José Solís de los Santos, «Gil de Araújo», en: Fondos y procedencias. Bibliotecas en la Biblioteca de la Universidad de Sevilla, Eduardo Peñalver Gómez (ed.), Sevilla: Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 2013, pp. 388-391 (notas 1507-1521). ISBN: 978-84-472-1501-0. https://www.academia.edu/83979032/Gil_de_Araujo
Procedencia Gil de Araujo
(Ex Biblioth. Jos. Gil de Araujo Can. Lector. Hispal.)
Apenas nada extraordinario hay en los datos que hemos podido hallar sobre el canónigo sevillano José Gil de Araújo y Cerigo (1749-1802), que se salga de lo habitual en un clérigo profesor de teología en la circunstancia de aquellos tiempos. Fue bautizado el 23-XII-1749 en la parroquia de Santa María la Blanca, de familia con alguna ascendencia flamenca, cuyos miembros desempeñaron desde el siglo XVI cargos diversos en la administración real y en instituciones locales. Tomó posesión de la Beca Capellana, es decir, obtuvo la plaza en el Colegio Mayor de Santa María de Jesús y Universidad de Sevilla el 23-VI-1771, graduándose como doctor en teología ese mismo año, con aplauso general por su “gran literatura”. Recordemos que no fue sino hasta el último día de 1771 cuando se produjo el acto de separación de la Universidad del dicho Colegio, con la solemne procesión de profesores y alumnos hasta la nueva sede en la Casa Profesa de la recién expulsa Compañía. Con el traslado se ejecutaba la Real Cédula por la que se reformaba la universidad en virtud del proyecto de Olavide, y en esa ocasión el rector junto con sus colegiales, entre los que se contaba Gil de Araújo, abandonaron el claustro en protesta por entender que tal medida afectaba a los antiguos privilegios[1].
Siguiendo con los escuetos datos que aparecen en la Memoria de los Sres. Colegiales que ha habido en esta Santa Casa[2], el doctor Gil de Araújo predicó en la Inquisición el sermón de cuaresma de 1772. En enero de 1773 salió a opositar la canonjía lectoral de Almería, donde sacó el segundo lugar. En 1774 fue llamado por el cabildo de Badajoz para ganar la misma prebenda de oficio “a toda priesa”, pero “se volvió desde el camino por un raro accidente”: en Zafra le comunicaron que ya no contaba con los votos prometidos. En 1775 salió para opositar en Córdoba, donde obtuvo plaza de profesor de filosofía. En 1777 ganó la canonjía magistral de Cádiz, donde debió de residir durante algún tiempo, a juzgar por algunos libros suyos que procedían del colegio jesuita gaditano. En 1777 y 1779 fue nombrado rector del Colegio “por aclamación”, y, al fin, en 9-IX-1785 tomaría posesión de la lectoralía de la catedral hispalense[3], la prebenda que ostentaba en su exlibris.
El canónigo lectoral, una de las cuatro canonjías denominadas de oficio, es el teólogo del cabildo, y, por tanto, ha de ser licenciado o doctor en esa disciplina. Tiene a su cargo todo lo referente a las Sagradas Escrituras, cuyo comentario expositivo le compete; asimismo, le corresponde, cuando se lo requieran, evacuar informes al cabildo sobre cuestiones bíblicas y doctrinales, pues a la canonjía doctoral concernía todo lo jurídico; también es cometido del lectoral la formación de seminaristas en los mismos temas y el cuidado en la justeza y contenido de las admoniciones, catequesis y demás textos que se utilicen en los actos y celebraciones de la catedral. Consta que en 1795 desempeñaba el cargo de secretario del mismo cabildo catedralicio[4].
