:

XXVI 17, 1: Lanterna correx. (typo cursivo) m : Laterna TRA.

XXVI 29, 1: millesimus TRm : millessimus perperam A.

XXVI 33, 2: patruo TRm : Patruo perperam A.

XXVI 57, 1: ipso TA3m : ipse perperam RA.

XXVI 93, 1: Tridentinum correx. m : Tridentum TRA.

XXVII 47, 1: qui deni TRm : quindeni perperam A.

XXVIII 4, 1: utrumque portus correx. m : utrumque portum (pr. portuum T, add. mg. alt. portû T2) T2RA.

XXVIII 36, 2: illaesus Tm : illesus RA.

XXIX 8, 2: miserunt Rm : misserunt A • permiserunt Rm : permisserunt A.

XXIX 11, 2: utrumque consilio RA3m : utrumque concilio A.

Son escasísimos los errores de la edición académica, buena parte de los cuales podrían atribuirse a meras erratas tipográficas (vitio preli):

XXVI 4, 3: praetoria TRA : praeterea perperam m.

XXVI 9, 3: maiore TRA : maiori perperam m.

XXVI 66, 3: Meninx (in Menynx correx. A3) TRA : Meryna perperam m.

XXVI 91, 2: Eistensis (Eist- in lit. R) TRA : Cistensis perperam m.

XXVII 19, 2: enim (.n.) TR : enim A : del. m.

XXVII 43, 3: quadraginta (quadra- in ras. -ginta mg. A) TRA : quinquaginta m.

XXIX 20, 2: commodiusque RA : commodisque m.

XXIX 31,1: iussi TRA : iussit perperam m.

XXIX 32, 3: calendas (Cal-) TR : Kal. per abbrev. A : Kalendarum perperam m.

XXX 24, 3: obsidionem TRA : obsidione m.

Los aciertos de Alfaro

Pero son muchos más los aciertos de la atenta labor de copia de Alfaro, considerándose a veces verdaderas enmiendas de A sobre el texto de R, que las más de veces acepta m con una eventual confirmación en T:

XXVI 20, 4: sedatus TAm : se datus R.

XXVI 24, 2: proceres emend. Am : proceris perperam TR.

XXVI 24, 2: multi Galli emend. Am : multis Gallis TR.

XXVI 28, 2: filia Fernandi TAm : filia Ferdinandi R.

XXVI 31, 2: pro telis TAm : protelis R.

XXVI 34, 1: copioseque Am : copiosaeque perperam TR.

XXVI 46, 2: nummis TAm : numis R.

XXVI 52, 2: viridis TAm : veridis R.

XXVI 69, 1: Calendas (ka- Am) TAm : Cal. R.

XXVI 86, 1: volente TAm : uoluente perperam R.

XXVI 93, 3: nihil Am : nil TR.

XXVII 17, 1: captis TAm : capitis R.

XXVII 46, 2: calendis TAm : Cal. R.

XXVIII 7, 1: Nec RA : neque TA3m.

XXVIII 8, 1: pervenisset TAm : praevenisset R.

XXVIII 9, 1: Calendas (K- Am ut semper) TAm : Cal. R.

XXVIII 33, 2: expeditus TAm : expeditius perperam R.

XXIX 29, 2: ipsorum TAm : iporum R.

XXIX 32, 2: comitatu TAm : commitatu (per abbrev. cômi-) R.

XXX 9, 2: factum esse TAm : factum fuisse (fuisset a. corr.) R2.

XXX 15, 1: esset TAm : essent R.

XXX 22, 2: publicae TAm : publice R.

XXX 25, 1: ab eo TAm : abeo R.

XXX 31, 2: molestus TAm : molestius R.

Académica acribía

Sin lugar a duda, la aportación del códice del conde de Torrepalma vino a enriquecer la edición que motivara el feliz hallazgo de Alfaro, pues a luz de T pudieron los académicos llevar a cabo enmiendas de erróneas lecturas de R y A debidas a sus respectivas operaciones de copia y adiciones al texto sepulvedano que habían pasado inadvertidas cuando fue copiado el primero de los apógrafos:

XXVI 29, 1: annus TA3m : om. RA.

XXVI 68, 2: Panormum (-rmam A a. corr.) TA3m : Panomum R.

XXVI 74, 1: eam TA3m : eamdem ( -nd- A) RA.

XXVI 78, 3: accessio TA3m : occassio RA.

XXVI 79, 1: apertique TA3m : aperti RA.

XXVI 82, 3: et adhortante TA3m : om. RA.

XXVII 6, 2: Gallici TA3m : Galli RA.

XXVII 6, 2: recepit TA3m : recipit RA.

XXVII 6, 2: nonnullos (i. l. A) TA3m : om. R.

XXVII 15, 1: committitur TA3m : comititur perperam RA.

XXVII 19, 1: quod TA3m : que (per abbrev. q. R) RA.

XXVII 23, 3: suoque in ipsos et ceteros imperatorios clientes studio (et ~ studio mg. A3) TA3m : suosque in ipsos RA.

XXVII 30, 2: posuit TA3m : possuit RA.

XXVII 31, 1: nolit TA3m : nollet RA.

XXVII 33, 1: separatim TA3m : om. RA.

XXVII 33, 4: reddita est TA3m : reddita RA.

XXVII 36, 1: inde TA3m : om. RA.

XXVII 39, 2: seditiosis TA3m : sediciosis RA.

XXVII 42, 3: secessionis (secce- sic A) TA3m : secessiones RA.

XXVIII 2, 2: ad Henricum Gallorum regem scriptis (mg. add. A3) TA3m : om. R.

XXVIII 8, 1: et utrique Caroli mandata exposuisset (mg. add. A3) TA3m : om. RA.

XXVIII 22, 2: deditionem TA3m : ditionis RA.

XXVIII 35, 1: impellendis TA3m : impelendis RA.

XXVIII 36, 5: offecit TA3m : officit RA.

XXVIII 40, 1: Sexti TA3m : Sixti RA.

XXVIII 44, 1: catholica TA3m : om. RA.

XXVIII 44, 2: doctissime TA3m : doctissimo perperam RA.

XXIX 15, 9: populos TA3m : populares RA.

XXIX 22, 1: abhorrerent Tm : abhorrerint RA.

XXIX 28, 2: Navarum TA3m : Novarum RA.

XXIX 32, 2: se operientem TA3m : operientem R.

XXIX 32, 4: celebrataeque sunt TA3m : celebrataeque RA.

XXX 11, 2: interiectis TA3m : om. RA.

XXX 17, 3: secernebatur TA3m : secernebantur RA.

XXX 23, 1: appulit TA3m : appullit RA.

XXX 38, 1: eiusdem TA3m : eisdem RA.

XXX 43, 2: citissime TA3m : certiss- (cet- R) A.

Más aún, la comisión editora de la Docta Casa procedió con acierto a corregir falsas lecturas y a enmendar el texto unánime de los códices, llegando incluso a añadir alguna palabra para salir al paso de frases con sintaxis relajada que habría provocado la irregular puntuación de los apógrafos:

XXVI 9, 2: lutosi correx. m : lutuosi perperam TRA.

XXVI 13, 3: decidente apud errata correx. m : decedente (dicid- R ut vid.) TRAm.

XXVI 32, 1: nummus correx. A3m : munus TRA.

XXVI 55,1: vecors emend. A3m : vecores perperam TRA.

XXVI 61, 3: Novembri A3m : Novembre TRA.

XXVI 66, 1: insectandos A3m : infestandos TRA.

XXVI 78, 3: Centurioni emend. m : Centurione perperam TRA.

XXVII 40, 3: deserens A3m : def- (vel s longum TR) TRA.

XXVII 9, 2: Medice A3m : Medicae (Mendieae in lit. R) TR2A.

XXVIII 11, 2: improvisus correx. m : -vissus (i. -iβu- TR) TRA.

XXVIII 22, 2: cessabant correx. A3m : cesabant TRA.

XXVIII 36, 5: incendunt emend. A3m : incedunt TRA.

XXIX 7, 1: causa emend. A3m : gratia (bis grâ per abbrev. R) RA.

XXIX 13, 2: custodiri emend. A3m : custodire RA.

XXIX 24, 5: nostras emend. A3m : nostros RA : deest in T.

XXIX 26, 2: uteretur correx. m : uterentur (-rêt- R) RA, iter. A3.

XXIX 29, 2: prodeuntes m : prodeuntis (prodeûtis vel -tes mg. manu scribae T) T2RA.

XXIX 30, 1: equitibus emend. A3m : equis TRA.

XXX 24, 2: plus quam m : plusquam TR2A : plusque R.

XXX 41, 3: mensibus emend. A3m : annis TRA.

XXX 43, 1: deterreantur emend. A3m : deterreatur TRA.

XXVI 46, 4; p. 26, n. 124: “cum cardinale Tridentino, qui colloquiorum erat interpres, et ceteris summatibus accepit” (et post interpres add. m : ac malim). Como se ha señalado en la nota, se hace necesario una copulativa para enlazar ambos ablativos sociativos del sintagma preposicional de cum. Pero en otras ocasiones no es precisa la adición si se mantiene la puntuación fuerte de los códices, como en XXVI 21, 4: “tum a clero sollemni pompa et caerimonia exceptus est; res divina pontificio ritu patrata est” (post exceptus est graviter distinx. TRA : et add. m • patrata est (i. l. T2) T2RA : patrata m : om. T).

XXIX 24, 2; p. 115, lín. 14: paucis iam vobis explicabo A3m : paucis verbis vobis explicabo RA : paucis vobis explicabo T. La acertada enmienda de los académicos viene a corregir una cacofónica secuencia, verbis vobis, que no se da en latín clásico.

XXX 27, 3; p. 153, lín. 20: “Pensiones [...] distribuere consuevit” (consuevit (i. l. add. A3) A3m : deest in TRA). Los editores añadieron la forma regente en indicativo para soslayar una construcción de infinitivo histórico representada en todo el capítulo por este único distribuere.

XXX 29, 2; p. 154: Etsi enim A3m : Nam etsi TRA. Los académicos cambiaron la conjunción coordinante más acorde con el desarrollo silogístico de la proposición, que, en efecto, había comenzado por nam en el párrafo precedente.

XXX 33, 3; p. 157, lín. 20: nunquam (nûq. per abbrev. TR2) TR2A : umquam rectius m • nunquam potuit add. ipsius Sepulvedae manu R2. Es más correcto el adverbio indefinido unquam, sólo empleado en contextos negativos, pero ha primado la insistencia del autor.

XXX 33, 4: p. 158, lín. 4: videretur correx. A3m : videatur TRA. Los académicos corrigieron, en virtud de la consecutio temporum, una forma verbal mantenida desde el primero de los apógrafos.

Primacía de los apógrafos

Aun así, no han de faltar los casos en que los académicos pasaron por alto la adición o lectura correcta del apógrafo más antiguo, T, o eligieron la lectura de A o R, frente a una sugerente aportación del mismo; con arreglo a esta consideración, han de mantenerse algunas lecturas de dicho apógrafo, se vean ratificadas o no por el más reciente y de mayor autoridad:

XXVI 21, 3; p. 14, lín. 26: “feminarum, quae spectandi causa ex fenestris eminebant” (spectandi TR : exspectandi (exp- A) perperam, cf. cap. 27,1, A3m). El uso clásico (Liv. 28.38.8) también apoya la forma simple.

XXVI 31, 3; p. 19, lín. 14: ludicro T : ludrico perperam RAm.

XXVI 34, 2; p. 20, lín. 12: “ab eo habitus est scripsi : habitus est ab eo transp. Am : supra ab eo hab. habitus est R2 : ab eo tractatus (tractus T) est TR”. Restituyo el orden normal en esta secuencia que muestra modificaciones pero no en el orden sintáctico.

XXVI 73, 4; p. 39, lín. 7, n. 171: “divum Iacobum clientibus Hispanis, pro quibus saepe pugnasset” (clientibus Hispanis T : clientibus Christianis RAm). No se debe desaprovechar esta castiza vindicación del patronato compostelano.

XXVII 1, 3; p. 49, lín. 17: “quod violari nefas esse et contra fidem ac officium imperatoris existimaret” (ac scripsi cum T : et RAm). La copulativa ac/atque añade unidad a los conceptos que coordina, frente a et que suma simplemente los dos sintagmas nominales.

XXVII 7, 1; p. 52: Eo tempore scripsi cum TRA : Eodem tempore A3m. No es necesario el identificativo para establecer una relación temporal que no es precisamente simultánea.

XXVII 10, 2; p. 54, lín. 9: “centum Hispani Italicique generis equites frumentatoribus praesidio missi magna multitudine adversariorum circunventi” (missi scripsi cum T : missa T3RAm). Es obvio que quienes fueron enviados eran los cien jinetes de escolta y no la muchedumbre de enemigos que los rodearon.

XXVII 12, 4; p. 55, lín. 10: “a Gallo verbis ostentari” (Gallo scripsi cum T : Gallis RAm). Por regla general, se evita la contigüidad de dos vocablos con terminación idéntica que pertenezcan a sintagmas diferentes[276].

XXVII 20, 2; p. 60, lín. 8: ab ipso et sociis T : ab ipso et a sociis (a ante sociis hab. perperam) RAm. En latín no se repite la preposición ante cada sintagma de una coordinación copulativa.

XXVII 34, 2; p. 66, lín. 30: “omnium T (retinendum, cl. supra 33,3 cuncta mala) : om. RAm”. Carlos ardía en odio contra el rey Enrique considerándolo el responsable de todos los atropellos (“quam in regem Henricum omnium iniuriarum principem et auctorem”), según había escrito dos párrafos antes (33, 3) donde le echaba la culpa de todos los males (“regis, cui cuncta mala accepta ferebat”).

XXVIII 36, 2; p. 92, lín. 24: demonstravi (manu ipsius Sepulvedae T2) T2RA : memoratum est TA3m. Debe mantenerse la adición escrita por el mismo autor.

XXIX 22, 2; p. 114, lín. 22-25: “quibus rebus tantum profecerat (sc. Thomas Huvietus), ut quattuor milium armatorum coacto numero magnam esset cum auctoritatem tum etiam gratiam non solum in ceteros, sed etiam in Londinenses, principem civitatem, consecutus” (magnam (i. -nâ) ... auctoritatem ... gratiam sic TR : magna ... auctoritas ... gratia Ampost gratiam hab. consecutus TR, sed cum lit. damn. R2 • consecutus scripsi : côsecut mg. non liquido vid. R : consecuta Am : eiusque senatum. T). Tal es el texto que encontró Alfaro en el códice Regio, con los acusativos auctoritatem y gratiam como objeto directo del deponente consecutus cambiado al final de frase. Los académicos aceptaron su modificación del texto del apógrafo forzando el sentido pasivo de consequor que aminora la acción del sujeto de la principal.

XXIX 24, 8; p. 116, lín. 23: “sic animata sum, ut facile sim ab incepto discessura” (discessura scripsi ex T2 infra : destitura perperam RAm, forma insolenti usurpata : deest in Tpost intellexero i. l. facile ab instituto discessura manu ipsius Sepulvedae add. T2). El apógrafo R utilizó una forma inusitada del verbo desisto, seguida por A y m. Restituyo el más usual participio de futuro de discedo a partir de la anotación de puño y letra del autor en el apógrafo más antiguo.

XXIX 39, 3; p. 126, n. 98: Philippus T2 : rex TRAm. Restituyo una clara modificación que quedó inadvertida y desatendida.

XXX 18, 2; p. 146, lín. 24: “cum caementariis et administris tecta [...] aedificantibus” (et ante administris om. RAm). En toda obra de albañilería hay oficiales y peones.

De los apógrafos al autógrafo

            Sin el apoyo de ninguno de los testimonios de la tradición textual, pero avalado por el convencimiento de que ni siquiera el último de los apógrafos corregido por el autor está exento de omisiones y deslices, he realizado varias enmiendas al texto crítico de los académicos aventurando también algunas conjeturas acerca de pasajes oscuros para intentar restituir las palabras exactas que pudo haber en las numerosas páginas autógrafas. 

XXVI 24, 2; p. 16: “cum eo multi Galli principes et proceres a ducibus et copiis Caroli Caesaris Philippi patris proelio memorabili capti” (capti emendavi : captus TRAm). Es insostenible el singular captus en referencia, además, al anafórico cum eo. Consolidan esta enmienda tanto las vacilaciones en los apógrafos, en buena medida salvadas por Alfaro y los académicos (multi Galli emend. Am : multis Gallis TR • principes T2R2Am : principibus TR • proceres emend. Am : proceris perperam TR), como la aparición en el siguiente párrafo del mismo singular: “ubi rex in fuga captus fuerat ab equitibus Hispanis”.

