José Solís de los Santos, «Etapas del Latín», en Proyecto docente e investigador [Documento para la convocatoria de 4 plazas de Profesor Titular de Filología Latina en la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla (B.O.E. 15/12/1988, núms. 14-17)], pp. 15-40.

  1. 2. ETAPAS DEL LATIN

          Una vez visto el origen e influencias en la formación de la lengua latina, vamos a considerar sus etapas de desarrollo y su desaparición como lengua hablada, y también sus distintos estratos sincrónicos.

Respecto a su expansión, podemos resumir los siguientes momentos históricos: 1) Afianzamiento y supremacía en el Lacio del dialecto latino hablado en Roma, fin de este proceso a principios del siglo IV a.C., después de la expulsión de los galos. 2) Expansión hacia el sur, contra los samnitas (oscos) hasta la conquista de Italia (272 a.C.). 3) Período de las guerras púnicas, Sicilia, sur de Francia, península Ibérica, y Africa (146 a.C.). 4) Conquista de la Galia, Hispania, Cerdeña. 5) Conquista de la Dacia, principios del s.II d.C.

          Pero este enfoque de la historia política de Roma no parece adecuado en lo que atañe a la ordenación de las etapas evolutivas de la lengua, de manera que, a pesar de la arbitrariedad inherente a toda clasificación cronológica ([1]), estableceremos los períodos de la evolución de la lengua latina tal como siguen: preliterario ([2]), arcaico, clásico, postclásico, tardío, medieval y renacentista, e introduciendo a su vez, entre el postclásico y el tardío, al margen de esta disposición diacrónica, las variantes diastráticas que se denominan latín vulgar y cristiano.

Latín preliterario

          La primera documentacion abundante de textos e inscripciones en latín proceden de finales del siglo III a.C. Antes de esa fecha, dejando a un lado la discutida fibula prenestina ([3]), y la inscripción de Satricum ([4]), los tres testimonios epigráficos más antiguos ([5]), y fidedignos, son el Cippus del Foro romano o Lapis Niger ([6]), el vaso de Duenos ([7]) y la exigua inscripción de Tívoli, del s.IV.

          Además de estos documentos contemporáneos del momento en que fueron escritos, tenemos para esta fase preliteraria, otros testimonios transmitidos por vía indirecta, copias de la edad tardía o citas de autores; se trata del Carmen Arvale (CIL VI 2104, CLE 1) y del Carmen Saliare, este último trasmitido por Varrón (L.L.7,2) y Terencio Escauro de manera fragmentaria e insegura, "apenas era entendido por los propios sacerdotes" (QVINT.1,6,40). Son muy numerosas las interpretaciones del Carmen Arvale ([8]). Otros testimonios de este período son la Plegaria a Marte (CATO agr.141,2) ([9]), y los fórmulas jurídicas de las Leges XII Tabularum, en las que se han observado intentos de modernización de grafías a lo largo de su transmisión, e.g., la desinencia ‑to(d), al lado de arcaísmos como escit (= est, con sufijo ‑sc‑), olle, endo (= in), se (= sine), acc. en ‑im, etc.

          Debemos destacar también que estos documentos resultan muy interesantes, por una parte en el aspecto rítmico, ya que vislumbran la poesía y la prosa de los antiguos carmina en saturnio ([10]), y por otra, en el plano de la sintaxis, pues nos pone de manifiesto que la estructura originaria del período latino era, como en todo texto antiguo, la paratáctica ([11]). En la última parte de esta fase preliteraria, s. IV, el latín se va depurando de elementos extraños infiltrados con anterioridad y se va decantando en su estructura fonética peculiar: metafonía, rotacismo, simplificación de grupos con s, transformación de nominativo tipo sakros, etc.

Latín arcaico (jsolis/arcaico.htm)

          Abarca los siglos III‑II a.C. Apio Claudio el Ciego, censor en el 312, representa un puente entre esa época preliteraria y la que comienza en estos siglos; a él se le atribuye, aparte de una colección de sentencias, la introducción definitiva de la grafía r, para la s rotatizada, la distinción gráfica de la velar sonora, y un discurso contra la paz con Pirro, guerra de enorme trascendencia para la expansión de Roma y para el desarrollo de su lengua, pues la derrota del rey del Epiro provocará la conquista de Tarento (a. 272), de donde provino el joven Andronico, el pionero de la literatura Romana (HOR. epist.2,1,61), y la sumisión de otras ciudades de la Magna Grecia, con el consiguiente enfrentamiento con el poderío cartaginés de Sicilia. Porque, en efecto, Poenico bello secundo Musa pinnato gradu Intulit se bellicosam in Romuli gentem feram, según cantó años después Porcio Licino ([12]). En el siglo II, es cuando el latín va a recorrer "el camino de su etapa evolutiva arcaica a la clásica" ([13]). El s. II es un período de profundos cambios en el campo de la economía y de las relaciones sociales, con un gran desarrollo de la esclavitud y del latifundismo, con la apertura también de los círculos de poder a estratos de la población que no procedían directamente de las antiguas familias. Es en efecto, como afirma Meillet ([14]), a través de la plebe como entraron en el latín las palabras griegas. La lengua se perfecciona y depura por influjo de los Escipiones y su Círculo. Escipión Africano el Menor, hijo de Paulo Emilio, se nutre de la biblioteca requisada por su padre al rey Perseo ([15]), y prosigue e impulsa la corriente helénica en la cultura romana. Catón representa la tendencia opuesta, y así "en una época de bruscos cambios sociales e ideológicos comenzó a forjarse la lengua literaria latina" ([16]), en la que Grecia tuvo gran importancia, como llegó a comprender el propio Catón ya en su vejez, y más tarde Horacio en su tan citado verso (epist. 2,1,156) ([17]).