El doctor Gil de Araújo ejerció como catedrático de teología en alguna comisión de la Universidad, pero no hemos localizado los informes académicos, sermones o discursos, ni tampoco unos poemas latinos, que imprecisamente se le atribuyen[5]. En la bibliografía española del siglo XVIII sólo se registra en su autoría el manuscrito de 27 folios de una Disertación sobre la introducción del castellano y destierro del latín en los tribunales[6]; cada cosa a su tiempo. Este debate acerca del uso del latín como lengua académica, pues esa disertación del canónigo Araújo no debe referirse sino a los tribunales o comisiones de grados y oposiciones, debió de estar en el candelero, dado que se ha conservado un escrito académico de su mucho más ilustre concanónigo José María Blanco y Crespo (1775-1841), cuyo título, Sobre la no necesidad del latín para el estudio de las Bellas Letras[7], /p. 389/ refleja análogo contenido e idéntico dictamen. Por lo demás, ambos presbíteros sevillanos tenían una sólida formación en letras humanas, como se manifiesta en los libros y reputación del primero, y en los inmarcesibles escritos y poemas del segundo, cuya competencia en griego clásico llegaría a alcanzar más tarde mediante el trabajo personal diario y metódico. Pero lo que es imposible es que no se conocieran, porque Blanco White ingresó en el Colegio Santa María de Jesús en 1797, con una licenciatura en teología, y en 1801 ganó la magistral de la Capilla Real en la catedral. Se ha conservado del ilustrado sevillano una carta fechada en Londres, 16-IX-1826, dirigida al rector de su antiguo Colegio[8], en la que le anunciaba el envío de algunos libros de autores clásicos griegos, en recuerdo del antiguo afecto y su fuerte espíritu colegial. Gil de Araújo, de sólo una generación anterior a Blanco, Arjona, Lista, Reinoso, integrantes todos de la autodenominada escuela poética sevillana, reclama a través de las reliquias de su acendrada bibliofilia una indagación de estas conexiones que serán sin duda relevantes para la historia cultural que nuestra ciudad tiene todavía pendiente[9]. Sin duda su muerte, que ocurrió el 30-X-1802, sin mención alguna en los anales seculares y eclesiásticos consultados, lo apartaría de actividades culturales y eruditas como la del bisemanario Correo de Sevilla, en cuyos 418 números se publicaron de 1803 a 1808 algunos inéditos del Siglo de Oro, bajo la iniciativa del eminente historiador hispalense Justino Matute y Gaviria (BUS A 059/042-051).
En el testamento del lectoral José Gil de Araújo, extractado en el archivo de la catedral[10], dejó dispuesto que se formase relación de todos sus libros y demás papeles para que el cabildo escogiese las obras que su biblioteca no tenía, y con lo que quedara de esta selección se comunicase a la librería del “dicho colegio mayor” para que obrase del mismo modo. El resto lo pondrían en almoneda sus albaceas para destinar a limosnas el importe de las ventas.
En esta noticia que nos proporciona Juan Guillén Torralba (1933-2003), canónigo lectoral, que fue también, y director bibliotecario de la Capitular y Colombina[11], hallamos el origen de los libros que conforman el fondo de procedencia Gil de Araújo de nuestra actual Biblioteca Universitaria, además de los de la misma procedencia conservados en la de la Catedral, gracias a cuyos registros informáticos en la red podemos también considerar su contenido en esta introducción del catálogo de su exposición.
De los “4.000 volúmenes del más subido precio bibliográfico”, de que al parecer constaba la biblioteca del profesor José Gil de Araújo, los capitulares seleccionaron 165 libros[12], y, en segundo lugar, los colegiales se reservaron 70 volúmenes que contienen 114 obras hasta entonces inexistentes en sus anaqueles. El carácter selectivo de estos dos fondos perfectamente catalogados permite verificar lo que se afirma en los documentos de archivos acerca de su formación intelectual: su “gran literatura”, “bastante hábil y muy dado a las letras humanas, varia erudición y crítica”. Resulta curiosa, por lo acertada, la distinción del anónimo relator entre erudición y crítica.
Ya en la anterior exposición de la Antigüedad en nuestro fondo de reserva, pudimos ver el escueto exlibris manuscrito del canónigo lectoral en valiosas obras de lo que entonces se contenía bajo el marbete de letras humanas. A la obra completa de Virgilio que seleccionamos para aquella exposición, el ejemplar de la edición de Georgius Fabricius Chemnicensis (Basilea: H. Petri, 1561), que perteneció al humanista Juan de Mal Lara y acabó afeado por la censura inquisitorial antes de llegar a manos de nuestro canónigo (A Res. 11/2/15), debemos añadir aquí la edición comentada en tres tomos que marcó un hito en los estudios virgilianos, del jesuita español Juan Luis de la Cerda (Fráncfort: /p. 390/ Paltheniano, [1608]; Lyon: H. Cardon, 1612, 1616. BUS A 027/107-109).