XXVI 44, 2; p. 24, lín. 12: “Anna nurus et Mathildis filia” (et addidi). Aunque es admisible el asíndeton, tal vez constara en el autógrafo la copulativa que no falta en el resto de la descripción.

XXVI 45, 4; p. 25, n. 114: Moesiam emendavi : Mysiam perperam TRAm • Como se señala en nota, la enmienda está justificada paleográficamente por una posible confusión del amanuense al copiar del original el diptongo oe representado con una o con cedilla. Es una comprobación que se podría haber efectuado fácilmente durante el proceso de edición, restituyéndose con toda probabilidad el texto original del autógrafo de Sepúlveda.

XXVI 45, 4; p. 25: “acceptis fluminibus sexaginta, quorum triginta fere sunt navigabilia” (navigabilia emendavi : navigabiles (nabig- T) TRAm). Debe concertar con el antecedente neutro flumina.

XXVI 46, 3; p. 26, n. 119: Nicri emendavi : Hicii (Hicius flumen m apud indicem) TRAm. Necesaria corrección de un topónimo verificable, además, en la fuente de Sepúlveda.

XXVI 49, 1; p. 27, n. 130: Heusestinus emendavi : Neusestinus (Neusestinus (Sebastianus) m apud indicem) TRAm. Como se ha señalado en la nota, hay alguna confusión con las letras N y H entre el borrador del autor y la copia de sus amanuenses.

XXVII 9, 2; p. 53: “Ioanne Iacobo Medice Melignani marchione, qui toti obsidionis officio praeesset, ad castra relicto” (Ioanne emendavi : Joanni (Jo. T) perperam RAm). Sólo se explica el error por persistencia de la lectura de R, pues los académicos corrigieron en “Medice” el necesario ablativo.

XXVII 15, 1; p. 56: “oppidum [...] situm ad ripam Oeni fluminis, qua ponte, unde nomen oppido, committitur” (ponte conieci cl. Carol. XXV 6, p. 313 RAH: ad fluminis ripam qua vado transiri diceretur : pontem TRAm). Como he corroborado con la traducción y una frase similar, conjeturo otro prosecutivo para reemplazar un acusativo sintácticamente insostenible.

XXVII 19, 4; p. 59: “monueratque ut a periculoso incepto et seditiosis consiliis desisteret: (4) nam ad id quod cuperet alia honestiore, tutiore et magis compendiaria via se agente perveniri posse, ut lantgravius aequis condicionibus liberaretur; ad quod impetrandum a Carolo Caesare suam operam, gratiam et auctoritatem polliceri” (polliceri conieci : pollicetur TRAm apud exemplar -cet’ perperam lecto pro -cerj). El indicativo pollicetur que presentan todos los testimonios no cuadra en el párrafo de estilo indirecto, por lo que es posible que el amanuense haya interpretado como abreviatura (pollicet’) la desinencia de infinitivo que habría en las notas escritas por el autor (polliceri) pasando sin ser inadvertida al segundo apógrafo.

XXVIII 16, 3; p. 82, lín. 18: “ambo exercitus [...] laborabant” (laborabant emendavi : laborabat TRAm). El dual ambo exige plural.

XXIX 2, 3; p. 101, n. 8: filiam, quae scripsi e re ipsa : filiam, qui lapsu ipsius Sepulvedae (cl. XXVIII 46,4) RAm. Por el contexto y por los hechos, se impone la enmienda del relativo, puesto que se pretende resaltar el parentesco regio de la que fue nombrada heredera, no de su padre (vid. XXVIII 46, 4; p. 99, lín. 18).

XXIX 3, 1; p. 102, n. 10: Pembrucensis scripsi e re ipsa : Pambr- perperam RAm. El error de R, casi imposible de salvar por A y m, quizá se deba a no identificarlo con la actuación posterior del mismo personaje.

XXIX 7, 1; p. 104, n. 17: Huntingtonii scripsi (cl. priore narratione apud T cap. 18-21 (6) [p. 133, n. 114]) : Hotinctonis R : Hoctinctonis Am; véase también XXIX 19, 2: Huntingtonium scripsi e re ipsa (cf. supra 7,1) : Northantonis R2Am : Norantonis R; y XXIX 20, 1: Huntingtonii scripsi ex 19,1 : Northantonis RAm. Entre las intentadas en estos textos, Huntingtonius sería la forma más correcta de transcripción latina del onomástico inglés Huntingdon, que escribió Sepúlveda en la primera redacción que quedó en T extrayéndola de los socorridos Commentarii de Sleidan[277].

XXIX 13, 2; p. 108, n. 31: “in eademque arce custodiri iussus” (eademque conieci : eandemque (sc. -md- A3m) RAm • arce scripsi cum R : arcem Am • custodiri recte A3m : custodire RA). Por fin se ha podido enderezar esta frase: toda una labor de equipo a través del tiempo.

XXIX 15, 9; p. 110, n. 36: utque scripsi : atque (in lit. T) TRAm. La conjetura utque en vez de atque es necesaria para establecer un nexo conjuncional para obierim.

XXIX 17, 3; p. 112, lín. 10: neve cui emendavi : ne cui ve RA, necuive m : neve T. La secuencia de la disyuntiva negativa con indefinido que deciden los académicos a partir de la lectura de RA es inusitada e incorrecta. Restituyo con base en T una muy posible lectura del autógrafo que aparece, por ejemplo, en Liv. 22.10.5.

XXX 21, 2; p. 148, n. 49: publicae conieci : publice TRAm. Véase la nota de la traducción.

XXX 24, 3: obstinate scripsi : obstinante (haud per abbrev. TR) TRA3m : obstinanter A (apud errata perperam correx. m). Restituyo la forma clásica del adverbio, pese a la malograda corrección de Alfaro.

            Contra lo que cabía esperar, no ha sido necesario proponer ninguna conjetura en la edición de la primitiva redacción del libro XXIX que se ha conservado en el códice Torrepalma. Al poner en pie un texto casi pergeñado, corregido por el propio autor y finalmente desechado, me he limitado a efectuar las correcciones ortográficas que se han seguido en la edición, conservando las transliteraciones de los onomásticos tal como se presentaban en el texto, puesto que en sustancia recoge los mismos acontecimientos y personajes que aparecen en la redacción definitiva. A causa de la extensión y variantes que exhiben estas páginas del apógrafo más antiguo, he optado por editar la redacción primitiva con su correspondiente aparato crítico al final del mismo libro, agrupando su texto en cuatro capítulos subtitulados con la numeración de aquellos del mismo contenido de la redacción definitiva, y remitiendo a ésta para los capítulos en que coinciden.

            Tampoco ha suscitado problemas textuales la edición del fragmento tachado en el libro XXX, que ni Alfaro ni los académicos consideraron digno de publicarse, respetando sin duda la decisión clara y tajante de su autor. No sabemos si tomó tan drástica medida, ajena por lo demás a planteamientos compositivos o estilísticos, cuando, ya con un pie en el estribo, envió al rey la copia más reciente. En este fragmento, de doble extensión que aquel cuya numeración repite (16bis; pp. 144-146), relató nuestro cronista desde su Córdoba natal el fracaso del expediente recaudatorio a través de la limosna voluntaria al que tuvo que recurrir la Corona ante la penuria hacendística y dio cauce, muy premonitoriamente, a la amargura personal (“ipsi —aderamus enim— non sine magno animi dolore vidimus”) por el descrédito de su rey y las calamidades de la patria.

José Solís de los Santos

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Relación muy verdadera de las rebeliones que ha avido en el reyno de Inglaterra en el principio desta quaresma, y de la pacificación de todas ellas, siendo vencidos y castigados los adversarios con el divino favor por la sereníssima reyna. La qual relación fue embiada a la noble ciudad de Córdova (Sevilla: Simón Carpintero, 1554) [Oxford Univ. Bodleian Libr. 4ºH.44 Art. BS (1)], apud J. Solís de los Santos, “Relaciones de sucesos de Inglaterra en el reinado de Carlos V”, en Testigo del tiempo, memoria del universo. Cultura escrita y sociedad en el mundo ibérico (siglos XV-XVIII), Barcelona, 2009, 677-682.

Relacion muy verdadera del viage y recebimiento que se hizo a nuestro Inuictissimo principe Don Phelipe en Inglaterra. Y decomo se celebraron las Bodas y como le Iurarn por Rey. Assi mismo el brauo Rencuentro que huuo enel campo dela cesarea Magestad y el del Rey de Francia. (Sevilla: Martín de Montesdoca, 1554) [Bibl. Bartolomé March, 51/5/5 (XXXIX)], apud A. Paz y Melia, Series [...] Medinaceli, Madrid, 1922, 403-411.

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Romance y relación verdadera de lo que passó en la conquista de la fortíssima e inexpugnable Ciudad de África en Beruería, ganada por fuerça de armas por los soldados viejos españoles del Emperador y Rey nuestro Señor en el año de M.D.L. Fue embiado por vn Soldado que se halló en la conquista, a otro amigo suyo que reside en Italia. Apud Lorenzo de Sepúlveda, Romances nueuamente sacados de historias antiguas de la crónica de España, (Amberes: Juan Steelsio, 1551), ff. 238-253.

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Traslado de vna carta que fue embiada del reyno de Inglaterra a la muy illustre señora condesa de Oliuares, en que se da relacion como aquel reyno se ha reformado en la fe catholica, y dado la obediencia al summo pontifice. Y las cerimonias con que esto se hizo, estando presente a todo el Principe nuestro señor: y las fiestas que para regozijar esto se hizieron. (Sevilla: Martín de Montesdoca, 1555) [BNM R/31746], apud P. de Gayangos, Viaje de Felipe Segundo á Inglaterra, Madrid, 1877, 125-139, et 166-169.

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Este estudio y edición crítica se inscriben en el proyecto de investigación «Liber Tertius» código FFI2008-05091 (subprograma FILO), en el marco del Plan Nacional de Investigación Científica, Desarrollo e Innovación Tecnológica (I+D+i) y el grupo del Plan Andaluz de Investigación, HUM-173.

[1] Joannis Genesii Sepulvedae Cordubensis opera, cum edita, tum inedita, accurante Regia Historiae Academia (Madid: Typographia Regia de la Gazeta, 1780), 4 vols. Las referencias a la edición académica en esta “Introducción filológica” y en las notas de la traducción seguirán a las abreviaturas fijadas para las obras por J. Solana Pujalte, Obras completas de Juan Ginés de Sepúlveda. Edición Pozoalbense. Normas a los colaboradores, Pozoblanco, s.a., p. 21, señalando el ordinal de los volúmenes, página y las siglas de la institución (RAH).

[2] Ponderé esta iniciativa en mi reseña de Actas del Congreso Internacional sobre el V Centenario del nacimiento del Dr. Juan Ginés de Sepúlveda (Celebradas en Pozoblanco, del 13 al 16 de febrero 1991), Córdoba, 1993, en Habis  27, 1996, pp. 705-709. Las referencias, asimismo, a esta edición patrocinada por el Excmo. Ayuntamiento de Pozoblanco se ajustarán a las mencionadas Normas a los colaboradores, seguidas del ordinal del volumen, página y apellidos de autor(es); las citas de los estudios introductorios se señalarán con su autor, nombre dado a dicha obra, seguido del título general de Obras completas con el ordinal del volumen, etc.

[3] La figura de nuestro autor está indefectiblemente unida a las investigaciones de Ángel Losada García (1917-1996), gracias a cuyos estudios sobre la bibliografía disponible entonces y sus fructíferas pesquisas documentales hemos podido contar con una auténtica biografía plasmada en su recopilación y reproducción de documentos: Juan Ginés de Sepúlveda a través de su epistolario y nuevos documentos, Madrid, 1949; citaré las pp. de esta monografía por su reimpresión de 1973 (en adelante Losada, JGS). Un exacto resumen bio-bibliográfico ofreció el mismo Á. Losada, “Sepúlveda, Juan Ginés de”, en Q. Aldea Vaquero, T. Marín Martínez, J. Vives Gatell, Diccionario de historia eclesiástica de España (en adelante DHEE) Madrid, 1975, IV, pp. 2433-2437; vid. A. Truyol Serra, “In memoriam: Ángel Losada García”, Revista de Hispanismo Filósofico, 1, 1996, pp. 67-70.

[4] Contribuyó a una mayor difusión de su figura y obras la edición de Colonia de 1602, a cargo de Arnoldus Mylius, quien antepuso un breve estudio de 5 páginas con el elenco de sus obras y “unas notas sobre la vida y escritos” extraídas de Giovio, Flórido, Curcio, Giraldo y Matamoros, según la descripción del impreso que ofrece Losada, JGS, pp. 336-338. Sobre Arnold Mylius, vid. J. Benzing, Die Buchdrucker des 16. und 17. Jahrhunderts im deutschen Sprachgebiet, Wiesbaden, 1963, pp. 247-250. A la biobibliografía de Mylius siguió A. S[chott]. Peregrinus, Hispaniae Bibliothecae seu de Academiis ac Bibliothecis item elogia et nomenclator clarorum Hispaniae scriptorum qui Latine disciplinas omnes illustrarunt Philologiae Philosophiae Medicinae Iurisprudentiae ac Theologiae, Frankfurt, 1608, p. 467, y muy de cerca, según el mismo Losada, JGS, p. 667, quien afirmó “es la misma que trae Schotto en su «Bibliotheca»”, deslizando un error en el nombre, “Mylio, Santiago”. Recogió aquellos datos y aportó nuevas pesquisas Nicolás Antonio, Bibliotheca Hispana Nova sive Hispanorum scriptorum qui ab anno MD ad MDCLXXXIV floruere notitia, I‑II, ed. F. Pérez Bayer, Madrid, 1783‑1788, 2 vols. I, pp. 700-704.

[5] El árbol genealógico que aporta Losada, JGS, pp. 15-16, indica que se trataba de una familia venida a menos. La probanza, que le serviría también para ser admitido en el Colegio de Pobres de la Universidad de Alcalá de Henares, obra en el Colegio de los Españoles de Bolonia, según R. Ramírez de Arellano y Díaz de Morales, Ensayo de un catálogo biográfico de escritores de la provincia y diócesis de Córdoba, con descripción de sus obras, Madrid, 1921-1923, 2 vols., I, p. 611, reproducida por Losada, JGS, pp. 451-463; entre los testigos figura un “Benito Sánchez correero vecino en San Nicolas de la Axarquia de edad cincuenta años”, que tal vez fuera pariente del padre (Losada, JGS, p. 454). La carencia de recursos económicos era uno de los requisitos, entre otros como el de limpieza de sangre y una buena preparación, para acceder al Colegio de Bolonia, según J. Sánchez Herrero, I. Montes Romero-Camacho, “Los colegiales sevillanos del Colegio Español de San Clemente de Bolonia (1368-1600)”, en Estudios sobre los orígenes de las Universidades españolas: Homenaje de la Universidad de Valladolid a la Universidad de Bolonia en su IX centenario, Valladolid, 1988, p. 148.

[6] Reproduce el documento de institución del mayorazgo y el de la capellanía de 1572, Losada, JGS, pp. 523-539. A causa de la falta de descendencia para “perpetuar mediante la vida de los hombres la memoria y nombre de Sepúlveda”, los derechos pasaron al hijo de otro hermano suyo, Pedro Fernández de Sepúlveda, a cuyo beneficio había resignado el 22-VII-1533 la ración en la catedral de Córdoba concedida por Clemente VII el 4-X-1529 (Ibid., pp. 17 y 65). Por lo demás, no parece haber importado a Sepúlveda el analfabetismo ni la ilegitimidad de su sobrina carnal (Ibid., p. 20).

[7] Con el apoyo de su admirado Aristóteles escribía nuestro autor a fray Miguel de Medina (1489-1578): “item pro parentibus, qui iure naturae cariores nobis esse debent quam nos ipsi” (lo mismo vale para los padres, que por derecho natural deben sernos más queridos que nosotros mismos); vid. Sep. Epist. 122, 3; IX,2, p. 356 García Pinilla, Solana Pujalte.