          En la fijación y desarrollo del latín en esta época hay una diferencia evidente entre el latín oficial de las inscripciones y el de los autores de obras literarias. El latín de las inscripciones está representado en buena parte por Elogia sepulcrales, varios de éstos de miembros de la familia de los Escipiones (CLE 6,7,958), y ya en el s. II, por algunos textos especialmente importante, como el Decreto de Paulo Emilio (189 a.C.), el Senatus consultum de Bacchanalibus (186 a.C.), la epístola ad Tiburtes (c. 150), la Lex Acilia repetundarum (123‑122 a.C.), la sententia Minuciorum (117), etc., hasta la Lex Cornelia de quaestoribus (81 a.C.) que, para Ernout, "marca el fin del período arcaico" ([18]). Este latín suele ser conservador con rasgos arcaizantes.

Persisten los diptongos: ai (aidilis, Gnaiuod, aide, quairatis); ei (quei, quesistei, facteis, virtutei); oi (oino, ploirume, comoinem); ou (Loucanam, abdoucit, loucom, plous); falta a veces la ‑m final: Taurasia(m), urbe(m), magna(m) sapientia(m); reducción del grupo ‑ns‑: cosol, cesor; duo‑ por bo‑: duonoro. ar‑ por ad‑: arfuise, aruorsum; gen. en ‑os para los temas conso‑nánticos: nominus, Venerus; gen. en ‑as: escas, fortunas, vias; desinencias de 2ª pers.sg. medio‑pasivas en ‑us: spatiarus, utarus; inf. medios en ‑ier: utier, figier; diferencia de interrogativo‑indefinido y relativo en el nom.pl.: sei ques esent, quei deicerent; sin geminación de consonantes: fuise, superases, bacanal, uelet; vacilaciones entre e, i: hec, tempestatebus; etc.

          Pero es evidente que se trata de una afectación de arcaísmo, ya que las vacilaciones son constantes incluso dentro de una misma inscripción: cosentiont‑consol, oino‑Luciom, essent‑superasses, etc; existen hipercultismos: inpeirator, cogendei, etc; especialmente ilustrativo a este respecto es, como hemos visto, el Senatusconsultum de Bacanalibus, plagado de arcaísmos que no correponden a la situación lingüística real del momento.

          Frente a esta tendencia arcaizante de la lengua oficial, en la que sin embargo observamos el desarrollo perfecto de la complejidad sintáctica en el estilo indirecto ([19]), el latín de los escritores en cambio presenta una estructura más acorde con la realidad. Livio Andronico, Nevio, Plauto, Ennio, Terencio, Pacuvio, nos ofrecen el latín auténtico de los siglos III y II. Accio y Lucilio, de finales del siglo II, prestan una atención especial a los problemas de la lengua. Accio intenta sin éxito remediar la falta de diferenciación gráfica entre las vocales largas y breves. Lucilio pretendía diferenciar gráficamente los casos de igual desinencia, postulando la grafía ei para el nom.pl. frente a i del gen.sg. de los temas en ‑o/‑e; "quo plures fiant" decía, es decir, para que el significado del plural fuera acompañado de un aumento del número de letras ([20]). Como la obra teatral de los primeros escritores latinos es un trasplante de obras griegas, con mayor o menor originalidad, es indudable en ellos la influencia de la lengua griega. A Livio, a pesar de ser griego, y a Nevio se les ve no obstante un afán de romanidad con el uso del saturnio y el cultivo de las Camenae romanas. Las obras de Plauto nos ofrecen "un inagotable flujo de palabras griegas" ([21]), de variados campos semánticas, pero sobre todo los del lujo y del placer (graecari, pergraecari) ([22]), aunque en la estructura gramatical hay pocas diferencias entre la lengua de Plauto y el latín clásico.

Rasgos arcaicos tenemos, e.g., en el voc. puere, loc. die crastini; formas pronominales del tipo ipsus, eumpse, illaice, hisce; formas en med, ted; gen. en ai, formas en uor‑, por uer‑ ([23]); subj. como fuam, duim, creduis; también los inf.pas. en ‑ier. Es de notar que Plauto echa mano de arcaísmos cuando parodia la lengua oficial ([24]).