También citamos como procedencia suya la edición completa de Homero con traducción latina de varios humanistas encabezados por el poeta bearnés Jean de Sponde de Mauléon (Basilea: S. Henricpetri, 1606. BUS A 009/139), y un ejemplar con relevantes censuras de la edición latina de Luciano de Samósata por Iacobus Micyllus (Fráncfort: C. Egenolphus, 1538. BUS A Res. 29/2/07)[13]. De análogo gusto literario es el ejemplar del Satiricón de Petronio en la valiosa edición de Georgius Erhardus Francus[14], que compraría en Cádiz, a juzgar por la marca de pertenencia anterior del colegio jesuita (BUS A 086(2)/403), y las tragedias de Séneca en la primera edición de Martín Antonio del Río[15] (A Res. 61/4/01(1).
La erudición y la crítica de los humanistas del Renacimiento tampoco estaba ausente en sus anaqueles: Cornucopia de Niccolò Perotti (Res. 28/2/04), Commentarii de Pedro Crinito (Res. 26/2/02), Miscellanea de Angelo Poliziano (Res. 35/6/24), la exhaustiva gramática de Johannes de Spauter, Despauterio, (Res. 05/5/04), la Filosofía secreta de Juan de Moya (A 102/006), la erudicion jurídica de Barnabé Brisson (A Res. 29/2/13), los escritos pedagógicos y sociales de Juan Luis Vives (Res. 27/7/23), y dos ediciones grifianas de Erasmo, Parabolae (A Res. 11/6/10), y De conscribendis epistolis opus (A Res. 29/6/11).
La filosofía, o más bien teología, ocupa ampliamente, como no podía ser menos en un profesional, su librería privada, que se decanta por los tratados aristotélicos siempre en latín (A Res. 07/6/23, A Res. 27/2/04), sus exégesis (A Res. 32/3/02) y comentaristas como Agostino Nifo (A Res. 22/1/14(1), A Res. 15/2/03).
La historia fue sin duda una de las disciplinas que ocupó el interés y estudio del lectoral y profesor. Junto a obras clásicas (Floro, Epitome, A Res. 78/6/10), renacentistas (Pandulfo Colenucio, Historia de Nápoles, trad. Juan Vázquez del Marmol, A Res. 57/4/04), historias locales (Pedro de Rojas, Historia de Toledo, A 012/090) e indianas (Manuel Rodríguez, El Marañón y Amazonas, A 102/134), se hallan relaciones de polémica jesuita (A 159/101 y A 110/146(01) o jurídica (A 048(263)/064).
Pero es la medicina la materia más destacada en el fondo bibliográfico de Gil de Araújo que sea del todo ajena a sus intereses profesionales. En efecto, no solo poseyó tratados médicos clásicos —todos en la Biblioteca Colombina— y modernos (Francisco Vallés, A Res. 07/6/15; Archibald Pitcairne, A 052/055), sino que también recopiló todo tipo de folletos de esta materia.
En nuestra selección, forzosamente breve, hemos querido mostrar tanto las tendencias e intereses intelectuales de Gil de Araújo como la rareza o ausencia de dichos libros en la ingrávida galaxia de las páginas web. Por orden cronológico de estampa, una primera edición, Madrid: Luis Sánchez, 1619, de la biografía de Felipe II por Luis Cabrera de Córdoba (A 052/068), en la emisión digamos noble, muestra el interés por una historia alejada o diferente tanto de áulicas lisonjas, como de mojigatas e interesadas supercherías. El conjunto misceláneo de 13 folletos de medicina (A 112/073), impresos más de cien años antes, denota cierto afán meramente bibliófilo, aunque tal vez alumbre, con el amplio interés por la materia médica, la posibilidad de documentarse solventemente sobre alguna afección propia. Y como muestra del interés de este erudito por la gran literatura española de los siglos XVI y XVII, hemos seleccionado una edición dieciochesca (1729), y expurgada, de la poesía de Quevedo, El Parnasso Español (A 079/100), que editara su gran amigo el humanista José Antonio González de Salas.
Esta breve selección y sumaria introducción de este material libresco repartido entre la Capitular y la Universitaria invitan a emprender un estudio bibliográfico en profundidad que contribuirá en la construcción de la historia cultural de Sevilla.
BIBLIOGRAFÍA:
Aguilar Piñal, Francisco, La Universidad de Sevilla en el siglo XVIII. Estudio sobre la primera reforma universitaria moderna, Sevilla: Anales de la Universidad Hispalense, 1969.
Beltrán Fortes, José, y Peñalver Gómez, Eduardo (coords.), La /p. 391/ Antigüedad en el Fondo Antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla (Exposición Virtual 2011), Sevilla: Secretariado de Publicaciones de la Universidad, 2012.
Guillén, Juan, Historia de las bibliotecas Capitular y Colombina, Sevilla: Fundación José Manuel Lara, 2006.