[8] Ha destacado esta tendencia de su personalidad conectando Genesius con el griego εὐγενής, ‘bien nacido’, ‘noble’, en un penetrante estudio psicológico de nuestro autor, J. Gil, “Introducción histórica”, en Sepúlveda, J. G. de, Epistolario. Obras completas VIII, Pozoblanco, 2007, p. CXLIV. Presenta una lista de las propiedades y beneficios que hicieron al morir su “fortuna inmensa”, Losada, JGS, pp. 153-157. Señala notables coincidencias entre la carrera de Sepúlveda y la del racionero Francisco de Góngora, tío del poeta, R. Jammes, La obra poética de Don Luis de Góngora y Argote, trad. M. Moya, Madrid, 1987, p. 6. En este aspecto de la promoción social de sus respectivas parentelas, cobraría más sentido el significado de Genesius, del adjetivo γενέσιος ‘protector de la familia’.

[9] Fue como un lema lo que le espetó en la primera carta a Melchor Cano: “studium [...] mihi maxima et paene unica iucunditas” (el estudio es para mí la mayor y casi única alegría), Sep. Epist. 74, 21; IX,1, p. 202 García Pinilla, Solana Pujalte. A partir de estas y otras declaraciones parecidas (“graviorum doctrinarum quas ab adolescentia colui”, Sep. Epist. 76, 3; IX,2, p. 206 Eid.), admite que ya desde su escolaridad en Córdoba fuera un consumado helenista Losada, JGS, p. 23.

[10] Señaló expresamente este magisterio M. Bataillon, Erasmo y España. Estudios sobre la historia espiritual del siglo XVI, trad. A. Alatorre, México, 1966, p. 122, n. 16. Sancho Carranza fue al principio contrario a Erasmo, pero después asumió su defensa, como buen complutense, en la conferencia de Valladolid (27-VI-1527), según Ibid., p. 243.

[11] Como señaló Losada, JGS, pp. 26-27, de su época universitaria en España ofreció estos testimonios en la Breve descripción del Colegio que incluyó detrás de la Historia de los hechos del cardenal Gil de Albornoz (vid. Sep. Alb. Descr. 8, 4; V, p. 83 Costas, Moreno, Carrasco, Trascasas) y en la carta al rector Diego Muñoz (Sep. Epist. 133; IX,2, pp. 388-392 García Pinilla, Solana Pujalte). Por no existir documentación, remite a la misma obra sepulvedana, J. Urriza, La preclara facultad de Artes y Filosofía de la Universidad de Alcalá de Henares en el Siglo de Oro, 1509-1621, Madrid, 1941, p. 239.

[12] Obra también en el Colegio de Bolonia, según Losada, JGS, p. 465; ya en esta época Sepúlveda habría recibido la ordenación sacerdotal.

[13] Como ha destacado P. O. Kristeller, El pensamiento renacentista y las artes, trad. B. Moreno, Madrid, 1986, p. 94.

[14] Pese a sus creencias firmemente ortodoxas, como indicó J. A. Maravall, Carlos V y el pensamiento político del Renacimiento, Madrid, 1960, pp. 197-199, que lo situaban en el bando, por ejemplo, de su corresponsal Contarini; vid. P. O. Kristeller, El pensamiento renacentista y sus fuentes, trad. F. Patán, México, 1982, p. 258.

[15] Como señaló, aun desde el enfoque marxista, Á. Heller, El hombre del Renacimiento, trad. J. F. Ivars y  A. P. Moya, Barcelona, 1980, p. 67.

[16] Sobre esta faceta, si no la más señalada, la más estimada por nuestro autor, vid. Á. Losada, “Juan Ginés de Sepúlveda, traductor y comentarista de Aristóteles”, Revista de filosofía, VII, 26, 1948, pp. 499-536; E. Rodríguez Peregrina, “J. G. de Sepúlveda y sus traducciones comentadas de los filósofos griegos”, Estudios de Filología Latina, 4, 1984, pp. 235-246; y los estudios de A. Coroleu Lletget, citados en la bibliografía.

[17] Entre otros que cita, O. H. Green, “A note on Spanish humanism: Sepúlveda and his translation of Aristotle’s Politics”, Hispanic Review 8, 1940, pp. 339-342.

[18] Causó baja en el libro de colegiales el 23-VI-1523, vid. A. Pérez Martín, Proles Aegidiana, Bolonia, 1979, II, pp. 604-606.

[19] Consiste esta obra en la biografía, Liber gestorum Aegidii Albornotii, más una Brevis collegii descriptio, et quorundam quae ad ipsum pertinent, commemoratio (Bolonia, 1521), y cuenta, como ya se ha indicado, con estudio y edición en esta colección pozoalbense, Obras completas V: Historia de los hechos del cardenal Gil de Albornoz, estudio filológico, edición crítica del texto latino y de la traducción castellana de Antonio Vela (1566) y notas de J. Costas Rodríguez, A. Moreno Hernández, L. Carrasco Reija, M. Trascasas Casares, Estudio histórico de M. T. Ferrer Mallol, Pozoblanco, 2002.

[20] Además del estudio bibliográfico de Losada, JGS, pp. 357-359, hay reciente edición crítica, estudio y traducción de J. J. Sánchez Gázquez, Los ‘De fato et libero arbitrio libri tres’ de Juan Ginés de Sepúlveda. Estudio de una obra histórico-filosófica-teológica, Granada, 2005.

[21] Antapologia pro Alberto Pio Comitem Carpensi in Erasmum Roterodamum (Roma: Antonio Blado, 1532); vid. completo estudio de la polémica y relaciones con Alberto Pío en la introducción y edición de J. Solana Pujalte, Antiapología en defensa de Alberto Pío, príncipe de Carpi, frente a Erasmo de Rotterdam, en Obras completas VII, [= Ant.], Pozoblanco, 2003, pp. VII-CX, y 113-217.

[22] En carta al mismo Pío, ca. 1529, nuestro autor se muestra enterado de los pormenores últimos de la polémica, Sep., Epist. 9; IX,1, p. 40 García Pinilla, Solana Pujalte; e igualmente reconoció la revisión mutua de sus escritos anteriores, Sep., Ant. 23,3-4; VII, pp. 131-132 Solana Pujalte. Parece como si quisiera Sepúlveda refutar también la velada insidia de Erasmo de que él era un negro del de Carpi, si bien el bátavo dejaba entrever que el Sepuluela quidam Hispanus era alguien distinto del prometedor Genesius; vid. J. Solana Pujalte, “Juan Ginés de Sepúlveda: un umanista spagnolo difensore di Alberto Pio contro Erasmo”, en M. A. Marogna (ed.), Alberto Pio da Carpi contro Erasmo di Rotterdam nell’età della Riforma, Pisa, 2005, p. 23.

[23] Punto destacado por Á. Sáenz-Badilllos, “Ginés de Sepúlveda y la filología bíblica”, Cuadernos de Filología Clásica 5, 1973, p. 121.

[24] Señala esta omisión a todas luces intencionada junto con la de Alberto Pío, pese a la mención, pero por otros motivos, de dos conspicuos detractores, Diego López de Zúñiga y Pedro Ciruelo, J. M. Maestre Maestre, “Humanismo y censura: en torno al Opus de rebus Hispaniae memorabilibus de Lucio Marineo Sículo”, en E. Crespo, M. J. Barrios Castro, coord., Actas del X Congreso Español de Estudios Clásicos, Madrid, 2001, 3 vols., III, p. 245, n. 148, quien ahonda en los lances y percances de la nueva edición “castigada” de 1533 de Opus de rebus Hispaniae del humanista siciliano.

[25] La loa de Marineo discurría por el vocabulario religioso del paganismo (“adora / pronus et ut magni numinis instar habe”; J. M. Maestre, “Humanismo y censura...”, o. c., p. 236), que equipara la espiritualidad y excelencia humanas al ámbito terminológico de lo divino; no cometía, pues, sacrilegio alguno el anciano cronista, por el momento.

[26] Erasmo les atribuyó el dicho de “Erasmus peperit ovum, Lutherus exclusit”, en carta a Johannes Caesarius (16-XII-1524), según M. Bataillon, Erasmo y España, o. c., p. 252, n. 44.

[27] “Genesius maiorem de se spem pollicetur”, escribió Erasmo después de excluir de los cultores del buen estilo latino a Nebrija, López de Zúñiga y Sancho de Miranda. Todos los detalles y posibilidades de esta polémica junto con el carteo posterior están sopesados por J. Solana Pujalte, Ant., pp. XXXVIII-LII, así como también en la carta a Alfonso de Valdés en que se quejaba de dicho juicio, vid. Sep. Epist. 8,1; IX,1, pp. 38-39 García Pinilla, Solana Pujalte. Una interpretación que muestra la envenenada pluma del roterodamo ofrece J. M. Maestre Maestre, “La adscripción a Portugal de Juan Ginés de Sepúlveda en el Ciceronianus de Erasmo: ¿lapsus o error deliberado?”, en Cataldo e André Resende. Congresso Internacional do Humanismo Português, Lisboa, 2002, pp. 123-162.

[28] Según se revuelve contra lo que anteriormente le apuntó el secretario imperial, en la carta a Alfonso de Valdés (ca. IX o X-1532): “non tantopere demirari ut, quemadmodum ipse videris innuere, gloriosum putem cum eo (sc. Erasmo) certare” (no admiro [a Erasmo] tanto como para considerar una gloria el enfrentarme a él, como pareces insinuar); vid. Sep. Epist. 18,3; IX,1, p. 58 García Pinilla, Solana Pujalte.

[29] Carta de Erasmo a Viglio Zuichemo (14-V-1533): “mire placet sibi de suo libello, quum nihil sit stolidius” (Sepúlveda se complace de maravilla en su librito, cuando no hay cosa más estúpida); cit. por Solana Pujalte, Ant., p. LIII, n. 172. El puntilloso intercambio epistolar seguirá hasta febrero de 1536. En estos lances Sepúlveda utilizaba su saber como “une artillerie de siège”, según H. Mechoulan, L’antihumanisme de J. G. de Sepúlveda. Étude critique du Democrates Primus, Paris, 1973, p. 167.

[30] Sep. Carol. XV 31, 3; X, p. 93 Costas, Trascasas, Cuart.

[31] Nec illam curam negligere debes, vir prudens et posteritati serviens, quique minime velles tuarum vigiliarum lectionem cuique interdici, [...] quod, illi, te vivente, qui tuos libros gratia et auctoritate tueris, assequi nequiverint, id mortuo perficiant. (Tú, un hombre prudente, que miras por la posteridad y que de ninguna manera querrías que se prohibiese a nadie la lectura de tus obras, no debes olvidar que [...] lo que no han conseguido ellos en vida tuya, pues proteges tus libros con tu influencia y autoridad, lo logren a tu muerte); Sep. Ant. 66; VII, p. 162 Solana Pujalte. No tardaría en llegar la prohibición de los Colloquia (1538), bajo el honroso parangón del destierro de Homero de la república platónica; vid. D. Cantimori, “Note su Erasmo e la vite morale e religiosa italiana nel secolo XVI”, en Id., Humanismo y religiones en el Renacimiento, trad. A.-P. Moya, Barcelona, 1984, pp. 56-57.

[32] Lo cual atañe a la compatibilidad con la moral cristiana, propósito del que aseveró el roterodamo en su famoso Adagium “Dulce bellum inexpertis”, que resulta ser como “aquam flammis miscere” (mezclar agua con fuego), según ha señalado A. Espigares Pinilla, “El enfrentamiento con Erasmo en el Gonsalus de Juan Ginés de Sepúlveda”, Cuadernos de Filología Clásica. Estudios Latinos, 4, 1993, pp. 181-190.

[33] Sep. Carol. VII 10, 4; II, p. 39 Rodríguez Peregrina, Cuart Moner.

[34] Sep. Carol. XXX 28, 3; infra, p. 154. Ha entendido este pasaje como una velada crítica (intelligenti pauca) al emperador, J. Gil, “Introducción histórica”, en Sep. Epist., p. CXXIV, n. 384.

[35] Tampoco Erasmo escribió esa elegante deploratio por Roma que sus partidarios le reclamaban, y su Ciceronianus se entendió como una crítica demoledora de los humanistas romanos, según André Chastel, El Saco de Roma, 1527, trad. C. Vázquez de Parga, Madrid, 1986, p. 144.

[36] De “ejemplo de elevado patriotismo” califica lo que entiende como cumplimiento del deber para con su emperador y rey al entrar a su servicio como cronista, con menoscabo de su vocación filosófica, Losada, JGS, p. 63.

[37] Con ribetes donosamente literarios, “un autor en busca de su personaje”, denomina esta etapa crucial hasta la toma de posesión del cargo de cronista B. Cuart Moner, “Introducción histórica”, en Sepúlveda, J. G. de, Exhortación a Carlos V. [= Coh.] Obras completas VII, Pozoblanco, 2003, p. CCCVI.

[38] Sep. Carol. VIII 16, 2; II, p. 64 Rodríguez Peregrina, Cuart Moner.

[39] Vid. Sep. Epist. 92,1; IX, 2, p. 261 García Pinilla, Solana Pujalte. Reproduce el texto doctrinal del Cayetano contra la conquista, además de la referencia a este pasaje del epistolario, J. Gil, “Introducción histórica”, en Sep. Epist., p. XLIII, n. 79. El análisis del veredicto del Cayetano está ampliamente debatido en la polémica, vid. Á. Losada, Apología de Juan Ginés de Sepúlveda contra Fray Bartolomé de Las Casas y de Fray Bartolomé de Las Casas contra Juan Ginés de Sepúlveda, Madrid, 1975, p. 63.

[40] El desconocimiento de la lengua griega tampoco fue obstáculo para la labor crítica de Pomponazzi, según señala P. O. Kristeller, El pensamiento renacentista y sus fuentes, trad. F. Patán, México, 1982, p. 67.

[41] Señala, asimismo, la ausencia de los nombres de los helenistas colaboradores en Euangelia cum comment. Cayetani (Venecia: Lucantonio Giunta, 1530), J. Gil, “Introducción histórica”, en Sep. Epist., p. XLII, n. 76.

[42] En esa ocasión debió de conocer a los hermanos Ávila y Zúñiga, que sirvieron al emperador, según arroja la crónica o apuntes de Pedro Girón de Loaysa: “Pedro de Avila, señor de Villafranca; don Luis de Avila y de Çúñiga, su hermano” (vid. P. Girón, Crónica del Emperador Carlos V, edición de J. Sánchez Montes, prólogo de P. Rasow, Madrid, 1964, p. 10, 2-3).

[43] En el cortejo del cardenal Quiñones figuraba también el viejo antierasmista Diego López de Zúñiga (vid. Losada, JGS, p. 64 y Sep. Epist. 9; IX, 1, p. 40 García Pinilla, Solana Pujalte).

[44] Vid. B. Cuart Moner, “Estudio histórico”, en Sepúlveda, J. G. de, Historia de Carlos V (libros VI-X). Obras Completas II, Pozoblanco, 1996, p. XXXVII. Dedica más palabras a la fecha, el cumpleaños del emperador (24-II-1530), y casual aniversario también de la batalla de Pavía (1525), que a la descripción misma del acontecimiento: “ad fanum divi Petronii in magna principum legatorumque frequentia magnaque caerimonia”; vid. Sep. Carol. IX 10, 2; II, p. 90 Rodríguez Peregrina, Cuart Moner.

[45] Sep. Carol. XXVI 88, 2; infra p. 45.

[46] La reconquista de los Santos Lugares y del antiguo dominio bizantino para lograr el “orbis terrarum imperium”, ocupa su exhortación final en Sep. Coh. 20-21; VII, pp. 344-345 Rodríguez Peregrina (J. M.), Cuart Moner. Erasmo denunciaba la “gigantesca estafa” de las cruzadas en carta a John Rinck (17-III-1530): “Toties audivimus cruciatam expeditionem, recuperationem Terrae Sanctae [...] nec aliud triumphatum est quam pecunia” (Siempre que oímos de cruzadas, de la reconquista de Tierra Santa, [...] no se ha conquistado otra cosa que dinero); vid. P. S. Allen, ed., Opus Epistolarum Des. Erasmi Roterodami denuo recognitum et auctum, Oxford, 1958, VIII, ep. 2285, lín. 77, p. 384. La interpretación de este fragmento epistolar sobre la impopularidad de las cruzadas como “escroquerie gigantesque”, que hizo el eminente hispanista, vid. M. Bataillon, Erasme et l’Espagne, Genève, 1998 (= 1937), p. 443, n. 1, revela cierto influjo del movimiento intelectual francés contra la devastación de la I Guerra Mundial.