          Referencia obligada a los escritores que influyeron en el desarrollo del latín, es a Ennio y Catón. Ennio ([25]) dio un gran impulso a la helenización de la cultura latina al introducir el hexámetro homérico en sus obras épicas ([26]); con este metro, y la formulación de unos recursos poéticos, a veces algo excesivos, ha quedado como el fundador de la lengua épica latina. Con Catón podemos hablar también de auténtica prosa latina: prosa técnica, moralizante, oratoria, histórica. De particularidades gramaticales similares a sus contemporáneos, innovó el léxico a base de compuestos con sufijación latina, reacio a los préstamos griegos. Parece haber sido el primero en crear un lenguaje oratorio adaptado al contenido de la exposición (CIC.Brut.65). Antes hubo historiadores, pero se sirvieron del griego, por las razones que fueran; Catón consiguió con sus Origines la primera prosa narrativa latina, dándole vigor y adaptación para expresar de forma adecuada y precisa la descripción de hechos, la exposición de ideas y la expresión de sentimientos.

Latín clásico

          En el período que se extiende a lo largo del s. I a.C. hasta el primer cuarto del siguiente, la lengua latina llega a la meta de su perfección, a su estado modélico, se convierte en un instrumento válido para expresar los más variados aspectos de la literatura artística y filosófica, los complejos procedimientos del pensamiento abstracto y las sutilezas de las emociones espirituales ([27]). En el plano formal, se llega una depuración, estabilización y regu‑larización; en este sentido presenta una diferencia palpable con el latín arcaico (QVINT.8,3,26). El proceso por el que se llegó a este estado, fue, como dice felizmente Palmer, "de selección y exclusión, la persecución de la latinitas bajo la bandera de la urbanitas" ([28]). Este habla de la población indígena de Roma, se opone, según Cicerón (Brut.171), a la rusticitas y a la peregrinitas, abarca la selección en el léxico, el recto uso gramatical y la correcta pronunciación (QVINT.6,3,17; CIC.de orat.3,40; Rhet.Heren.4,17) ([29]). A este proceso de regularización de la lengua coadyuvó la actividad de los gramáticos, que se decantaron por la regularización analógica frente a las tendencias anomalística ([30]). Podemos organizar sumariamente este proceso de normalizazión en los puntos siguientes ([31]):

1) Estabilización en el inventario de fonemas: Fijación en tres (ae, au, oe) de los seis diptongos descendentes. Transcripción de las aspiradas griegas (ph, th, ch y rh), que se extendió a la grafía de unas pocas palabras latinas. Se termina por aceptar del griego dos letras, y, z, que recogen una pronunciación de época anterior, pero sin que la y se utilice para el llamado sonus medius, establecido en i‑ por César (QVINT.1,7,21).

2) Regularización de la flexión:

  1. a) nominal: desaparecen los gen. en ‑as, y las formas en ‑ai > ae; también los gen.pl. en ‑um, y los nom.sg. en ‑is (alis, alid, Caecilis) de origen dialectal; gen.sg. en ‑ii, que sustituye al contracto ‑i. La 3ª declinación queda estructurada en dos bloques, los temas consonánticos, y los en i, que abarcan los adjetivos, diferenciándose en el abl.sg. ‑e/‑i, nom.pl.n. ‑a/‑ia, gen.pl. ‑um/‑ium, acc.pl. ‑es/‑is; muy reducido queda el acc.sg. ‑im, y desaparece el gen.sg. ‑us < ‑os.
  2. b) pronominal: se asimilan las flexiones del relativo y del interrogativo‑indefinido. Se eliminan formas arcaicas como mis, tis, sam, em, im, ibus, ques.
  3. c) verbal: Desaparecen las formas marginales no encuadrables en ningún tema (aduenam, attigas); las desinencias dialectales (spatiarus); en el perfecto se fija la 3ª sg. en ‑it, y en la prosa de César y Cicerón prevalece ‑erunt. Se arrincona el inf. ‑ier.

3) Estabilización sintáctica: Se eliminan los objetos directos de sustantivos en ‑tio. Incremento del uso de la desinencia causal en contra de la preposición. Incremento de la voz pasiva en los tiempos de infectum. Desarrollo del período hipotáctico, con el consiguiente rigor en el empleo de los modos y tiempos.

4) Depuración del léxico: Utilización de palabras pura‑mente latinas, incluso en la creación de palabras nuevas para la acogida de conceptos que en latín no tenían una terminología adecuada; en este terreno, se debe también a Cicerón los logros más certeros ([32]).

          Finalmente en la lengua poética se debe a las neotéricos el abandono de las características de la prosodia arcaica (CIC.orat.161), y a pesar del fenómeno aislado que es el poema de Lucrecio, los arcaísmos en la épica, sabiamente manejados por Virgilio, quedan para dar un color antiguo; en la cadencia final del hexámetro se da la coincidencia de ictus y acento; por otra parte, se llega a la mayor perfección formal en las odas de Horacio ([33]).

Latín postclásico

          El período de los siglos I y II d.C. se distingue del áureo por una particularidad muy visible recalcada por todos los estudiosos: Así como en la época anterior la lengua de la prosa y de la poesía representan una clara frontera y son de naturaleza distinta, con escrupulosa observancia de sus respectivas peculiaridades, en esta postclásica, la edad argéntea, se desdibuja esa frontera. La poesía invade la prosa, llenándola de afectación, en el peor de los casos, y la retórica domina la poesía, que muestra demasiado a las claras la fuente de donde extrae sus recursos estilísticos: ars patet arte sua, diríamos parafraseando al poeta de Sulmona.

