A despecho de aristotélicos, leo en los borradores de Cioran una descripción de lo que pudo significar aquella catarsis de la tragedia ática:

Hace unos años, la compañía de Laurence Olivier representó en Moscú Romeo y Julieta. El espectáculo fue tan logrado y conmovedor, que al final los espectadores, presa de un entusiasmo espontáneo, se abrazaron, como si se hubiera tratado de la misa de medianoche en Pascua. ¿Dónde encontraríamos en Occidente tanta lozanía, ardor y piedad?

Cuadernos (1957-1972) [Simone Boué, Verena von der Heyden-Rynsch, E. M. Cioran. Cahiers. 1957-1972. 1997], trad. Carlos Manzano, Barcelona: Tusquets, 2012, p. 194.

Sugerente analogía entre el sentimiento de simpatía que provocan los grandes géneros poéticos y la pietas suscitada entre los fieles por el rito navideño. La compasión no es una enfermedad del espíritu, como propugnaban los magnánimos, sino un motivo de regocijo en el que se atenúa esa suspensión de la empatía de la que se sirven la sátira y demás géneros literarios menores.

Debemos felicitarnos un año más por la afortunada conjunción de estos dos fenómenos espirituales, la apropiación de la literatura y la filosofía griegas por el imperio de mayor capacidad de violencia y la adopción de lo más sublime de la cultura grecolatina por la más humana religión de salvación, pues, ya se sabe, Shakespeare no se explica sin el veronés Catulo y Virgilio vaticinó el nacimiento de Cristo.

Felices fiestas para todos, y humanidades clásicas en la educación, que falta hace.