[47] Según documenta Ludovico Pastor, Historia de los Papas, Barcelona, 1927, 37 vols., X, pp. 120-121.

[48] Junto con el De fato lo regaló a Hernando Colón, quien anotó en el ejemplar que aún se conserva [BCS 8-2-33(31)] “... quem librum ipsemet autor Bononiae II januarii anni 1530” “Este libro me dio el autor en Boloña a XI de enero de 1530”, vid. K. Wagner, “Libros obsequiados a Hernando Colón y otras curiosidades de su biblioteca”, Homenaje a Pedro Sainz Rodríguez. III: Estudios históricos, Madrid, 1986, p. 722.

[49] Ha estudiado los recursos literarios de esta obra F. Navarro Antolín, F., “La Retórica del discurso: la Cohortatio. Tradición clásica y pervivencia”, Cuadernos de Filología Clásica. Estudios Latinos 19, 2000, pp. 79-124.

[50] Sobre la pervivencia de los planteamientos de la Querela pacis, vid. J. de Lucas, “La paz imposible. De Erasmo a Kelsen, pasando por Kant”, en J. M. Martínez de Pisón Cavero, M. Urrea Corres, (coords.), Seguridad internacional y guerra preventiva. Análisis de los nuevos discursos sobre la guerra, Logroño, 2008, pp. 45-51.

[51] Como señala B. Cuart Moner, “Estudio histórico”, en Sep., Coh., p. CCCXV. La condena de la guerra incluso contra los turcos sería corregida, planteándola siempre como último recurso, por el propio Erasmo en Utilissima consultatio de bello Turcis inferendo et obiter enarratus psalmus XXVIII, ‘Afferte domino’ (Basilea, 1530), vid. M. Bataillon, “Un extremo del irenismo erasmiano en el adagio «Bellum»”, en Id., Erasmo y el erasmismo, trad. C. Pujol, Barcelona, 1983, p. 68, y J. L. Castellano, “Erasmo, defensor de la paz”, en F. Muñoz, ed., Confluencias de culturas en el Mediterráneo, Granada, 1993, p. 284, y Espigares Pinilla, “El enfrentamiento con Erasmo en el Gonsalus...”, o. c., p. 183, n. 7.

[52] Sep. Coh. 7, 6-7; VII, p. 334 Rodríguez Peregrina (J. M.), Cuart Moner. Aduce otro pasaje, Coh. 12, 4, en que acusa a Erasmo “directamente” pero sin llegar a nombrarlo, este mismo editor, J. M. Rodríguez Peregrina, “Un manifiesto antipacifista: la Cohortatio ad Carolum V ut bellum suscipiat in Turcas de Juan Ginés de Sepúlveda”, en Humanismo y Pervivencia del Mundo Clásico III. Homenaje al profesor Antonio Fontán, Alcañiz-Madrid, 2002, 5 vols., V, p. 2262.

[53] Ha rebatido cualquier atisbo de radical irenismo en Lutero, H. Mechoulan, L’antihumanisme de J. G. de Sepúlveda. Étude critique du Democrates Primus, o. c., pp. 31-37, quien centra su tesis en Erasmo como objetivo primordial del Democrates Primus (p. 14).

[54] Se conservan estas variantes en un ms. de la Vaticana, Barberinianus Latinus 1896, que publica y comenta A. Coroleu, “Il Democrates primus di Juan Ginés de Sepúlveda: una nuova prima condanna contro il Machiavelli”, Il Pensiero Politico 25, 1992, p. 266. Presenta un contrastado comentario de los pasajes sepúlvedanos, Dem., Regn., y de los Discursos del florentino, F. Castilla Urbano, “Rasgos maquiavélicos en un pensador antimaquiavélico: Juan Ginés de Sepúlveda”, en J. M. Forte, P. López Álvarez (eds.), Maquiavelo y España. Maquiavelismo y antimaquiavelismo en la cultura española de los siglos XVI y XVII, Madrid, 2008, pp. 111-133. Para Mechoulan, o. c., pp. 176-177, Sepúlveda perdió la oportunidad de comprender la lección de Maquiavelo, que situó la aventura de los hombres en el plano estrictamente humano, ajeno a cualquier providencialismo.

[55] El diálogo ya estaba terminado a principios de 1534, según la versión primitiva donde citaba expresamente a Maquiavelo y la carta a Matteo Giberti (13-II-1534); Sep. Epist. 26.2; IX, 1, p. 73 García Pinilla, Solana Pujalte. De su buena acogida en la clase dirigente es indicio la traducción a cargo de Antonio Barba, secretario del cardenal Santa Cruz, que se publicó en Sevilla al cuidado del humanista veinticuatro Pedro Mexía (Sep. Epist. 47; IX,1, p. 118): Dialogo llamado Democrates compuesto por el doctor Juan de Sepulueda capellan y coronista de su S.C.C.M. del emperador; agora nueuamente inpresso. Fue impresso enla muy noble e muy Leal ciudad de Seuilla, en casa de Juan Cromberjer difunto que dios aya, 1541, a 28 dias del mes de mayo (Sevilla: Juan Cromberger, 1541) [BUS Res. 27/3/06]. Hay trad. moderna de Á. Losada, Tratados políticos de Juan Ginés de Sepúlveda (Exhortación a la guerra contra los Turcos. Del reino y deberes del rey. De la compatibilidad entre la milicia y la religión cristiana), Madrid, 1963, pp. 127-304.

[56] Ha señalado el apoyo prestado al “humanista y pensador político”, y que “ambos se conocieron probablemente en Viena en 1532”, W. S. Maltby, El gran Duque de Alba. Un siglo de España y de Europa, 1507-1582, Madrid, 1985, p. 43, n. 67, basándose, por lo demás, en Losada, JGS, pp. 67-68. Igualmente aportan otros datos de esta patrocinio V. Moreno Gallego, J. Solana Pujalte, I. J. García Pinilla, “Dos memoriales de Juan Ginés de Sepúlveda a Felipe II y otra documentación inédita”, BRAH, CXCVIII, 2001, p. 135, n. 16.

[57] Narró la retirada del turco en su Historia, vid. Sep. Carol. X 24, 2-25, 1; II, p. 117 Rodríguez Peregrina, Cuart Moner.

[58] Esta nota al hilo de la frase “ad bellum in Turcas Vienam obsidentes” (a la guerra contra los Turcos que asediaban Viena), de la citada carta a Alberto Pío de ca. 1529, vid. Sep. Epist. 9; IX, 1, p. 40 García Pinilla, Solana Pujalte, fue dada a conocer en el apéndice a la edición académica de las mismas, vid. Sep. Epist., III, p. 391 RAH.

[59] Vid. B. Cuart Moner, “Estudio histórico”, en Obras Completas, X: Historia de Carlos V (libros XI-XV), Pozoblanco, 2003, p. XIV, n. 5.

[60] La fecha aproximada de esta última carta al secretario Valdés se sitúa entre septiembre y el 14 de octubre, por el retraso con que afirma escribirla y porque es claramente anterior a la que escribe a Erasmo (Roma, 15-X-1532) comentándole su Antapologia, publicada en marzo de 1532, según señalan I. J. García Pinilla, y J. Solana Pujalte, “Introducción filológica”, en Sepúlveda, J. G. de, Epistolario. Obras completas VIII, o.c., p. CCXXVI. Alfonso de Valdés murió en Viena entre el 16 y el 20 de octubre del mismo 1532, según ya señaló F. Caballero, Noticias biográficas y literarias de Alonso y Juan de Valdés, [Conquenses ilustres, IV], Madrid, 1875, pp. 104-105. Había estado cerca del emperador no sólo por su cargo de secretario, máxime después de la muerte de Gattinara (5-VI-1530), sino por sus contactos con los protestantes, vid. D. BrieseMeister, “La repercusión de Alfonso de Valdés en Alemania (siglo XVI)”, en M. Revuelta y C. Morón (eds.), El Erasmismo en España, Santander, 1986, pp. 445-447.

[61] Ofrece un panorama de aquel mundillo de estudiosos, J. Beltrán Fortes, “Entre erudición y el coleccionismo: anticuarios andaluces de los siglos XVI al XVIII”, en J. Beltrán, F. Gascó (eds.), La antigüedad como argumento. Historiografía de arqueología e historia antigua en Andalucía, Sevilla, 1993, pp. 105-124.

[62] Lo dijo él mismo en su famosa obra: “porque yo vi los alemanes que su majestad llevó a Viena cuando fue contra el turco”; vid. Luis de Ávila y Zúñiga, “Comentario de la guerra de Alemania hecha de Carlos V”, en C. Rosell (ed.), Historiadores de sucesos particulares, BAE 21, Madrid, 1876, p. 415.

[63] De “frustrado bautismo de fuego del cronista bisoño”, califica este encuentro J. Gil, “Introducción histórica”, en Sep. Epist., p. CXXX.

[64] Según destacó Losada, JGS, pp. 69-70, aduciendo la carta de Ramiro Núñez de Guzmán (21-X-1533) en respuesta a otra de Sepúlveda (Roma, 1-VIII-1533), por la que sabemos que el futuro cronista había asumido la humanística “tarea de dar lustre a la historia de los reyes españoles y rescatarla de la barbarie” (Sep. Epist. 22; IX, p. 63 García Pinilla, Solana Pujalte). Este Ramiro Núñez de Guzmán era cuñado del cardenal Quiñones, patrón de Sepúlveda; fue de tendencia comunera, aunque perdonado por el rey; vid. J. Meseguer Fernández, “El P. Francisco de los Angeles de Quiñones, O. F. M., al servicio del Emperador y del Papa (1526-1529)”, Hispania XVIII/73, 1958, p. 655, n. 15.

[65] Como recordará en carta, c. 1557, a Diego de Neila, Sep. Epist. 127, 1; IX,2, p. 371 García Pinilla, Solana Pujalte. En otra a Silíceo datada antes de 1540 aludía a ciertas reservas del futuro ordinario toledano sobre este Breviarium Santae Crucis que tuvo tanto éxito editorial, desde su publicación en 1535, como críticas (“velut novae religionis interpres”; Ibid. 38, 1; IX,1, p. 99 Eid). Vid. B. Cuart Moner, “Introducción histórica”, en Sepúlveda, J. G. de, Historia de Carlos V (libros I-V). Obras Completas I, Pozoblanco, 1995, p. XXXVII, n. 4.

[66] Sep. Epist. 24; IX,1, pp. 67-70 García Pinilla, Solana Pujalte; vid. el comentario de esta carta de J. Gil, “Introducción histórica”, en Sep. Epist., pp. CXXII-CXXIV.

[67] Según apuntan I. J. García Pinilla, y J. Solana Pujalte, “Introducción filológica”, Sep. Epist., p. CCXIII. Un grato recuerdo del mundillo cultural romano hay también en su carta a Luis de Lucena, de 1-I-1549, Sep. Epist.76.1; IX,2, p. 206 Eidem.

[68] Como ya señalan V. Moreno Gallego, J. Solana Pujalte, I. J. García Pinilla, “Dos memoriales de Juan Ginés de Sepúlveda a Felipe II...”, o. c., p. 138, n. 21.

[69] Vid. Sep. Epist. 33; IX,1, pp. 88-89 García Pinilla, Solana Pujalte. El íncipit de esta breve misiva, “Commentarios rerum a Carolo Caesare in Africa gestarum”, guarda una sugerente coincidencia con una colección de obras históricas sobre las hazañas africanas del emperador que tuvo dos ediciones en 1554 y 1555: Rerum a Carolo V. Caesare Augusto in Africa bello gestarum Commentarii elegantissimis iconibus ad historiam accommodis illustrati (Amberes: Jean Bellère, 1554) [BNM R/26652]. La 2ª ed. da cuenta en el título del índice de autores y obras: [...] authorum Elenchum e quorum monumentis hoc opus constat, sequens pagella indicabit [RAH 3/1748].

[70] Como bien apunta M. Trascasas Casares, Io. Genesii Sepulvedae De bello Africo (Guerra de Túnez), Madrid, 2005, p. X. Pese a existir copia de Nicolás Antonio, acoge el supuesto de que la relación de Sepúlveda está actualmente perdida T. C. P. Zimmermann, “The publication of Paolo Giovio’s Histories: Charles V and the revision of book XXXIV”, La Bibliofilia 74, 1972, 61, n. 44.

[71] La publicó y comentó Losada, JGS, pp. 477 y 73-74. El sueldo anual de cronista era de 80.000 maravedís.

[72] Vid. Sep. Carol. XIV 20, 2-7; X, p. 67 Costas, Trascasas, Cuart. Como señala Cuart Moner, los historiadores españoles no registraron que el discurso fuera en castellano. Vid. J. Fernández-Jiménez, “Una versión inédita del discurso de Carlos V en Roma”, Hispania XLI, 1981, pp. 425-430.

[73] En el memorial que elevó al rey antes de la muerte del emperador menciona aún como proyecto dicho “epitoma” de los “Reyes de España”, vid. V. Moreno Gallego, J. Solana Pujalte, I. J. García Pinilla, “Dos memoriales de Juan Ginés de Sepúlveda a Felipe II...”, o. c., p. 141, n. 30.

[74] Vid. Sep. Carol. I 36, 1; I, p. 30 Rodríguez Peregrina, Cuart Moner. Esta traducción, sea del mismo Cantar o de alguna crónica, “Summa rerum admirabilium Cidi Roderici Diaz, per Ramirum Nunium Guzman traducta” (BNM ms. 1229), que su autor dedica al príncipe Felipe, está acompañada “en la mejor línea del humanismo renacentista de una Historia Hispana”, según J. L. Gonzalo Sánchez-Molero, “Felipe II, Princeps Hispaniarum: la castellanización de un príncipe Habsburgo (1527-1547)”, Manuscrits 16, 1998, p. 83, n. 76.

[75] Fue descubierto como tal cronista con la documentación de archivo por J. de la Peña y Cámara, “Un cronista desconocido de Carlos V, el humanista siciliano Fray Bernardo Gentile, O. P.”, Hispania 4, 1944, pp. 536-568; sólo se le conocen dos panegíricos en verso dactílico en honor de su patrón; vid. M. A. Coniglione, Bernardo Gentile O. PP. umanista siciliano del secolo XVI cronista di Carlo V, e poi vescovo di Bosa (1470-1537), Catania, 1948. Gentile había sido preceptor de los sobrinos del duque de Alba, según se desprende de la carta del erasmista Juan de Vergara a Luis Vives (Valladolid, 6-IX-1522), en la que alude sin nombrarlo a sus pujos de historiador regio, vid. A. Bonilla y San Martín, “Clarorum Hispaniensium epistolae ineditae”, Revue Hispanique, VIII, 1901, pp. 249-250.

[76] Vid. F. Márquez Villanueva, “Perfil humano de Fray Antonio de Guevara” en P. Bolaños Donoso, A. Domínguez Guzmán, M. de los Reyes Peña (eds.), Geh hin und lerne: Homenaje al profesor Klaus Wagner, Sevilla, 2007, 2 vols., II, p. 734. El discurso de Mileno, en las antípodas del pensamiento de Sepúlveda con su apología del hombre primitivo, en A. de Guevara, Relox de príncipes, ed. E. Blanco, Salamanca, 1994, pp. 698-703.

[77] Vid. Paolo Giovio, Comentario de le cose de’ Turchi, Roma: Antonio Blado, 1532. Fue el más realista y menos moralizante de los que trataron el tema y tuvo varias ediciones italianas con traducciones al latín y al alemán, ésta últimas con prefacio de Melanchton, según señala T. C. P. Zimmermann, Paolo Giovio: The Historian and the Crisis of Sixteenth-Century Italy, Ewing, NJ, 1995, p. 121.

[78] Sep. Carol. XXX 33; infra pp. 157-158. De Giovio y Carlos V ha sido muy aprovechadas las investigaciones de A. Morel-Fatio, Historiographie de Charles-Quint, Paris, 1913, pp. 105-122; sobre el mordaz comentario, p. 110.

[79] Vid. Sep. Epist. 21.2; IX,1, p. 62: “statuo equidem Vrbe relicta in patriam longo post intervallo [...] remeare”.

[80] Este revelador fragmento lo ha publicado J. Gil, “Introducción histórica”, en Sep. Epist., p. LIV, n. 143: AGS, Estado, 860, nº 106: carta de Iñigo López de Mendoza a Cobos (31-X-1533).