          Ya al final de la época de Augusto la prosa de Livio está impregnada de procedimientos poéticos, y la poesía de Ovidio rezuma retórica. La lengua de la prosa literaria del siglo I tiene sus dos cimas en Séneca y Tácito. Séneca es el máximo representante de ese gusto moderno, que provocará el rechazo de Quintiliano (Inst.10,128) y de Tácito (Ann.13,6). En el s.II Apuleyo, representa la situación extrema en el manejo de una lengua llena de artificios, de color poético, de retorcida y florida exuberancia que evita toda expresión trivial. Se da en esta época de Adriano y los Antoninos un retorno a la expresión arcaica por medio de escritores anticuarios como Gelio y Frontón ([34]).

          Al margen del latín literario, comienzan a evolucionar en el latín hablado una serie de innovaciones que se extiende progresivamente a lo largo y ancho del imperio.

Latín Vulgar

          Bajo este término poco exacto pero consagrado por la tradición ([35]) se denomina al fenómeno lingüístico cuya evolución dio origen a las diferentes lenguas romances. El motivo principal por el que nos es imposible aprehender la esencia del latín vulgar es que no existen textos escritos en ese latín: "No creo que se pueda decir que tenemos tres líneas escritas en latín vulgar" ([36]). Pues, en efecto, incluso los textos más vulgares sufren la influencia de la lengua literaria, y tienen, en principio, la intención de ser correctos gramaticalmente ([37]). Al mismo tiempo, se considera a este Latín Vulgar, no como una lengua unitaria, sino como una suma de capas lingüísticas y dialectos desde el latín arcaico hasta la aparición de las lenguas romances ([38]). Este sermo vulgaris con verdadera capacidad de evolución frente a la estabilidad de la lengua escrita se ha venido dando en todas las etapas del latín y se manifiesta como el paso del indoeuropeo común a las lenguas romances ([39]). Esta opinión establecida por los romanistas ([40]) sustenta que de la misma manera que se utilizó por los neogramáticos y filólogos posteriores la gramática comparada de las lenguas indoeuropeas para llegar a esa Ursprache, así también debe utilizarse la comparación de las lenguas romances para llegar a un latín restituido que sería el latín vulgar, que ellos identifican con el proto‑romance.

          E.Löfstedt ([41]) entiende por latín vulgar los modos de estilo que están más próximos a la lengua corriente del pueblo que a la elevada de los textos literarios, aunque todo texto escrito recibe la influencia de la lengua culta y del rigor de la norma; además la lengua corriente del pueblo reclama obviamente una clasificación en relación a las distintas capas sociales del conjunto de sus hablantes, así Silva Neto, establece distintas capas sociales, nobiles, honestiores, humiliores, y siguiendo a W.De Groot ([42]), acepta que el latín clásico es la lengua de la aristocracia romana, frente a la cual estaría la lengua corriente matizada según la serie de estratos sociales: de las clases medias, de los soldados, de las provincias ([43]).

          El concepto de latín vulgar se ha enfocado desde dintintos ángulos:

  1. a) criterio cronológico: el latín vulgar a partir del s.II d.C., opuesto al latín clásico.
  2. b) criterio estético: el vulgar se opone al clásico en su calidad de literario, y en tal caso conviven los dos estratos de lengua en la misma época.
  3. c) sociológico: el latín vulgar sería de las capas inferiores de la sociedad, lo que los propios romanos llamaban sermo: rusticus, castrensis, plebeius.
  4. d) criterio estilístico: diferen‑ciación por matices de estilo dentro de una misma comunidad de hablantes, lengua corriente menos rígida, sería el sermo quotidianus empleado también por Cicerón.

          Tratando de justificar y ordenar esta pluralidad de puntos de vista, señala Mariner ([44]) que en la formación del término "vulgar" intervienen distintos criterios en el plano sincrónico: no es el mismo latín el empleado por Cicerón en sus discursos que el de sus cartas; asimismo el estilista César no emplearía una lengua tan culta con sus soldados. Si estas discrepancias con el sermo urbanus eran mayormente utilizada por las capas sociales inferiores, existe  razones para ser llamado latín del vulgo. Por otra parte, las concomitancias con el latín tardío surgen del hecho histórico de la decadencia de la sociedad romana a partir del siglo II d.C., en que estos rasgos no correctos del lenguaje que se daban en el vulgo y en la lengua coloquial, llegan a tolerarse, difundirse y aceptarse y consagrarse en los cánones gramaticales.

          Así pues, el latín vulgar no es una lengua aparte con un sistema propio y autónomo que vive al lado de la lengua literaria. Por otra parte, el latín vulgar ha existido siempre al lado del latín literario como una modalidad especial, no autónoma sino con interrelaciones constantes. En la época arcaica existe latín vulgar, según demostró F.Marx al poner de manifiesto la similitud de fenómenos entre el latín arcaico y el tardío‑vulgar como una tradición ininterrumpida de la lengua popular ([45]).