Matute y Gaviria, Justino, Noticias relativas a la Historia de Sevilla que no constan en sus Anales, Sevilla: Imprenta E. Rasco, 1886.
Méndez Bejarano, Mario, Diccionario de Escritores, Maestros y Oradores de Sevilla y su actual provincia, Sevilla: Padilla Libros, 1989 (= 1922).
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4759581
José Solís de los Santos https://personal.us.es/jsolis/araujo.htm
[1] 1507. Cf. Aguilar Piñal, La Universidad de Sevilla en el siglo XVIII, págs. 277-278.
[2] 1508. Cf. AHUS Sº 58, núm. 383. Al profesor Ollero debo esta referencia de nuestro Archivo Histórico (en adelante AHUS), accesible en la red.
[3] 1509. En efecto, registrado en ese año, Letra J nº 172, se encuentra su expediente de limpieza de sangre en el Archivo de la Catedral (en adelante ACS), según me informa la directora gerente de la Institución Colombina, Nuria Casquete de Prado Sagrera.
[4] 1510. Según J. Matute y Gaviria, Anales eclesiásticos y seculares, III, p. 150.
[5] 1511. Por Méndez Bejarano, Diccionario, III, s. v. Gil de Araujo (José), págs. 248-249.
[6] 1512. Conservado en BCS 64-7-95(48), según Francisco Aguilar Piñal, Bibliografía de Autores Españoles del siglo XVIII, Madrid: CSIC, 1983, IV, p. 199, núm. 1368, s.v. Gil de Araujo (José). La sgn. actual del opúsculo es 59-6-20(48), y ni en este misceláneo ni en el fondo Capitular hay rastros de esos poemas latinos, según me informa igualmente su directora.
[7] 1513. Ha sido editado por Miguel Ángel Cuevas, «Un manuscrito inédito de José María Blanco White», Archivo Hispalense, LXXV/229 (1992), págs. 79-89. Propugnaba el empleo del francés en sustitución de las lenguas clásicas para conseguir una mayor difusión en el estudio de las humanidades, en un folleto publicado en 1804, según resume M. Méndez Bejarano, Vida y obras de D. José Ma Blanco y Crespo (Blanco-White), prólogo de M. Moreno Alonso, Sevilla: Editorial Renacimiento, 2009 (= 1921), págs. 294-297.
[8] 1514. Libros que finalmente no fueron entregados, frustrándose así los deseos del gran escritor, al mismo tiempo que un ilustre y selecto fondo de procedencia; la carta fue publicada por Vicente Llorens, José María Blanco White. Antología de obras en español, Barcelona: Labor, 1971, págs. 356-357. La carta original recibida en Sevilla se conservaba en un manuscrito más antiguo, Papeles varios reunidos por Miguel de Arcos (BUS A 333/166), pero, actualmente, el registro de este misceláneo constata su desaparición o extravío: «Antes del primer folio foliado, había una carta de Joseph Mª Blanco White, hoy perdida, fechada en Londres el 16 de septiembre de 1826, al Ilustrísimo señor Rector y Colegio Mayor de Santa María de Jesús de la Universidad de Sevilla».
[9] 1515. Traza un documentado ambiente de la última generación de colegiales y la actividad cultural de Blanco White, F. Aguilar Piñal, «Blanco White y el Colegio de Santa María de Jesús», Archivo Hispalense, LVIII/179 (1975), págs. 1-54.
[10] 1516. Cf. Libro de Entradas, ACS, Secretaría, Actas Capitulares, 384, cit. por Guillén, Historia, p. 332, n. 65.
[11] 1517. Cf. Guillén, Historia, p. 312.
[12] 1518. Agradezco a Laura García Mariscal y Aurelio Núñez Pimienta la colaboración en esta búsqueda bibliográfica en el catálogo en red de la Institución Colombina.
[13] 1519. Cf. «Homero», «Luciano», en Beltrán Fortes, J., y Peñalver Gómez, E. (coords.), La Antigüedad en el Fondo Antiguo de la BUS, pág. 303, n. 109, y pág. 319, respectivamente.
[14] 1520. Cf. Ana Pérez Vega, «Petronio», en Beltrán Fortes, J., y Peñalver Gómez, E. (coords.), La Antigüedad en el Fondo Antiguo de la BUS, pág. 342.
[15] 1521. Señala que Del Río se queda en analogías formales sin entrar en las grandes discrepancias entre Séneca y los trágicos griegos, José María Díaz-Regañón, Los trágicos griegos en España, Valencia, 1956.