[81] Losada, JGS, p. 68, trajo a colación esta carta porque se encuentra copiada en el ejemplar de la edición académica que perteneció a Pascual de Gayangos, nunc BNM 2/59109. Ha sido reproducida del documento original (AGS, Estado, 852, nº 151), por J. Gil, “Introducción histórica”, en Sep. Epist., p. LXIX, n. 200, además de otros escritos y documentos españoles sobre el enconado asunto de Enrique VIII.

[82] Sep. Carol. XXVIII 44, 1; infra p. 97.

[83] Según le contó en la carta de despedida a Gian Matteo Giberti (10-VII-1536), Sep. Epist. 35.2; IX,1, p. 93 García Pinilla, Solana Pujalte.

[84] Ha reunido sus artículos sobre la marquesa de Zenete, S. A. Vosters, La dama y el humanista. Doña Mencía de Mendoza y Juan Luis Vives entre Flandes y Valencia, Murcia, 2007.

[85] Carta a la marquesa de Zenete (26-VIII-1540), vid. Sep. Epist. 45.2; IX,1, p. 112.

[86] Cifuentes desempeñó esa embajada en Roma de 1532 hasta finales de 1536; vid. A. Elías, “Embajada de España ante la santa Sede”, en DHEE, II, p. 785.

[87] El impreso no está repertoriado en M. Alcocer y Martínez, Catálogo razonado de obras impresas en Valladolid: 1481-1800, Valladolid, 1926.

[88] Juego puramente literario, que tomaba a Carlos V como personaje de ficción, según F. Márquez Villanueva, “Nuevas de corte. Fray Antonio de Guevara, periodista de Carlos V”, en J. Martínez Millán (coord.), Carlos V y la quiebra del humanismo político en Europa (1530-1558), Madrid, 2001, 4 vols., II, pp. 13-28. No obstante, se ha rastreado en la crónica de Santa Cruz y la biografía de Sandoval vestigios de sus apuntes históricos, A. Redondo, Antonio de Guevara (1480?-1545) et l’Espagne de son temps. De la carrière officielle aux oeuvres politico-morales, Genève, 1976, pp. 326-335.

[89] Vid. R. Carande, Carlos V y sus banqueros, Barcelona, 1987, II, p. 187; en esta 2ª ed. consta el nombre Gregorio de Ayora.

[90] Vid. R. B. Merriman, Annals of the Emperor Charles V by Francisco López de Gómara, Oxford, 1912, p. 235; en 1536 registró: “Ha en Roma título de coronista el doctor Juan Ginés de Sepúlueda”, p. 233; también señaló, entre los cronistas de Fernando el Católico a “fray Bernardino Gentil de Scicilcia”, p. 191; a la muerte de Maximiliano I, esta obra de “P.o Mexia, hombre de muchas gracias”, p. 201; de Guevara apuntó las epístolas censorias contra sus supercherías del humanista Pedro de Rúa: “Muere fray Antonio Guevara, obispo de Mondoñedo, y estoriador que escreuió mas cosas que buenas ni que bien, como en parte lo mostró el Bachiller Pedro de Rua, mi maestro”, p. 245. No registró al nombramiento de Mexía en 1548, como hizo con el de Zurita y Páez de Castro, pero cita un dato suyo de 1532, p. 224, que no se halla en lo que se ha conservado de su crónica; vid. J. de M. Carriazo, Historia del Emperador Carlos V. Escrita por su cronista el magnífico caballero Pedro Mexía, Madrid, 1945.

[91] Según sugiere B. Cuart, en esta “Introducción histórica”, p. VII, n. 6. Como hemos visto, Mexía había intervenido en la edición sevillana del primer Demócrates.

[92] Cit. por Antonio Castro, Pedro Mexía. Silva de varia lección, [Letras Hispánicas 264-265] Madrid, 1989-1990, 2 vols., I, pp. 40-41, n. 72. Obtuvo el puesto oficial de cronista el 8-VII-1548.

[93] Vid. V. Moreno Gallego, J. Solana Pujalte, I. J. García Pinilla, “Dos memoriales de Juan Ginés de Sepúlveda a Felipe II...”, o.c., p. 140.

[94] El título original de la obra ha sido restaurado por J. Capela Real y J. A. Bellido Díaz, “Estudio filológico”, en J. G. Sepúlveda. Obras Completas, XII: Historia de Carlos V (libros XVI-XX), Pozoblanco, 2008, p. LXXVIII, n. 22.

[95] Pedro de Salazar, Hispania Victrix (Medina del Campo: Vincente de Millis, 1570), f. Ir.

[96] Bajo la misma fórmula, wie es eigentlich gewesen ist (“como realmente ocurrió”), vid. D. Cantimori, Los historiadores y la historia, Barcelona, 1985, p. 128, se encontraba ya en Luciano de Samósata, De historia conscribenda, 39: Τοῦ δὴ συγγραφέως ἔργον ἕν, ὡς ἐπράχθη εἰπεῖν (“trabajo único del historiador es contar los hechos como ocurrieron”), vid. J. M. Candau Morón, “ΠΩΣ ΔΕΙ ΙΣΤΟΡΙΑΝ ΣΥΓΓΡΑΦΕΙΝ. Luciano y la función de la historia”, Habis 7, 1976, p. 70.

[97] De la misma guerra de Alemania, lo decía otro cronista que acompañó al emperador: “desto puedo dar buen testimonio, como hombre que a todo lo más se halló presente”, según señala J. L. Gonzalo Sánchez-Molero, “Bernabé de Busto, cronista y capellán de Carlos V”, en F. Núñez Roldán, J. M. Palomero Páramo (eds.), El Emperador Carlos y su tiempo, Madrid, 2000, p. 842, n. 63.

[98] Los fragmentos citados están en Sep. Epist. 129.3 y 7-8; IX,2, pp. 377 y 382 García Pinilla, Solana Pujalte; la carta había sido traducida y comentada por B. Cuart, y J. Costas, “Diego de Neila, colegial de Bolonia, canónigo de Salamanca y amigo de Juan Ginés de Sepúlveda”, Studia Albornotiana 37, 1979, pp. 300-306, e incluida como prólogo en Sepúlveda, J. G. de, Historia de Carlos V (libros I-V). Obras Completas I, Pozoblanco, 1995, pp. XVII-XXII.

[99] Según lo ha calificado J. I. Fortea Pérez, “Introducción histórica”, en Sepúlveda, J. G. de, Historia de Felipe II, rey de España. Obras completas IV, Pozoblanco, 1998, p. XX.

[100] Señaló esa “vecindad física con el personaje” perseguida por Sepúlveda, B. Cuart, “La historiografía áulica en la primera mitad del siglo XVI: los cronistas del Emperador”, en C. Codoñer, J. A. González Iglesias (eds.), Antonio de Nebrija: Edad Media y Renacimiento, Salamanca, 1994, p. 47; punto destacado también por J. Capela Real, J., y J. A. Bellido Díaz, “Estudio filológico”, en J. G. Sepúlveda. Obras Completas, XII: Historia de Carlos V (libros XVI-XX), Pozoblanco, 2008, p. CLXXXI, n. 215.

[101] Consta su nombramiento en documentación de archivo: “Consejo de contaduría mayor: se acordó nombrar a Agustín de Zárate, criado de la casa real, que había acompañado a Felipe II en su viage a Inglaterra, y residido algún tiempo en Indias, con cuyo motivo había visto las minas que allí se labraban”, vid. T. González, Noticia histórica documentada de las célebres minas de Guadalcanal: desde su descubrimiento en el año 1555, hasta que dejaron de labrarse por cuenta de la Real Hacienda, Madrid, 1831, 2 vols., I, p. 53.

[102] Alusión evidente a un famoso episodio de la Eneida: “quaeque ipse miserrima uidi / et quorum pars magna fui” Verg. Aen. 2.5-6.

[103] Sep. Epist. 119.2; IX,2, p. 347 García Pinilla, Solana Pujalte.

[104] Erasmo y Toledo confluyen dramáticamente en el proceso de Juan de Vergara, a causa de la plena asimilación de erasmistas y luteranos que adoptó la Inquisición, vid. M. Bataillon, “Humanismo, erasmismo y represión cultural en la España del siglo XVI”, en Id., Erasmo y el erasmismo, o. c., p. 171. Reginald Pole, de noble familia emparentada con los Tudor, había pasado gran parte de su vida en Padua, y estaba cercano a los partidarios de la renovación de la Iglesia que representaban prelados como Contarini o Giberti; fue creado cardenal por Paulo III a raíz de su tratado en que defendió los postulados canónicos frente a Enrique VIII; vid. K. R. Bartlett, “Reginald Pole”, en Bietenholz, P. G., y T. B. Deutscher (coords.), Contemporaries of Erasmus: A Biographical Register of the Renaissance and Reformation, Toronto-Buffalo-London, 1985-1987, 3 vols., III, pp. 103-105; en esas fechas de la segunda mitad del 1536 podría haberse encontrado con Sepúlveda en Roma.

[105] Idéntica proclamación de imparcialidad y amor a la nuda verdad hará años después, recién terminada su Historia Caroli Caesaris, en la mencionada carta a Diego de Neila: “Illud quidem affirmare possum, ne nihil gratiae, nihil odio dedisse, nam, ut ipse nosti, et sciunt omnes quibuscum familiariter vixi, sum semperque fui simplicis veritatis omni loco studiosus, ad quod me non officium modo et institutum, sed natura etiam adhortatur”; vid. Sep. Epist. 129.9; IX,2, p. 383 García Pinilla, Solana Pujalte. La misma idea en la carta Gian Matteo Giberti (10-VII-1536), en la que le comunicaba su satisfacción por el puesto de cronista, pues las virtudes del emperador no lo habrían de hacer: “mendacem et assentatorem faceret, quorum vitiorum odium mihi natura insitum esse profiteor” (embustero y adulador, vicios hacia los que siento un odio innato); Ibid. 35.2; IX,1, p. 93 Eid.

[106] Vid. J. Costas Rodríguez, “La concepción historiográfica en Juan Ginés de Sepúlveda”, en Actas del Congreso Internacional sobre el V Centenario del nacimiento del Dr. Juan Ginés de Sepúlveda, Córdoba, 1993, p. 94.

[107] Vid. Sep. Epist. 129.5; IX,2, p. 381 García Pinilla, Solana Pujalte.

[108] Vid. L. Rivero, El latín del «De Orbe Novo» de Juan Ginés de Sepúlveda, Sevilla, 1993, pp. 23-24. Aún no se había divulgado el uso de classicus en el sentido traslaticio que hoy lo conocemos, vid. J. Solís de los Santos, “Los clásicos y la lectura”, Trivium 6, 1994, pp. 282-283.

[109] También se señala como una de las virtutes de la narratio en el tratado atribuido a Cicerón, Rhetorica ad Herennium, 1.15: “sequemur ea, quae de brevitate praecepta sunt; nam quo brevior, dilucidior et cognitu facilior narratio fiet”; estudia la brevitas como “ideal estilístico” E. R. Curtius, Literatura europea y Edad Media latina, trad. A. Alatorre, México, 1948, 2 vols., pp. 682-691.

[110] Sep. Epist. 125.6; IX,2, p. 365 García Pinilla, Solana Pujalte.

[111] Vid. J. M. De Bujanda, Index de Rome: 1557, 1559, 1564. Les premiers index romains et l’index du Concile de Trente, Sherbrooke, 1990, p. 66, n. 338. Contamos con un ejemplar de la traducción de Seyssel: Claudii Sesellii, uiri patricii, De republica Galliae & regum officijs, libri duo, Ioannes Sleidano, interprete. Adiecta est summa doctrinae Platonis, De repub. & legibus (Estrasburgo: Wendelin Rihel, 1548), [BUS Res. 28-5-4]; vid. K. Wagner, Catálogo abreviado de las obras impresas del siglo XVI de la Biblioteca Universitaria de Sevilla, II: Países de habla alemana. Países Bajos, Sevilla, 1990, pp. 83 y 237.

[112] Vid. D. R. Kelley, “Johann Sleidan and the Origins of History as a Profession”, The Journal of Modern History 52, 1980, p. 586. Pronto fue traducida al francés por Robert Le Prevost: Histoire de l’estat de la Religion et Republique sous l’Empereur Charles V par Iean Sleidan (Ginebra: Jean Crespin, 1557). En una traducción francesa hizo adiciones de sucesos de Inglaterra a partir de otras fuentes Hugues Cousin, furrier de logis de la casa de Borgoña, vid. A. Morel-Fatio, “Une histoire inédite de Charles-Quint par un fourrier de sa cour”, Mémoires de l’Académie des inscriptions et belles-lettres XXXIX, 1911. También hubo temprana traducción al italiano: Commentarii, o vero historie di Gio Sleidano, ne le quali si tratta de lo stato de la Repub. e de la religione christiana, e di tutte le guerre & altre cose notabili, che sono occorse ne l’Europa da l'anno 1517 insino al 55 (Ginebra: François Jaquy, Antoine Davodeau y Jaques Bourgeois, 1557).

[113] Sep. Epist. 129.1; IX,2, p. 377 Eid.

[114] Vid. Plin. Nat. Hist. praef. 20-21: “temporum nostrorum historiam [...] statutum erat heredi mandare, ne quid ambitioni dedisse vita iudicaretur”.

[115] Vid. D. R. Kelley, “Humanism and History”, en A. Rabil jr. (ed.), Renaissance Humanism. Foundations, Forms and Legacy, Philadelphia, 1988, III, p. 254.

[116] Vid. I. Sleidanus, De statu religionis, libr. XXIV, f. 445r. Más cáustica, aunque benévola, fue la pulla del propio emperador, quien al leer los Comentarios de Luis de Ávila exclamó: “Las hazañas de Alejandro sobrepasan a las mías, pero él fue menos afortunado con su cronista”; cit. por James Fitzmaurice-Kelly, A History of Spanish Literature, London, 1898, p. 156.

[117] Lo mismo han observado en la comparación de Carol. XVI 1-13, con el libro XXXVIII de Paolo Giovio, J. Capela Real, J., y J. A. Bellido Díaz, “Estudio filológico”, o. c., p. CLXXXIII, n. 226.

[118] Vid. E. Cizek, “Les genres de l’historiographie latine”, Faventia 7, 1985, p. 24, y el análisis de B. Pozuelo Calero, “Estudio filológico”, en Sepúlveda, J. G. de, Historia de Felipe II, rey de España. Obras completas IV, Pozoblanco, 1998, pp. XCI-XCVI.

[119] Vid. P. G. Walsh, Livy: His historical aims and methods, Cambridge, 1963; y E. Burck, Die Erzählungskunst des T. Livius, 2ª ed., Berlin, 1964, pp. 178-195. Con referencia al prólogo bio-bibliográfico de la edición académica, ya fue señalada la influencia de Livio en los discursos por A. Morel-Fatio, Historiographie de Charles-Quint, o. c., p. 56.

[120] Como ya ha destacado B. Cuart, “Introducción histórica”, en Sepúlveda, J. G. de, Historia de Carlos V (libros I-V). Obras Completas I, Pozoblanco, 1995, p. XLVII: “pequeñas monografías más o menos cerradas que se van engarzando entre sí con mejor o peor fortuna”.

[121] Además de El Felicíssimo Viage, de Calvete, el gran torneo tuvo su repercusión propagandística y noticiera: Relación muy verdadera de las grandes fiestas que la Serenisima Reyna Doña María ha hecho al Príncipe nuestro señor en Flandes en un lugar que se dize Uince, desde xxij de Agosto al postrero día del mes (Medina del Campo: Juan Rodríguez, 1549), reproducida en Cristóbal Pérez Pastor, La imprenta en Medina del Campo, Madrid, 1895, pp. 57-67.

[122] Vid. supra p. XLI, n. 47, en la traducción de Garpar de Baeza, P. Giovio, Paulo Iovio añadido, o. c., f. 198v.

[123] A él se debió la redacción de las memorias que le dictó Carlos V en el viaje por el Rin en junio 1550, proponiéndole después su traducción al latín, según el barón de Reiffenberg, Lettres sur la vie intérieure de l'Empereur Charles-Quint (ecrites par Guillaume van Male; et publiées, pour première fois, par le ---), Bruxelles, 1843, p. XV. Sobre la peripecia de esas memorias, vid. M. Fernández Álvarez, “Historia del invencible emperador Carlos Quinto, rey de España, compuesta por su majestad cesárea, como se ve por el papel que va en la siguiente hoja”, en Corpus documental de Carlos V, IV, pp. 459-482. En su traducción latina del comentario de Luis de Ávila: Clarissimi viri D. Ludovico Ab Avila et Zunniga ... Commentariorum de bello Germanico a Carolo V [...] gesto, libri duo a Gulielmo Malinaeo Brugensis [...] latine redditi & iconibus ad historiam accommodis illustrati (Amberes: Ioannes Steelsius, 1550), Malineo o Ávila añade datos que no están en la versión castellana, como la captura del duque de Sajonia por el capitán Solís (f. 122r).