          Por otra parte, el utilizar el método comparativo para llegar a inferir el latín vulgar a través de las lenguas romances nos llevaría a un sistema de relaciones para basar una historia de esas lenguas, que aportan una fuente de noticias no desdeñables para la determinación de las peculiaridades de la lengua de donde proceden, pero no a la lengua real y viva ([46]), que se encuentra o si se quiere se  vislumbra, fundamentalmente en los textos ([47]), y aceptando como punto de partida esa interrelación entre latín culto y latín, digamos, corriente, debemos establecer que en todos los textos es posible atisbar y discernir los rasgos del latín vulgar, habida cuenta de que no existe un texto que deliberadamente haya sido escrito en dicho latín; mas obviamente esa totalidad ha de ser ordenada según la gradación en la manifestación de tales rasgos sobre todo en lo que respecta al grupo formado por las obras literarias, en el cual, siguiendo a Bonfante ([48]), enumeramos aquí en grado decreciente de vulgarismos: Sátira y epigrama, comedia, Novela (aunque el Satiricon tendría en este terreno primacía), epistolografía (antes Cicerón que Plinio), y en menor grado, la elegía, oratoria, filosofía, y por último,  épica e historia. Por supuesto que una vena de latín vulgar más rica  se hallará en los textos no pertenecientes a las etapas importantes de la literatura, como las obras de gramática, glosarios, autores cristianos, inscripciones, tratados técnicos, crónicas tardías, etc. ([49]).

Latín cristiano

          En toda comunidad de hablantes suele haber grupos de individuos que por circunstancias especiales desarrollan un instrumento lingüístico propio y diferenciador. Dentro del latín, el grupo más importante y de influjos más amplios es el latín en que se expresaba la iglesia cristiana occidental; lo que para E.Löfstedt ([50]) es el segundo momento histórico en que el latín vuelve a conquistar el mundo. La atención sobre el latín empleado por los cristianos comenzó a despertarse a finales del XIX, pero se debe a la actividad desarrollada por la escuela de Nimega los estudios más profundos y fructíferos ([51]).

          En la formación del latín cristiano hay que considerar una serie de factores ([52]); en una primera etapa es la influencia griega, pero el griego de la koiné helenística de considerable extensión en Occidente. Los "incunables" cristianos están en griego ([53]), y los primeros textos latinos, procedentes del Africa del norte (Acta martyrum Scyllitanorum, a.180), están tan impregnados de elementos griegos que, según Mohrmann, hay que suponer una fase griega en aquel territorio. El vocabulario cristiano primitivo se basa en el griego bien con préstamos directos (apostata, apostolus, baptisma, ecclesia), neologismos (revelatio, regeneratio), o bien préstamos de sentido (fides, sacramentum, spiritus). El segundo factor importante es el que Mohrmann llama "tendece démocratique", esto es, el hecho de que los primeros adeptos del cristianismo proceden de las capas más humildes, que por supuesto no tenían ningún acceso a la formación retórica de las clases media y alta. Este sermo esta despojado de la complejidad sintáctica y altura estilística que exigía demasiado esfuerzo de pensamiento y de técnica. Se redujo el período hipotáctico propio de la concinnitas, y se adoptó la primitiva y sencilla coordinación, más adecuada a los incultos oídos de los potenciales prosélitos; pero esta populización de la lengua oficial contribuyó no poco a que el latín lograra extenderse y perpetuarse como lengua viva. Influye también en la formación del latín cristiano el elemento bíblico, concretado en el empleo de símbolos e imágenes que prestan al latín cristiano un colorido exótico.

          Después del período revolucionario de los dos primeros siglos a lo largo de los cuales el latín cristiano se forma y estabiliza, se manifiesta un receso en su desarrollo que es al mismo tiempo una consolidación. Luego, hacia la segunda mitad del siglo IV, después del reconocimiento por parte de Constantino, se constata una nueva actividad bastante viva, pero con carácter más culto. Los siglos IV y V se caracterizan por un acercamiento del latín cristiano al latín literario en un retorno a las tradiciones de la lengua y de la cultura ([54]). Dos factores coadyuvan a este hecho: el incremento de fieles procedentes de las capas altas de la sociedad que continuaban educándose en el paganismo ([55]) y la necesidad de expresarse en un lenguaje eficaz y de altura intelectual para hacer frente a los ataques del paganismo y de las herejías ([56]). Dejando al lado el intento de Lactancio ([57]), la postura acertada fue la de los que intentaron combinar lo mejor de la tradición literaria pagana con la nueva tradición del lenguaje cristiano, como S.Ambrosio, S.Jerónimo y sobre todo S.Agustín, quien espuso en su De doctrina christiana, que la condición primera de todo discurso es la claridad (evidentia) que posibilita ser entendido por los oyentes, y así su estilo varía del latín elevado del De civitate al más llano del de los Sermones. A partir del siglo V el latín cristiano quedó definitivamente formado como una Sondersprache que presenta un sistema coherente de diferenciaciones léxicas, semánticas, morfológicas, sintácticas y métricas, como afirma J. Schrijnen ([58]), quien llega a estatuir que se convirtió en la lengua común en los siglos inmediatamente anteriores a la aparición de las lenguas romances, dado que el latín cristiano es el resultado de las tendencias de unificación y aproximación entre la lengua cultivada y la vulgar.