[124] La destrucción de estos castillos en la frontera franco-flamenca están recogidos en I. Sleidanus, De statu religionis, libr. XXV, ff. 445v, 450r.

[125] Después de folio y medio en blanco, como se señala en el aparato crítico, infra p. 86.

[126] Sin entrar en simbolismos, vid. “tripartite structure”, G. E. Duckworth, Structural patterns and proportions in Vergil’s Aeneid: a study in mathematical composition, Ann Arbor, 1962, pp. 25-33. La mayoría de los tratados de Sepúlveda consta de tres libros; los siete del De Orbe Novo, puede que sea por su modelo, los que escribió César de comentarios De bello Gallico.

[127] Fue aficionado a la nación turquesca— afirmó, no sabemos con qué intención, Gonzalo Jiménez de Quesada, El antijovio, p. 622 Torres Quintero. Giovio es mencionado por Sepúlveda al hilo de su tratado sobre los peces, denominando su obra histórica como en esta carta a Neila: “nostrae memoriae universalem historiam persecutus est” (Sep. Carol. XXII 5, 3; XIII, p. 31 Estévez, Cuart).

[128] En el dominio de la Monarquía Católica “Sleidan (Philippson), Johan” aparece en el de Lovaina de 1558; vid. J. M. De Bujanda, Index de Rome: 1557, 1559, 1564. Les premiers index romains et l’index du Concile de Trente, Sherbrooke, 1990, p. 556, n. 147.

[129] Losada, JGS, pp. 164-165.

[130] Vid. L. Gualdo Rosa, “L’Institutio «del prencipe christiano» de Mambrino Roseo de Fabriano entre Antonio de Guevara et Erasme”, en J. Chomarat, A. Godin et J.-C. Margolin (eds.), Actes du Colloque International Érasme (Tours, 1986), Genève, 1990, p. 312, n. 20.

[131] No pasa de Fernando el Católico en la traducción de Juan Vázquez del Mármol: Historia del reyno de Napoles auctor Pandulfo Colenucio (Sevilla: Fernando Díaz, 1584) [BUS Res. 57/4/04].

[132] Delle historie del mondo di Mambrino Roseo da Fabriano. Parte terza, aggiunta alla notabile historia di M. Giovanni Tarchagnota (Venecia: Michele Tramezzino, 1562) [BUS Res. 35-3-14].

[133] Vid. C. di Filippo Bareggi, Il mestiere di scrivere. Lavoro intellettuale e mercato librario a Venezia nel Cinquecento, Roma, Bulzoni editore, 1988.

[134] Según ponderó con las debidas reservas el gran hispanista A. Morel-Fatio, Historiographie de Charles-Quint, o. c., 1913, p. 132.

[135] Nunca aparece mencionado como escritor; vid. su participación en hechos también relatados por Sepúlveda en F. López de Gómara, Guerras de mar del Emperador Carlos V, p. 117 Bunes Ibarra, Jiménez. Aporta noticias anecdóticas Gaspar Escolano, Segunda parte de la década primera de la historia de la ciudad de Valencia (Valencia: Pedro Patricio Mey, 1611), cols. 1731-1734.

[136] Desde Morel-Fatio, Historiographie de Charles-Quint, o. c., p. 59, n. 1, la reiteran Losada, JGS, p. 161, y Rodríguez Peregrina, Historia de Carlos V (libros I-V), p. XCVIII, n. 43, aunque fue puesta en duda por B. Cuart, y J. Costas, “Diego de Neila, colegial de Bolonia, canónigo de Salamanca y amigo de Juan Ginés de Sepúlveda”, Studia Albornotiana 37, 1979, p. 304, n. 16. Ha recogido las coincidencias con la Hispania Victrix de Salazar en Sep. Phil., J. I. Fortea Pérez, “Introducción histórica”, en B. Pozuelo (ed.), Juan Ginés de Sepúlveda. Obras completas, IV: Historia de Felipe II, rey de España, Pozoblanco, 1998, pp LXVI-LXXII.

[137] Tuvo otra emisión con portada impresa en Valencia y variante en el título: Hystoria de la guerra y presa de Africa.

[138] Vid. P. de Salazar, Hystoria de la guerra y presa de Africa, o. c., f. a2r: “Y por esto en Genoua le presente vna parte de los esclarecidos triunfos que el gran Cesar nuestro señor huuo de los poderosos y brauos germanos”.

[139] Vid. J. Zarco Cuevas, Catálogo de los manuscritos castellanos de la Real Biblioteca de El Escorial, El Escorial, 1924, t. I, p. 285. Ha sido identificado por J. L. Gonzalo Sánchez-Molero, Regia Bibliotheca. El libro en la corte española de Carlos V, Mérida, 2005, II, p. 447, n. 67.

[140] El plagio, que fue responsabilidad del taller impresor, ya había sido señalado por G. Voigt, Die Geschichtschreibung über den Schmalkaldischen Krieg, Leipzig, 1874, p. 62, y A. M. Fabié y Escudero (ed.), Diego Núñez Alba. Diálogos de la vida del soldado, Madrid, 1890, p. LXII.

[141] Vid. Sep. Carol. XXVI 7, 3. La relación que copió no sin elogios fray Prudencio de Sandoval (1560-1621), o. c., III, p. 340a Seco Serrano, al hilo de un excurso moralista sobre el aumento del coste de la vida entre 1548 y principios del XVII, cuando redactó su biografía: “Hube por mi ventura un librillo de mano en que con toda curiosidad escribió un autor de aquellos tiempos todas las cosas dignas de memoria sucedidas desde el año 1500 hasta 1556”, apuntan de modo indiscutible a los “Anales del Emperador Carlos V”, de Francisco López de Gómara (1511- 1562), como indicó su editor R. B. Merriman, Annals of the Emperor Charles V by Francisco López de Gómara, o. c., p. 139, n. 1.

[142] Se utilizó el dinero que habían llevado las hijas del marqués del Valle (¿de Oaxaca?), vid. R. Beltrán, A. Blázquez (eds.), Alonso de Santa Cruz. Crónica del Emperador Carlos V, Madrid, 1922, V, p. 226.

[143] Licencia para residir sólo cuatro meses en la corte, que comenta y reproduce Losada, JGS, pp. 99 y 499-500. No fue la primera, pues desde su primer año de destino, 1537, ya solicitó autorización para ausentarse de la corte para ir a su casa después de tantos años, y la emperatriz otorgó licencia (Valladolid, 23-VII-1537) por cédula que publica V. Beltrán de Heredia, Cartulario de la Universidad de Salamanca, III: La Universidad en el Siglo de Oro, Salamanca, 1971, p. 324, doc. 1.020. La carta con el lucreciano epigrama a Alonso Guajardo Fajardo está fechada en Pozoblanco (31-X-1548), vid. Sep. Epist. 71; IX,1, pp. 182-183 García Pinilla, Solana Pujalte.

[144] Se atribuye a Diego Hurtado de Mendoza, por entonces embajador en Roma, el romance: “Oh Borgoña oh Borgoña / por mi mal fuiste engendrada”, cit. por F. Bouza Álvarez, “Corte es decepción. Don Juan de Silva, Conde de Portoalegre”, en J. Martínez Millán (dir.), La corte de Felipe II, Madrid, 1994, p. 457.

[145] En sus Anales, o. c., Gómara parece citar esta publicación más que como fuente, como verdadero acontecimiento: “Passa el Principe à Italia en las galeras y otras naos armadas, como lo escriuió su criado y hombre docto Juan Christoual Caluete, en el felicissimo viage”; p. 258 Merriman.

[146] Como ya señaló Losada, JGS, p. 173; vid. nota ad loc. El apunte corográfico sobre el Danuvio del anterior cap. 45, 2-4, resulta ser una ampliación de la nota de Calvete, o. c., p. 113.

[147] Apuntada por Losada, JGS, p. 173: “El libro XXVI se refiere en su mayor parte al viaje del príncipe Felipe a los Países Bajos. Las obras utilizadas en este caso son seguramente las de Ulloa y Juan Cristóbal Calvete de E. (sic) Es digno de atención el que se demore tanto en la narración de estos hechos de la vida cortesana”.

[148] Discurre a lo largo de 57 páginas de apretada prosa, A. de Ulloa, Vita dell'invittissimo Imperator Carlo Quinto descritta dal Signor Alfonso Ulloa, (Venecia: Vincenzo Valgrisi, 1562 [BUS Res. 20/3/17]), ff. 230r-259r. Ulloa presentó al final de la biografía una cumplida referencia de autoridades.

[149] El incidente provocó el abandono de la corte por el prócer catalán, según J. L. Gonzalo Sánchez-Molero, “La formación de un privado: Ruy Gómez de Silva en la corte de Castilla (1526-1554)”, en J. Martínez Millán (dir.), Felipe II (1527-1598): Europa y la monarquía católica, Madrid, 1998, I, 1, p. 391.

[150] Sandoval lo sitúa en el quincuagésimo cumpleaños del césar (24-II-1550), sin percatarse de que lo había hecho regresar a Barcelona el año anterior, poco después del fallecimiento de su madre, Estefanía de Requesens; vid. P. de Sandoval, Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V, libro XXX, cap. XII, (III, p. 341 Seco Serrano).

[151] Vid. J. L. Gonzalo Sánchez-Molero, La “Librería rica” de Felipe II. Estudio histórico y catalogación, Madrid, 1998, p. 50.

[152] Felipe pernoctó en casa de su antigua aya Estefanía de Requesens (9, 2; p. 7), la madre del comendador. La disposición de los apellidos del primogénito varón fue acordada ya en los mismos esponsales de boda de Juan de Zúñiga y Avellaneda con Estefanía de Requesens, para que el ilustre apellido catalán no se perdiera, en el proyecto político de vincular las aristocracias de los reinos penínsulares en la nueva monarquía hispánica que encarnaba la dinastía de los Austria.

[153] Vid. Ulloa, Vita, o. c., f. 245r.

[154] Acaba la Vida en 1570 sin visos aparentes de haberse perdido el resto, y pudo ser redactada por alguien de la casa del propio comendador. Su estancia en Bruselas durante el viaje del príncipe está señalada en esta biografía: “Partiose el emperador en principio del mes de junio [1548] para Flandes y siguiole el comendador mayor”; vid. A. Morel‑Fatio, “La vie de D. Luís de Requesens y Zúñiga, Grand Commandeur de Castille (1528-1576)”, Bulletin Hispanique, VI/4, 1904, pp. 232-233, y 284.

[155] Según había abordado en Carol. XXV 33-34; pp. 132-133 Estévez, Cuart.

[156] Vid. Claudii Ptolemaei Alexandrini geographicae enarrationis libri octo (Lyon: Melchor et Gaspar Trechsel fratres, 1535 [BUS Res. 01/4/01]), f. 69. La moderna edición de la Geografía en la colección Didot apunta: “Aphrodisium hoc certe nomine alius nemo commemorat”, vid.. K. Müller, Claudii Ptolemaei Geographia, Paris, 1901, I, 2, p. 621, ad loc. Ptolem. IV 3, 9. Sería la ubicada en el núm. 7 de su artículo en la Pauly-Wissowa (J. Schmidt, “Aphrodision”, RE, III 2728). A veces se la ha situado erróneamente en la isla de Djerba, es decir, Los Gelves, denominada por los humanistas Meninx, según Ptolomeo IV 3,45 y Plinio, Historia Natural V 77.

[157] Vid. Sep. Carol. XIII 22, 5; X, p. 53, n. 33 Costas, Trascasas, Cuart.

[158] Ya apuntó el uso por Sepúlveda de este raro opúsculo, más adecuado para su propósito que el prolijo y redundante Salazar o la demasiado difundida obra de Calvete, P. Rachel, Krieg Karls V. gegen die Stadt Mahedia oder Afrika (1550), Dresden, 1879, p. 46.

[159] Vid. H. Nucula, De bello Aphrodisiensi, Roma, 1552 [BUS Res. 29/4/12], p. 4.

[160] Vid. las notas ad locum de la traducción, p. 42, y J. Solís de los Santos, “Las ‘relaciones de sucesos’ en la historiografía latina de Carlos V: Sepúlveda y Calvete de Estrella”, en Humanismo y Pervivencia del Mundo Clásico. Homenaje al Profesor Antonio Prieto. Alcañiz, 2009, III, pp. 1340-1341, n. 68.

[161] El ms., que perteneció al arabista sevillano afincado en Londres Pascual de Gayangos (nunc BNM 17498), fue copiado por un amanuense de nuestro autor y consta que “fue visto por mandado de su alteza por el Doctor Sepúlveda”, según F. López de Gómara, Guerras de mar del Emperador Carlos V, eds. M. Á. de Bunes Ibarra y N. E. Jiménez, Madrid, 2000, pp. 40, n. 37, 46 y 53.

[162] Desde julio de 1550 a mayo del siguiente año, Carlos y Felipe permanecieron en Augsburgo, vid. C. Gómez-Centurión Jiménez, “El felicísimo viaje del príncipe don Felipe, 1548-1551”, en Felipe II. Un monarca de su época. La Monarquía Hispánica, cat.exp., Madrid, 1998, pp. 92-94.

[163] Como consta en su nómina registrada en AGS, J. M. Jiménez Muñoz, Médicos y cirujanos en «Quitaciones de Corte» (1435-1715), Valladolid, 1977, p. 109; vid. J. Solís, “Zavallos, Diego de”, en Diccionario Biográfico Español, Madrid, Real Academia de la Historia, 2013, t. L, pp. 810-811.

[164] Se desarrolló del 26-VII-1550 al 14-II-1551, según M. Foronda, Estancias y viajes del Emperador Carlos V, Madrid, 1914, p. 627.

[165] Verg. Aen. I 461-462: “Sunt hic etiam sua praemia laudi; / sunt lacrimae rerum et mentem mortalia tangunt”. La tratadística jurídica comienza a equiparar la herejía a la subversión social, y la lucha contra ella se convierte en un fortalecimiento del poder político, según V. Pinto Crespo, “La herejía como problema político. Raíces ideológicas e implicaciones”, en M. Revuelta y C. Morón (eds.), El Erasmismo en España, o. c., p. 297-303.

[166] Fueron contrastados ambos textos por Losada, JGS, p. 174.

[167] Vid. estos capítulos con I. Sleidani, De statu religionis, o.c., libr. XXII, ff. 381v-382r: “Caesaris in Lutheranos edictum”; y f.402r: “Principes aderant Moguntinus et Treuirensis, electores reliqui miserunt legatus; aderant praeterea Vuolfgangus Prusiae magister, Vuirciburgicus, Eistensis, Constantiensis, Augustanus, Tridentinus, Cameracensis, Merseburgensis, episcopi: caeterorum principum nemo, praeter Bauarum, et tandem etiam, Henricum Brunsuicensem”.

[168] Vid. I. Sleidani, De statu religionis, o.c., libr. XXIV, f. 406v: “Ioannes Sleidanus legatus Argentinensium cum Mauricio”.

[169] En carta a Luis Carvajal (Córdoba, 14-II-1552), Epist. 96.2; IX,2, pp. 272-273.

[170] Se refiere a la batalla de Mühlberg o del río Albis (24-IV-1547).

[171] Vid. I. J. García Pinilla, y J. Solana Pujalte, “Introducción filológica”, en Sepúlveda, J. G. de, Epistolario. Obras completas VIII, o. c., p. CCXIV; y Epist. 83 y 90; IX,2, pp. 248 y 258.

[172] Alusión a la medida financiera que registró también Gómara en 1550: “Sube la moneda en Francia el Rey Enrrique, por que no se la saquen de sus reynos y por que le vaya de fuera”, F. López de Gómara, Anales del emperador, o. c., p. 261 Merriman. Vid. R. Carande, Carlos V y sus banqueros, o. c., pp. 354-359.

[173] De la cuestión de Siena sólo menciona en pocas líneas y en sus años respectivos la expulsión de los españoles con el apoyo del rey de Francia, la batalla de Marciano y la rendición a las tropas imperiales, I. Sleidani, De statu religionis, o. c., XXII y XXV, ff. 462r, 462v y 494r.