         

Latín tardío

          Retomando las fases de la evolución de la lengua latina, entendemos por latín tardío al período que se extiende desde el s.III hasta su desintegración en las diversas lenguas romances. Ciertamente no se puede fijar con seguridad ni siquiera por espacio de siglo cuándo dejó de ser el latín una lengua hablada. Wartburg habla de un deterioro progresivo de la lengua desde la crisis del s.III, y especialmente en el V con las invasiones bárbaras ([59]). R.A.Hall ([60]) retrotrae los inicios de esa descomposición a la época de Augusto. Palmer amplía el período desde el s. VI hasta comienzos del IX, situando la fecha límite en el año 813 ([61]). En esta época surge el fenómeno lingüístico denominado bajo latín, la lengua que hablaban las personas cultas, evolucionada con respecto a los siglos anteriores, pero menos que la lengua popular; otros autores entienden este bajo latín como el utilizado en los documentos y cancillerías de la alta Edad Media, en crónicas y otras obras, esto es, el latín medieval. Como ejemplo de la disociación entre latín escrito y hablado, podemos mencionar la existencia de autores de todo este período que aún se someten a los modos de expresión de la latinidad clásica, Lactancio ‑del s.IV, llamado el Cicerón cristiano‑, Boecio, s. VI; otros, aún impregnados de la retórica, manejan un latín decoroso (Claudiano, Ausonio, Amiano Marcelino); pero en esto no hay que olvidar las palabras de Palmer (Introducción, 183): "debe tenerse en cuenta que desde sus comienzos hasta el fin el latín escrito en todas sus formas es una lengua artificial". El bajo latín ‑entendiendo éste como habla culta‑ es una lengua que al recibir continuas influencias del incipiente románico, con el que alternan estos hablantes cultos, ya tiene mermadas las posibilidades de evolución.

Latín Medieval

          Como lengua, es la prolongación natural del latín culto y escolar hablado en el bajo imperio ([62]); es la misma lengua de Roma en situaciones sociales e históricas diferentes de los de la antigüedad, trasmitida por una tradición que ni en los momentos más críticos, como la gran decadencia cultural de los siglos VII y VIII, se vio interrumpida ([63]). La reforma carolingia marca un nuevo resurgir de la cultura y como medio de expresión de esta reforma, el latín va a cobrar un nuevo impulso a través de la enseñanza y del cultivo de la literatura pagana y cristiana; pero ya definitivamente de espaldas a la lengua hablada que recibe el primer reconocimiento, como dijimos antes, en el Concilio de Tours, año 813.

Tres momentos culturales marcan la periodización de la historia del latín medieval: en primer lugar, los siglos VI, VII y VIII marcados por una decadencia cultural, época de transición, como si fuera otra edad media dentro del medioevo. Los invasores bárbaros van adoptando paulatinamente las formas culturales y civilizadoras en que a duras penas se desenvuelve una comunidad deprimida en el plano cultural, político y económico. El latín, que acaba por desaparecer en Africa ante la invasión musulmana, se mantiene, en la obra de las grandes figuras de Italia, Galia e Hispania, y en la cristianización de las islas británicas. La Renovatio imperii da en el siglo IX el impulso de una reforma cultural a través de la instauración escolar de los modelos clásicos. Finalmente, durante los siglos XI, XII y XIII, el latín queda establecido en Occidente como lengua franca de una comunidad culta (Universidades) y acoge una amplia aportación de terminología filosófica.

          Este latín medieval, latín escolar hablado por personas cultas, está constituido por tres elementos fundamentales:

          1) El modelo que es el latín clásico y postclásico, por medio de la enseñanza de la gramática (magistra verborum, ornatrix humani generis) y la lectura de autores paganos y cristianos ([64]).

          2) La influencia del latín vulgar, difícil de delimitar, pero de constantes y mutuas influencias sobre todo en el bajo imperio.

          3) El latín cristiano, forma particular de expresión en que se transmitió el mensaje evangélico, y cuya importancia para la historia de la trasmisión de la cultura no es necesario subrayar aquí.

          Esta enseñanza escolar, de variada intensidad según épocas y países, conserva el concepto de cantidad vocálica, ya definitivamente perdido en el habla. En sustitución de la versificación cuantitativa característica de la Antigüedad, se llega a un amplio desarrollo de la poesía rítmica, puramente acentual, a través del empleo de recursos que configurarán la poesía romance, la rima y la isosilabia. También en prosa, se da cabida al nuevo sistema acentual utilizando esquemas rítmicos procedentes de las cláusulas de la prosa clásica (cursus planus, tardus, velox). Respecto a las particularidades formales del latín medieval ([65]), debemos considerar esas dos vertientes mencionadas en su formación: según esté más alejada de la sujección escolar a unos determinados cánones, y posteriormente de la evolución y uso a que se ve sometido por la especulación filosófica, así tendrá más similitudes con los fenómenos vulgares.

          La reducción a que se ve sometido el latín en el plano morfosintáctico se contrapone al incremento del léxico por medio de sufijos y las numerosas incorporaciones de barbarismos y neologismos.