[174] Francisco Álvarez de Toledo murió como gobernador imperial en Siena en 4-X-1555; vid. I. J. García Pinilla, y J. Solana Pujalte, “Introducción filológica”, en Sepúlveda, J. G. de, Epistolario. Obras completas VIII, o. c., p. CLXXXII.

[175] Vid. F. López de Gómara, Anales del emperador, p. 270 Merriman.

[176] Vid. I. J. García Pinilla, y J. Solana Pujalte, Epist. 129.1; IX,2, p. 376, n. 616.

[177] “La guerra de Corçega entre franceses, cuyo capitán era Paulo de Termes, y guinoveses, a quien ayudava el Emperador con dineros y soldados españoles, de los quales fue coronel Don Alonso Luis de Lugo, adelantado de Tenerife”; vid. F. López de Gómara, Anales del emperador, p. 267 Merriman; y Guerras de mar del Emperador Carlos V, p. 257 Bunes Ibarra, Jiménez.

[178] Vid. infra XXIX 38, 3; pp. 125-126, nn. 95 y 96.

[179] Vid. Io. Genesii Sepulvedae [...] Epistolarum libri septem (Salamanca: Juan María de Terranova, 1557), ff. 228v-232r. El privilegio fue firmado por el príncipe en “Valladolid, a treynta dias del mes de agosto, de mill e quinientos e cinquenta y tres Años”; está reproducido en I. J. García Pinilla, y J. Solana Pujalte, “Introducción filológica”, en Sepúlveda, J. G. de, Epistolario. Obras completas VIII, o.c., p. 405.

[180] Sorprendentemente sostiene Losada, JGS, p. 176, que “no es probable que haya utilizado las obras de Ulloa y Roseo, puesto que había ya terminado esta parte de su crónica en 1555, como lo demuestra el hecho de que la enviara al cardenal Pole para su revisión; y las obras de Ulloa y Roseo no vieron la luz hasta el 1560 y 1592, respectivamente”.

[181] Reproducido por J. Marías, “Falsificaciones literarias”, en Id., Pasiones pasadas, Madrid, 1991, p. 188.

[182] Vid. Losada, JGS, pp. 103-109.

[183] Para el periodo que nos ocupa, vid. A. Redondo, “La «prensa primitiva» («relaciones de sucesos») al servicio de la política imperial de Carlos V”, en C. Strosetzki (ed.), Aspectos históricos y culturales bajo Carlos V. Aspekte der Geschichte und Kultur unter Karl V., Frankfurt am Main-Madrid, 2000, pp. 246-276.

[184] Tal denominación en Real Academia Española, Nueva gramática de la lengua española, Madrid, 2009, I, p. 968, § 13.10m.

[185] Entre ellos, ciertos detalles de la detención de Suffolk, vid. infra XXIX 18-21 T, 6; p. 133, n. 144.

[186] La recopilación de cartas de Pole por Angelo Maria Quirini no está completa, según W. Schenk, Reginald Pole, Cardinal of England, London, 1950, p. 170. De esa época sólo hay una (Richmond, 8-VII-1555) a un español, a Honorato Juan, colega de nuestro cronista, felicitándole por haber obtenido el puesto de preceptor del infante Don Carlos; vid. A. M. Quirinus, Epistolarum Reginaldi Poli S.R.E. Cardinalis et aliorum ad ipsum (Brescia: Joannes-Maria Rizzardi, 1744-1757), V, pp. 78 y 207.

[187] Existe versión inglesa y transcripción del documento escurialense por C. Malfatti, The Accession, Coronation and Marriage of Mary Tudor as related in four manuscripts of The Escorial, Barcelona, 1956, pp. XV, XVII, 1-61, y 99-131. Dedica sólo brevísima nota a la gestión en Inglaterra sin mención de este informe ni de su edición moderna, D. Caccamo, “Commendone, Giovanni Francesco”, DBI 27, pp. 606-613. El cardenal Commendone contó con una biografía de un secretario suyo: A. M. Graziani, De vita Ioannis Francisci Commendoni card. libri quattuor, Paris, 1669.

[188] Según la descripción del P. Miguélez, Catálogo de los códices españoles de la biblioteca del Escorial. II. Relaciones históricas, Madrid, 1925, p. 261, doc. IV, ff. 241-266: “Retrato del reino de Inglaterra”.

[189] Comenta su adscripción ciceroniana con cita de la carta del maestro, D. Ynduráin, “Teología, retórica y política en Juan Ginés de Sepúlveda”, en J.-P. Étienvre, ed., Littérature et politique en Espagne aux siècles d’or, Paris, 1998, p. 111.

[190] Vid. H. Lutz, Christianitas afflicta: Europa, das Reich und die päpstliche Politik im Niedergang der Hegemonie Kaiser Karls V: (1552-1556), Göttingen, 1964, p. 339; no he podido consultar del mismo Id., Nuntiatur des Girolamo Muzzarelli, Sendung des Antonio Agustin, Legation des Scipione Rebiba (1554-1556), Tübingen, 1971.

[191] Miembro de dicha academia, vid. C. Mutini, “Contile, Luca”, DBI 28, pp. 495-502. Este impreso se atribuye en todas las bibliotecas a G. Raviglio Rosso.

[192] El interesado podrá recabar algunos datos en Charlotte Augusta Sneyd, A Relation or rather a true account, of the Island of England (Londres: The Camden Society, 1847), p. XI, y el ms. de la British Library, Add. 8262, donde se conserva una versión inconclusa de I Successi que puede ser la fuente de la supuesta edición pirata de 1558, según R. Graziani, “Non-Utopian Euthanasia: An Italian Report, c. 1554”, Renaissance Quarterly 22, 1969, p. 332, n. 8. En ninguno de los estudios manejados se menciona la estrecha conexión del informe escurialense publicado por Malfatti y el impreso veneciano de Contile.

[193] Vid. I. Sleidanus, De statu religionis, libr. XXV, f. 456r.

[194] Vid. J. Solís de los Santos, “Relaciones de sucesos de Inglaterra en el reinado de Carlos V”, en Testigo del tiempo, memoria del universo. Cultura escrita y sociedad en el mundo ibérico (siglos XV-XVIII), Barcelona, 2009, pp. 640-698.

[195] Es el denominado “Devise for the succession”, redactado por Northumberland y aprobado por el rey, que instituía heredera de la corona a una sobrina nieta de Enrique VIII en detrimento de sus hijas María e Isabel, vid. R. Davey, The Nine Days’ Queen, Lady Jane Gray, and Her Times, introd. M. Hume, London, 1909, pp. 241 y 254.

[196] Indagan la influencia de las familias católicas en este movimiento A. Whitelock y D. MacCulloch, “Princess Mary’s Household and the Succession Crisis, July 1553”, The Historical Journal 50, 2007, pp. 265-287.

[197] Parece que de este tema teórico de los casos de conciencia no quiso ocuparse más, sin duda por las implicaciones con la práctica delatoria de la Inquisición, a juzgar por lo que le contestó (1-XI-1548) al inquisidor Martín Pérez de Oliván, que le pidió que aclarara su parecer sobre “ad haeresis crimen occultum de fraterna correctione”; vid. Sep. Epist. 69.1; IX,1, p. 177, y la respuesta, Ibid. 72.4; p. 186. Vid. J. M. Núñez González, “El Theophilus de Juan Ginés de Sepúlveda y el procedimiento inquisitorial”, en A. M. Aldama, M. F. del Barrio, A. Espigares (eds.), Nova et vetera. Nuevos horizontes de la Filología Latina, II, Madrid, 2002, pp. 1039-1047.

[198] Vid. J. Solís, “Relaciones de sucesos de Inglaterra en el reinado de Carlos V”, p. 676.

[199] La iunctura “conspectus mutuus” se da con ese valor de reciprocidad en san Jerónimo, san Agustín, san Isidoro, Erasmo, etc.

[200] Vid. D. M. Loades, Two Tudor Conspiracies, Cambridge, 1965, pp. 12-24.

[201] Vid. I. Sleidanus, De statu religionis, libr. XXV, f. 456r.

[202] Es lo que vino a asegurar Losada acerca de los asuntos de este libro: “los describe por sí mismo sin consultar otras fuentes” (Losada, JGS, p. 176).

[203] Vid. Losada, JGS, p. 109. Por lo que dijo en la petición: que “comiençe dende el principio del año pasado de mill y quinientos y cinquenta y seis”, no estuvo en la corte en todo ese año; vid. V. Moreno Gallego, J. Solana Pujalte, I. J. García Pinilla, “Dos memoriales de Juan Ginés de Sepúlveda a Felipe II...”, o. c., p. 141.

[204] En otro pasaje llega a cambiar una forma verbal en tercera persona por la primera para resaltar “su condición de testigo presencial de los hechos”, vid. Sep. Carol. XV 25, 2; X, p. 89, n. 22 Costas, Trascasas.

[205] La causa de la ejecución fue el motín que lideró, según se recoge también en el índice: “Hieronymus Leua seditionis author iugulatur 106. K”, y para evitar la infamia fue ejecutado en la tienda de campaña, vid. Pauli Iovii Novocomensis, episcopi Nucerini, historiarum sui temporis tomus secundus, cum indice plenissimo (París: Michel de Vascosan, 1554), f. 106v. Traduce el amplio fragmento que Giovio dedica al asunto, incluida la laudatio funebris del reo, el ms. escurialense V-II-12, ff. 68-86, vid. P. Miguélez, Catálogo de los códices españoles de la biblioteca del Escorial, Madrid, 1925, II, p. 27, que había publicado E. Pacheco y de Leyva, Carlos V y los turcos en 1532. La Jornada de Viena, según un manuscrito inédito del siglo XVI, existente en la Biblioteca de El Escorial, y otros datos y documentos, Madrid, 1909, p. 62.

[206] Menciona al maestre de campo Machicao, a veces Machacao, pero nunca en conexión con la ejecución, Martín García Cereceda, Tratados de las Campañas y otros acontecimientos de los ejércitos del emperador Carlos V en Italia, Francia, Austria, Berbería y Grecia desde 1521 hasta 1545, Madrid, 1873, I, pp. 302 y 351 Cruzada Villaamil.

[207] Narra el incidente con el marqués del Vasto y este “sobrino de Antonio de Leiva” en un fragmento trunco cuyo particular detalle no recibe comentario en las notas, P. Girón, Crónica del Emperador Carlos V, edición de J. Sánchez Montes, prólogo de P. Rasow, Madrid, 1964, p. 16, 6-21, pp. 458-462. Gracias a su tío el cardenal García de Loaysa consiguió apuntes de primera mano para lo que se ha llamado su Crónica, según I. J. Ezquerra Revilla, “Girón de Loaysa, Pedro”, en J. Martínez Millán, y C. J. de Carlos Morales (coords.), La Corte de Carlos V, parte II, vol. III: Los Consejos y los consejeros de Carlos V, p. 177.

[208] Cuando estaba escribiendo ese episodio de la campaña contra el turco (“cum haec proderemus”), desempeñaba la embajada ante Paulo III el conde de Cifuentes, Fernando de Silva, uno de los muchos nobles castellanos que habían acudido a aquel formidable alarde de su rey y emperador para enfrentarse a los infieles; vid. Sep. Carol. X 13, 3; II, p. 109 Rodríguez Peregrina, Cuart Moner; en el aparato crítico no se constata que este pasaje hubiera sido incorporado con posterioridad a la primera redacción del más antiguo de los apógrafos, como es el caso de los caps. 26 y 27 del mismo libro X (pp. 118-119), que refieren hechos posteriores a la batalla de Mühlberg (24-IV-1547).

[209] Ambos sirvieron al emperador en esa jornada, según arroja la crónica inconclusa de Pedro Girón, “Pedro de Avila, señor de Villafranca; don Luis de Avila y de Çúñiga, su hermano” (vid. P. Girón, Crónica del Emperador Carlos V, o. c., p. 10, 2-3 Sánchez Montes), y L. de Ávila y Zúñiga, “Comentario de la guerra de Alemania hecha de Carlos V”, en C. Rosell (ed.), Historiadores de sucesos particulares, BAE 21, Madrid, 1876, p. 415: “porque yo vi los alemanes que su majestad llevó a Viena cuando fue contra el turco”. Rebatió la versión de Giovio sin aclarar la causa de la ejecución, Gonzalo Jiménez de Quesada, El antijovio, p. 252 Torres Quintero.

[210] Este fraile cronista no puede ser sino Antonio de Guevara, cuyas obras fueron impresas en Italia desde 1531, según la monografía de L. Brunori, Le traduzioni italiane del «Libro aureo de Marco Aurelio» e del «Relox de Principes» di Antonio de Guevara, Imola, 1979, que cita A. Prieto, La poesía española del siglo XVI, II: Aquel valor que respetó el olvido, Madrid, 1987, p. 443, n. 39; vid. también M. C. Misiti, “Alcune rare edizioni spagnole pubblicate a Roma da Antonio Martínez de Salamanca”, en M. L. López-Vidriero, P. M. Cátedra (eds.), El libro antiguo español, II, Salamanca, 1992, p. 319.

[211] Es decir, en latín macarrónico. Son dos cartas fechadas en Nápoles, 12-XII-1535, y Roma, 28-XII-1535, al obispo de Faenza, nuncio en Francia, en Lettere volgari di Mons. Paolo Giovio da Como, vescovo di Nocera, raccolte per Messer Lodovico Domenichi (Venecia: Giovan Battista et Marchion Sessa, 1560) [BNM R/27611(1)], ff. 97v y 15v, cuyo texto original no he podido cotejar, pero que extraigo del amplio comentario de A. Morel-Fatio, Historiographie de Charles-Quint, o. c., pp. 108-109, y de T. C. P. Zimmermann, “The publication of Paolo Giovio’s Histories”, o. c., p. 55, n. 22; esta misma estudiosa señala que en agosto de 1550, el impresor de Cosme I, Lorenzo Torrentino, había enviado al emperador el primer volumen completo de las Historiae de Paolo Giovio, y por las mismas fechas el mismo Giovio envió al emperador desde Florencia, donde entonces vivía como huésped del duque, el manuscrito del libro XXXIV, que iría a formar parte del segundo volumen (p. 57). Motivó una carta de Luis de Ávila a Giovio vertida al latín por Malineo, en RBE, ms. V-II-3, ff. 277-280, y Reiffenberg, Lettres sur la vie intérieure de l'Empereur Charles-Quint, o. c., pp. 97-109.

[212] La exhortación que le dirigió el propio emperador después de las jornadas de Busseto (25-VI-1543), la relató en su propia obra histórica; vid. P. Iovii, Historiarum sui temporis, II, o. c., ff. 303v-304r: “Expedire te, inquit (sc. Carolus), Ioui, calamos oportet, ut quae iam gesta sunt in historiis tempestiue perscribas: nam hoc armorum motu, magnus profecto tibi noui operis labor paratur”; cit. por A. Morel-Fatio, Historiographie de Charles-Quint, o.c., p. 112.

[213] Historiador de la época de los Gracos que criticó la forma analística tradicional de la historiografía arcaica romana: “Nam neque alacriores ad rempublicam defendundam neque segniores ad rem perperam faciundam annales libri conmouere” Aulo Gelio, Noches Áticas, 5.18.7.

[214] Por ejemplo, en los Apuntamientos históricos de Gonzalo Argote de Molina, se recoge que el Ldo. Angulo (Juan Fernández de Angulo), egresado del colegio Santa María de Jesús (Sevilla), por defender las conclusiones de la reina de Inglaterra recibió el obispado de Santa Marta de las Indias (BCS 58-5-41, f. 45r).

[215] Debió de ir a tomar posesión después de pasar por Yuste en 1557; dos años después la princesa Juana tuvo que interceder por él para que el ordinario de la diócesis salmantina levantara las censuras que le impuso por no cumplir la residencia, según el documento que publicó V. Beltrán de Heredia, Cartulario de la Universidad de Salamanca, o. c., III, p. 330, doc. 1.028.

[216] En carta a Pedro Serrano se quejaba de la calumnia de haber escrito el segundo Demócrates: “mercede conductum, ut venalem scribendi operam quinque ut sex ducatorum aureorum millibus”, Epist. 104.5; IX,2, p. 305 García Pinilla, Solana Pujalte.

[217] Plinio el Joven acerca de su sentimiento por la muerte de sus esclavos: “Nec ignoro alios eius modi casus nihil amplius uocare quam damnum eoque sibi magnos homines et sapientes uideri. Qui an magni sapientesque sint nescio; homines non sunt.” (Y no ignoro que otros, a lances de este clase, los llaman no más que daños, y por ello se creen hombres grandes y sabios. Que no sé si serán grandes y sabios: hombres no son); vid. Plinio, Cartas, VIII 16. También en el paganismo había mentalidades menos severas.

[218] Quedando el solsticio el día 25 de diciembre. Ha puesto de manifiesto la visión errónea de Sepúlveda por la imposibilidad de “acompasar los movimientos del Sol y de la Luna”, A. M. Carabias Torres, “Introducción histórica”, en J. G. de Sepúlveda, Comentario sobre la reforma del año y de los meses romanos. Obras completas VII, Pozoblanco, 2003, p. CCXXXVIII. Es posible que a causa de estas ideas sobre la reforma del calendario juliano, que publicó en Venecia en 1546, se deba el juicio adverso sobre Sepúlveda, “hombre non sani capitis”, que Juan Páez de Castro hizo privadamente a Jerónimo Zurita (Trento, 8-VI-1546), antes que a la cuestión de la legitimidad de la guerra, como señalaba M. Bataillon, Erasmo y España, o.c., p. 633, n. 36; el erasmismo español estaba, en verdad, descabezado.

[219] En su opinión, el mayor timbre de gloria, vid. A. Losada, J. G. de Sepúlveda. Demócrates segundo o de las justas causas de la guerra contra los indios (Madrid, 1951), p. IX. Por este sesgo de sus estudios, que comparte también con la monografía de J. Beneyto Pérez, Juan Ginés de Sepúlveda, humanista y soldado, Madrid, 1946, se explican las extrapolaciones de las ideas de Sepúlveda hacia cierta tratadística franquista que hace H. Mechoulan, L’antihumanisme de J. G. de Sepúlveda, o. c., p. 157, n. 77.

[220] Aspecto señalado por F. Castilla Urbano, Ginés de Sepúlveda (1490/1573), Madrid, 2000, p. 20. Parecidos problemas tuvo Gómara, según señala F. Esteve Barba, Historiografía indiana, 2ª ed., Madrid, 1992, p. 111.

[221] Vid. J. Solana Pujalte, Dos traducciones castellanas atribuidas a Juan Ginés de Sepúlveda. El diálogo de Luçiano llamado Palinuro y La Homelía de San Juan Chrisóstomo: Que ninguno puede resçibir daño sino de sí mesmo, Córdoba, 1999, p. 19.

[222] Señaló esta tachadura en la descripción del ms. Losada, JGS, p. 640.

[223] Vid. Losada, JGS, p. 103.

[224] Datable cabalmente en 1557, como se desprende de la petición de que esa licencia de “obligaçión de resydir tiempo alguno en la corte” [...] “comiençe dende el principio del año pasado de mill y quinientos y cinquenta y seis”; AGS, Cámara de Castilla, leg. 368, exp. 37, fue publicado por J. García Oró, Los reyes y los libros. La política libraria de la Corona en el siglo de Oro (1475-1598), Madrid, 1995, pp. 65-67, y de nuevo comentado en el contexto de un importante hallazgo sepulvedano, V. Moreno Gallego, J. Solana Pujalte, I. J. García Pinilla, “Dos memoriales de Juan Ginés de Sepúlveda a Felipe II...”, o. c., pp. 138-141, de donde se toman estas citas.

[225] Según cuenta nuestro autor, los reyes, recién casados por el mismo cardenal de Burgos, que así se lo conocía comúnmente, habían entrado en Toledo el 13 de febrero de 1560, para celebrar Cortes; vid. Sep. Phil. II 32, 3, IV, p. 56 Pozuelo, Fortea.

[226] Vid. I. J. García Pinilla, y J. Solana Pujalte, Epist. 129.1; IX,2, p. 376, n. 616.

[227] Precisa los pasajes contenidos en T, L. Rivero García, “Introducción filológica”, en J. G. de Sepúlveda, Del Nuevo Mundo. [= Orb.] Obras completas XI, Pozoblanco, 2005, p. CVI.

[228] Sep. Epist. 131, 13-19; IX,2, p. 395.

[229] Reproducida por Losada, JGS, pp. 502-503. Estos fragmentos de la cédula y carta están reproducidos y comentados por V. Moreno, J. Solana Pujalte, I. J. García Pinilla, “Dos memoriales de Juan Ginés de Sepúlveda a Felipe II...”, o. c., pp. 136-137, pero no así la frase del encuentro en Toledo con Zurita.

[230] Como ha señalado L. Rivero García, “Introducción filológica”, o. c., p. LXXX.

[231] Así lo comprobó A. Ramírez de Verger, “Juan Ginés de Sepúlveda: De Orbe Nouo (historia y problemas del texto)”, en Actas del Congreso Internacional sobre el V Centenario del nacimiento del Dr. Juan Ginés de Sepúlveda, o. c., p. 172.

[232] El memorial a Felipe II (1-VI-1573) se conserva en el Instituto Valencia de Don Juan, Envío 44-148; fue hallado por V. Moreno Gallego y publicado en el ya citado “Dos memoriales de Juan Ginés de Sepúlveda a Felipe II...”, o. c., pp. 141-144; el de entrega (21-I-1574), en AGS, Cámara de Castilla, leg. 428, dado a conocer por J. García Oró, Los reyes y los libros, o. c., p. 130, n. 216. Existe una anterior petición al rey en recomendación de un sobrino suyo, fraile jerónimo, Antonio de Sepúlveda (Pozoblanco, 7-I-1569), en la que declara ir escribiendo las “adversidades” de Felipe II en el annus horribilis de 1658; fue publicada por V. Beltrán de Heredia, Cartulario de la Universidad de Salamanca, o. c., III, pp. 329-330, doc. 1.027.

[233] Según apunta R. L. Kagan, “Los cronistas del emperador”, en P. Navascués Palacio (ed.), Carolvs V Imperator, Barcelona, 1999, p. 208.

[234] La persecución que se activó por el codicilo del emperador ampliaba la discrecionalidad de jueces y consultores y permitía aplicar la pena de muerte incluso a los reos que habían sido admitidos a penitencia, como señala V. Pinto Crespo, “La herejía como problema político”, o. c., p. 293.

[235] Vid. G. Tournoy, “Schott (André) (S.J.) (1552-1629)”, en C. Nativel (ed.), Centuriae Latinae. Cent une figures humanistes de la Renaissance aux Lumières offertes à Jacques Chomarat, Genève, 1997, p. 751.

[236] Vid. A. S[chott] Peregrinus, Hispaniae Bibliothecae seu de Academiis ac Bibliothecis item elogia et nomenclator clarorum Hispaniae scriptorum qui Latine disciplinas omnes illustrarunt Philologiae Philosophiae Medicinae Iurisprudentiae ac Theologiae (Frankfurt, 1608 [BUS A 073(244)/234]), p. 467. A partir de este pasaje, supuso, con todo acierto, que el rey Felipe II o bien Felipe III, se habría hecho entregar la obra, presumiblemente una copia de la misma, A. Morel-Fatio, Historiographie de Charles-Quint, o. c., p. 70.

[237] Vid. C. Seco Serrano, “Introducción. Vida y obra de fray Prudencio de Sandoval”, en Prudencio de Sandoval, Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V, Madrid, 1955, 3 vols., I, p. XXXV.

[238] Señala también las obras que denunciaron estos plagios A. Castro, Pedro Mexía. Silva de varia lección, o. c., pp. 42-43.

[239] Los textos están en Biblioteca Universitaria de Salamanca, ms. 2282, ff. 131r y 67r, reproducidos y comentados por Ó. Lilao Franca, “De Córdoba a Madrid: Gustos, gastos y libros en la biblioteca de Lorenzo Ramírez de Prado”, en La memoria de los libros. Estudios sobre la historia del escrito y de la lectura en Europa y América, Salamanca, 2004, I, pp. 769-770. Juan de Argote es hijo de Álvaro, quien entregó en la corte las crónicas en 1574.

[240] Vid. Losada, JGS, pp. 191 y 383 (nunc BU Salamanca, ms. 2634).

[241] Al parecer, no ha hecho falta traducir la “Editorum praefatio”, en Joannis Genesii Sepulvedae Cordubensis opera, cum edita, tum inedita, accurante Regia Historiae Academia, Matriti, Typographia Regia de la Gazeta, 1780, I, ff. ¶¶1r-¶¶4r; fue resumida o glosada por Á. Losada, “Juan Ginés de Sepúlveda. Estudio Bibliográfico”, Revista bibliográfica y documental 3-4, 1947, pp. 321-322.

[242] Aporta documentación de los archivos de la RAH sobre esta magna edición L. Gil Fernández, “Una labor de equipo: la editio Matritensis de Juan Ginés de Sepúlveda”, Cuadernos de Filología Clásica, 8, 1975, pp. 93-129, incluido después en Id., Estudios de humanismo y tradición clásica, Madrid, 1984, pp. 127-162, edición por la que cito.

[243] Está descrito por Losada, JGS, pp. 648-649.

[244] Vid. Losada, JGS, p. 638.

[245] Según L. Gil, “Una labor de equipo: la editio Matritensis...”, o. c., 1984, p. 129.

[246] Estudió en Granada y fue académico numerario en 9-III-1759; se conservan mss. históricos y el impreso Antonio Matheos Murillo, Clave de ferias o Prontuario manual de los monumentos de España (Madrid: Antonio Perez de Soto, 1760) [BUS: A 110/002(1)]; vid. J. Ruiz Mata, Mil años de escritores y libros en Jerez de la Frontera (del año 1000 al 1999), Jerez, 2001, p. 119.

[247] Una bibliografía de Cerdá ofrece P. Sainz Rodríguez, Historia de la crítica literaria en España, Madrid, 1989, pp. 342-343, perjudicó la difusión de sus investigaciones el que las hubiera redactado en latín (Ibid., p. 91).

[248] Vid. E. Velasco Moreno, La Real Academia de la Historia en el siglo XVIII. Una Institución de sociabilidad, Madrid, 2000, p. 293.

[249] Francisci Hernandi, medici atque historici Philippi II Hisp. et Indiar. regis et totius novi orbis Archiatri Opera cum edita tum inedita ad autographi fidem et integritatem expressa, ed. Casimiro Gómez Ortega, I-III, Madrid, 1790. Agradezco a Luis Cañigral que me haya facilitado consultar el ejemplar de su propiedad de Casimiri Gomezii Ortegae carminum libri quatuor, cum nonnullorum interpretatione Hispanica accedit liber V inscriptiones continens (Madrid: José Collado, 1817).

[250] Lo nombra sin relacionarlo con el Ortega de la comisión editorial, Losada, JGS, p. 601.

[251] Según señala sin referencia documental F. J. Puerto Sarmiento, Ciencia de cámara: Casimiro Gómez Ortega (1741-1818), El científico cortesano, Madrid, 1992, p. 332.

[252] Por Losada, JGS, pp. 641-646; vid. M. J. López de Ayala, y M. Conde, “Consideraciones sobre un borrador que sirvió para la edición del De rebus gestis Caroli V de Juan Ginés de Sepúlveda”, Epos, 12, 1996, pp. 65-83.

[253] Estos “sumaria” lo asemejarían a la obra de Tito Livio, de cuyos libros se elaboraron resúmenes o períocas ya en la Antigüedad. Van impresos delante de cada uno de los dos volúmenes dedicados a la Historia de Carlos V en la edición de la Real Academia de la Historia, donde se guarda el borrador manuscrito, sgn. 9/6284; vid. L. Rivero, “Introducción filológica”, Obras completas, XI: Del Nuevo Mundo, Pozoblanco, 2005, p. CXXXV. No han sido traducidos en esta colección pozoalbense, al contrario del De Orbe Novo, vid. L. Rivero, o. c., pp. 1-34.

[254] Esta variación gráfica se observa en impresos del XVI con el nombre “Ivan”, por “Juan”.

[255] Un ejemplo de esta variación gráfica se muestra en los compuestos de iacio: “traiiciendus (traijc- TR : trajic- Am) TRAm”.

[256] En las citas se intenta recoger el uso gráfico del original, aunque pueda que se hayan realizado algunas modernizaciones.

[257] Como señala en Orb. para el mismo término Rivero, El latín del “De Orbe Novo”, o.c., p. 177, n. 21.

[258] Sigue el mismo criterio L. Rivero, “Introducción filológica”, Obras completas, XI: Del Nuevo Mundo, Pozoblanco, 2005, p. CXXVII, y ad Sep. Orb. IV 21, 2; XI, p. 111.

[259] Vid. L. Rivero, “Introducción filológica”, Obras completas, XI: Del Nuevo Mundo, Pozoblanco, 2005, p. CXXIX, y J. Capela Real, J. A. Bellido Díaz, “Estudio filológico”, Obras Completas, XII: Historia de Carlos V (libros XVI-XX), Pozoblanco, 2008, p. LXXXIX.

[260] Vid. “neglegentia correxi: negligentia codd. ut semperad Sep. Carol. I 15, 4; I, p. 14 Rodríguez Peregrina, y J. Capela Real, y J. A. Bellido Díaz, “Estudio filológico”, Historia de Carlos V (libros XVI-XX). Obras Completas XII, Pozoblanco, 2008, p. XC.

[261] Vid. R. Sabbadini, “Virgilio e Vergilio”, Rivista di Filologia e d’Istruzione Classica 27, 1899, pp. 93-94.

[262] Vid. Ernout-Meillet, Dictionnaire étymologique de la langue latine, Paris, 1985, s.v. fenus, p. 225

[263] Vid. J. Capela Real, y J. A. Bellido Díaz, “Estudio filológico”, Historia de Carlos V (libros XVI-XX), o.c., p. XCII, y Sep. Carol. XVIII 5, 14, y 17, 6; XII, pp. 60 y 70.

[264] Vid. ThlL I, p. 794, 44-62; OLD, s. v. adulescens, p. 58; Ernout-Meillet, o. c., s.v. alo, p. 23; Rivero, El latín del “De Orbe Novo”, o.c., p. 180, n. 42

[265] Vid. Sep. Opera, o. c., II, f. A3v. En las págs. de esta péntada sólo se constatan tres “errata quae huic volumini irrepserunt”, que incluyo en aparato crítico, a saber: XXVI 13, 3: decidente apud errata correx. m : decedente (dicid- R ut vid.) TRAm; XXVII 35, 2: fater vitio preli m • y XXX 24, 3: obstinate scripsi : obstinante (haud per abbrev. TR) TRA3m : obstinanter A (apud errata perperam correx. m).

[266] Es etimológica la forma en -cio, pese a dar carta de naturaleza la temprana inclusión en -tio, A. Ernout, “Condicio et conditio”, Revue de philologie, de létterature, et d’histoire anciennes 75, 1949, pp. 107-119.

[267] Pese a la frecuencia de induciae en los códices, vid. ThlL, s.v. indutiae, VII,1, p. 1277, 72-83.

[268] Censuran esta grafía ThlL V,1, pp. 959, 78-960, 5, y OLD, s. v. dicio, p. 537.

[269] Rechaza esa forma por haberse confundido con un comparativo de secus, OLD, s. v. setius, p. 1750.

[270] Señala cierta alternancia gráfica de contio en el Regius, L. Rivero, El latín del “De Orbe Novo”, o.c., p. 182, n. 52.

[271] Vid. ThlL VIII, s.v. mille, pp. 972, 80-973,12, y OLD, s.v. mille, p. 1109.

[272] Sin duda por confusión en su etimología, no de solus, sino de sollus, vid. Ernout-Meillet, o. c., p. 163.

[273] Vid. OLD, s. v. nummus, p. 1204.

[274] Así el OLD, s.v. exilium, p. 643, pero s.v. ex(s)oluo, p. 656.

[275] Un exhaustivo estudio de los libros editados ofrece J. A. Bellido Díaz, “Indefessae labor limae Sepulvedanae en los libros 19 y 20 de la De rebus gestis Caroli Quinti historia”, Exemplaria Classica 12 (2008), pp. 195-248.

[276] Vid. F. Charpin, L’idée de phrase grammaticale et son expression en latin, Lille, 1977, p. 510, y L. Rivero García, “Aspectos del hipérbaton en Juan Ginés de Sepúlveda”, Cuadernos de Filología Clásica. Estudios latinos 8, 1995, pp. 235-250.

[277] Vid. I. Sleidanus, De statu religionis, libr. XXV, ff. 456v-457r: “Interea Suffolcius in diuersa regni parte capitur, ductore Huntingtonio, quem eo regina cum equitatu miserat”.