          Acerca del carácter del latín medieval se debaten una serie de cuestiones sobre si es una lengua viva con capacidad de evolución o su carácter de lengua muerta y petrificada hace precisamente que no termine por descomponerse. Sobre ello, ha reflexionado C.Mohrmann ([66]), recogiendo las opiniones y pintorescas comparaciones de Traube, Vossler, Strecker, Norberg, etc. Esta investigadora señala en el latín medieval un dualismo que estriba en el hecho de ser, por una parte, una lengua fundada en la herencia de la antigüedad clásica, y por otra en la herencia paleo‑cristiana y en la religión contemporánea, que configuran un instrumento libre y autónomo genuinamente medieval. Es una lengua literaria, pero sin el impulso esencial de un pueblo que la hable y conforme en ella su vida espiritual y social; lengua de escuela, y como tal, fija y estática, pero es a la vez una lengua móvil y viva, con evolución sintáctica, neologismos y préstamos, y por tanto con una cierta espontaneidad ([67]). Es una lengua sin pueblo, pero la escribe, y también la habla, la gran comunidad intelectual del Occidente europeo ‑la respublica clericorum, que dijo Mohrmann‑ que se superpone al sermo rusticus de cada nación.

Del Latín Humanístico a nuestros días.

Cf. https://classicahispalensia.es/docencia/92-latin-humanistico

 

 

    [1]  V.Väänäanen, Introducción al latín vulgar, trad. M. Carrión (Madrid 1968) 36.

    [2]  Siguiendo a F. Stolz, A. Debrunner y W.P. Schmid, Storia della lingua latina, trad.  C. Benedikter (= Berlín 1966) pról. A.Traina, "Riflessione sulla storia della lingua latina", epíl. J.M.Tronskij, "La formazione della lingua letteraria latina" (= Moscú‑Leningrado 1953) (Bolonia 1968) 67.

    [3]  En caracteres griegos, hallada en 1871, cf. CIL XIV 4123; sería el documento más antiguo (s.VII‑VI) si no fuera obra de una falsario; cf. M.Guarducci, "La cosidetta Fibula Prenestina. Antiquari, eruditi e falsari nella Roma dell'ottocento" Atti dell'Accad.Naz. dei Lincei (Roma 1980); y C.Trumpy, "La fibule de Préneste:document inestimable ou falsification?" MH 40(1983) 65‑74.

    [4]  Del s.V, cf. R.Bloch, "A propos de l'inscription latine archaîque trouve à Satricum" Latomus 42(1983) 362‑371.

    [5] G.Devoto, Storia della lingua de Roma (Bolonia 1941) 71.

    [6]  Entre los siglos VI‑V a.C., escrito verticalmente en bustrófedon; sobre su contenido, menudean las hipótesis, cf. J.Stroux, Philologus 86(1931) 460‑491; V.Pisani, RAL 8(1932) 735‑744; G.Dumezil, REL 36(1958) 109‑111.

    [7]  Algo posterior al Cippus, s.V; cf. E.Goldmann, Die Duenos‑Inschrif, Heidelberg 1926; W.Brandenstein, Glotta 25(1936) 30; V.Pisani, Testi latini arcaici e volgari (Turín 1960) 6‑9; E.Peruzzi, La parola del passato 62(1958) 162 ss.

    [8]  M.Nacinovich, Carmen Arvale, I‑II, Roma 1933; E.Norden, Aus altrömischen Priestterbuchern, Lund 1939, 107‑280, quien apunta un influjo griego; A.García Clavo, Emerita 15(1957) 386‑448.

    [9]  Estudiada por entre otros por E.Norden, La prosa d'arte antica, I (Roma 1986) 168‑170, y G.Pasquali, Preistoria dell poesia romana (Florencia 1936) 76.

    [10]  Cf. además de Norden (nota 9), W.De Groot, REL 12(1934) 117‑139; P.Lejay, Histoire de la littérature latine des origines a Plauto (París 1923) 134.

    [11] Cf. G.Devoto (nota 5) 94‑95.

    [12]  Cf. W. Morel, Fragmenta poetarum, cit. por L. Bieler, Historia de la literatura romana, trad.  M.Sánchez (Madrid 1971) 81.

    [13]  J.Tronskij (nota 2) 146.

    [14]  A.Meillet, Historia de la lengua latina, trad. F.Sanz (Reus 1972= París 1966) 66 y 69.

    [15] L.R.Palmer, Introducción al latín (Barcelona 1974) 103.

    [16] J.Tronskij (nota 2) 148.

    [17] Cf. A.Meillet (nota 14) 122‑146.

    [18] Cf. Recueil de textes latines archaïques (París 1938) 99.

    [19] A.Meillet (nota 14) 75.

    [20]  Aunque no siguió un fenómeno observado en la lengua viva, según F.Sommer, Handbuch, 73, cit. por Stolz (nota 2) 79.

    [21] L.R.Palmer (nota 15) 88.

    [22] A.Meillet (nota 14) 67.

    [23]  Con posible explicación analógica, cf. Palmer (nota 15) 339‑341, nota 21 de los trs. J.J. y J.L.Moralejo.

    [24] Cf.Amph.189, cit. por Meillet (nota 14) 76.

    [25]  Cf. sus innovaciones gráficas en E.Peruzzi, "Testi latini arcaici dei Marsi" Maia 15(1962) 122‑125.

    [26]  V.Pisani, Storia della lingua latina. I: Le origini, e la lingua letteraria fino a Virgilio e Orazio (Turín 1962) 242 y 261.

    [27] J.Tronskij (nota 2) 145.

    [28] L.R.Palmer (nota 15) 129.

    [29]  Cf. J.Marouzeau, Quelques aspects de la formation du latin littéraire (París 1949) 6.

    [30]  CIC.Brut.261 Caesar autem rationem adhibens consuetudinem vitiosam et corruptam pura et incorrupta consuetudine emendat, cf. F.H.Colson, "The analogist and anomalist controversy" CQ 13(1929) 24‑36.

    [31] J.Tronskij (nota 2) 168‑194.

    [32] Cf. A.Meillet (nota 14) 136‑140.

    [33] A.Lunelli, ed., La lingua poetica latina, Bolonia 1974.

    [34] Cf. F.Stolz (nota 2) 106‑107.

    [35] Cf. V.Väänänen (nota 1) 25.

    [36]  G.Bonfante, "Elementos populares en la lengua de Horacio" Emerita 5(1937) 77‑78.

    [37]  C.Mohrmann, Latin vulgaire, latin des chrétiens, latin médiéval (París 1955) 4; y L.R.Palmer (nota 15) 153.

    [38]  H.Schuchardt, Vokalismus des Vulgärlateins, I (Leipzig 1866) 9; cf. ajustada noticia con bibliografía, de la polémica entre las tesis unitaria y variacionista del latín vulgar en P.Quetglas, Elementos básicos de filología y lingüística latinas (Barcelona 1985) 166.

    [39]  J.Siles, Introducción a la Lengua y Literatura latinas (Madrid 1983) 66‑73.

    [40]  Cf. W.Meyer‑Lübke, Grammaire des langues romanes, I‑II, París 1890‑1906.

    [41]  Philologischer Kommentar zur Peregrinatio Aetheria, Up‑sala 1911.

    [42]  "Idées d'hier et d'aujourd'hui sur l'histoire de la langue latine" REL 1(1923) 113.

    [43]  S.Silva Neto, História do latim vulgar (Río de Janeiro 1957) 27.

    [44] "Latín Vulgar", en UNED, I (Madrid 1976) 9‑10.

    [45]  "Die Beziehungen des Altlateins zum Spätlatein" Neue Jahrbücher für antike und deutsch Bildung 23(1909) 434 ss.; cf. también T.González Rolán, "La formación del latín popular y su proceso de absorción de las lenguas itálicas" CFC 11(1976) 73‑121.

    [46]  A.Meillet, La méthode comparative en linguistique his‑torique (Oslo 1925) 14.

    [47]  Cf. C.Mohrmann (nota 37) 8.

    [48] Cf. G.Bonfante (nota 36) 78‑79.

    [49] Cf. V.Väänänen (nota 1) 41‑46.

    [50]  "Entstehung der christlichen Latinität", Syntactica, II (Lund 1942) 458.

    [51]  J.Schrijnen, Charakteristik des altchristlichen Latein, Latinitatis Christianorum primaeva, Nimega 1932; C.Mohrmann, Etudes sur le latin des chrétiens, I‑IV, Roma 1961‑1977.

    [52]  Cf. sobre este punto la siempre ponderada obra de Palmer (nota 15) 184‑207.

    [53] G.Caliò, Il latino cristiano (Bolonia 1965) 49.

    [54] C.Mohrmann (nota 37) 32‑33.

    [55]  Cf. H.I.Marrou, Historia de la educación en la anti‑güedad, trad.  Y.Barja (Madrid 1985) 410‑412.

    [56] P.Quetglas (nota 38) 169.

    [57]  Con el demoledor juicio de Caliò (nota 53) 72: "no deja de parecer forzado y ridículo el volver a traer el agua ciceroniana para mover el molino cristiano".

    [58] J.Schrijnen (nota 51) 97.

    [59]  W.von Wartburg, La fragmentación lingüística de la Romania, trad.  M.Muñoz (Madrid 1971) 187.

    [60] Language 16(1950) 19, cit. por Palmer (nota 15) 182.

    [61]  Cf.C.Mohrmann, "Les formes du latin dit vulgaire. Essai de chronologie et de systématisation de l'époque augustéenne aux langues romanes", en Etudes sur le latin des chrétiens, II (Roma 1961) 135‑153.

    [62]  D.Norberg, Manuel practique de latin médiéval (París 1968) 7‑14.

    [63]  V.Paladini y M.de Marco, Lingua e letteratura mediolatina (Bolonia 1970) 17.

    [64]  Varios son los autores en los se fundamenta la enseñanza del latín: los tardíos, Elio Donato (Artes), Prisciano de Cesárea (Institutio de arte grammatica) y posteriormente los medievales Alejandro de Villedieu (Doctrinale) y Everardo de Béthune (Graecismus), cf. F.Rico, Nebrija frente a los bárbaros (Salamanca 1978) 12.

    [65]  Cf. un resumen en G. Cremaschi, Guida allo studio del latino medievale (Padua 1959) 57‑95, D.Norberg (nota 62) 13‑56; o los pertinentes índices e introducción de A. Fontán y A. Moure, Antología del latín medieval, Madrid 1987.

    [66]  "Le dualisme de la latinité médiévale" REL 29(1952) 330‑348; y "Le latin médiéval. I. Langue morte ou langue vivante?" (nota 61) 181‑196.

    [67] G. Cremaschi (nota 65) 101.